¡Mi Rey Alfa me traicionó con otra loba la mañana de nuestra boda! Desaparecí sin dejar rastro… pero jamás imaginó lo que sucedería después.
¡Mi Rey Alfa me traicionó con otra loba la mañana de nuestra boda! Desaparecí sin dejar rastro… pero jamás imaginó lo que sucedería después.

La mañana de mi coronación encontré a mi prometido en la cama con otra mujer.
Horas después, crucé un río helado con mi vestido de novia hecho jirones y a los guardias de mi futuro esposo pisándome los talones.
Yo era Ximena del Encino, hija de una casa del altiplano que llevaba generaciones enfrentada con los Lobos del Invierno. Mi padre arregló mi matrimonio con Damián, el rey de la manada más poderosa de la Sierra. La boda debía poner fin a una guerra que ya había cobrado demasiadas vidas.
Yo esperaba encontrar a un tirano.
En cambio, cuando Damián llegó a la hacienda de mi familia, me miró como si hubiera estado buscándome toda la vida. El vínculo entre nuestras manadas se encendió en cuanto nos vimos. Los dos supimos lo que significaba: éramos compañeros, unidos por una fuerza antigua que nuestros pueblos llamaban un regalo de la Luna.
Durante seis meses viví en su fortaleza. Damián fue paciente, cariñoso y atento. Me regaló vestidos bordados con hilo de plata y un cachorro de lobo que llamé Nube. Por las noches caminábamos sobre las murallas y él me hablaba de un reino sin fronteras ni venganzas.
—Contigo aprendí que gobernar no es lo mismo que conquistar —me decía.
Le creí. Me enamoré de él con una confianza que ahora me da vergüenza recordar.
La coronación se celebraría al amanecer, frente a los líderes de todas las manadas vecinas. Yo había pasado semanas preparando un regalo: una daga de caza con el mango tallado en asta de venado y una inscripción de protección. Quería entregársela antes de la ceremonia, cuando todavía estuviéramos solos.
Salí de mis habitaciones con la daga entre las manos y caminé por los pasillos vacíos hasta el ala oeste. La puerta de Damián estaba entreabierta.
Primero me llegó el olor: el suyo mezclado con un perfume dulce que conocía demasiado bien.
Luego vi a Renata, hija del general de Damián, bajo las sábanas que yo misma había bordado.
Me quedé paralizada.
—¿Y qué va a pensar la muchachita del Encino cuando descubra que solo la quieres para asegurar tu reino? —susurró ella, acariciándole el cabello—. Tú y yo siempre hemos pertenecido juntos.
Esperé que Damián la apartara. Que se vistiera. Que dijera que aquello era una mentira.
En vez de eso, soltó una risa baja.
—Ximena cumple su propósito. Me entrega el Encino y mantiene tranquilos a sus líderes. Tú eres la mujer que quiero en mi cama.
La daga se me cayó. El golpe contra el piso hizo que Damián volteara. Su rostro cambió al verme, pero ya era tarde. Algo dentro de mí se había roto con un sonido que nadie más pudo escuchar.
—Ximena, espera…
No grité. No lloré. Di media vuelta.
El vínculo tiró de mí con tanta fuerza que casi caí. Mi loba quiso regresar, arrancarle a Renata de las sábanas y obligar a Damián a mirarme. Pero sabía que, si me quedaba, no iba a perder solo una corona. Iba a perderme a mí misma.
En mis habitaciones, le pedí a mi doncella que escapara y buscara a mi familia. Después me quité el camisón, arrojé al fuego el vestido de coronación y me puse mis botas y mi ropa de montar. Nube, ya casi del tamaño de un mastín, no se separó de mí.
Damián llegó a mi puerta y golpeó con el puño.
—¡Ximena, déjame explicarte! ¡Fue un error!
Un error. Como si hubiera tropezado y caído en la cama de Renata.
Conocía el castillo mejor de lo que él imaginaba. Durante meses había estudiado los planos y encontrado un pasadizo oculto detrás de un tapiz. Lo crucé justo cuando la puerta de mis habitaciones cedió.
En las caballerizas encontré a Salvador, un viejo veterano al que yo había ayudado cuando lo acusaron injustamente de robar dinero de la corona. Miró mi ropa, el arma a mi espalda y la expresión de mi cara.
—¿Qué pasó, mi reina?
—Ya no soy su reina. Damián se acostó con Renata. Necesito desaparecer.
Salvador ensilló la yegua más veloz y me señaló el camino al poniente.
—Cruza el río Negro. Del otro lado empieza el territorio de Julián, el rey del Pedregal. Damián no puede perseguirte allí sin iniciar otra guerra.
