¡La vendieron como sacrificio al despiadado Rey Alfa! Todos esperaban que la matara… ¡pero él se arrodilló ante ella! ¿Quién era realmente?

¡La vendieron como sacrificio al despiadado Rey Alfa! Todos esperaban que la matara… ¡pero él se arrodilló ante ella! ¿Quién era realmente?

Mi padre me entregó al rey licántropo a cambio de que no ejecutaran a nuestra familia.

Antes de subir al carruaje, escondí una daga bajo el vestido.

Si el rey me atacaba, pensaba asegurarme de que no muriera solo.

Me llamo Ximena Ríos. Mi familia vivía en el Valle del Encino, al pie de la Sierra Madre, donde los inviernos cubrían los caminos de nieve y los rumores viajaban más rápido que cualquier mensajero. El peor de todos tenía nombre: el rey Nahuel Valcárcel, soberano del reino de la Niebla.

Decían que era un monstruo incapaz de controlar a su lobo. Que llevaba cinco años perdiendo la razón y que diecinueve mujeres habían desaparecido después de ser enviadas a su fortaleza.

Mi padre, don Evaristo, no creía en monstruos. Creía en deudas. Y las suyas acababan de alcanzar a nuestra puerta.

Cuando entré en su despacho, encontré sobre el escritorio un documento con el sello rojo de los Valcárcel. Mi padre evitó mirarme. Junto al fuego, apretaba una copa con ambas manos.

—No puedes mandarme con él —le dije.

—El tratado permite cobrar tributo en oro o en vidas —respondió—. Ya no tenemos oro.

—¿Y las otras muchachas? ¿También eran parte de un tratado?

—Si me niego, sus soldados vendrán por todos nosotros.

Su voz se quebró al decirlo, pero no lo suficiente para cambiar de decisión.

Yo era su única hija soltera. Para el rey, eso me convertía en un pago conveniente.

—¿Entonces voy a morir para que ustedes conserven la hacienda?

—Vas a salvar a la familia.

La traición me supo a metal. No lloré. Había llorado demasiado cuando murió mi madre, y entendí que mi padre no iba a cambiar de opinión por verme sufrir.

Salí de la casa con una capa gruesa, una maleta pequeña y la daga de plata que había pertenecido a mi madre. La oculté bajo el vestido. Si Nahuel era realmente la bestia que describían, no pensaba dejar que me devorara indefensa.

El viaje duró tres semanas. A medida que avanzábamos hacia el norte, las montañas se volvían más altas y los pinos más densos. Los guardias del carruaje hablaban poco. Cuando les pregunté qué les había pasado a las diecinueve mujeres, uno se persignó y el otro fingió no escucharme.

La fortaleza de Hierro surgió entre la nieve como un risco negro. Sus puertas tenían relieves de lobos con la boca abierta. Me condujeron por una escalera de piedra hasta un salón enorme, iluminado por antorchas.

En el fondo había un trono de obsidiana. Delante de él caminaba un hombre que parecía debatirse entre dos formas. Tenía los hombros cubiertos de pelo negro, las manos terminadas en garras y los ojos dorados. Cada paso suyo dejaba marcas en la piedra.

Cuando me vio, dejó de moverse.

Un gruñido recorrió el salón. Los nobles y guardias se apartaron, como si ya conocieran el desenlace.

Yo metí la mano bajo el vestido y rodeé el mango de la daga.

Nahuel se agachó y se lanzó hacia mí.

Desenvainé.

—¡Ven, entonces! —grité, sosteniendo la hoja frente a mi pecho.

El rey frenó a unos centímetros de mí. Sus garras arañaron el piso. Vi la sorpresa en sus ojos, como si no esperara que una mujer a la que acababan de entregar como tributo se atreviera a plantarle cara.

Entonces inhaló.

Algo cambió en su expresión. La furia cedió, y por un instante vi debajo de ella a un hombre agotado. Nahuel bajó la cabeza hasta tocar el suelo con la frente.

El salón se quedó mudo.

El rey licántropo se había arrodillado ante mí.

PARTE 2 

Nadie en el salón se movió.

Yo tampoco. Seguía con la daga en alto, sin saber si aquello era una trampa o si el rey había perdido la razón por completo.

Nahuel se estremeció. Su cuerpo empezó a cambiar: el pelo retrocedió, las garras desaparecieron y, tras un crujido que me hizo apretar los dientes, volvió a su forma humana. Se puso de pie con dificultad. Tenía cicatrices en los brazos y una mirada dorada que ya no parecía vacía.

