¡Una Omega cayó por un portal mágico en la biblioteca… y aterrizó sobre las piernas del Rey Alfa en plena reunión de guerra! ¿Qué hizo él al verla?
¡Una Omega cayó por un portal mágico en la biblioteca… y aterrizó sobre las piernas del Rey Alfa en plena reunión de guerra! ¿Qué hizo él al verla?

A las 12:17 de la madrugada, el piso de la Biblioteca Nacional desapareció bajo mis pies.
Caí a través de un portal y aterricé sobre el regazo de un rey licántropo.
Sus guerreros apuntaron sus espadas a mi garganta.
Entonces el alfa olió mi verdadero aroma… y dijo que yo era su compañera.
Me llamo Renata Salgado. En 2026 trabajaba como archivista en la Ciudad de México, entre documentos que casi nadie quería leer y manuscritos que olían a polvo, cuero viejo y humedad. Yo prefería los hechos a las leyendas. Las fechas, las tintas y las firmas podían probarse; la magia, no.
O eso creía.
Aquella noche me quedé después de mi horario para catalogar un códice recién llegado de una colección privada. Estaba fechado en 1247 y cubierto con símbolos que no pertenecían a ningún alfabeto que conociera. Cuando mi supervisor se fue, me advirtió que no tocara el libro sin guantes.
Me los puse.
La primera línea parecía escrita en latín, pero las letras cambiaban ante mis ojos. Sin saber cómo, entendí la frase:
«La sangre de quien no tiene voz abrirá el umbral».
En ese instante, la tinta comenzó a sangrar.
Retrocedí, chocando contra una estantería. La radio de seguridad soltó un chillido y las luces parpadearon hasta apagarse. Un olor a pino quemado y aire después de una tormenta invadió la sala. Sobre la mesa, el espacio se agrietó como vidrio y se abrió en un remolino violeta.
Los libros salieron volando. Me aferré a la alfombra, pero algo tiró de mí con una fuerza brutal. Sentí que el aire me abandonaba y que el mundo se doblaba alrededor de mi cuerpo.
Después, caí.
Atravesé un techo de madera y me estrellé contra algo duro, cálido y cubierto de metal. Escuché sillas arrastrándose, hombres gritando y espadas saliendo de sus fundas.
Cuando abrí los ojos, estaba sentada a horcajadas sobre un hombre enorme, en medio de una sala de guerra. Tenía las manos apoyadas en su pecho, protegido por una cota de malla. Bajo el metal, su corazón golpeaba con una fuerza imposible.
El hombre levantó la mirada. Sus ojos eran de un azul helado, pero mientras lo observaba se encendieron de un ámbar sobrenatural.
—No te muevas —ordenó.
No podía. Una docena de guerreros me rodeaba con hachas y espadas. El de la barba gris me señaló.
—¡Es una bruja! ¡Entró por los muros!
El hombre que me sostenía alzó una mano y todos callaron. Su voz tenía una autoridad que parecía hundirse en las piedras.
—Soy el rey Leandro Montemayor —dijo—. Y tú acabas de caer en medio de mi consejo de guerra.
—Yo estaba en la Ciudad de México —balbuceé—. En una biblioteca. En el año 2026.
El silencio que siguió fue peor que los gritos. Uno de los nobles, un hombre elegante de cabello oscuro llamado Gaspar, se acercó a la mesa.
—Miente. Es una espía del sur.
Entonces el rey olfateó el aire. Su expresión cambió. Sentí que mi rostro ardía al recordar los supresores que llevaba años tomando para ocultar mi condición de omega. En el viaje a través del portal, algo había deshecho su efecto.
Por primera vez en una década, mi aroma llenó la sala.
Los guerreros se tensaron. Algunos bajaron sus armas; otros dieron un paso hacia mí. Leandro reaccionó antes que ellos. Se puso de pie y me cubrió con su cuerpo, sosteniéndome contra su pecho.
—¡Bajen la mirada! —rugió—. Quien vuelva a acercarse a ella sin permiso responderá ante mí.
El guerrero de barba gris cayó sobre una rodilla. Los demás lo imitaron, resistiéndose a un instinto que parecía obligarlos a obedecer.
Leandro me miró, todavía agitado.
—Eres mi compañera.
—No soy de nadie —le contesté, aunque me temblaba la voz.
Algo parecido al respeto cruzó su rostro. Aflojó los brazos para que pudiera apartarme.
—Tienes razón —dijo—. La decisión es tuya. Pero mientras estés en mi fortaleza, nadie te hará daño.
