Ella fue la única que se atrevió a bañar al prisionero maldito que ningún guardia quería tocar… sin imaginar quién era realmente. Ahora, el Rey Alfa se niega a dejarla marchar, y nadie entiende por qué.

Ella fue la única que se atrevió a bañar al prisionero maldito que ningún guardia quería tocar… sin imaginar quién era realmente. Ahora, el Rey Alfa se niega a dejarla marchar, y nadie entiende por qué.

La maldición se apartaba de su piel cada vez que yo lo tocaba.

El rey lo notó antes que yo pudiera esconderlo.

—Dime por qué sigues viva, lavandera —me ordenó desde la oscuridad.

Yo tenía las manos hundidas en el agua cenicienta y no podía permitir que nadie descubriera qué era en realidad.

Me llamo Sara. Durante seis años trabajé en la fortaleza de Niebla Negra, en la Sierra Madre, lavando los cuerpos de los muertos. Era el oficio que nadie quería y que todos necesitaban. Por eso me mandaban a las celdas cuando incluso los guardias tenían miedo.

El prisionero llevaba tres años encadenado. La maldición le había dibujado venas negras bajo la piel. Un guardia lo tocó una vez y gritó durante una hora; desde entonces, nadie se acercaba sin guantes gruesos. A mí me enviaban con un trapo, agua caliente y ramas de enebro. Mi madre decía que el humo confundía las maldiciones y hacía que olvidaran a quién pertenecían.

Llevaba tres semanas bañando al prisionero cuando el rey León Valdés apareció detrás de los barrotes.

Había bajado sin antorcha. El fuego de la vela se inclinó hacia él, como si también temiera su presencia. Yo lo había visto dos veces desde lejos: en su coronación y durante una ejecución. De cerca imponía todavía más.

—Todos los que lo tocan se queman —dijo—. Tú tienes las manos desnudas.

Miré mis nudillos enrojecidos y la cicatriz del pulgar, recuerdo de un clavo de ataúd. Eran manos de lavandera. Eso le contesté.

—Las maldiciones se alimentan del miedo, majestad. Y a mí se me acabó hace años.

Era casi cierto. La mentira completa estaba bajo el vendaje de mi muñeca: una línea negra avanzaba por mi brazo como una enredadera. La maldición no me rechazaba. Mi sangre la absorbía. Cada vez que bañaba al prisionero, arrancaba un poco de veneno de su cuerpo y lo cargaba en el mío.

El rey se agachó frente a la cubeta.

—Este hombre es un traidor. La maldición es su condena.

—Ayer habló —dije sin pensar—. Preguntó si ya había nevado.

Algo se quebró por un instante en el rostro del rey. Luego volvió a cerrarse.

—Lo atenderás todos los días. Te darán una habitación en el ala norte. No saldrás de la fortaleza ni hablarás de esta celda con nadie.

Aquella noche bebí mi té de raíz de matalobos, como hacía desde los once años. No servía para el estómago: borraba mi olor de loba. Si alguien descubría mi sangre, no me enviarían a limpiar las celdas. Me encadenarían en una.

En la corte aprendí las reglas a golpes. Los sirvientes no comían con quienes atendían a los vivos. La dama Marina, de la casa Beltrán y futura candidata a reina, no tenía por qué dirigirle la palabra a alguien que lavaba cadáveres.

Una mañana me encontró en la galería.

—Enséñame las manos —ordenó.

Obedecí. Observó mis nudillos y sonrió para que sus damas también lo hicieran.

—Puedes lavarte con agua de rosas durante un año. Los muertos se quedan debajo de las uñas. Cada vez que respiras, metes la tumba a esta casa.

No contesté. El silencio era un lugar donde la gente cruel no podía alcanzarme con facilidad.

Al bajar a la celda, el prisionero notó mis ojos secos.

—Lloras detrás de ellos —me dijo—. Conocí a alguien que hacía lo mismo.

—Una dama me dijo que llevo la tumba conmigo.

—Las damas suelen confundir la tumba con el espejo.

Se me escapó una risa pequeña. En ese momento el rey salió de las sombras y me tomó la mano. El vendaje ocultaba la marca negra, pero él solo frunció el ceño.

—Tienes las manos frías. Traeré un brasero.

El prisionero soltó una carcajada cuando el rey se fue.

—Ahí está —murmuró—. Por fin se dio cuenta.

