Cada noche, una joven cantaba para dormir a los viejos lobos de guerra, sin saber que el temido Rey Alfa fingía roncar entre ellos solo para escuchar su voz… hasta que una noche ella descubrió quién estaba realmente a su lado.
Cada noche, una joven cantaba para dormir a los viejos lobos de guerra, sin saber que el temido Rey Alfa fingía roncar entre ellos solo para escuchar su voz… hasta que una noche ella descubrió quién estaba realmente a su lado.
El chasquido de un hueso al romperse todavía me despierta algunas noches.
Pero lo que nunca he podido olvidar es el silencio que vino después.
Bruno, el beta que una vez juró amarme, se limpió la sangre de los nudillos y dijo:
—No eres más que una omega.
Eso ocurrió en la manada del Cerro de Hierro, en la Sierra de Durango. Yo era Cora, una loba a la que todos habían aprendido a mirar por encima del hombro. Seis meses antes, Bruno había roto nuestro vínculo frente a toda la manada. Después eligió a Tania, una loba de buena familia, y dejó que ella me empujara contra el muro del patio cuando pasaba cerca de los dos.
Esa noche, con las costillas adoloridas, me mandaron al refugio de los ancianos para cantar.
La curandera Clara estaba acostada junto al fogón. Sus ojos blancos ya no podían ver, pero su oído seguía siendo agudo.
—La de la muchacha del río congelado —me pidió con su voz rasposa.
No quería cantar. Tenía el pecho lleno de vergüenza y el vínculo roto me palpitaba por dentro como una herida infectada. Pero en el Cerro de Hierro las omegas aprendíamos pronto que negarnos podía costarnos más que obedecer.
Así que respiré y dejé que la melodía saliera.
Era una canción antigua sobre lobos perdidos en la nieve y compañeros que volvían a encontrarse bajo la luna. Mi voz no era fuerte, pero tenía una vibración que parecía llegarles hasta los huesos. Los ancianos dejaron de removerse entre las mantas. Un lobo atigrado, echado cerca de la puerta, apoyó la cabeza en sus patas y comenzó a respirar con calma.
En el rincón más oscuro estaba el rey Gael Varela, envuelto en su capa negra. Llevaba tres semanas visitando el refugio con la excusa de que el ruido del salón del consejo le provocaba dolor de cabeza.
Yo sabía que fingía dormir.
Lo notaba en los nudillos, tensos bajo la tela, y en la mandíbula que se le endurecía cuando yo llegaba a las notas más tristes. Escuchaba cada canción como si de ella dependiera que el mundo dejara de hacerle daño.
Cuando llegué al último verso, Bruno apareció en la entrada con Tania pegada a su costado.
—Te saltaste una nota, omega —se burló.
Mi voz se cortó. Mantuve la mirada en el suelo. Mirarlo a los ojos podía considerarse un desafío, y yo ya no tenía fuerzas para pelear con él.
—Perdón, beta.
—Las disculpas no arreglan la incompetencia. Los ancianos necesitan descansar, no escuchar los quejidos de una loba rechazada. Deja de llenar este lugar con tu tristeza.
La anciana Clara gruñó desde su cama.
—Está calmándonos, Bruno. Cuida tu lengua en mi refugio.
Tania sonrió con dulzura fingida.
—Solo está cuidando la reputación de la manada. Tener a una omega aullando como cachorro moribundo no es precisamente digno.
Me puse de pie. Me temblaban las rodillas.
—Ya me voy.
Al pasar junto a Bruno, él se inclinó para que solo yo lo oyera.
—Sigues oliendo a víctima.
Entonces cesaron los ronquidos del rincón.
El silencio se volvió tan denso que hasta el fuego pareció encogerse. El rey Gael se incorporó y dejó caer la capa. Las cicatrices le cruzaban el pecho como un mapa de guerras. Sus ojos ámbar se clavaron en mí, y su presencia hizo que Bruno retrocediera un paso.
—¿Quién le dijo a la omega que dejara de cantar? —preguntó el rey.
—Majestad, ella estaba molestando a los ancianos —respondió Bruno, intentando recuperar el orgullo—. Solo quise poner orden.
—No te pedí una explicación.
Gael se acercó a mí. Su olor a humo de pino y tormenta llenó el refugio.