El consejo exigió que me encerraran hasta comprobar si era una amenaza. Leandro se negó a meterme en las celdas y me llevó a sus habitaciones, donde podría protegerme mientras averiguábamos cómo había llegado allí. Aun así, cuando salimos, vi que Gaspar no parecía sorprendido. Nos siguió con la mirada y sonrió.
En el cuarto, le conté lo del códice. Leandro perdió el color al escuchar la descripción.
—Ese libro se llama el Códice del Umbral —dijo—. Lo robaron de una bóveda protegida hace tres noches.
Comprendí entonces que mi caída quizá no había sido un accidente. Mi sangre de omega había activado el portal en el otro extremo, pero alguien en aquella fortaleza había usado el códice para abrirlo.
Y si el umbral estaba destinado a traer guerreros enemigos, mi llegada no había arruinado un plan cualquiera.
Había desviado un asesinato que iba dirigido al rey.
Antes de que pudiera explicárselo, una explosión sacudió la torre y la puerta se vino abajo.
PARTE 2
La madera se astilló contra el piso. Leandro me empujó detrás de una cama y desenvainó su espada en el mismo movimiento.
Gaspar entró entre el humo, acompañado por seis hombres con armaduras oscuras. En la hoja de su espada brillaban los mismos destellos violetas que había visto en el portal.
—Qué decepción, majestad —dijo—. Esperaba un escuadrón entero. En lugar de eso, te llegó una archivista.
Leandro se interpuso entre él y yo.
—Robaste el códice.
—Lo usé para abrir una brecha en tus defensas. Los soldados del sur iban a aparecer en medio de tu consejo y matarte delante de todos. Yo habría tomado el mando y negociado la paz.
—¿Entregando el reino?
—Salvando lo que queda de él. Tú has prolongado una guerra que no puedes ganar.
Gaspar hizo una seña. Sus hombres avanzaron.
Leandro los enfrentó como si la habitación se hubiera vuelto demasiado pequeña para contenerlo. Desvió un golpe con la espada y derribó al primero; luego esquivó un hachazo que partió la mesa donde estaban los mapas. Pero los atacantes eran demasiados. Uno lo hirió en el brazo y otro lo obligó a retroceder hacia la chimenea.
Me quedé detrás de la cama, con el corazón golpeándome en el pecho. No sabía pelear. No sabía cómo sobrevivir en 1247. Pero sí sabía leer manuscritos.
La espada de Gaspar estaba cubierta de símbolos. Las marcas alrededor de la empuñadura formaban el mismo lenguaje del códice: no eran adornos, sino instrucciones. La hoja estaba conectada al portal mediante un objeto físico que mantenía abierto el umbral.
Busqué a mi alrededor. Sobre la repisa de la chimenea había una copa volcada. Debajo, algo oscuro vibraba con una luz tenue: una piedra grabada con runas.
El ancla.
Gaspar levantó su espada para darle el golpe final a Leandro.
Corrí hacia la chimenea.
—¡Deténganla! —gritó el traidor.
Agarré el atizador de hierro y golpeé la piedra con todas mis fuerzas. La primera vez solo se agrietó. La segunda, se partió en dos.
El sonido fue como un cristal rompiéndose dentro de mi cabeza. La luz violeta desapareció de la espada de Gaspar. Él gritó y soltó el arma; la magia, privada de su ancla, le quemó las manos.
Leandro no desperdició la oportunidad. Lo derribó de un golpe y lo inmovilizó contra el piso. Los hombres de Gaspar dejaron caer sus armas. La puerta rota se llenó de guardias que entraron demasiado tarde para impedir el combate, pero a tiempo para llevarse a los traidores.
El cuarto quedó en silencio, salvo por el crepitar de la chimenea y nuestra respiración agitada.
Leandro se acercó a mí, pero se detuvo a un paso.
—¿Puedo revisar si estás herida?
La pregunta, tan sencilla, me sorprendió más que la batalla. Asentí. Tenía un corte pequeño en la palma, nada grave.
—Me salvaste la vida —dijo.
—Leí la piedra. No hice magia.
—A veces, saber qué mirar es más útil que tener una espada.
Los guardias se llevaron a Gaspar. El general de barba gris entró detrás de ellos. Ahora que el traidor estaba bajo custodia, ya no tenía la misma seguridad de antes. Miró los restos de la piedra y luego a mí.
—Te acusé sin pruebas —reconoció—. Estaba equivocado.