—Tienes un valor imprudente para alguien a quien acaban de entregar como tributo —dijo.

—No me entregaron para que me comieras —respondí—. Y si lo intentas, te clavo esto en el ojo.

Un murmullo indignado recorrió la corte. Dos guardias se acercaron, pero Nahuel levantó una mano y los detuvo.

—Bajen las armas —ordenó.

Su voz hizo que ambos obedecieran de inmediato. Luego volvió a mirarme.

—No voy a lastimarte, Ximena. Estás bajo la protección de la corona.

—La palabra de un hombre al que llaman loco no significa mucho para mí.

En vez de enfurecerse, Nahuel miró la daga. La tomó con cuidado por el filo. La plata le quemó la palma; el olor a piel chamuscada se extendió por el salón. Aun así, no la soltó hasta que la punta dejó de estar dirigida hacia él.

—Lo sé —murmuró—. Pero te doy mi palabra de todos modos.

Entonces se abrieron las puertas. Entró el comandante Gael Haro, un hombre ancho de hombros, con una armadura de plata y la sonrisa de quien cree que todo le pertenece.

—Mi rey. Escuché el alboroto. Vine a supervisar la recepción del tributo del Valle del Encino.

—No habrá tributo —dijo Nahuel—. La señora Ximena es invitada de la corona.

El comandante miró la mano quemada del rey, luego mi daga, y por último el rostro sereno de Nahuel. Algo parecido a la decepción le cruzó los ojos.

—¿El ala oriental? —preguntó.

—Prepárenla.

—Está reservada para…

—No vuelvas a cuestionar una orden mía.

Gael hizo una reverencia. Al incorporarse, me miró con una hostilidad que no se molestó en ocultar.

Una mujer mayor llamada Beatriz me acompañó a mis habitaciones. Me llevó caldo y pan, pero no probó bocado ni se relajó hasta cerrar la puerta con llave.

—¿Qué les pasó a las otras diecinueve? —pregunté.

Beatriz palideció.

—El rey nunca las mató. Las exigencias venían del comandante Haro. Cuando las muchachas no conseguían calmar la maldición que consumía al rey, las hacía desaparecer. Después culpaba a la bestia y mantenía a la corte aterrada.

—¿Por qué?

—Mientras el rey estuviera fuera de sí, Haro gobernaba en su nombre. Necesitaba que todos creyeran que Nahuel era irrecuperable.

Me senté frente al fuego, con la daga sobre las rodillas. Mi padre no solo me había entregado a una criatura peligrosa. También me había enviado al centro de una traición.

A la mañana siguiente, Nahuel vino a verme. No cruzó el umbral hasta que le dije que podía pasar.

—No tienes que confiar en mí —dijo—. Pero necesito que sepas que no devoré a esas mujeres. Durante cinco años he tenido la mente atrapada. Alguien envenenó mi vino con una mezcla que mantiene a mi lobo al borde del control.

—¿Y mi presencia lo detuvo?

—Por un momento. No sé por qué. Los antiguos relatos hablan de un ancla: alguien capaz de mirar a un alfa sin someterse a su poder. Pero eso no significa que me pertenezcas, ni que yo pueda decidir por ti.

Su respuesta me hizo bajar apenas la daga.

—¿Y si la maldición regresa?

—Entonces me alejaré de ti y pediré ayuda. No quiero que pagues por algo que no elegiste.

No era una promesa de amor. Era algo más útil: un límite que estaba dispuesto a respetar.

Durante los días siguientes, repasé todo lo que sabía sobre los negocios de mi padre. Antes de morir, mi madre llevaba las cuentas de la hacienda y yo la ayudaba. Había visto pagos al comandante Haro ocultos entre gastos de transporte y cosechas.

—Mi padre hizo negocios con él —le dije a Nahuel—. No sé cuánto sabía de la maldición, pero tengo una libreta donde registré los pagos.

—¿La trajiste?

La libreta estaba cosida dentro del forro de mi maleta. La abrí frente a él y encontramos una serie de entregas de vino y hierbas provenientes del sur. Una planta se repetía en varias facturas: raíz de adelfa, un veneno que agravaba los cambios de forma.

El comandante había estado envenenando al rey durante años.

Beatriz confirmó que, tres noches después, la corte celebraría el solsticio. Gael planeaba declarar que Nahuel ya no podía gobernar y retar su autoridad frente a los clanes.