—Estaba fingiendo dormir —dijo, sin apartar los ojos de los míos—. El consejo me irrita. Y la voz de Cora calma a mi lobo. Quiero escuchar el final de la canción.
Bruno apretó la mandíbula.
—Ella fue mi compañera. Está inestable. Hay mejores cantantes.
Los ojos de Gael brillaron con un fulgor dorado. Un gruñido profundo le sacudió el pecho. Tania cayó de rodillas, exponiendo el cuello; Bruno apenas pudo mantenerse en pie.
—No vuelvas a hablar de ella como si todavía te perteneciera —dijo el rey—. Y no vuelvas a pronunciar su nombre para insultarla. Discúlpate con la tierra que pisa.
Bruno bajó la cabeza. Después, él y Tania huyeron del refugio.
Gael no regresó a su rincón. Se sentó frente a mí, junto al fogón, y pidió que continuara. Le dije que no podía: el rechazo me dolía otra vez. Él no discutió. Solo sacó algo de su capa y lo dejó en mi palma.
Era una figurita de lobo tallada en madera, con una marca profunda en el costado. La reconocí de inmediato. La había tallado cuando tenía catorce años y la había perdido cerca del río congelado.
—¿Dónde la encontraste? —pregunté.
Gael guardó silencio un instante. El aire cambió. Bajo el humo y la tormenta apareció un aroma a lluvia sobre piedra caliente, moras silvestres y sangre fresca. Mi loba, que llevaba meses escondida, alzó la cabeza dentro de mí.
El vínculo roto dejó de arder como una herida y se encendió como una llama.
—Cora —dijo Gael, con la voz ronca—, no eres una loba rota. Eres mi compañera.
Di un paso atrás. Él no me persiguió.
—Eso es imposible.
—No. Lo imposible fue que te convencieran de que eras menos por ser omega.
Entonces, antes de que pudiera preguntarle cómo conocía aquella figurita, la puerta del refugio explotó hacia adentro y una voz gritó desde el umbral:
—¡El rey está bajo un hechizo! ¡Sujetadlo y encárguense de la omega!
PARTE 2
La madera hecha astillas cayó sobre el suelo. Clara lanzó un grito y yo me arrojé frente a ella para cubrirla.
Bruno estaba en la entrada con cuatro guerreros de la manada. Tenía los ojos completamente negros. Tania aguardaba detrás, con una hoja de plata en la mano.
—¡Traición! —rugió Bruno—. ¡La omega está usando magia para dominar al rey!
Gael se puso de pie. La ternura que había mostrado un instante antes desapareció de su rostro.
—Trajiste armas al refugio de los ancianos —dijo—. Acabas de firmar tu sentencia, beta.
Bruno soltó una carcajada amarga.
—El Cerro de Hierro obedece a la fuerza. Ya no tienes a tu consejo de tu lado.
Los guerreros se lanzaron sobre el rey.
Gael cambió de forma con un rugido. En un instante, un enorme lobo negro ocupó el centro del refugio. Sus ojos dorados iluminaron la oscuridad. El primer atacante salió despedido antes de alcanzar a Clara; los demás lo rodearon, golpeando con garras y dientes.
Bruno se transformó y chocó contra el costado de Gael. El impacto derribó una banca y levantó polvo de las vigas. Yo arrastré a Clara hacia una esquina, mientras Tania me apuntaba con la hoja plateada.
—Todo esto es por tu culpa —escupió.
No tuve tiempo de responder. Bruno consiguió separarse de la pelea y se lanzó directo hacia mí, con las fauces abiertas.
Durante seis meses había vivido creyendo que el dolor era lo único que me quedaba. Me había encogido para no molestar, había bajado la cabeza para sobrevivir y había aceptado que me llamaran débil hasta casi convencerme de que era verdad.
Pero cuando vi a Bruno abalanzarse sobre Clara, algo antiguo despertó en mi pecho.
No canté.
Grité.
Mi voz atravesó el refugio como una onda invisible. Las ventanas estallaron hacia afuera. Bruno chocó contra aquella fuerza y cayó a mis pies, con las orejas pegadas al cráneo y el cuerpo temblando. Los otros guerreros se aplastaron contra el suelo. No era fuerza física. Era una orden que venía de un lugar más profundo que el miedo.
