Ella salvó a la madre del rey vampiro italiano de ahogarse — y ahora él dice que ella le pertenece
LA MESERA QUE SALVÓ A LA MADRE DEL REY VAMPIRO

PARTE 1
Sofía Ramírez perdió su empleo el mismo día en que salvó a una mujer que no tenía pulso.
Trabajaba como mesera en un restaurante levantado sobre los acantilados de Puerto Escondido. Tenía veintitrés años, una deuda universitaria que parecía interminable y apenas treinta y cuatro pesos en la cartera. Aun así, cuando vio a una anciana caer desde el muelle hacia el Pacífico, no pensó en las cuentas ni en el jefe que gritaba su nombre.
Corrió hasta la playa y se lanzó al agua.
La mujer se hundía envuelta en un vestido negro, pesada como una estatua. Sofía logró arrastrarla hasta el muelle y comenzó a reanimarla. No había latido. Su piel estaba helada, pero cuando Sofía le dio aire, los ojos de la desconocida se abrieron de golpe.
Eran violetas.
La anciana le sujetó la muñeca con una fuerza imposible.
—Interviniste —susurró—. El vínculo ha sido creado. Mi hijo vendrá por ti.
Antes de que Sofía pudiera preguntar qué significaba aquello, la mujer volvió a quedar inmóvil. Los paramédicos se la llevaron sin comprender por qué hablaba a pesar de no tener un pulso detectable.
Al regresar al restaurante, Sofía fue despedida por abandonar su turno y romper una charola. Mojada, humillada y sin dinero para pagar la renta, se sentó junto a la carretera.
Entonces un automóvil negro se detuvo frente a ella.
Un guardaespaldas enorme le informó que la mujer seguía viva y necesitaba verla. Sofía aceptó subir únicamente porque le prometieron una compensación. Sin embargo, el vehículo no se dirigió al hospital. Ascendió por una carretera privada hasta una fortaleza construida sobre los acantilados.
Allí la esperaba Alejandro de la Vega.
Era joven, elegante y tan pálido que parecía tallado en mármol. Tenía los mismos ojos violetas de la anciana. Se presentó como su hijo y le explicó que Isabel de la Vega no era una mujer común, sino la matriarca de un linaje que había gobernado la noche durante siglos.
—La salvé. Eso es todo —dijo Sofía—. Ahora quiero irme.
Alejandro cerró las puertas de la villa.
—Cuando compartiste tu aliento con ella, mezclaste parte de tu vida con la suya. Nuestros enemigos pueden oler ese vínculo. Si sales, te encontrarán.
Sofía lo acusó de secuestrarla. Alejandro respondió que solo intentaba mantenerla con vida. Pagó su renta, hizo desaparecer su rastro y ordenó que la instalaran en una habitación vigilada.
Durante la cena, confesó lo que era: un vampiro y líder de la familia de la Vega. Después condujo a Sofía hasta un santuario oculto bajo la villa.
Isabel flotaba dentro de una cápsula de cristal, conectada a máquinas. Alejandro reveló que había sido envenenada antes de caer al mar. En un monitor aparecían dos líneas: el pulso casi apagado de Isabel y el corazón acelerado de Sofía.
Alejandro apoyó una mano fría sobre el pecho de la joven.
El pulso de Isabel se aceleró al mismo ritmo.
—Tu fuerza vital está manteniendo a mi madre con vida —dijo—. Si tú mueres, ella muere.
Sofía retrocedió horrorizada.
Entonces las luces parpadearon.
El techo de cristal estalló y una figura armada descendió al santuario. Sofía vio una ballesta levantarse en medio de la lluvia de fragmentos.
El asesino no apuntaba a Alejandro.
Apuntaba directamente a su corazón.
PARTE 2
Alejandro se lanzó sobre Sofía un instante antes de que el proyectil atravesara el lugar donde ella estaba.
Ambos cayeron al suelo. El virote de plata chocó contra la base de la cápsula y comenzó a desprender un humo verdoso.
—¡Quédate detrás de mí! —ordenó Alejandro.
El atacante sacó una espada curva impregnada de veneno. Se movía demasiado rápido para ser humano, pero Alejandro era aún más veloz.
Sofía apenas consiguió distinguir una sucesión de sombras. Escuchó golpes, cristal quebrándose y el sonido seco de un arma cayendo al suelo. Cuando volvió a enfocar la mirada, Alejandro sostenía al invasor por el cuello.
