Le rogó a una bruja que borrara su aroma para siempre y así escapar del Rey Alfa… pero cuando él descubrió que ya no podía encontrarla, comenzó una cacería desesperada. ¿Por qué se negaba a dejarla ir?

Le rogó a una bruja que borrara su aroma para siempre y así escapar del Rey Alfa… pero cuando él descubrió que ya no podía encontrarla, comenzó una cacería desesperada. ¿Por qué se negaba a dejarla ir?

La primera vez que intenté desaparecer, estaba embarazada de gemelos y el rey que me buscaba había sido el mismo hombre que, tres noches antes, guardó silencio mientras la corte me llamaba mentirosa.

La bruja me advirtió que borraría mi olor, pero también me quitaría todos los aromas que amaba.

Acepté.

Afuera, en algún punto de la sierra, sonó el cuerno de caza de Damián Vale, rey de los cuatro territorios. Yo llevaba su anillo escondido bajo la ropa y dos de sus hijos creciendo dentro de mí.

—Hazlo —le dije a la anciana.

Para entender por qué preferí perder el olor a la miel antes que volver a confiar en él, hay que regresar a la hacienda Encino Negro, donde crecí en un cobertizo junto a las colmenas.

Mi padre, don Alden, nunca decía mi nombre frente a sus invitados. Yo era la hija que tuvo con una mujer de la cocina, una omega que murió cuando yo era pequeña. Me dejaron cuidar las abejas porque daban dinero y nadie más quería acercarse a ellas. A los diecinueve años, mis nudillos estaban marcados por la cera caliente y mis manos olían a humo y miel.

Mi madrastra, Celia, se encargó de que entendiera mi lugar. También me hizo prometerle a mi madre, cuando aún respiraba con fiebre, que nunca cambiaría de forma frente a otros lobos.

Mi madre había sido una mujer de cabello casi blanco. En las noches sin luna, cuando yo me transformaba sola en el huerto, mi loba también era blanca: el color de la estirpe lunar que el padre de Damián había mandado exterminar antes de que yo naciera.

Yo no conocía toda esa historia. Solo sabía que mi madre temía a los estandartes reales y que había secretos que podían costar la vida.

Un día llegó el acuerdo del rey: debía casarse con una hija de Encino Negro para sellar la lealtad de la hacienda. La elegida era Marabela, mi media hermana legítima. Al saberlo, se encerró en la ropería y lloró hasta quedarse sin voz.

Celia resolvió el problema a su manera.

—La mandaremos en su lugar —dijo—. La bañaremos con el agua de Marabela y la cubriremos de su perfume. Si el rey se da cuenta, habrá muerto una bastarda. Si no, conservaremos a nuestra hija.

Me lavaron con el agua gris que había usado mi hermana, quemaron mi ropa y me enviaron a la capital con un velo de hilo plateado. Lo único que pude rescatar fue un pedacito de cera de abeja, que llevé bajo la lengua durante todo el viaje.

Me casé sin ver el rostro del rey hasta que terminaron las palabras del enlace.

Damián era alto, de cabello negro y ojos color ámbar. Decían que no tenía olor. Estar cerca de él se sentía como aproximarse a una habitación vacía.

Al levantarme el velo, aspiró junto a mi oído.

—Te cubrieron de violetas —murmuró—, pero debajo sigues oliendo a humo y miel.

Me quedé helada. Él sabía que yo no era Marabela. Aun así, pronunció los votos y me tomó la mano delante de toda la corte.

Durante semanas, los nobles me hicieron sentir que yo tampoco pertenecía allí. Movían mi silla para obligarme a arrastrarla frente a todos. Me servían la comida sin sal. Mi dama de compañía parecía no escuchar una sola palabra que yo dijera.

En público, Damián no me defendía ni me miraba más de lo necesario. En privado, a veces se sentaba junto a la chimenea de mi habitación y me preguntaba por las abejas.

¿Cómo encontraban a la reina? ¿Qué hacían durante el invierno? ¿Por qué nunca me picaban?

Una madrugada lo vi en la sala de mapas. Una abeja se golpeaba contra el vidrio de la ventana. Damián dejó sus documentos, la recogió con sus manos de guerrero y la soltó afuera con un cuidado que jamás le había visto mostrar por las personas.

Desde entonces dejé un frasco de miel junto a la puerta de la sala. Nunca lo vi tomarlo, pero a mediodía siempre estaba vacío. Una vez encontré a su lado una abeja tallada en madera, torpe y hermosa. Me la guardé en el bolsillo.

Las noches también cambiaron. Damián empezó a quedarse hasta tarde. A veces se dormía en una silla demasiado pequeña para él, con las botas puestas. Yo le echaba una manta encima y fingía que no me enternecía.

Una noche me contó que su padre había acusado de traición a su madre y la había borrado de los registros. Un ritual le había arrebatado el olor a cambio de dejarlo vivo.