Partí cuando todavía repicaban las campanas de la coronación. Nube corrió junto a la yegua. Detrás de mí, los aullidos de los guardias se acercaban.
El río estaba crecido, negro y lleno de rocas. No había puente. Lo crucé con el agua hasta el pecho, sosteniéndome de la montura mientras la corriente intentaba arrancarme de ella. Cuando alcanzamos la otra orilla, caí sobre las piedras, temblando y con sangre en el brazo.
Al levantar la vista, vi a Damián al otro lado del río. Había llegado convertido en un enorme lobo oscuro.
—¡Ximena! ¡Vuelve! ¡La desterraré! ¡Te juro que ella no significa nada!
Lo miré con el vestido roto pegado al cuerpo.
—Tú ya elegiste, Damián. Ahora te toca vivir con eso.
Entonces Nube gruñó detrás de mí.
De entre los árboles salieron veinte guerreros con ballestas. Su líder avanzó hasta quedar frente a mí: el rey Julián del Pedregal, el enemigo más temido de Damián.
Miró primero al rey que yo acababa de dejar atrás y después a mí.
—Dime, princesa —dijo—, ¿vas a volver con el hombre que te traicionó o vas a ofrecerme algo que valga más que una corona?
PARTE 2
—No tengo rey —respondí, poniéndome de pie a pesar del temblor—. Y no pienso volver con él.
Julián observó mi rostro como si buscara una señal de que estaba mintiendo. Detrás de él, sus guerreros mantenían las armas listas, pero ninguno me apuntaba directamente.
Al otro lado del río, Damián volvió a llamarme. No respondí.
—¿Qué puedes ofrecerme? —preguntó Julián.
—Los planos de la fortaleza del Invierno. Las entradas de servicio, los cambios de guardia y los puntos débiles de sus murallas.
Una sonrisa lenta apareció en el rostro del rey del Pedregal.
—Eso podría iniciar una guerra.
—La guerra ya existe. Yo solo te estoy ofreciendo la oportunidad de terminarla en tus términos.
Julián hizo una seña y sus guerreros bajaron las ballestas.
—Entonces ven conmigo, Ximena del Encino. Pero entiende algo: aquí nadie te tendrá lástima por ser una novia despechada. Si quieres refugio, cumplirás tu parte.
—Eso es exactamente lo que quiero.
Antes de marcharme, miré una última vez hacia la otra orilla. Damián seguía ahí, empapado, furioso y desesperado. Su voz se quebró cuando gritó mi nombre.
Por un instante sentí el tirón del vínculo, el dolor físico de alejarme de alguien que mi cuerpo reconocía como propio. Pero aquel dolor no era una orden. No significaba que tuviera que perdonarlo ni regresar.
Le di la espalda.
La fortaleza de Julián era distinta a la de Damián. No tenía salones dorados ni tapices bordados, sino piedra oscura, patios de entrenamiento y ventanas estrechas. Allí nadie me ofreció seda para ocultar mis moretones. Me dieron un cuarto, ropa seca, comida caliente y un espacio para hablar sin que me interrumpieran.
Cumplí mi promesa. Dibujé los planos de la fortaleza del Invierno y marqué las rutas por las que podrían entrar los mensajeros sin que los detectaran. Julián leyó cada página con cuidado y después las guardó bajo llave.
—Podrías haber pedido cualquier cosa —dijo—. Riquezas, una escolta hasta tu casa, un ejército.
—Quiero aprender a defenderme.
Al día siguiente, antes de que saliera el sol, empecé a entrenar.
Los primeros meses fueron duros. El dolor de mi brazo se curó, pero el del vínculo persistía como una herida que no terminaba de cerrar. Julián no me ofreció falsas promesas ni me dijo que olvidara a Damián. Me exigía disciplina y, cuando me equivocaba, me explicaba cómo corregirlo.
Aprendí a montar en terreno rocoso, a leer huellas y a sostener una espada sin dejar que la rabia guiara mis manos. Nube creció a mi lado, fuerte y desconfiado, siempre pendiente de quienes se acercaban demasiado.
Con el tiempo, empecé a escuchar noticias del Invierno. Renata y su padre, el general, controlaban cada vez más decisiones de la corte. Los almacenes de grano se vaciaban mientras el general acumulaba provisiones. Las aldeas del norte pagaban impuestos cada vez más altos y los hombres de Damián se negaban a patrullar las rutas porque llevaban meses sin recibir paga.
La traición que había visto en aquella habitación no había sido un tropiezo. Damián necesitaba mi alianza, pero también estaba dispuesto a usarme como una pieza más de su reino. Renata y su padre, mientras tanto, estaban aprovechando su debilidad para gobernar por él.
