“¡Finge ser mi novio!”, suplicó a un temido millonario para escapar de su ex abusivo… sin imaginar que terminaría prisionera en su mansión.

PARTE 1: «Finge que soy tu novia hasta que se vaya…»

—Finge que soy tu novia hasta que ese hombre se largue. Te lo suplico.

Mariana Hernández jamás imaginó que aquellas palabras, pronunciadas entre lágrimas durante una gala benéfica en Polanco, terminarían convirtiéndola en prisionera del hombre más temido de la Ciudad de México.

Gabriel Mendoza, de treinta y ocho años, era dueño de empresas transportistas, desarrollos inmobiliarios y una red de negocios que nadie se atrevía a investigar demasiado.

Tenía una cicatriz sobre la ceja izquierda, ojos oscuros y una reputación aterradora.

Se decía que quienes intentaban engañarlo desaparecían del mundo empresarial de la noche a la mañana.

Aquella noche, Mariana solo había acudido al hotel para autenticar una pintura del siglo XIX que sería subastada a beneficio de un hospital infantil.

Era restauradora y perito de arte. Tenía treinta años, un departamento pequeño en la colonia Del Valle y una vida que llevaba tres años intentando reconstruir.

Hasta que vio a Alejandro Salazar.

Su exprometido.

El hombre que alguna vez le había prometido una casa, hijos y una vida juntos.

El mismo que le había fracturado la clavícula durante una discusión porque un compañero de trabajo le había enviado flores por su cumpleaños.

Mariana lo había denunciado meses atrás, pero Alejandro seguía apareciendo donde ella menos lo esperaba.

Lo vio junto a la entrada del salón, entregándole su saco a un mesero.

Cuando sus miradas se encontraron, Alejandro sonrió.

Aquella sonrisa le heló la sangre.

Comenzó a caminar directamente hacia ella.

Mariana retrocedió entre los invitados. Buscó desesperadamente una salida, pero Alejandro avanzaba demasiado rápido.

Entonces chocó contra el pecho de un desconocido.

Al levantar la mirada, reconoció inmediatamente a Gabriel Mendoza.

No pensó en las advertencias que había escuchado sobre él.

Solo supo que Alejandro jamás se atrevería a tocarla frente a un hombre semejante.

Aferró los dedos a la solapa de su saco gris.

—Por favor, finge que estamos juntos. Solo hasta que se vaya.

Gabriel observó sus manos temblorosas.

—Yo no finjo, señorita.

Antes de que Mariana pudiera explicarse, él rodeó su cintura con un brazo.

Alejandro se detuvo frente a ellos.

—Mariana, vámonos. Tenemos que hablar.

—Ella no va a ninguna parte —respondió Gabriel.

—Es mi prometida.

—Era —corrigió Gabriel tranquilamente—. Ahora está conmigo.

Alejandro palideció al reconocerlo.

Durante varios segundos nadie habló.

Finalmente, el exprometido retrocedió y desapareció entre los invitados.

Mariana sintió que podía respirar nuevamente.

—Gracias. De verdad. Ya puede soltarme.

Pero Gabriel no apartó el brazo.

—Te dije que no finjo.

—¿Qué significa eso?

—Que acabas de involucrarme en un problema que no entiendes.

La condujo hacia la salida del hotel.

Afuera esperaba una camioneta negra.

—Sube.

—No. Voy a pedir un taxi.

Gabriel señaló discretamente un automóvil estacionado al otro lado de la avenida.

Mariana reconoció la matrícula.

Era el vehículo de Alejandro.

La estaba esperando.

—Ese hombre sabe dónde vives —advirtió Gabriel—. Y ahora sabe que acudiste a mí. Si quiere vengarse, no se detendrá fácilmente.

Mariana terminó subiendo a la camioneta.

Durante el trayecto preguntó repetidamente adónde iban.

—A mi casa, en Lomas de Chapultepec.

—¡Pero yo no acepté ir a su casa!

—Esta noche no estarás segura en tu departamento.

Una hora después, atravesaron las rejas de una enorme residencia protegida por cámaras y guardias armados.

Gabriel le asignó una habitación.

Mariana apenas consiguió dormir.

A la mañana siguiente descubrió algo aterrador.

Su teléfono había desaparecido.

