Rey Vampiro Viudo se Escondió para Poner a Prueba a su Amada con Trillizos… Pero Empleada Descubrió

EL REY VAMPIRO FINGIÓ ABANDONAR SU CASTILLO PARA ESPIAR A LA MUJER QUE PENSABA CORONAR… PERO LO QUE VIO HACERLE A SUS TRES BEBÉS LO DESTROZÓ, Y UNA HUMILDE SIRVIENTA TERMINÓ REVELANDO EL ÚLTIMO SECRETO DE SU ESPOSA MUERTA

PARTE 1

El rey Luciano Draven llevaba tres días escondido dentro de su propio castillo.

Nadie lo sabía.

Ni el consejo.

Ni los guardias.

Y mucho menos Sarafinia Velo, la hermosa noble con la que todos esperaban que se casara.

Oficialmente, Luciano había viajado al norte para negociar una alianza.

En realidad, permanecía encerrado en una torre olvidada, rodeado por siete espejos encantados capaces de mostrar cada rincón del Castillo de Obsidiana.

Necesitaba descubrir la verdad antes de entregar a otra mujer la corona que había pertenecido a Evely.

Su esposa.

La madre de sus tres hijos.

La mujer que había muerto después de dar a luz a Aiden, Silas y Rowan.

Antes de morir, Evely había tomado su mano.

—Prométeme que nadie que no los ame realmente se acercará a nuestros hijos.

Luciano lo juró.

Pero seis meses después, el dolor y la presión política habían debilitado su juicio.

Sarafinia parecía perfecta.

Hermosa.

Elegante.

Atenta con los bebés cuando había nobles mirando.

Sin embargo, Luciano había comenzado a notar pequeños detalles.

Su sonrisa desaparecía demasiado rápido cuando los niños lloraban.

Su paciencia existía únicamente frente a testigos.

Así que decidió observarla sin que ella lo supiera.

Lo que vio la primera mañana convirtió sus sospechas en horror.

Aiden comenzó a llorar.

Luego Silas.

Después Rowan.

Sarafinia entró en la guardería.

Pero no levantó a ninguno.

Los miró con desprecio.

—Otra vez ustedes… ¿por qué tenían que ser tres?

Luciano apretó los puños.

Sarafinia se acercó a las cunas.

—Todo lo que hacen es llorar, exigir y molestar.

Aiden extendió sus pequeñas manos buscando que lo cargaran.

Ella retrocedió.

Después murmuró:

—Si yo gobernara, los tres acabarían en un monasterio, lejos de aquí. El castillo sería mucho más sencillo sin ustedes.

Luciano estuvo a punto de abandonar su escondite.

Pero necesitaba pruebas.

Entonces Sarafinia salió.

Los bebés continuaron llorando.

Pasaron largos minutos.

Nadie apareció.

Hasta que una puerta secundaria se abrió.

Una mujer con vestido azul y delantal blanco entró corriendo.

Mara Lorena.

Una simple mujer de limpieza.

Luciano apenas conocía su nombre.

Mara tomó a Rowan.

Acomodó a Silas contra su hombro.

Colocó una mano sobre Aiden.

—Estoy aquí, pequeños. No están solos.

Y comenzó a cantar.

Luciano dejó de respirar.

Conocía aquella canción.

Era la nana de Evely.

La canción que su esposa había cantado durante el embarazo.

La misma que había susurrado junto a las cunas poco antes de morir.

Solo tres personas la conocían.

Evely.

Luciano.

Y una joven sirvienta que había estado presente durante el parto.

Mara.

Los bebés dejaron de llorar.

Mara los besó suavemente.

—Su madre los amaba más que a las estrellas.

Las lágrimas comenzaron a caer por el rostro de Luciano.

Durante meses había estado buscando una mujer capaz de reemplazar el vacío que Evely había dejado.

Sin darse cuenta de que alguien ya llevaba seis meses protegiendo silenciosamente a sus hijos.

