Cancelé mi boda al descubrir que mi prometido embarazó a su amante y le propuse matrimonio al temido Rey del Norte.

PARTE 1: EL DÍA QUE CANCELÉ MI BODA Y LE PEDÍ MATRIMONIO A UN DESCONOCIDO

—¡Si te casas con esa mujer, me arrojaré desde el balcón! ¡Y moriré con nuestro hijo!

El grito de Valeria Montes paralizó a los trescientos invitados reunidos en uno de los hoteles más exclusivos de Polanco, Ciudad de México.

Yo estaba frente al altar, vestida de novia, cuando vi a la amante de mi prometido aferrarse al barandal del segundo piso.

Mi nombre es Mariana Hernández. Tenía treinta años y estaba a punto de casarme con Alejandro Salazar, heredero de una poderosa familia que controlaba negocios de transporte y seguridad privada en el centro del país.

Lo que nadie sabía era que yo ya había vivido aquella boda.

En mi primera vida, Alejandro abandonó la ceremonia para salvar a Valeria. Después descubrí que ella esperaba un hijo suyo.

Aun así, lo perdoné.

Fue mi peor error.

Durante los siguientes tres años, Alejandro utilizó los recursos de mi familia para expandir su imperio. Cuando consiguió todo lo que quería, acusó a mi padre de operaciones ilegales, destruyó nuestras empresas y me dejó sin nada.

Todavía recordaba sus últimas palabras.

—Nunca debiste obligarme a casarme contigo. Valeria es la mujer que amo.

Aquella noche, mientras los hombres de Alejandro me encerraban en una bodega, comprendí que el hombre por quien había sacrificado todo también había ordenado mi muerte.

Pero, inexplicablemente, desperté otra vez el día de nuestra boda.

Y esta vez no pensaba repetir mis errores.

—¡Mariana! —Alejandro me tomó del brazo—. Valeria está desesperada. Tengo que ayudarla.

Observé a la mujer que fingía estar a punto de saltar.

En lugar de gritar, sonreí.

—Por supuesto, Alejandro. Llévala a la suite presidencial. Voy a mandar a nuestro médico de confianza.

Él me miró sorprendido.

—Sabía que terminarías entendiendo.

No imaginaba que, mientras subían por el elevador, yo ya había enviado un mensaje a varios periodistas.

Suite 228. El heredero Salazar está con su amante embarazada durante su propia boda.

Veinte minutos después, los reporteros irrumpieron en el hotel.

Encontraron a Alejandro abrazando a Valeria, quien acababa de anunciar su embarazo.

Las cámaras comenzaron a disparar.

—¿Es cierto que utilizó su compromiso con Mariana Hernández para conseguir financiamiento de su familia?

Alejandro se puso pálido.

Entonces aparecí en la puerta.

—Hace dos meses juraste frente a mi padre que jamás me traicionarías —dije, mirando directamente a las cámaras—. ¿Y ahora resulta que tu amante está embarazada?

Valeria comenzó a llorar.

—Mariana, por favor. No destruyas su reputación.

—Qué curioso —respondí—. Te preocupaba tanto su reputación que elegiste amenazar con quitarte la vida precisamente durante nuestra boda.

Alejandro golpeó la mesa.

—¡Basta! ¡Valeria es la mujer que amo y voy a reconocer a nuestro hijo! Si quieres casarte conmigo, tendrás que aceptarlos.

Lo miré durante unos segundos.

En mi primera vida había llorado y suplicado.

Ahora sentía únicamente desprecio.

—No habrá boda, Alejandro. Yo cancelo nuestro compromiso.

Un murmullo recorrió el salón.

Él soltó una carcajada.

—Sin mí, tu familia perderá sus contratos más importantes. ¿De verdad crees que puedes abandonarme?

Entonces escuché una voz detrás de nosotros.

—Mi hija puede abandonar a quien le dé la gana.

Era mi padre, Lorenzo Hernández.

Entró acompañado por nuestros abogados y anunció que retiraba los cinco mil millones de pesos destinados a los proyectos de Alejandro.

Mi ex prometido perdió el control.

—¡No puedes hacerme esto!

Cuando intentó sujetarme, un hombre alto, vestido con un impecable traje negro, se interpuso.