—¿Quién te envió?
El hombre sonrió con los labios manchados.
—El rey caerá. La humana morirá primero.
Alejandro lo arrojó contra una pared. Mateo y los guardias irrumpieron en el santuario, pero el atacante ya no volvió a levantarse.
Sofía permanecía acurrucada junto a la cápsula.
Alejandro se acercó y le ofreció la mano. Ella retrocedió al ver sus colmillos y sus ojos completamente negros.
—No me toques.
La oscuridad desapareció lentamente de su rostro.
—Ese proyectil estaba destinado a ti —dijo—. Nuestros enemigos saben que matarte es la forma más sencilla de acabar con mi madre.
Ordenó trasladar a Sofía a un refugio subterráneo sin ventanas. Aunque parecía una suite lujosa, para ella seguía siendo una prisión.
Alejandro llegó más tarde con un botiquín. Tenía sangre ajena en la camisa y una expresión agotada.
Limpió la herida del codo de Sofía con una delicadeza que no combinaba con el monstruo que ella acababa de ver.
—¿Por qué quieren matar a Isabel?
—Mi madre mantiene un tratado entre las familias del norte y del sur. Si muere, los Obregón invadirán nuestro territorio. Miles de humanos quedarán atrapados en una guerra que ni siquiera saben que existe.
—¿Y tú qué quieres?
Alejandro levantó la mirada.
—Paz. Aunque nunca he sabido vivir en ella.
Un dolor helado atravesó repentinamente el pecho de Sofía. Se dobló sobre sí misma, sintiendo que se ahogaba nuevamente bajo el océano.
—Es Isabel —comprendió Alejandro—. El veneno está avanzando.
La tomó por los hombros y apoyó la frente contra la suya.
—Mírame. Respira conmigo.
Sofía sintió la energía de Alejandro detrás de su piel fría, intensa como un fuego encerrado. Se concentró en él y el dolor comenzó a retroceder.
Cuando abrió los ojos, sus rostros estaban separados por apenas unos centímetros.
—Tienes una mente extraordinariamente fuerte —murmuró Alejandro.
—Crecí cuidando a tres hermanos menores. No tengo tiempo para desmayarme.
Por primera vez, él sonrió sin crueldad.
Aquella noche, Sofía soñó con un recuerdo que no le pertenecía.
Se vio a través de los ojos de Isabel, de pie en un balcón frente al mar. Un hombre le ofrecía una copa y pronunciaba un brindis por la paz. En su dedo llevaba un anillo de oro con una serpiente de dos cabezas enrollada alrededor de una espada.
Isabel bebió.
El vino sabía a ceniza.
Después llegó la parálisis y la caída hacia el océano.
Sofía despertó gritando.
Alejandro apareció en la habitación antes de que ella pudiera levantarse.
—Vi al hombre que envenenó a tu madre.
Cuando describió el anillo, el rostro de Alejandro se volvió inexpresivo.
—Pertenece a Lorenzo Velasco.
Lorenzo era el consejero más antiguo de Isabel y representante de la familia neutral encargada de vigilar las leyes entre los clanes. También conocía todos los accesos de seguridad de la villa.
—Él permitió la entrada del asesino —dijo Alejandro—. Y estará presente en la gala de Isla Mujeres.
Su plan era simple y peligroso: presentarse en la gala acompañado por Sofía. Lorenzo creía que Isabel había muerto y desconocía el vínculo entre ambas. Al verla viva, revelaría su culpa.
Antes de partir, Alejandro colocó un amuleto de obsidiana alrededor del cuello de Sofía.
—Ocultará tu aroma.
—¿Estás seguro de que funcionará?
—No permitiré que nadie te toque.
—Porque necesitas que tu madre viva.
Alejandro permaneció en silencio.
Después levantó una mano y rozó la mejilla de Sofía.
—Porque eres lo único verdadero que he encontrado en más de un siglo.
Ella sintió el impulso absurdo de besarlo, pero la voz de Mateo anunció que la embarcación estaba lista.
La gala se celebraba en una mansión blanca frente al Caribe. Cuando Alejandro y Sofía entraron, cientos de invitados dejaron de conversar.
Sofía comprendió que casi todos eran vampiros.
Lorenzo Velasco los recibió con una sonrisa paternal. Llevaba el mismo anillo del sueño.