Pero la revelación más terrible todavía no había llegado.

Aquella noche, otro espejo mostró a Sarafinia reunida en secreto con un hombre encapuchado.

—Los niños son el obstáculo —dijo ella—. Una vez desaparezcan, Luciano estará vulnerable.

El hombre asintió.

—El monasterio está preparado.

—Quiero que desaparezcan completamente.

Sarafinia sonrió.

—Y cuando yo sea reina… nos ocuparemos también del rey.

Luciano se levantó lentamente.

Sus ojos se volvieron completamente carmesí.

Entonces Sarafinia pronunció la frase que convirtió aquella prueba de confianza en una sentencia:

—Los tres príncipes deben desaparecer como si jamás hubieran existido.

PARTE 2

Luciano quiso bajar inmediatamente.

Quiso arrancar las puertas del gran salón.

Quiso destruir a Sarafinia con sus propias manos.

Pero se contuvo.

No porque dudara de lo que había visto.

Sino porque Sarafinia tenía aliados poderosos.

Media corte confiaba en ella.

Si Luciano actuaba únicamente basado en su palabra, podría provocar una guerra entre familias nobles.

Necesitaba que todos vieran lo mismo.

Cada palabra.

Cada amenaza.

Cada traición.

Los siete espejos estaban almacenando todo.

Así que permaneció oculto.

Y siguió observando.

Mientras tanto, Mara continuaba cuidando a los bebés.

Sarafinia empezó a odiarla.

Porque los príncipes lloraban con las nodrizas.

Lloraban con ella.

Pero cuando Mara aparecía, se tranquilizaban.

Una tarde, Sarafinia encontró a Mara sosteniendo a los tres.

—Los estás malcriando.

Mara bajó la mirada.

—Solo los estoy consolando, mi dama.

—Necesitan aprender independencia.

—Tienen seis meses.

Sarafinia la miró con furia.

—Tú friegas pisos. No me enseñes cómo cuidar herederos reales.

Mara tembló.

Pero por primera vez no retrocedió.

—Entonces cuídelos usted.

Sarafinia quedó inmóvil.

—¿Qué dijiste?

—Abrácelos cuando lloren. Cánteles. Hágalos sentir seguros.

Mara apretó a los bebés contra su pecho.

—Pero no me ordene abandonarlos cuando puedo ayudarlos.

Sarafinia levantó la mano hacia Rowan.

Mara giró inmediatamente, cubriendo a los tres pequeños con su cuerpo.

El golpe cayó sobre su hombro.

Luciano se levantó en la torre.

Los espejos temblaron.

Sombras negras se acumularon alrededor de su cuerpo.

Pero Mara no gritó.

Se volvió lentamente.

—Puede golpearme a mí.

Sus ojos estaban llenos de lágrimas.

—Pero no dejaré solos a estos niños mientras me necesiten.

Sarafinia retrocedió.

—Cuando sea reina, serás la primera persona que expulse de este castillo.

Mara hizo una reverencia.

—Como mi dama ordene.

Y salió cargando a los tres príncipes.

Esa noche Mara encontró accidentalmente una carta.

Venía del Prior Malaquías, líder de una oscura orden religiosa conocida como el Velo Carmesí.

El mensaje era corto.

El santuario está preparado.

Envíen a los niños durante la luna nueva.

Nos aseguraremos de que jamás sean encontrados.

A Mara se le heló la sangre.

La luna nueva estaba cerca.

Luciano supuestamente todavía estaba lejos.

No sabía a quién confiarle aquella información.

Entonces recordó la antigua capilla privada de Evely.

Entró usando una llave que la reina le había entregado antes de morir.

Allí encontró un diario.

La primera frase hizo que sus manos comenzaran a temblar.

Si estás leyendo esto, probablemente estoy muerta.

Mara continuó.

Evely había tenido sueños proféticos.

Había visto a Luciano destruido por el dolor.

Había visto a una mujer vestida de rojo.

Había visto a sus hijos en peligro.