—Encontramos un programa de rastreo instalado por Alejandro —explicó Gabriel mientras desayunaba—. Ya no podrá utilizarlo para localizarte.

—¡No tenía derecho a revisar mis cosas!

—También compré la galería donde trabajas.

Mariana quedó paralizada.

—¿Qué?

Gabriel dejó su taza sobre la mesa.

—Necesito una especialista que autentique las obras que entran en mis colecciones privadas.

—¿Me está ofreciendo trabajo?

—No exactamente.

La miró directamente a los ojos.

—Algunas de esas obras tienen un origen que preferiría no explicar ante las autoridades.

Mariana sintió que el estómago se le encogía.

—¿Quiere que falsifique documentos para usted?

Gabriel no respondió.

Simplemente deslizó hacia ella una carpeta con fotografías de pinturas valoradas en millones de pesos.

—Empiezas hoy.

—¿Y si me niego?

Él cerró la carpeta.

—Puedes negarte a trabajar. Pero mientras Alejandro siga buscándote, no permitiré que salgas sin protección.

Mariana comprendió entonces que había escapado de un hombre que quería controlarla para caer en manos de otro que podía comprar todo cuanto la rodeaba.

Y lo peor todavía estaba por llegar.

Aquella tarde, cuando bajó al sótano de la residencia, descubrió una bóveda llena de pinturas antiguas.

Sobre la primera mesa había un expediente.

Lo abrió.

En la página inicial aparecía una fotografía de Alejandro Salazar.

Debajo, una anotación:

«Socio comercial. Operación pendiente: 48 millones de pesos».

Mariana sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

El hombre que acababa de salvarla conocía a su agresor desde mucho antes de aquella noche.

Y quizá nada de lo ocurrido había sido una coincidencia.

PARTE 2: «El hombre que me protegía tenía negocios con mi peor pesadilla»

—¿Desde cuándo conoce a Alejandro Salazar? —preguntó Mariana, levantando el expediente.

Gabriel Mendoza no pareció sorprendido.

—Desde hace dos años.

—¡Me hizo creer que apenas sabía quién era!

—Nunca dije eso.

Mariana dejó caer la carpeta sobre la mesa.

—¿Entonces todo fue preparado? ¿La gala? ¿Mi desesperación? ¿Usted apareciendo justo cuando lo necesitaba?

Gabriel se acercó lentamente.

—No sabía que estarías allí. Pero Alejandro cometió el error de acercarse a alguien bajo mi protección.

—¡Yo nunca le pedí que fuera mi dueño!

Por primera vez, Gabriel guardó silencio.

Mariana aprovechó aquella pausa para revisar los documentos.

Alejandro había trabajado como intermediario financiero para una empresa vinculada al grupo Mendoza. Meses atrás, una operación millonaria había terminado con documentos alterados y cuadros cuya procedencia resultaba imposible justificar.

Gabriel sospechaba que Alejandro había intentado robarle.

Pero necesitaba pruebas.

Y Mariana, con su experiencia en autentificación artística, podía encontrarlas.

—No me rescató por bondad —susurró ella—. Me necesita para descubrir cómo lo engañaron.

—Las dos cosas pueden ser ciertas.

Durante los días siguientes, Mariana examinó las pinturas guardadas en la bóveda.

Una noche identificó una marina holandesa supuestamente pintada en 1670.

Era falsa.

El pigmento blanco había sido fabricado siglos después.

Cuando informó a Gabriel, él llamó inmediatamente a su jefe de seguridad.

—Suspendan el pago. Encuentren al vendedor.

Su tono hizo que Mariana comprendiera que aquel asunto no terminaría con una simple reclamación.

—No quiero que lastime a nadie por lo que acabo de decirle.

—Tu trabajo consiste en descubrir la verdad.

—Y el suyo, ¿en castigar a quienes lo engañan?

Gabriel no contestó.

Dos semanas después, a las tres de la madrugada, las alarmas despertaron a toda la residencia.

Dos hombres habían atravesado la barda exterior.

Los guardias los detuvieron antes de alcanzar la casa.

Mariana observó desde una cámara de seguridad cómo los interrogaban.

Entonces escuchó un nombre.

Alejandro.

Él los había contratado.

Les había prometido dinero para entrar en la residencia y llevársela.