—Alejandro, lamento profundamente lo ocurrido con tu madre.
—No necesitas lamentarlo —respondió él—. Sigue viva.
La copa de Lorenzo tembló.
Alejandro acercó a Sofía.
—Ella fue quien la sacó del océano. También vio quién le entregó el vino.
El rostro amable de Lorenzo desapareció.
—¡Mátenlos!
La sala estalló en caos.
Varios guardias sacaron armas ocultas. Alejandro empujó a Sofía detrás de una columna y se lanzó contra ellos. Los disparos destrozaron mesas y ventanas mientras los invitados corrían hacia las salidas.
Uno de los hombres de Lorenzo encontró a Sofía y levantó un cuchillo.
Antes de que pudiera atacarla, una mujer de ojos violetas apareció detrás de él y lo derribó con una sola mano.
—Levántate —ordenó.
Alejandro llegó cubierto de polvo y sangre.
—Valentina.
La desconocida sonrió.
—Hola, hermano.
Sofía descubrió que era la hija desterrada de Isabel. Durante años había fingido colaborar con Lorenzo para descubrir cuánto poder habían acumulado los Obregón.
—¿Ayudaste a envenenar a nuestra madre? —preguntó Alejandro.
—Utilicé a Lorenzo para obligarlo a mostrar sus aliados. Nunca quise que Isabel muriera.
Valentina levantó una mano hacia el traidor.
Lorenzo comenzó a ahogarse. El mismo veneno que había utilizado contra Isabel oscureció sus venas. Cayó al suelo frente a todos los miembros del consejo.
Los guardias bajaron sus armas.
—La deuda está pagada —declaró Valentina—. Pero los Obregón ya vienen hacia el sur. Esta muerte no detendrá la guerra.
Antes de marcharse, miró a Sofía.
—Cuida tu corazón. Mi hermano lleva demasiado tiempo creyendo que todo lo que protege le pertenece.
Después desapareció por el balcón.
Sofía sintió que las piernas le fallaban. Alejandro la sostuvo antes de que cayera.
—¿Terminó? —preguntó ella.
—Lorenzo murió, pero la guerra apenas comienza.
Regresaron a la villa antes del amanecer. Cuando Sofía entró en el santuario, los monitores de Isabel emitían un ritmo más estable.
La cápsula se abrió lentamente.
Isabel levantó una mano temblorosa.
—Acércate, niña.
Sofía obedeció.
La matriarca colocó los dedos sobre su pecho. Una luz violeta recorrió brevemente su piel y después desapareció.
—El veneno ha abandonado mi cuerpo. Puedo romper el vínculo.
Alejandro se quedó inmóvil.
—Hazlo —dijo Sofía.
Isabel cerró los ojos. Sofía sintió cómo aquella presencia antigua se retiraba de su corazón. Por primera vez desde el rescate, volvió a sentirse completamente sola dentro de su cuerpo.
Libre.
Alejandro apartó la mirada.
—Mateo te llevará a donde quieras. Tu renta seguirá pagada y nadie volverá a molestarte.
Sofía caminó hacia la puerta.
Podía recuperar su antigua vida, buscar otro trabajo y convencerse de que todo había sido una pesadilla.
Sin embargo, recordó al asesino apuntando a su corazón, el miedo de Isabel y el instante en que Alejandro había colocado su cuerpo entre ella y la muerte.
Se volvió.
—No me quedaré porque me pertenezca una deuda.
Alejandro levantó los ojos.
—Entonces, ¿por qué?
—Porque sé quién intentará matarlos. Porque Valentina no es de confianza. Y porque alguien tiene que impedir que conviertas todo México en un campo de batalla.
Una sonrisa lenta apareció en el rostro del rey vampiro.
—Eso suena peligrosamente parecido a una decisión.
—Lo es. Mi decisión.
Sofía regresó y extendió la mano.
Alejandro la tomó sin intentar ordenarle nada.
Ella había comenzado aquel día como una mesera sin dinero que decidió salvar a una desconocida. Lo terminó junto a una familia de monstruos, frente a una guerra ancestral y sosteniendo la mano del hombre más peligroso que había conocido.
Por primera vez, Alejandro no la llamó propiedad ni responsabilidad.
La llamó por su nombre.
Y Sofía comprendió que enamorarse del rey vampiro podía destruirla.
Pero permitir que él aprendiera a amar sin poseer quizá sería la única forma de salvarlos a ambos.