Una dulce Omega adoptó a un viejo lobo gris que todos despreciaban, sin imaginar quién era realmente. Cuando el Rey Alfa apareció, aseguró que solo tenía harina en el pelaje… pero ¿qué secreto intentaba ocultar?

Una dulce Omega adoptó a un viejo lobo gris que todos despreciaban, sin imaginar quién era realmente. Cuando el Rey Alfa apareció, aseguró que solo tenía harina en el pelaje… pero ¿qué secreto intentaba ocultar?

El lobo apareció junto a mi leñero, cubierto de sangre y nieve.

Me asusté tanto que le aventé un costal de harina en el hocico.

Estornudó dos veces. Yo me eché a reír.

No sabía que acababa de humillar al rey alfa más temido de la sierra.

Me llamo Alba Ríos. Vivía en una antigua posada de piedra, a un día de camino del pueblo de Agua Gris, en las montañas del norte de México. El gremio comercial la había abandonado años atrás, así que la reparé como pude y la convertí en panadería. Tenía once colmenas junto a la pared sur y horneaba pan de miel para arrieros, pastores y cualquier viajero con unas monedas, sal o un buen chisme.

Mi manada me expulsó cuando tenía diecinueve años. Oficialmente, me culparon por la muerte de la antigua Luna, que había enfermado de fiebre invernal mientras yo la atendía. La verdad era menos noble: el hijo de la Luna me había pedido que fuera suya y yo le dije que no. En mi manada, una omega podía curar a todos, pero no rechazar a un hombre poderoso sin pagar el precio.

La noche en que encontré al lobo, la lluvia helada golpeaba la montaña. Él tenía una herida profunda en el hombro y respiraba con dificultad. Me acerqué despacio, con las manos abiertas.

—O estás muriéndote o eres muy dramático —le dije—. De cualquier manera, tengo fuego.

Entró detrás de mí, tambaleándose. Le limpié la herida con miel y agua de milenrama. Mientras trabajaba, le hablé de mis colmenas y del precio de la harina, como hacía con los animales asustados.

—Te está saliendo pelo blanco en el hocico —le dije—. Te ves distinguido, abuelo.

El lobo me miró, indignado.

—Tengo treinta y cuatro años —dijo con una voz ronca.

Casi se me cayó el frasco.

—Ah. Entonces eres un abuelo muy joven.

Le di un trozo de pan de miel. Lo devoró y se quedó mirándome las manos hasta que le corté otra rebanada. Lo llamé Ceniza por el color de su pelaje.

Pensé que se iría por la mañana. Se quedó nueve días.

Cuando por fin se marchó, creí que era el final. No lo fue. Cada noche aparecía en mi puerta, rascaba una vez como un caballero y se instalaba frente al horno. Yo le hablaba mientras preparaba la masa; él me observaba con una atención que no entendía.

Luego empezó a llevarse mis cosas. Primero fue mi rebozo rojo. Lo encontré convertido en una cama junto al fuego.

—Ese es mi mejor rebozo, ladrón.

Ceniza apoyó el hocico encima y puso cara de no haber hecho nada malo en su vida. Lo dejé quedárselo.

Después apareció un frasco de miel dorada con el sello real del Palacio de Escarcha.

—¿Robaste la miel del rey?

Ceniza movió la cola, muy orgulloso.

La probé. Era la mejor miel que había comido. Así que la usé para hornear panqués y decidí no hacer más preguntas.

Con el tiempo, Ceniza empezó a dormir junto a mi cama. Una noche desperté aplastada contra la pared, con doscientos kilos de lobo estirados sobre el colchón y la cabeza en mi segunda almohada. Le reclamé, pero él solo suspiró y siguió roncando.

Yo no sabía que, a once kilómetros, el rey Darío Valdés se escabullía de su torre cada noche para dormir en mi puerta. Su beta, Bruno, empezó a notar que el rey regresaba al amanecer oliendo a humo y lavanda.

—Majestad, tiene harina en el pelo.

—Cayó desde una altura —respondió Darío.

Nadie le creyó.

En el mercado, meses después, conocí al rey sin reconocerlo. Compró los cuarenta panes de mi puesto al triple del precio. Era alto, de cabello gris y ojos dorados, y tenía una expresión que hacía callar a toda la plaza.

—¿Siempre es así? —le pregunté al comerciante de especias.

—No. Normalmente es peor.

Esa misma noche, junto a la chimenea, le conté a Ceniza por qué vivía sola. Le hablé de mi manada, de la fiebre de la Luna y del hijo que me había pedido que aceptara un vínculo que yo no quería.

—No quiero volver —le confesé—. Solo quisiera que alguien se alegrara de verme llegar.

Ceniza apoyó la cabeza contra mi pecho. Yo lo abracé sin saber que, detrás de esos ojos, un rey había decidido que me protegería.

Dos días después, el consejero Salvatierra, el hombre que había encabezado mi expulsión, llegó a mi posada. Me ofreció perdonarme y llevarme de vuelta a la manada, pero solo si le decía cuándo venía el rey y dónde dormía.

—El último desconocido que apareció aquí recibió un costal de harina en la cara —le advertí—. A usted puedo darle con algo más pesado. Váyase.

Se marchó sonriendo. Yo le conté todo a Ceniza esa noche.

Días después, mientras dormía, desperté con olor a humo. Afuera, mis colmenas ardían. Un hombre me sujetó por detrás.

—El rey vendrá por ti —dijo.

Me arrastraron hacia el fuego. Entonces Ceniza saltó sobre ellos. Uno lo cortó con una hoja de plata y el lobo cayó de rodillas.

Grité su nombre, el único que conocía.

—¡Ceniza!