Y había preparado protecciones.

Dentro de un compartimiento secreto, Mara encontró una piedra negra cubierta de runas.

Al tocarla, ardió.

Los príncipes estaban en peligro.

Pero había algo todavía más sorprendente escrito en el diario.

Evely describía una antigua tradición de los Draven.

La Vigilia de las Sombras.

El rey fingía abandonar el castillo mientras observaba desde lugares ocultos para descubrir la verdadera naturaleza de quienes lo rodeaban.

Mara se llevó una mano a la boca.

—Luciano…

Comprendió todo.

—Todavía está aquí.

La revelación le dio esperanza.

Pero también significaba que debía aguantar hasta que él obtuviera las pruebas necesarias.

Sarafinia, sin embargo, aceleró sus planes.

Ordenó trasladar las cunas de los príncipes a un ala fría y abandonada.

Durante el traslado, uno de los sirvientes tropezó.

La cuna de Rowan cayó por una escalera.

Mara saltó.

Se lanzó debajo de ella.

Su cuerpo golpeó violentamente los escalones.

Pero consiguió abrazar la cuna antes de que Rowan chocara contra la piedra.

El bebé lloró.

Estaba vivo.

Mara, en cambio, apenas podía moverse.

Entonces ocurrió algo imposible.

El tiempo se detuvo.

Los sirvientes quedaron congelados.

Las llamas dejaron de moverse.

Las sombras envolvieron a Mara y a las tres cunas.

Cuando desaparecieron…

Mara estaba en una torre circular.

Rodeada de siete espejos.

Y frente a ella estaba Luciano.

—Su majestad…

Intentó levantarse.

—No te muevas.

Luciano se arrodilló.

—Tienes el hombro fracturado.

Miró a Rowan.

—Pudiste morir.

Mara comenzó a llorar.

—Se lo prometí a su esposa.

Luciano la miró.

—Lo sé.

Mara se congeló.

—¿Lo sabe?

—He visto todo.

Ella observó los espejos.

—La Vigilia de las Sombras.

Luciano asintió.

Mara sacó la carta.

—Entonces también debe saber que mañana intentarán llevarse a los niños.

Luciano leyó el mensaje.

Después Mara le entregó el diario.

Al reconocer la letra de Evely, el rey pareció romperse.

—Ella sabía…

—Sabía que el dolor podría impedirle ver algunas cosas.

Luciano cerró los ojos.

Después miró a Mara.

—Y te eligió a ti.

—Solo era su sirvienta.

—No.

Luciano negó con la cabeza.

—Eras su amiga.

Su voz se quebró.

—Y mientras yo estaba ocupado con mi dolor, tú mantuviste viva su promesa.

Mara bajó la mirada.

—No quería títulos.

—Los tendrás de todos modos.

Luciano se levantó.

—Pero primero terminaremos esto.

Anunció que regresaría al castillo y celebraría una gran ceremonia.

Sarafinia creyó que finalmente sería coronada reina.

Mandó preparar un vestido carmesí.

Joyas.

Una corona.

Toda la nobleza acudió.

Cuando Luciano entró en el salón del trono, el silencio fue absoluto.

Sarafinia descendió lentamente las escaleras.

Sonreía.

Se arrodilló ante él esperando la corona.

Luciano levantó ambas manos.

—Contemplen la verdad.

Siete espejos aparecieron sobre el trono.

Sarafinia palideció.

Las imágenes comenzaron.

Toda la corte la vio despreciando a los bebés.

La escuchó decir que quería enviarlos lejos.

Vio cómo había golpeado a Mara cuando ella protegía a Rowan.

Después apareció la conversación secreta.

—Una vez eliminados los niños, Luciano estará vulnerable.

El salón entero quedó en silencio.

Finalmente apareció la carta.

Los príncipes deben desaparecer como si nunca hubieran existido.

—¡MENTIRAS! —gritó Sarafinia.

Señaló a Mara.