—No recuerdo cómo olía —dijo, mirando las brasas—. Eso es lo que más me duele.

Yo le hablé de mi madre, pero no de mi loba blanca. Todavía no sabía si podía confiarle algo tan peligroso.

En la octava semana descubrí que estaba embarazada. Iba a contárselo esa noche, pero Celia llegó a la capital con Marabela y una sonrisa que me hizo recordar el agua fría de aquella tina.

Días después, encontré un frasco de miel destinado a Damián. Debajo del dulzor percibí un rastro amargo: veneno para lobos. Lo tiré al suelo antes de que alguien lo tocara.

Esa noche, el rey me tomó las manos marcadas de cera.

—Me dieron un nombre falso bajo un velo —dijo—. Y, sin embargo, ha sido lo único verdadero en este palacio.

Estuvo a punto de besarme, pero apoyó la frente contra la mía. Yo sentí a nuestros hijos bajo el corazón y reuní el valor para decírselo.

Entonces, cuatro días después, Celia irrumpió en la audiencia del tratado con el relicario de mi madre en la mano. Mostró un mechón blanco y dijo la palabra que la corte temía: “lunar”.

—Si miento, que la reina se transforme aquí mismo —exigió—. Que su loba demuestre quién es.

Miré a Damián. No me acusó. Pero tampoco respondió.

Pasaron tres latidos.

En el cuarto, rompí mi promesa, cambié frente a seiscientos lobos y salté por una ventana hacia la tormenta; mientras el vidrio se cerraba detrás de mí, escuché al rey gritar mi verdadero nombre.

PARTE 2

No me detuve.

Corrí entre los pinos con un trozo de vidrio clavado en el hombro y la nieve pegándose a mi pelaje. El cuerno de Damián resonó detrás de mí una y otra vez. Yo no sabía si quería alcanzarme para protegerme o para entregarme a la misma corte que acababa de señalarme como una amenaza.

Durante tres días avancé hacia el norte. Cuando la sangre me debilitó y la tormenta se volvió insoportable, encontré una choza escondida en un valle. Allí vivía una anciana de un ojo nublado, que olía a enebro y hierro quemado.

Le pedí que borrara mi rastro.

—El olor no es un vestido que puedas quitarte —me advirtió—. Es la manera en que tu alma reconoce su hogar. Si lo quemo, tampoco volverás a oler el pan, la lluvia ni la cabeza de tus hijos cuando los tengas en brazos.

No le pregunté cómo sabía que serían dos.

Pensé en la miel, en las colmenas de mi infancia y en Damián inclinándose sobre mi cabello. Luego recordé los tres latidos de silencio en la audiencia.

—Hazlo.

La bruja cosió el aire a mi alrededor con una aguja de humo. El enebro, el hierro y la miel llenaron la choza. Me aferré a ese último olor mientras pude. Después, el mundo se quedó vacío.

La anciana puso una mano en mi vientre.

—Dos —dijo—. Uno tendrá tu problema y el otro, el suyo.

No entendí. Tampoco entendí por qué me aconsejó que, cuando Damián me encontrara, no dejara que me suplicara en un palacio.

—Los palacios le enseñaron todo al revés. Que lo haga en el lodo.

A la mañana siguiente salí sin poder oler los pinos, el humo de mi ropa ni siquiera mi propia piel. La pérdida fue tan completa que por un momento creí que la bruja también había borrado una parte de mí.

Damián llegó a la choza cuando yo ya me había marchado. Los cazadores encontraron ceniza, olor a enebro y hierro, pero ningún rastro mío. Él se arrodilló en el suelo frío y permaneció allí hasta que vio, medio escondida bajo las cenizas, la abeja de madera que yo había cargado desde el palacio.

No podía seguir mi olor. Así que siguió lo que significaba.

Mandó hombres discretos a los pueblos del norte con instrucciones que hicieron reír a sus soldados: buscar velas con una costura roja, colmenas que nadie pudiera acercar y una mujer que fabricara cera sin que las abejas la picaran.

Damián gobernó mal durante meses. Dormía en la silla de mi habitación y comía miel como quien intenta llenar un hueco. Mientras tanto, Celia, confinada en la hacienda, empezó a negociar con dos señores del norte para debilitarlo y anular nuestro matrimonio.

Yo llegué al pueblo de San Jacinto a finales del invierno. Alquilé un cuarto detrás del taller de velas, atendí mis colmenas y aprendí a vivir sin aromas. Di a luz en una noche de lluvia, con la ayuda de una partera que vivía a varias horas de camino.

Mi hija nació primero, con el cabello negro. Mi hijo llegó unos minutos después, igual de oscuro y con el ceño fruncido de su padre. Los dos lloraron con fuerza. Yo los abracé sin poder oler su piel, pero aprendí pronto otras formas de reconocerlos: el peso de sus cuerpos, sus respiraciones, la manera en que mi niña estiraba la mano cuando una abeja zumbaba cerca.