No lo había visto antes.

Tenía una pequeña cicatriz junto a la ceja y unos ojos oscuros que parecían no temerle a nada.

Alejandro retrocedió instintivamente.

Yo levanté la mirada hacia aquel desconocido.

Y, sin pensarlo dos veces, le pregunté:

—Oye, guapo… ¿estás soltero? ¿Te gustaría casarte conmigo hoy mismo?

Todo el salón quedó en silencio.

El hombre me observó con una expresión imposible de descifrar.

Después sonrió.

—Con mucho gusto, mi reina.

Lo que sucedió a continuación dejó incluso a los hombres más poderosos de México sin palabras.

Porque yo acababa de pedirle matrimonio al único hombre al que Alejandro Salazar jamás se habría atrevido a desafiar.

PARTE 2: EL DESCONOCIDO QUE PROMETIÓ OBEDECERME ERA EL HOMBRE MÁS TEMIDO DEL PAÍS

—Antes de aceptar, tengo dos condiciones —le advertí al desconocido frente a todos los invitados—. Nunca me serás infiel y, cuando tome una decisión, me escucharás. ¿Entendido?

Un hombre que estaba detrás de él abrió los ojos horrorizado.

—Señor, ella no sabe quién…

El desconocido levantó una mano para silenciarlo.

Después tomó la mía.

—Mi vida es tuya, Mariana. Si alguien intenta hacerte daño, tendrá que enfrentarse conmigo.

Alejandro soltó una carcajada.

—¿De verdad vas a casarte con este muerto de hambre para darme celos?

No respondí.

Mi padre se acercó y me preguntó discretamente si estaba segura.

—Más segura que cuando acepté casarme con Alejandro.

Papá suspiró.

—Entonces tendrás mi apoyo.

Aquella misma tarde conocí el nombre del hombre que había aceptado convertirse en mi esposo.

Gabriel Mendoza.

No quiso decirme mucho sobre su trabajo. Solamente explicó que tenía negocios en Monterrey y necesitaba regresar al norte durante tres días.

—Cuando vuelva, traeré un regalo para mi futura esposa —prometió.

Antes de marcharse, me miró con una extraña nostalgia.

—Me alegra que sigas siendo tan valiente.

No entendí sus palabras.

Pero algo en su mirada me resultaba familiar.

Mientras tanto, la familia Salazar intentó salvar el escándalo.

Mercedes Salazar, madre de Alejandro, me invitó a una reunión privada en su residencia de Bosques de las Lomas.

Allí encontré a Valeria llorando frente a ella.

—Estoy esperando al primer nieto de esta familia —decía—. Merecemos respeto.

Mercedes la observó con frialdad.

—Estar embarazada no te convierte en una Salazar.

Alejandro intervino, amenazando con abandonar a su familia si no aceptaban a Valeria.

Su madre ordenó llamar a los abogados para retirarle temporalmente sus poderes empresariales.

Fue entonces cuando decidí intervenir.

—Señora Mercedes, Alejandro sigue siendo su hijo. No permita que una mujer los enfrente hasta destruir lo que construyeron.

Mercedes me abrazó, emocionada.

Alejandro me miró convencido de que todavía lo amaba.

No sabía que mi objetivo era mantenerlo cerca del poder el tiempo suficiente para que sus propias decisiones terminaran destruyéndolo.

Dos días después, Mercedes organizó una recepción privada en un yate de lujo en Acapulco para recibir a los representantes del poderoso Grupo Mendoza.

Entre los invitados estaba Lucía Mendoza, hermana de Gabriel.

Valeria, celosa de mi presencia, sobornó a un mesero para poner una sustancia en mi bebida y hacerme perder el control durante la fiesta.

Pero uno de mis empleados descubrió su plan.

Cambié discretamente las copas.

Minutos después, Valeria comenzó a comportarse agresivamente frente a Lucía, sin saber quién era aquella mujer.

La insultó, le arrojó vino y amenazó con hacer que Alejandro destruyera a su familia.

Lucía se presentó con absoluta tranquilidad.

—Soy Lucía Mendoza, directora del grupo que controla los principales corredores comerciales del norte del país.

El rostro de Valeria perdió todo su color.