El lobo levantó la cabeza. Sus huesos comenzaron a cambiar bajo la luz de las antorchas. Y, frente a mí, apareció un hombre de cabello plateado y ojos dorados: el mismo rey que había comprado todo mi pan.

PARTE 2 

Lo miré sin poder moverme.

—Tú… —dije—. Tú eras Ceniza.

—Sí.

—Me robaste el rebozo.

—Lo necesitaba.

—Y la miel real.

—Era mía.

—Y te metiste en mi cama.

Darío, que tenía sangre bajándole por el costado, intentó responder. No encontró una defensa.

—También inventaste un perro llamado Pan para explicar por qué olías a lavanda.

—Bruno hizo demasiadas preguntas.

Uno de los hombres volvió a acercarse. Darío se interpuso, pero la herida de plata lo hizo tambalear. Los guardias reales aparecieron por el camino y desarmaron a los atacantes antes de que pudieran llegar a nosotros.

—No te acerques a mí —le dije a Darío.

Su rostro cambió.

—Alba…

—Me contaste cosas que nunca le había dicho a nadie. Yo creía que estaba hablando con un animal herido, no con el rey que podía decidir el destino de mi manada.

—Tienes razón.

No intentó ordenarme que lo escuchara. Tampoco pidió que olvidara la mentira. Se limitó a sostenerse en pie hasta que se le doblaron las piernas.

Lo atrapé antes de que cayera.

Estaba envenenado. Lo llevé adentro, le limpié la herida y lo atendí durante tres días. Apenas le hablé. Él no se quejó ni una vez, aunque el dolor le tensaba la mandíbula cada vez que cambiaba las vendas.

Al segundo día desperté sentada junto a su cama, con la mano alrededor de su muñeca, comprobando su pulso. Cuando abrí los ojos, él estaba despierto y no se había movido para no despertarme.

—¿Ceniza era real? —pregunté—. ¿O solo eras el rey jugando a ser un lobo triste?

—El lobo es la parte más real de mí. El rey es el papel que aprendí a representar.

—¿Y el pan robado?

—Ese era yo, sin ninguna excusa.

No quería reírme. Me reí de todos modos. Darío sonrió, pero no trató de aprovechar el momento para acercarse.

—No te perdono todavía —le dije.

—Lo entiendo.

—Pero tampoco voy a dejar que te mueras en mi cama.

—Eso ya lo había notado.

Tres semanas después, Darío regresó al Palacio de Escarcha. Esta vez, no me pidió que lo acompañara ni habló por mí. Primero me preguntó qué quería hacer.

—Quiero que Salvatierra responda por lo que hizo —le dije—. Y que nadie vuelva a ser expulsado de una manada por rechazar a alguien.

—Entonces eso es lo que haremos.

En la corte, el consejero intentó desacreditarme. Repitió que la antigua Luna había muerto mientras yo la cuidaba y que mi historia era dudosa. Darío se levantó de su asiento.

—Di su nombre otra vez —dijo.

La sala quedó en silencio.

—La expulsaron por sobrevivir a la fiebre de otra persona y por negarse a pertenecerle a un hombre. El consejo que aprobó esa expulsión queda disuelto desde hoy.

Salvatierra intentó defenderse, pero los documentos demostraron que había pagado a los atacantes que hirieron a Darío y ordenado el incendio de mi posada para usarme como carnada. Lo despojaron de su cargo y sus tierras. En vez de enviarlo a una celda, elegí que trabajara en la enfermería de la manada, bajo la supervisión de los curanderos a quienes había despreciado.

No lo llamé misericordia. Quería que pasara el resto de su vida atendiendo a personas enfermas sin poder decidir quién merecía ayuda.

Lady Mariana, la mujer que el consejo había elegido como posible Luna, regresó a su hogar en las montañas del este. Antes de irse, compró varias jarras de miel de lavanda para su hermana menor. Me pidió que le escribiera si necesitaba algo.

—El rey deshace panecillos cuando está cerca de ti —me dijo—. No hace eso con nadie más.

No supe qué responder.

En la ceremonia de la corte, Darío no me puso una corona sin preguntarme. Me tendió la mano frente a todos.

—Alba Ríos —dijo—, quiero que seas mi Luna. No porque seas omega ni porque el destino lo haya decidido. Quiero que lo seas porque eres la mujer que me enseñó a regresar a un hogar. ¿Me eliges?

Miré a los lobos reunidos, a Bruno tratando de no sonreír y a los consejeros que antes me habrían mandado callar.

—Sí —respondí—. Pero sigo siendo panadera y curandera. No voy a dejar de serlo por una corona.

—No te pediría que lo hicieras.

Un año después, las cocinas reales olían a pan de miel y lavanda. Yo había reconstruido mi horno junto a las colmenas del palacio. La gente podía visitarme sin cruzar medio reino, y los viajeros de la Sierra del Norte seguían pagando con monedas, sal o chismes.

Una mañana, Bruno apareció en la puerta.

—La delegación del este llega a las nueve. El rey no puede presentarse a la firma del tratado cubierto de harina.

Miré a Darío. El enorme lobo gris estaba tendido frente al horno, con la cabeza sobre mis piernas y polvo blanco en el hocico.

—La harina cayó desde una altura —dijo él.

—Claro, majestad.

Le puse una raya blanca entre los ojos con el dedo. Darío estornudó dos veces. Bruno suspiró, los guardias miraron al techo y yo me reí.

Durante años pensé que mi hogar era el lugar que me habían quitado. Luego entendí que hogar podía ser una puerta que se abría cuando alguien llegaba, una cama compartida con un lobo demasiado grande y una cocina donde nadie me pedía que dejara de ser quien era.

El rey encontró su reino mucho antes de encontrarme.

Pero yo fui quien le enseñó a volver a casa.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

Recommended for You

View Archive arrow_forward