—¡Ella es una bruja! ¡Ella manipuló al rey!

Luciano descendió lentamente los escalones.

—¿Te atreves a acusar a la mujer que protegió a mis hijos mientras tú planeabas destruirlos?

Sarafinia perdió completamente el control.

—¡Esos niños te hacen débil!

Se lanzó hacia Mara.

Nunca llegó.

Luciano apareció entre ambas.

Bandas de magia carmesí atraparon a Sarafinia en el aire.

—Por la antigua ley Draven, quien amenaza deliberadamente a los herederos pierde todo derecho a título, magia y protección.

—Luciano, por favor…

Él levantó una mano.

La magia comenzó a abandonar el cuerpo de Sarafinia.

Su fuerza.

Su inmortalidad.

Sus poderes vampíricos.

Cuando cayó al suelo…

era humana.

Luciano la miró sin emoción.

—Sarafinia Velo, estás desterrada para siempre del Dominio de Obsidiana.

Los guardias la sujetaron.

—Si alguna vez vuelves a acercarte a mis hijos…

Sus ojos ardieron.

—El exilio habrá sido la parte misericordiosa de tu castigo.

Se la llevaron gritando.

Después, Luciano caminó hacia Mara.

Ella seguía sosteniendo a Aiden.

El rey se arrodilló frente a ella.

Toda la corte observaba.

—Salvaste a mis hijos.

Mara negó.

—Solo mantuve una promesa.

—Mantuviste mi familia unida cuando yo no podía ver.

Luciano se levantó.

—Que todos escuchen.

La corte guardó silencio.

—Desde este momento, Mara Lorena será Guardiana Real de los Príncipes Herederos.

Mara abrió los ojos.

—Su majestad…

—Tendrás aposentos junto a la guardería. Autoridad completa sobre su cuidado. Recursos propios y protección directa de la corona.

La miró.

—Nunca volverás a ser invisible en este castillo.

Uno a uno, los nobles comenzaron a inclinarse ante ella.

La mujer que horas antes fregaba sus pisos.

La mujer que Sarafinia había llamado insignificante.

La mujer que había arriesgado su vida por tres bebés que no llevaban su sangre.

Después, Luciano y Mara llevaron a Aiden, Silas y Rowan hasta la cripta de Evely.

Frente a su tumba, Mara sacó una vieja cinta azul.

La colocó sobre las manos de piedra de la reina.

—Cumplí mi promesa.

Las lágrimas corrieron por su rostro.

—Sus hijos están a salvo.

Luciano colocó una mano sobre la tumba.

—Y crecerán sabiendo cuánto los amaste.

Aiden extendió los brazos hacia su padre.

Silas buscó a Mara.

Rowan permaneció tranquilo mientras ambos estaban cerca.

Mara sonrió.

—Parece que nos necesitan a los dos.

Luciano la miró.

—Entonces nos tendrán a los dos.

—No pienso irme.

—Bien.

Aquella noche volvieron a la guardería.

Los tres bebés dormían.

Luciano permaneció en el balcón.

Mara se colocó a su lado.

—Están seguros ahora —dijo ella.

—Sí.

Luciano miró hacia las cunas.

—Gracias a ti.

Durante seis meses el Castillo de Obsidiana había parecido una tumba.

Lleno de recuerdos.

Dolor.

Silencio.

Ahora había tres bebés respirando tranquilamente.

Un padre que finalmente había aprendido que proteger también significaba mirar más allá de su propio dolor.

Y una mujer que había demostrado que para ser familia no hacía falta una corona.

Ni sangre real.

Ni siquiera compartir el mismo apellido.

A veces bastaba con cumplir una promesa cuando nadie estaba mirando.

Luciano volvió la vista hacia Mara.

La mujer que todos habían tratado como si fuera invisible.

Y comprendió algo que jamás olvidaría:

La mujer que casi había convertido en reina quería deshacerse de sus hijos.

La mujer que limpiaba sus pisos había estado dispuesta a morir por ellos.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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