No le respondí enseguida.
—No vuelvas a llamar bruja a una mujer solo porque no entiendes cómo llegó a tu sala.
El general bajó la cabeza.
A la mañana siguiente, Leandro reunió al consejo. Gaspar fue acusado ante todos de robar el códice, abrir el portal y vender la ubicación de las defensas a los clanes del sur. Encontraron cartas escondidas en sus habitaciones que confirmaban cada parte de la conspiración. Sus cómplices también fueron juzgados. Ninguno pudo esconderse detrás de la palabra “paz” para justificar una traición.
El códice apareció en una cámara secreta de la torre. Algunas páginas estaban quemadas; otras, manchadas con sangre. El portal que me había traído se había cerrado al destruir la piedra, y nadie en la fortaleza sabía abrirlo de nuevo.
—¿Eso significa que no puedes volver? —preguntó Leandro cuando nos quedamos solos.
—Significa que no sé cómo hacerlo.
No dijo que el destino me había llevado hasta él. No utilizó el vínculo para exigirme que me quedara. Solo miró el libro y aceptó que mi vida entera había cambiado en una noche.
Durante los días siguientes, los escribas me ayudaron a comparar las runas con el códice. Yo aporté lo que sabía de paleografía y conservación; ellos, su conocimiento de las lenguas antiguas y de las costumbres de su tiempo. Descubrimos que el portal requería dos anclas y que la piedra rota había sido una de ellas. La otra estaba en mi siglo, quizá todavía dentro del manuscrito.
Podía existir una manera de regresar, pero nadie sabía si el umbral volvería a abrirse con seguridad. Tampoco sabía si, al cruzarlo, llegaría a mi biblioteca o a un lugar desconocido.
Leandro me ofreció una habitación propia, guardias elegidos por mí y libertad para moverme por la fortaleza. Si quería partir, me ayudaría a buscar el portal. Si decidía quedarme, tendría un sitio en el consejo, no por ser su compañera, sino porque mi conocimiento ya había salvado a su reino.
—No quiero que el miedo decida por mí —le dije.
—Entonces no te pediré que decidas hoy.
Con el tiempo, mi aroma dejó de ser una fuente de alarma y se convirtió en algo que podía sentir sin avergonzarme. Dejé de tomar los supresores. Aprendí las reglas de aquel reino y enseñé a los escribas métodos para conservar documentos sin destruirlos. A cambio, ellos me ayudaron a entender la historia que el códice no alcanzaba a contar.
Leandro y yo nos acercamos despacio. El vínculo estaba ahí, intenso y desconcertante, pero no lo tomamos como una orden. Compartimos cenas, discutimos sobre mapas y nos contamos cosas que ninguno había confesado al consejo. Él me hablaba de la guerra y de las decisiones que lo mantenían despierto. Yo le contaba de una ciudad iluminada por millones de focos y de los archivos que había dejado atrás.
Una noche, me llevó a la muralla. Desde allí, las montañas se extendían bajo la luna, oscuras y silenciosas.
—Si mañana se abriera el portal, ¿cruzarías? —me preguntó.
Pensé en mi vida de antes: los pasillos de la biblioteca, mis rutinas, la seguridad de saber qué año era. Pensé también en lo que había construido allí desde mi llegada. No necesitaba quedarme por ser omega ni por compartir un vínculo con el rey. Podía irme. Por primera vez, esa posibilidad era mía.
—No lo sé —contesté con honestidad—. Pero si me quedo, será porque yo lo elegí.
Leandro inclinó la cabeza.
—Eso es lo único que quiero.
Meses después, el consejo me ofreció un asiento permanente. No me nombraron reina ni me entregaron una corona. Acepté ser guardiana de los archivos reales y asesora en los asuntos que requerían leer las palabras antiguas. El códice quedó bajo mi cuidado, cerrado hasta que pudiéramos comprenderlo por completo.
A veces todavía sueño con la Biblioteca Nacional y despierto buscando el zumbido de las luces modernas. Pero, cuando abro los ojos, encuentro pergaminos, piedra y el amanecer entrando por la ventana.
Caí en otra época por accidente. Lo que hice después no fue obra del destino: fue una serie de decisiones mías.
Y si algún día el portal vuelve a abrirse, cruzaré solo si esa vida es la que quiero. Mientras tanto, no soy una pieza de una profecía ni la posesión de un rey.
Soy Renata Salgado. Archivista, visitante de otro siglo y autora de mi propia historia.