Gabriel ordenó entregarlos a las autoridades junto con las grabaciones del intento de allanamiento.

Sin embargo, Mariana descubrió algo todavía peor.

En el teléfono de uno de los detenidos apareció una conversación con Alejandro.

No se trataba únicamente de recuperarla.

El mensaje decía:

«Consigan a Mariana. Mendoza necesita que ella autentifique las pinturas. Sin ella no podrá cerrar la operación».

Aquella noche Mariana comprendió que ambos hombres la consideraban una pieza fundamental de sus negocios.

Uno quería recuperarla para vengarse.

El otro la mantenía cerca porque necesitaba sus conocimientos.

Tres días después, Gabriel apareció en la cocina con una expresión que ella nunca le había visto.

—Alejandro incendió la galería.

Mariana soltó la taza que sostenía.

El café se derramó sobre el piso.

—¿Había alguien dentro?

—No. Ocurrió antes de que llegaran los empleados.

Mariana comenzó a llorar.

Aquella galería había sido su refugio durante años.

Gabriel dejó sobre la mesa un pequeño objeto ennegrecido.

Era un fragmento de tela gris.

—Lo encontraron frente a la entrada.

Mariana reconoció inmediatamente el tejido.

Era idéntico al saco que Gabriel había llevado la noche de la gala.

Alejandro había dejado un mensaje para ambos.

Gabriel se colocó el abrigo.

—Voy a encontrarlo.

—¿Qué piensa hacerle?

—Terminar con esto.

Pero cuando él se dirigía hacia la puerta, Mariana recibió una llamada de un número desconocido.

Contestó.

La voz de Alejandro sonó entre interferencias.

—Mariana, pregúntale a Mendoza por qué compró tu galería seis horas después de conocerte.

Ella dejó de respirar.

—¿Qué quieres decir?

Alejandro soltó una carcajada.

—Pregúntale también quién ordenó que desaparecieran los documentos originales de aquellas pinturas.

La comunicación terminó.

Mariana levantó lentamente la mirada hacia Gabriel.

Y vio algo que nunca había visto en su rostro.

Miedo.

PARTE 3: «Cuando descubrí quién había destruido mi vida, la puerta de aquella mansión ya estaba abierta»

—Dime que Alejandro está mintiendo.

Mariana permanecía frente a Gabriel, con el teléfono todavía pegado a la mano.

Él guardó silencio.

—¡Dímelo!

—Compré la galería porque necesitaba proteger sus archivos.

—¿Protegerlos de quién?

Gabriel respiró profundamente.

—De Alejandro. Y de las personas que trabajan conmigo.

Mariana sintió una presión insoportable en el pecho.

Gabriel la condujo hasta su despacho y abrió una caja fuerte.

Sacó varios expedientes.

Entre ellos había fotografías de obras robadas, transferencias bancarias, facturas falsas y copias de documentos con firmas aparentemente auténticas.

—Hace seis meses descubrí que alguien estaba utilizando mis empresas para mover piezas de arte de procedencia ilegal —explicó—. Alejandro estaba involucrado.

—¿Y usted no?

Gabriel sostuvo su mirada.

—Sabía que ciertas operaciones eran irregulares. Permití demasiadas cosas mientras los negocios siguieron funcionando. No voy a fingir que soy inocente.

Mariana sintió una mezcla de rabia y decepción.

Durante semanas había intentado convencerse de que detrás de aquella frialdad existía un hombre capaz de protegerla.

Pero ahora entendía que Gabriel no era un héroe.

Era un hombre peligroso que había encontrado una razón personal para enfrentarse a otro hombre peligroso.

—¿Por qué compró mi galería?

—Porque Alejandro había ordenado retirar varios documentos originales. Tu antigua jefa se negó. Temí que destruyeran todo.

—¡Y aun así terminaron incendiándola!

Gabriel bajó la mirada.

—Sí.

Aquella respuesta sencilla dolió más que cualquier excusa.

Mariana tomó los expedientes.

—Voy a llevar esto a la Fiscalía.

—Si entregas todo, también me investigarán a mí.

—Entonces tendrá que responder por lo que hizo.

Gabriel la observó durante unos segundos.

Después abrió un cajón y colocó una memoria USB sobre el escritorio.

—Aquí están las grabaciones de las operaciones, las transferencias y las comunicaciones de Alejandro.