—Si logra que el rey pierda el control delante de todos, nadie se opondrá al golpe —dijo ella.

—Entonces no debemos impedir la fiesta —respondí—. Debemos hacer que crea que ya ganó.

Nahuel no quería usarme como carnada. Yo le expliqué que no pensaba quedarme esperando en mis habitaciones mientras otros jugaban con mi vida. Al final, acordamos un plan: él fingiría que la maldición volvía y yo presentaría la libreta ante la corte cuando Haro se levantara para reclamar el poder.

La noche del solsticio, el salón estaba lleno de nobles y guerreros. Me senté a la derecha de Nahuel. Él fingía estar debilitado; mantenía la mirada perdida y apretaba los dedos contra el brazo del trono.

Gael se levantó con una copa de vino.

—Durante cinco años hemos visto a nuestro rey sucumbir a la locura —anunció—. Las mujeres enviadas como tributo no han podido salvarlo. Por el bien de la manada, exijo que entregue la corona.

Desenvainó una espada de plata.

—Si se niega, lo retaré según la ley de nuestros antepasados. Y después me ocuparé de su ancla humana.

Me levanté.

—Hablas de salvar a la manada, comandante, pero llevas cinco años envenenando a su rey.

El salón estalló en murmullos. Abrí la libreta y leí las fechas, los pagos y los nombres de los proveedores. Beatriz trajo a dos guardias que habían transportado el vino. Uno de ellos confirmó que Gael ordenaba dejar las botellas junto a las habitaciones del rey.

—¡Miente! —rugió el comandante—. ¡Es una humana que quiere dividirnos!

—¿Y qué dirás de las diecinueve mujeres que desaparecieron? —pregunté—. ¿También van a resultar culpables?

Gael ordenó que me arrestaran. Sus hombres avanzaron.

Entonces Nahuel se puso de pie.

No se transformó. No necesitó hacerlo. Su voz llenó cada rincón del salón y los licántropos más cercanos doblaron la rodilla, incapaces de ignorar la autoridad que regresaba a él.

—Yo soy el rey de esta manada —dijo—. Y tú eres el hombre que intentó destruirla desde dentro.

Los leales a Gael atacaron. Nahuel se movió con precisión, no con la furia ciega que describían los rumores. Los desarmó y los derribó sin perder el control. Gael, al ver que sus hombres caían, corrió hacia mí con la espada levantada.

No retrocedí. Me agaché cuando lanzó el golpe y le clavé la daga de mi madre en el muslo, justo en la unión de la armadura. La plata lo hizo caer de rodillas.

Nahuel llegó antes de que pudiera levantarse y le quitó el arma.

—El tribunal de los clanes decidirá tu castigo —dijo—. No voy a convertirte en un mártir ni a ocultar tus crímenes.

Gael fue encarcelado y, durante el juicio, se encontraron pruebas de su responsabilidad en la muerte de las diecinueve mujeres. Las familias de las víctimas recibieron sus nombres, sus pertenencias y una disculpa pública de la corona. La verdad no pudo devolverles la vida, pero acabó con la mentira que había protegido al comandante.

Mi padre también tuvo que responder por su parte en el acuerdo. No intenté excusarlo. Le envié una carta diciéndole que sobreviví, pero que no volvería a ser su moneda de cambio.

Cuando llegó la primavera, Nahuel me ofreció regresar al Valle del Encino o quedarme en la fortaleza. No me ofreció una corona ni me pidió que lo curara. Solo me preguntó qué quería hacer.

Elegí quedarme por un tiempo para ayudar a reorganizar los registros y asegurar que ninguna otra mujer fuera enviada como tributo. Después, cuando volví al valle, lo hice por decisión propia y no como propiedad de mi padre ni de un rey.

Nahuel y yo nos acercamos poco a poco. El vínculo entre nosotros podía explicar por qué su lobo se había calmado, pero no decidía lo que debíamos sentir. La confianza llegó después, con conversaciones honestas y la certeza de que ninguno podía reclamar al otro.

A veces todavía recuerdo la daga levantada en aquel salón. Creí que iba a morir en manos de un monstruo. En cambio, vi a un rey arrodillarse porque, por primera vez en cinco años, alguien lo había enfrentado sin miedo y sin intentar usarlo.

Mi padre me envió al norte para salvar su casa.

Yo terminé ayudando a salvar un reino y, por primera vez, elegí mi propio hogar.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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