—¿De qué?

—De que no eres una muerta.

No respondió más. Pero esa noche oí al rey discutir con Marina detrás de una puerta.

—Una muchacha sin olor es una aberración —dijo ella.

—Vuelve a hablar de ella así y el invierno te parecerá cálido —respondió él.

Bajo mi ropa, algo enterrado desde que quemaron mi pueblo levantó la cabeza. Mi madre me había dado té de matalobos y una advertencia: “Bebe, Sara. No dejes que te encuentren. Eres la última”.

La última de la sangre plateada, la estirpe que el padre del rey había exterminado por una mentira de una vidente.

La maldición ya me había alcanzado el hombro. El prisionero estaba mejor, pero cada día yo me debilitaba. Aun así seguí bajando a las celdas. Él era el único que no retrocedía cuando me acercaba.

En una noche de luna helada, el rey me detuvo en la escalera.

—Hueles a enebro, vinagre y nada —dijo—. Para un lobo, alguien sin olor es un hueco en el mundo. Uno no puede dejar de buscarlo.

Se acercó, pero no me tocó.

—Hace dos años, en el camino del norte, olí una loba blanca. Plata, nieve y algo verde. Mi lobo la reconoció antes de verla. Desde entonces la busco.

Mi corazón golpeó con fuerza. Yo había cometido un solo descuido en ese camino: una mañana sin tomar el té.

Quise decirle la verdad. Pero también debía confesar que era la hija de la estirpe que su padre mandó borrar.

Retrocedí un escalón.

—Debería descansar, majestad.

Tres semanas después, la vidente real regresó a la fortaleza. En plena audiencia, miró hacia donde yo estaba y anunció que había una muerta entre los vivos: una loba de sangre plateada.

Me llevaron al centro del salón. La dama Marina preguntó cómo había enfermado el hermano del rey, supuestamente ejecutado cinco años atrás. Entonces trajeron una hoja de plata y me la apoyaron en el brazo.

La plata no me quemó. Una luz blanca brotó de mi piel y mi cuerpo cambió ante cuatrocientos lobos.

Cuando volví a ver, era una loba blanca bajo las miradas aterradas de toda la corte. El rey aspiró mi olor y dio un paso atrás.

—Encadénenla —ordenó.

PARTE 2 

No dijo mi nombre. Ni siquiera volvió a mirarme.

Me llevaron a una celda más profunda, detrás de barrotes forjados con plata lunar. El príncipe Raúl, el hombre que yo había estado lavando durante semanas, gritó desde su encierro cuando me oyó pasar.

Yo no sentía rabia. Habría podido enfrentarme a la rabia. Lo que me hundió fue que el rey había dejado de mirarme justo cuando más necesitaba que lo hiciera.

Esa noche, León se quedó solo en el gran salón. Su loba aullaba dentro de él, repitiendo que yo era su compañera, pero un rey no podía gobernar basándose en un instinto. No cuando la vidente había hablado, la corte había visto mi transformación y su hermano acababa de ser acusado de seguir vivo.

Al amanecer, León bajó a la celda de Raúl.

—Mírame los brazos —dijo su hermano.

El rey observó las venas negras. Ya no estaban.

—Sara no me curó —continuó Raúl—. Los de sangre plateada no curan. Absorben. Ha estado sacando la maldición de mi cuerpo y metiéndola en el suyo, baño tras baño. Revisa su hombro. Es ahí donde la carga.

Raúl se aferró a los barrotes.

—Nuestro padre mandó quemar su estirpe por una mentira en un cuenco de humo. Ella entró en nuestra casa y salvó a su hijo de todos modos. Ve a verla, hermano. Y cuando entiendas lo que hiciste, ponte de rodillas.

León abrió mi celda con sus propias manos. Yo estaba inconsciente, de nuevo en forma humana, con la maldición extendida hasta el cuello. Me cargó fuera de allí y me llevó a una habitación cálida. Mandó llamar a tres médicos y a una curandera de la montaña. El enebro ardía junto a mi cama; alguien le había explicado para qué lo usaba mi madre.

Desperté tres días después. León dormía en una silla demasiado pequeña, sujetando el vendaje de mi muñeca como si fuera el extremo de una cuerda que podía arrastrarlo a un río.

—¿Por qué me sacaste de la celda? —pregunté.