Gael se liberó de ellos y avanzó hacia Bruno. Volvió a su forma humana, con sangre en los nudillos y el pecho agitado.
—La llamaste rota —dijo en voz baja—. La llamaste un juguete.
Bruno intentó responder, pero apenas pudo sostener la cabeza.
—No sabía que era tu compañera…
—No te importó saber qué era cuando la heriste.
Gael le quitó el título de beta y el nombre de la manada. A él y a Tania los desterró más allá de los límites del territorio. Los guerreros que habían obedecido a Bruno quedaron bajo custodia hasta que los ancianos decidieran su castigo.
Yo no pedí que lo matara. No quería que mi vida empezara con otra sentencia pronunciada en mi nombre.
Cuando el refugio quedó en silencio, Gael se acercó despacio. Se arrodilló frente a mí, como ya había hecho junto al fuego, y apoyó la frente contra mi vientre.
—Te encontré —susurré.
—Nunca dejé de buscarte.
Clara, todavía en el suelo, inclinó la cabeza. Los ancianos que habían presenciado la pelea hicieron lo mismo. Por primera vez, nadie me miró como si mi presencia fuera una molestia.
Pero yo seguía necesitando respuestas.
—¿Cómo conocías la figurita?
Gael alzó la mirada. Me contó que, cuando yo tenía catorce años, tres lobos salvajes me acorralaron junto al río congelado. Él era entonces un joven desterrado, herido y medio muerto de hambre. Había llegado hasta allí siguiendo el olor de las moras.
—Te vi sostenerles la mirada aunque estabas temblando —dijo—. No huiste. Me recordaste que todavía podía elegir a quién proteger.
Había espantado a los lobos y recogido la figurita que se me cayó en la nieve. Después siguió su camino, convencido de que no podía ofrecerle un hogar a nadie.
—Me tomó diez años volver a tener un lugar que pudiera llamar mío —continuó—. Cuando llegué a la ceremonia de tu vínculo, Bruno ya te había marcado. Si lo hubiera atacado, el rebote del vínculo podía matarte. Tuve que esperar a que él lo rompiera.
—Y mientras tanto dejaste que me humillara.
Gael no intentó justificarse.
—Sí. Pensé que esperar era protegerte. Me equivoqué. Debí buscar otra forma de estar a tu lado sin quitarte la libertad ni dejarte sola.
No lo perdoné en ese instante. Él tampoco me lo exigió. Se quedó en el refugio y ayudó a reparar la puerta. Los días siguientes habló conmigo cuando yo quería hablar y guardó silencio cuando necesitaba estar sola. No volvió a ordenarme cantar. Me preguntaba qué necesitaba y aceptaba mi respuesta.
Poco a poco, el dolor del vínculo roto dejó de ocupar todo el espacio dentro de mí. Mi voz seguía teniendo poder, pero ya no la sentía como una obligación. Canté para Clara porque ella me lo pidió. Canté para los ancianos cuando una tormenta los llenó de pesadillas. Y, algunas noches, canté para Gael, que volvía a fingir que dormía junto al fuego.
El consejo quiso nombrarme reina de inmediato. Me negué hasta que aceptaron una condición: ninguna omega volvería a ser tratada como propiedad ni podría ser obligada a aceptar un vínculo por conveniencia política. La nueva ley llevaría mi nombre y se leería frente a todas las manadas de la sierra.
Cuando por fin acepté la corona, no fue porque el rey dijera que yo era su compañera. Fue porque yo elegí caminar a su lado.
La noche de la ceremonia, Clara me pidió la canción del río congelado. La canté de pie, con Gael junto a mí y los ancianos alrededor del fogón. Mi voz llegó a cada rincón del salón, pero esta vez no canté para que otros dejaran de sufrir. Canté porque esa melodía también me pertenecía.
Al terminar, Gael tomó mi mano y esperó a que yo entrelazara mis dedos con los suyos.
—¿Sigues pensando que eres una loba rota? —preguntó.
Miré la figurita de madera que llevaba conmigo desde aquella noche.
—No —le respondí—. Solo estaba esperando que alguien me recordara que también podía ser fuerte.
Y cuando volví a cantar, la manada entera escuchó sin pedir que bajara la voz.