Mariana no pudo ocultar su sorpresa.

—¿Me está dando pruebas contra usted mismo?

—Estoy cansado de que otros hombres decidan por ti. Y empiezo a entender que yo también lo he hecho.

Pero la conversación terminó abruptamente cuando sonó el teléfono de Gabriel.

Alejandro había sido localizado en una antigua bodega ferroviaria de Vallejo.

Dos camionetas salieron de la residencia.

Gabriel insistió en que Mariana permaneciera allí.

Esta vez ella se negó.

—No voy a esconderme mientras ustedes deciden cómo termina mi historia.

Finalmente, Gabriel aceptó que lo acompañara, con la condición de que permaneciera junto a la abogada de la empresa.

Al llegar, encontraron a Alejandro intentando huir por una puerta lateral.

Los guardias le cerraron el paso.

Gabriel caminó hacia él.

—Se acabó.

Alejandro levantó las manos.

—Podemos arreglarlo. Todavía tengo dinero.

—No quiero tu dinero.

Alejandro miró desesperadamente a Mariana.

Después sonrió de una manera que ella conocía demasiado bien.

—Todo esto empezó por ella, ¿verdad?

Gabriel no respondió.

—Puedes quedártela —continuó Alejandro—. Te la regalo. Siempre fue demasiado complicada. Si me dejas ir, no volveré a buscarla.

Mariana sintió náuseas.

Había pasado tres años soportando sus celos, amenazas y golpes. Había llegado a creer que algún día volvería a ser el hombre cariñoso que conoció al principio.

Pero allí estaba.

Dispuesto a intercambiarla por su propia libertad.

Gabriel avanzó un paso.

Su rostro estaba endurecido por la furia.

—Vuelve a hablar de ella como si fuera una mercancía y…

—¡Basta! —gritó Mariana.

Ambos hombres se volvieron hacia ella.

Mariana caminó directamente hasta Alejandro.

—Mírame.

Él intentó sostener su antigua expresión de superioridad.

No lo consiguió.

—Durante años me hiciste creer que yo era la culpable de tus ataques. Me alejaste de mis amigas. Revisabas mi teléfono. Me golpeaste y después llegabas con flores.

Alejandro apretó los dientes.

—Siempre exageras.

Mariana sintió el viejo impulso de disculparse.

Pero no lo hizo.

—Incendiaste mi lugar de trabajo porque ya no podías controlarme. Mandaste hombres armados a buscarme. Y acabas de ofrecerme como si fuera un objeto.

Se acercó lo suficiente para mirarlo a los ojos.

—Nunca más vas a decidir quién soy.

Entonces se volvió hacia Gabriel.

—Y usted tampoco.

El silencio cayó sobre la bodega.

Gabriel comprendió inmediatamente.

Bajó la mano con la que había sujetado a Alejandro por el cuello de la camisa.

Mariana sacó su teléfono nuevo.

Había grabado parte de aquella conversación.

Además, la abogada ya había solicitado la presencia de agentes ministeriales, a quienes entregaría la ubicación y los documentos relevantes.

—No quiero otro hombre que me prometa protección mientras decide cuándo puedo salir, trabajar o respirar —dijo Mariana—. Quiero recuperar mi vida.

Alejandro intentó escapar aprovechando la distracción.

Los guardias lo detuvieron sin golpearlo.

Poco después llegaron las autoridades.

La investigación posterior fue mucho más amplia de lo que Mariana esperaba.

Alejandro fue detenido por los delitos que se le imputaban, relacionados con el incendio, las amenazas y la operación financiera investigada. También se incorporaron a la carpeta las denuncias previas de violencia que Mariana había presentado.

El proceso apenas comenzaba.

Gabriel tampoco salió indemne.

Sus empresas quedaron sometidas a investigaciones financieras y varias cuentas fueron inmovilizadas.

Él entregó información adicional a sus abogados para ponerla a disposición de las autoridades.

Por primera vez en su vida adulta, Mariana vio a Gabriel Mendoza sin el poder absoluto que siempre lo había rodeado.

Y descubrió que seguía siendo un hombre capaz de mirarla con una intensidad que la confundía.

Tres semanas después, regresó a la mansión para recoger sus pertenencias.