Cuatro meses después, una mañana húmeda, escuché el cuerno real.

Mi cuerpo lo reconoció antes que mi mente. No había adónde huir con dos bebés y una canasta. Me quedé en la puerta del taller, con mi hija en brazos y mi hijo acostado entre mantas.

Damián entró al pueblo con veinte jinetes. Se bajó del caballo y se quedó a una distancia prudente.

Lo vi mirar a la niña, luego al niño. Vi cómo entendía que yo había estado embarazada cuando huí. El rey, el guerrero al que todos temían, pareció quedarse sin aire.

No ordenó que me acercara. No avanzó.

Se quitó la espada, la misma ante la que se inclinaban los señores, y la dejó en un charco. Después se arrodilló en el lodo.

—Conté esos tres latidos todas las noches —dijo—. No vine a llevarte de vuelta, Ren. Vine a decirte que puedo quedarme aquí, si me dejas. El reino tendrá que aprender a gobernarse sin mí.

Miró la canasta.

—No sabía que había dos. Déjame conocerlos. Aunque sea desde la otra punta de la calle.

No podía olerlo. Ni la lluvia, ni los caballos, ni el aire que compartíamos. Pero vi el agua embarrar sus rodillas y a sus jinetes bajar la mirada, incómodos ante su rey arrodillado. Mi hija estiró una mano hacia él con el mismo gesto que usaba para tocar las abejas.

—Pasa —le dije—. Estás dejando entrar el frío.

No fue un perdón inmediato. Esa tarde le permití cargar a su hijo mientras yo sostenía a la niña. Le expliqué que no volvería a la capital por una orden, ni por una corona, ni por una disculpa bonita. Damián escuchó sin interrumpirme.

Se quedó en San Jacinto. Aprendió a calentar agua, a cambiar pañales y a no tomar a los bebés cuando yo no se los ofrecía. Los primeros días dormía en el taller de velas. Después, cuando uno de los niños tuvo fiebre, se quedó sentado junto a la puerta toda la noche, esperando a que yo le pidiera ayuda.

La confianza volvió despacio, con pasos pequeños. Una taza de café compartida. Una conversación sobre mi madre. La promesa de que ninguna decisión sobre nuestros hijos se tomaría sin mí.

En primavera regresamos a la capital juntos, por decisión mía. No llevé corona ni vestido de corte. Llevé a mis hijos y la abeja de madera.

Celia tuvo que responder ante los señores por el veneno, la suplantación del matrimonio y las cartas con las que había intentado reunir apoyo para quitarle el trono a Damián. Pero quien la enfrentó fue Marabela. De pie ante toda la corte, mi hermana leyó las cartas que probaban los planes contra mis hijos.

Al terminar, Celia la miró con desconcierto.

—Todo lo hice por ti.

Marabela no respondió. Cuando partió a un convento en la frontera, fui al patio y puse un frasco de miel en sus manos. No nos abrazamos. No hacía falta fingir que los años de crueldad habían desaparecido. Pero, por primera vez, ninguna de las dos tuvo que obedecer a nuestra madrastra.

Damián anuló el antiguo decreto contra la estirpe lunar y devolvió a mi madre el lugar que le habían borrado de los registros. Yo acepté ser reina solo después de que los territorios reconocieran mi derecho a conservar mi nombre, mis colmenas y mi voz.

La coronación se hizo en el mismo salón donde la corte me había exigido transformarme. Colgaron de nuevo los estandartes lunares junto a los de la casa Vale. En vez de violetas, elegí miel y humo para la ceremonia.

No pude olerlos.

Eso no cambió de inmediato, y durante mucho tiempo me dolió. La bruja no había mentido: había cerrado mi nariz al mundo. Pero, una noche, meses después, mi madre me explicó que ciertos pactos podían devolver lo entregado, si el vínculo se sellaba libremente por ambas partes.

Damián nunca me pidió que aceptara. Esperó.

La última noche de aquel año, me senté en la habitación de los niños con los dos dormidos contra el pecho. Él cabeceaba en una silla demasiado pequeña, con las botas puestas y la corona colgando de un dedo. Roncaba apenas, como una tetera a punto de hervir.

Me incliné sobre mi hija.

Al principio no sentí nada. Luego, muy despacio, llegó el olor de la cera tibia. La lluvia contra la ventana. El humo de la vela. Y, debajo de todo, tenue pero inconfundible, la miel.

Respiré otra vez, llorando en silencio.

Damián despertó al oírme. No preguntó si lo había perdonado ni si volvería a ser la mujer que fui. Solo tomó mi mano y esperó.

Afuera, una abeja dormitaba en el alféizar, protegida de la lluvia. Por primera vez desde que salí de la choza, el mundo volvía a oler a hogar.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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