Desesperada, tomó una copa rota e intentó atacar a Lucía.

Me interpuse y conseguí apartarla.

Pero Valeria me sujetó del vestido.

El piso estaba mojado y resbaladizo.

Sentí que perdía el equilibrio.

Un segundo después, las dos caímos por la borda.

Mientras el agua oscura me arrastraba, distinguí una figura lanzándose desde la cubierta.

Alguien nadaba directamente hacia mí.

Unos brazos fuertes me sujetaron antes de que perdiera el conocimiento.

Y justo antes de cerrar los ojos, escuché una voz que me heló la sangre.

—Esta vez no voy a perderte, Mariana.

Era Gabriel.

Pero ¿por qué hablaba como si ya me hubiera perdido una vez?

PARTE 3: EL REY DEL NORTE REVELÓ SU IDENTIDAD Y MI EX PROMETIDO DESCUBRIÓ EL PRECIO DE TRAICIONARME

Desperté en una habitación del hospital privado de Acapulco.

Lucía Mendoza estaba sentada junto a mi cama.

—Tuviste mucha suerte, Mariana. Mi hermano no dudó ni un segundo en lanzarse al mar.

—¿Gabriel?

Ella sonrió.

—Nunca lo había visto tan desesperado.

Antes de que pudiera responder, escuché gritos en el pasillo.

Alejandro entró acompañado por Valeria, que llevaba un vendaje en la frente.

—¡Mariana intentó matarme! —gritó ella—. ¡Me empujó al mar porque está celosa de nuestro hijo!

Alejandro me señaló.

—Sabía que estabas obsesionada conmigo, pero jamás imaginé que llegarías tan lejos.

Lucía se levantó furiosa.

—Tu amante atacó a una invitada y Mariana arriesgó su vida para protegerme.

—No te metas en asuntos de nuestra familia —respondió Alejandro.

Entonces una voz grave resonó desde la puerta.

—¿Acabas de llamar mentirosa a mi futura esposa?

Gabriel entró acompañado por cuatro hombres de traje oscuro.

Alejandro abrió la boca para insultarlo, pero uno de sus acompañantes lo detuvo.

—Señor Salazar, es Gabriel Mendoza.

—¿Y qué?

—El presidente del Grupo Mendoza. El hombre al que llaman el Rey del Norte.

Alejandro quedó inmóvil.

Gabriel controlaba empresas de logística, puertos secos y seguridad industrial desde Nuevo León hasta la frontera estadounidense. Su influencia comercial era mucho mayor que la de la familia Salazar.

Nadie comprendía cómo un hombre tan poderoso había aceptado casarse conmigo delante de cientos de desconocidos.

Gabriel se acercó a mi cama.

—Las cámaras del yate registraron todo —dijo—. Valeria agredió a mi hermana y después arrastró a Mariana al agua.

El video apareció en una pantalla.

Valeria comenzó a temblar.

—¡Fue un accidente!

—Entonces responderás por tus actos —contestó Gabriel.

Alejandro miró la grabación y comprendió que su amante le había mentido.

Pero lo que realmente lo aterrorizó fue la siguiente advertencia.

—Si vuelves a acusar a Mariana sin pruebas, perderás cualquier posibilidad de negociar con mis empresas.

Aquella noche, Valeria fue hospitalizada por las complicaciones que sufrió después del incidente.

Los médicos confirmaron que había perdido el embarazo.

Alejandro quedó devastado.

Sin embargo, en lugar de asumir sus errores, comenzó a culpar a todos los que lo rodeaban.

Su familia también estaba perdiendo la paciencia.

Cuando Valeria recibió el alta, Gabriel exigió que Alejandro dejara de utilizar las empresas Salazar para protegerla de una investigación.

Mercedes le puso una condición a su hijo: debía elegir entre conservar sus responsabilidades dentro del grupo o continuar encubriendo a Valeria.

Alejandro eligió sus negocios.

Prometió enviar a Valeria fuera de la ciudad y ayudarla económicamente, pero se negó a reconocer públicamente que había provocado el desastre.

Fue entonces cuando comprendí algo que nunca había querido aceptar en mi primera vida.

Alejandro no había amado verdaderamente a ninguna de las dos.

Amaba el poder que podía conseguir a través de nosotras.