Gabriel la esperaba en el vestíbulo.

Vestía una camisa blanca sin corbata.

Parecía cansado.

Sobre una mesa había un teléfono, las llaves de un automóvil y un sobre.

—Son tuyos —dijo.

Mariana abrió el sobre.

Contenía su salario pendiente y una compensación documentada por el trabajo que había realizado.

—No necesito que me compre una nueva vida.

—Lo sé.

—Tampoco quiero que vuelva a decidir por mí.

—También lo sé.

Gabriel caminó hacia la puerta principal.

La abrió.

Al fondo del jardín, las rejas exteriores permanecían abiertas.

—Puedes irte cuando quieras, Mariana.

Ella miró aquella salida.

Durante semanas había soñado con verla abierta.

Sin embargo, cuando llegó el momento, experimentó una tristeza inesperada.

Recordó los desayunos silenciosos, las largas horas trabajando entre cuadros antiguos y aquella noche en que Gabriel apareció herido en la bóveda.

Recordó cómo había limpiado la sangre de su rostro.

También recordó las órdenes, el miedo y la sensación de vivir encerrada.

Se volvió hacia él.

—¿Por qué me dejaste salir ahora?

Gabriel tardó en responder.

—Porque creí que protegerte significaba mantenerte cerca. Pero terminé pareciéndome demasiado al hombre del que intentabas escapar.

Mariana sintió lágrimas en los ojos.

—Pudiste haberme dicho eso antes.

—No sabía cómo querer a alguien sin intentar controlarlo.

Ella dejó la bolsa en el suelo.

Por un instante, Gabriel creyó que se quedaría.

Pero Mariana extendió la mano.

—Dame las llaves.

Gabriel se las entregó.

Ella tomó sus pertenencias y caminó hacia la salida.

Antes de cruzar el umbral, se detuvo.

—Gabriel.

Él levantó la mirada.

—Lo que siento por ti es real. Pero no voy a construir una relación sobre el miedo ni sobre las cosas que hiciste por mí sin preguntarme.

Gabriel asintió lentamente.

—Lo entiendo.

—Si algún día volvemos a encontrarnos, quiero que sea porque los dos podemos elegir libremente. No porque alguno necesite salvar al otro.

Y se marchó.

Seis meses después, Mariana abrió un pequeño taller de restauración en la colonia Roma.

No era lujoso.

Tenía ventanas grandes, paredes blancas y una cafetera que funcionaba cuando quería.

Pero todo le pertenecía.

Había recuperado parte de su independencia económica, regresado a terapia y vuelto a reunirse con amigas a quienes no veía desde hacía años.

La investigación contra Alejandro continuaba.

También la relacionada con los negocios de Gabriel.

Una tarde recibió una carta escrita a mano.

Reconoció la letra inmediatamente.

Era de Gabriel.

No contenía promesas de amor eterno ni exigencias de volver a verlo.

Solo unas palabras:

«La primera noche me pediste que fingiera ser tuyo. Yo te respondí que no sabía fingir. Ahora entiendo que tampoco sabía amar. Gracias por enseñarme que proteger a alguien no significa poseerlo».

Mariana dobló cuidadosamente la carta.

La guardó dentro de un cajón.

Después abrió las ventanas de su taller y dejó entrar el aire fresco de la Ciudad de México.

Quizá algún día volvería a encontrarse con Gabriel.

Quizá nunca.

Por primera vez, aquella incertidumbre no le daba miedo.

Porque había descubierto una verdad que ninguna fortuna podía comprar:

Un hombre puede enfrentarse al mundo entero para defenderte y aun así no saber amarte. El amor verdadero comienza cuando puedes abrir la puerta, marcharte y seguir siendo libre.

Y mientras observaba las calles llenas de gente, Mariana recordó la noche en que, desesperada, había suplicado a un desconocido que fingiera ser su pareja.

Aquella noche creyó que necesitaba pertenecerle a un hombre poderoso para sobrevivir.

Ahora entendía que había estado buscando algo completamente distinto.

No necesitaba un dueño.

No necesitaba un salvador.

Necesitaba volver a pertenecerse a sí misma.

Porque la pregunta no era si Gabriel Mendoza podía protegerla de Alejandro Salazar, sino si algún día sería capaz de amarla sin convertir su protección en otra prisión.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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