Despertó de golpe. No intentó acercarse.

—Porque me equivoqué.

No dijo que la corte lo había engañado ni que tenía razones para dudar. Me contó lo que Raúl le había explicado y aceptó que, al ordenarme encadenar, había repetido la crueldad de su padre.

La maldición no desapareció. La curandera consiguió detener su avance, pero me quedaría una marca oscura sobre el hombro. León no me pidió que lo perdonara. Durante semanas se limitó a estar cerca, sin exigir nada.

Cuando la curandera descubrió que yo esperaba gemelos, el rey tuvo que sentarse en el suelo. Yo me reí hasta llorar. Era la primera vez en años que lloraba delante de alguien y no tenía que esconderlo.

La verdad sobre Raúl salió a la luz en una nueva audiencia. León no quiso hacerlo en secreto. Convocó a los mismos cuatrocientos lobos que habían visto cómo me encadenaban.

La vidente había recibido dinero de la casa Beltrán para sostener la vieja profecía. Marina había pagado sus viajes y había hecho que un sirviente mezclara raíz amarga en mi té para debilitar el efecto que ocultaba mi olor. Su plan era exponerme justo cuando la corte estuviera reunida, convertir mi sangre en prueba de que Raúl seguía vivo y presentar al rey como un hombre hechizado por una “bruja de los muertos”.

Marina permaneció en la primera fila mientras leían las cuentas y las cartas. No bajó la barbilla. Cuando los guardias se la llevaron, me devolvió un peine de hueso que había pertenecido a mi madre.

—La mía también lavaba a los muertos antes de casarse con un señor —me dijo en voz baja—. Se escondía las manos en la mesa. Creo que te habría entendido mejor que yo.

No la perdoné allí mismo. Guardé el peine y la vi partir al exilio.

Después, León cruzó el salón y se arrodilló frente a mí. No fue una reverencia cortesana: apoyó ambas rodillas en la piedra y expuso la garganta, gesto de rendición absoluta.

—Puse a mi compañera en cadenas —dijo, para que todos lo oyeran—. Dejé que una vidente comprada y una mentira decidieran por mí. No te pido que seas mi Luna por compasión. Te lo pido porque tú puedes decidir si quieres caminar a mi lado.

—Levántate —le dije.

La voz me tembló, pero no bajé la mirada.

—Pasé seis años aprendiendo a arrodillarme. No voy a quedarme aquí viéndote aprender lo mismo.

La corte soltó una risa nerviosa. Puse mi mano bajo su mandíbula y cerré la garganta que él había expuesto. Los lobos entendieron mi respuesta.

Acepté la corona con una condición: ninguna persona volvería a ser considerada propiedad de su pareja, y ninguna omega sería obligada a aceptar un vínculo por conveniencia política. La ley se leyó ante cada manada de la sierra. Raúl salió de la celda y recuperó su nombre. León pidió perdón públicamente por haber sostenido durante cinco años la mentira de la ejecución de su hermano.

La siguiente nevada llegó cuando nacieron nuestros hijos: un niño y una niña. La pequeña tenía el pelaje blanco desde el primer día, y la corte quiso convertirlo en un presagio. Para mí, solo era mi hija.

Raúl apareció en la puerta de la habitación y dijo que los dos bebés tenían el ceño fruncido de su padre. La curandera ordenó al rey que ayudara con el baño. León se arrodilló junto a la tina de cobre, sosteniendo a la niña con la misma rigidez con que sostenía una espada.

—Le estás lavando la oreja —le dije—. No el cuello.

—La oreja también necesita limpieza.

—Está pegada a su cabeza, majestad.

Mi hija estornudó con furia. León soltó una carcajada abierta, tan distinta de la voz que hacía temblar a la corte que Raúl se quedó mirándolo.

El rey que todos temían estaba allí, con agua en las mangas, una bebé en brazos y una sonrisa que nadie había visto antes.

Yo apoyé la mano sobre la cicatriz oscura de mi hombro. La maldición seguía conmigo, pero ya no era un secreto que debía cargar sola. Afuera, la nieve cubría la fortaleza; adentro, el humo de enebro se elevaba junto a la tina mientras mis hijos dormían bajo el cuidado de su padre.

Por primera vez desde que mi pueblo ardió, no tuve que fingir que era nadie para seguir viva.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

Recommended for You

View Archive arrow_forward