El secreto de Gabriel

Tres días después regresé a Ciudad de México.

Aquella noche, mientras revisaba los documentos financieros de mi familia, escuché un ruido en el balcón.

Tomé el teléfono, dispuesta a llamar a seguridad.

Pero reconocí una silueta familiar.

—¿Gabriel? ¿Qué haces entrando por mi balcón?

Él sonrió.

—Tu padre tiene demasiados guardias. Era la única manera de verte sin que organizaran otra reunión de negocios.

—Podrías haber llamado.

—No quería escuchar que estabas ocupada.

Me acerqué, todavía desconfiada.

—¿Por qué aceptaste casarte conmigo? Ni siquiera me conocías.

Su sonrisa desapareció.

Sacó de su bolsillo un pequeño llavero de metal, viejo y rayado.

Sentí un escalofrío.

Lo reconocí inmediatamente.

Trece años antes, durante un viaje familiar a Monterrey, encontré a un adolescente herido detrás de una estación de autobuses.

Tenía la ropa ensangrentada y no dejaba de mirar hacia la carretera.

Le di dinero, compré medicamentos y lo ayudé a llegar a un lugar seguro.

Antes de marcharme, le entregué aquel llavero.

—Cuando puedas cuidar de ti mismo, ven a buscarme —le dije.

Nunca volví a verlo.

Hasta entonces.

—Eras tú —susurré.

Gabriel asintió.

—Me salvaste cuando nadie quería acercarse a mí. Después pasé años intentando encontrarte.

—¿Y por qué nunca me dijiste nada?

—Cuando supe que estabas comprometida con Alejandro, pensé que eras feliz. No tenía derecho a intervenir.

Me tomó delicadamente la mano.

—Pero cuando te vi abandonada en aquella boda, comprendí que no podía seguir mirando desde lejos.

Las lágrimas comenzaron a nublarme la vista.

—Gabriel, no soy la mujer inocente que conociste. Hay personas a las que quiero destruir.

Él acarició suavemente mis dedos.

—No necesito que seas inocente. Necesito que seas tú.

Por primera vez desde mi regreso al pasado, sentí que podía respirar sin miedo.

La última traición de Alejandro

Sin embargo, todavía tenía una deuda pendiente.

Alejandro había perdido el apoyo de mi familia y gran parte de sus responsabilidades empresariales.

Su padre, Arturo Salazar, estaba negociando un nuevo matrimonio para él con Patricia Villaseñor, hija de un influyente político de la capital.

Aquella alianza podía devolverle su posición.

Alejandro aceptó inmediatamente.

Mientras tanto, Valeria permanecía escondida en una residencia de Cuernavaca, convencida de que él regresaría por ella.

Fui personalmente a visitarla.

Me recibió con una sonrisa llena de desprecio.

—Alejandro sigue amándome, Mariana. Tú solamente estás tratando de separarnos.

Le mostré la invitación de boda.

Su rostro se transformó.

—No… Eso es imposible.

—Se casa el próximo sábado.

—Me prometió que regresaríamos juntos.

—También me prometió fidelidad frente a mi padre.

Valeria rompió la invitación.

—¡Estás mintiendo!

Saqué mi teléfono y le mostré fotografías de Alejandro acompañando a Patricia en una cena familiar.

Valeria se desplomó sobre el sofá.

—Perdí a mi hijo por él… y ahora me abandona.

La observé en silencio.

Durante mucho tiempo había pensado que verla sufrir me daría paz.

Pero solamente sentí una profunda tristeza por todo lo que habíamos permitido que aquel hombre destruyera.

—Todavía puedes decidir qué hacer con tu vida —le dije—. Pero deja de esperar que Alejandro te salve.

Antes de marcharme, le entregué una carpeta con pruebas de las transferencias bancarias que él había realizado utilizando empresas vinculadas a nuestra antigua alianza.

Eran documentos auténticos que había conservado desde antes de cancelar la boda.

Valeria los examinó temblando.

—¿Qué quieres que haga con esto?

—Lo que debiste hacer desde el principio. Decir la verdad.

Una boda convertida en escándalo

El sábado siguiente, Alejandro esperaba a Patricia frente al altar de una elegante hacienda en Querétaro.