Un año después de mi huida, Julián recibió una solicitud de reunión. Damián quería negociar rutas comerciales y alimento para sus aldeas.
—No tienes que acompañarme —me dijo Julián—. Lo que pase en esa reunión no depende de ti.
—Lo sé.
Aun así, me puse la armadura del Pedregal y cabalgué con él hasta el círculo de piedra donde se encontrarían los dos reyes.
Damián llegó delgado y con el rostro cansado. A su lado iba Renata, cubierta de joyas que reconocí como parte del tesoro de la corona. Al verme, él se quedó inmóvil.
—Ximena…
No bajé del caballo.
Renata le apretó el brazo y le susurró algo al oído. Damián se soltó de ella.
—No vuelvas a hablar por mí —le dijo.
Por primera vez desde la mañana de la coronación, lo vi mirar a otra persona como si entendiera lo que era sentirse utilizado.
Entonces se arrodilló en el barro.
—Perdóname. Sé que no lo merezco. Creí que podía conservarte y, al mismo tiempo, tener todo lo que quería.
—No me perdiste porque cometieras un error, Damián. Me perdiste porque me miraste a la cara durante meses y me convenciste de que podía confiar en ti mientras planeabas usarme.
—Lo sé.
—No. Apenas estás empezando a entenderlo.
El vínculo volvió a tensarse entre nosotros. No era tan fuerte como antes, pero seguía ahí, cargando recuerdos de las murallas, las noches junto al fuego y las promesas que él rompió. Mi loba quiso acercarse. Yo le pedí que se quedara quieta.
Damián se incorporó despacio.
—Dime qué necesitas. Puedo desterrar a Renata y a su padre.
—No vine a pedirte que los castigues por mí. Vine a hablar por la gente que pasa hambre mientras tu corte se llena los bolsillos.
Julián desplegó los documentos que mostraban los impuestos ilegales y las reservas de alimento escondidas por el general. Damián los leyó en silencio. Renata intentó quitárselos, pero uno de los guardias del Invierno se interpuso.
El general había traicionado a su propio rey. Renata lo había ayudado, convencida de que, si Damián se debilitaba, ella podría gobernar desde su lado. La corte tuvo que enfrentarse a la verdad: no era mi huida la que había puesto al reino al borde del hambre. Era la gente en quien Damián había confiado.
—Las aldeas no necesitan otra coronación ni otra promesa —dije—. Necesitan que les devuelvan lo que les quitaron.
Damián firmó el acuerdo de rendición política: su general y Renata serían juzgados, las provisiones pasarían a manos de las aldeas y una asamblea de líderes revisaría los impuestos. Él renunciaría a gobernar hasta que el consejo decidiera si todavía podía hacerlo.
No exigí que entregara su vida ni que se humillara por mí. Exigí que dejara de confundir el poder con el derecho a tomar lo que quisiera.
Al terminar la reunión, Damián se acercó al caballo.
—¿Alguna vez podrías perdonarme?
Lo miré. El hombre que había amado seguía ahí, pero ya no era el único hombre que podía imaginar junto a mí. Y yo ya no era la mujer que necesitaba su aprobación para saber cuánto valía.
—Tal vez algún día te perdone —le dije—. Pero eso no significa que vaya a volver.
Asintió. Esta vez no me pidió que cambiara de opinión.
Regresé al Pedregal con Julián. Durante el camino, no hablamos del vínculo ni de lo que yo debía sentir. Él no intentó llenar el silencio. Me dejó decidir cuándo mirar el paisaje y cuándo cerrar los ojos.
Meses después, acepté ayudar a reconstruir las rutas entre el Encino, el Invierno y el Pedregal. No me convertí en reina de nadie. Elegí ser consejera de mi propia casa y trabajar para que los clanes dejaran de resolver cada desacuerdo con una espada.
Julián y yo nos acercamos despacio. No porque la Luna lo hubiera decretado, sino porque aprendimos a confiar sin exigirnos obediencia. Una tarde, en las murallas del Pedregal, él me preguntó si todavía sentía el vínculo con Damián.
—A veces —respondí—. Pero sentir algo no significa que tenga que regresar a donde me hicieron daño.
Julián asintió y me ofreció la mano. Yo decidí tomarla.
Todavía conservo la daga que iba a regalarle a Damián. No la uso para recordar lo que perdí, sino para recordar a la mujer que cruzó el río con un vestido roto y el corazón hecho pedazos, pero siguió caminando.
La mañana de mi coronación, creí que mi vida terminaba en aquella habitación.
En realidad, fue la primera vez que elegí mi propio camino.