Entre los invitados había empresarios, funcionarios y miembros de las familias más influyentes.

Pero justo antes de que comenzaran los votos matrimoniales, Valeria entró acompañada por su abogado.

—¡Esta boda no puede celebrarse sin que la novia conozca la verdad!

Alejandro se puso de pie.

—¡Sáquenla inmediatamente!

Patricia exigió una explicación.

Valeria entregó copias de los documentos que demostraban que Alejandro había desviado recursos de sociedades familiares y ocultado movimientos financieros durante su compromiso conmigo.

También mostró mensajes en los que prometía casarse con ella después de recuperar el control de su empresa.

Los invitados comenzaron a murmurar.

Patricia leyó los mensajes, se quitó el anillo y lo dejó sobre una mesa.

—No pienso casarme con un hombre que utiliza a las mujeres como herramientas de negociación.

Su padre ordenó suspender inmediatamente los acuerdos comerciales pendientes con los Salazar.

Arturo, furioso, anunció que Alejandro quedaba apartado de la administración familiar hasta que se aclararan las irregularidades.

Los abogados iniciaron los procedimientos correspondientes.

Alejandro vio desaparecer, en cuestión de minutos, la oportunidad de recuperar su poder.

Intentó culparme.

—¡Mariana organizó todo esto!

Pero esta vez nadie estaba dispuesto a creerle sin pruebas.

Yo observaba desde el jardín, junto a Gabriel.

—¿Te sientes satisfecha? —me preguntó.

Miré a Alejandro discutiendo desesperadamente con su padre.

Había imaginado aquel momento cientos de veces.

Creía que necesitaría verlo suplicar para sentirme libre.

Sin embargo, cuando finalmente ocurrió, descubrí que ya no necesitaba nada de él.

—No —respondí—. Me siento libre.

Semanas después, las investigaciones sobre las operaciones de Alejandro continuaron y las empresas de mi familia recuperaron los contratos que habían quedado comprometidos.

Valeria aceptó declarar ante las autoridades y abandonó definitivamente su relación con él.

No volví a buscarla.

Cada uno tendría que responder por sus propias decisiones.

El hombre que nunca me pidió cambiar

Tres meses más tarde celebramos nuestra boda en San Miguel de Allende.

No hubo alianzas empresariales impuestas, contratos secretos ni amantes apareciendo en los balcones.

Solamente nuestras familias, nuestros amigos y un hombre que me miraba como si yo fuera lo más valioso de su mundo.

Antes de intercambiar los anillos, Gabriel se inclinó hacia mí.

—¿Todavía quieres un esposo que obedezca todas tus órdenes?

Me reí.

—Depende. ¿Todavía estás dispuesto?

Él tomó mi mano y la colocó sobre su corazón.

—Estoy dispuesto a escucharte todos los días. Pero cuando te equivoques, también voy a decírtelo. Quiero ser tu compañero, no tu prisionero.

Lo miré sorprendida.

Aquello era mucho más hermoso que la promesa que le había exigido el día que nos conocimos nuevamente.

—Entonces prométeme algo más —susurré.

—Lo que quieras.

—Que nunca tendremos que destruirnos para demostrar cuánto nos amamos.

Gabriel me besó la frente.

—Te lo prometo.

Cuando caminamos juntos hacia el altar, pensé en la mujer que había sido durante mi primera vida.

Aquella Mariana creía que amar significaba aguantar humillaciones, perdonar traiciones y sacrificar a su familia por un hombre que jamás habría hecho lo mismo por ella.

Había necesitado perderlo todo para comprender una verdad sencilla.

El amor no se demuestra con promesas grandiosas, ni con dinero, ni con el poder de un apellido.

Se demuestra con respeto, lealtad y decisiones tomadas incluso cuando nadie está mirando.

Aquella primera boda había terminado con un hombre abandonándome delante de trescientos invitados.

La segunda comenzó con otro hombre eligiéndome delante de todos, sin pedirme que renunciara a quien yo era.

Y mientras Gabriel deslizaba el anillo en mi dedo, comprendí que mi verdadera victoria nunca había sido destruir a Alejandro.

Había sido recuperar mi vida y descubrir que jamás debía rogarle a nadie que me eligiera.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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