¡LA ENTREGARON AL REY DE LOS LOBOS COMO SI FUERA UNA SIMPLE MERCANCÍA… SIN IMAGINAR QUE ELLA ERA LA CAZADORA MÁS LETAL DE TODAS!

¡LA ENTREGARON AL REY DE LOS LOBOS COMO SI FUERA UNA SIMPLE MERCANCÍA… SIN IMAGINAR QUE ELLA ERA LA CAZADORA MÁS LETAL DE TODAS!

Mi padre me vistió de blanco y me envió a las montañas para que no regresara.

La gente del valle creyó que yo era una ofrenda de paz para el rey lobo.

Nadie sabía que llevaba cuchillos de plata escondidos bajo el vestido.

Ni que mi misión era acercarme a él y cortarle la garganta.

El carruaje avanzó durante tres días por caminos cubiertos de nieve. Yo no hablé. Frente a mí, dos guardias de mi padre fingían no verme. En sus rostros había lástima, sí, pero sobre todo alivio: no eran ellos quienes iban rumbo a la fortaleza de piedra negra donde vivía León, el rey de la Manada de la Cumbre.

Mi padre, don Ramiro Valdés, llevaba años temiendo a los lobos de las montañas. Ahora el nuevo rey exigía una tregua, provisiones para el invierno y una esposa de sangre noble. Mis tres hermanas legítimas ya estaban casadas. Yo era la hija no reconocida, la que él había mantenido en una casa de caza porque sabía seguir huellas y rastrear animales peligrosos.

No era una princesa. Era la herramienta que usaba cuando necesitaba que algo desapareciera en el bosque.

Antes de subir al carruaje, mi padre me entregó una copa de vino y una última orden:

—Acércate al rey. Espera a que baje la guardia. Mátalo y, si puedes, regresa con vida.

Acepté sin preguntar. Bajo la lana blanca llevaba cuatro cuchillos arrojadizos con núcleo de plata, dos dagas sujetas a los muslos y un alambre plateado cosido en el dobladillo. No iba a convertirme en esposa de nadie. Al menos, eso me repetí durante el viaje.

Cuando las ruedas se detuvieron, el viento silbaba entre las montañas y el cielo amenazaba con otra tormenta. La fortaleza era más austera que majestuosa: muros de piedra oscura, torres golpeadas por el hielo y un patio de tierra endurecida.

El rey bajó los escalones sin corona ni armadura. Era alto, de cabello oscuro con hebras grises y una cicatriz plateada que le subía por el cuello. Sus ojos grises pasaron de los guardias a mí.

—Dejen el grano y regresen al valle —dijo—. Antes de que empeore el clima.

El guardia mayor señaló el carruaje.

—La hija del duque forma parte del acuerdo.

León me miró como si yo fuera un problema que debía resolver antes de la cena.

—La muchacha se queda. Ustedes se van.

Los guardias no esperaron a que lo repitiera. Me dejaron sola en el barro mientras el carruaje desaparecía entre la nieve. Mi mano encontró el mango de una daga. El rey me daba la espalda. Podía atacarlo, pero había demasiados lobos observando desde el patio. Necesitaba esperar.

—Te vas a congelar —dijo él, sin volverse—. Entra.

La gran sala olía a humo, carne asada y ropa mojada. No había tapices ni músicos. Solo mesas largas, gente cansada y niños que comían en silencio. León se sentó junto a mí y atendió una disputa por las raciones antes de tocar su comida. No parecía un señor sediento de sangre. Parecía un hombre agotado que trataba de mantener viva a su gente.

Al terminar la cena, me condujo a sus habitaciones. Yo abrí los primeros botones de mi vestido, dejando una mano cerca de la daga, y esperé a que se acercara.

Él tomó una manta y una almohada del baúl y las dejó junto al fuego.

—La cama es tuya. Yo duermo aquí.

—¿No vas a reclamar tus derechos de esposo?

Me sostuvo la mirada.

—Le exigí grano a tu padre para que mi gente no pasara hambre. Él te añadió al trato porque cree que una mujer puede usarse como sello en un papel. No quiero una esposa obligada. Quiero que los niños de abajo tengan comida.

Se acostó de espaldas a mí. La daga seguía al alcance de mi mano. Bastaban dos pasos.

Pero pensé en los niños de la sala, en sus cuencos casi vacíos y en el rey que les había cedido su cama a una desconocida. Guardé el arma y pasé la noche sentada sobre las pieles, vigilándolo hasta que amaneció.

Al día siguiente, un hombre llamado Damián, el segundo al mando, me llamó “pajarito del valle” y se burló de mi vestido. Le advertí que sus trampas no resistirían a las bestias de los bosques. Se rio.

Entonces un grito sacudió el patio.

Un lobo enorme, cubierto de lodo y sangre seca, había atravesado la puerta interior. Se lanzó hacia un niño caído. Damián levantó su hacha, pero estaba lejos. León corría detrás, demasiado tarde.

Saqué un cuchillo, apunté y lo lancé. La hoja de plata alcanzó al animal en el ojo. Antes de que pudiera levantarse, llegué hasta él y hundí mis dagas bajo su mandíbula.

Cuando me puse de pie, el vestido blanco estaba manchado y todos me miraban. Damián ya no se reía. León tampoco apartaba los ojos de mí.

Me acerqué al cadáver. Algo extraño sobresalía bajo el pelo enmarañado de su cuello. Tiré de ello y saqué una placa de hierro. Al verla, reconocí el escudo grabado y sentí que el frío de la montaña me llegaba hasta los huesos.

Era el escudo de mi padre.

Parte 2 

La placa mostraba un halcón de plata sobre una espada rota: el emblema de la casa Valdés.

Por un instante, dejé de oír a la gente a mi alrededor. Recordé los perros de pelea que mi padre criaba en los sótanos de la fortaleza, animales entrenados para atacar y abandonados cuando dejaban de obedecer. Pero aquello era distinto. El lobo tenía los ojos blanquecinos y las venas oscurecidas bajo la piel.

León se acercó, aún con la espada en la mano.

—¿Es de tu familia?

—Sí.

Damián se puso entre nosotros y el cadáver.

—La criatura pudo llevar esa placa desde cualquier lugar. El ataque no prueba nada.

—No —dije—. Pero sí prueba que alguien la marcó.

Me arrodillé y examiné el cuello del animal. Bajo el pelo, encontré una cicatriz circular, demasiado precisa para ser natural. Alguien le había incrustado la placa cuando todavía estaba vivo. También vi restos de una cuerda en una de sus patas y una mezcla oscura en el hocico.

—Lo soltaron desde el camino del valle —dije—. El olor del grano de los carros lo condujo hasta aquí. No llegó por accidente.

León observó el hierro en mi mano.

—¿Tu padre te envió para matarme?

La pregunta cayó sobre mí con más peso que la espada que llevaba él.

Yo pude haber mentido. Podía decir que no sabía de qué hablaba. Pero llevaba toda la vida sirviendo a hombres que confundían el silencio con obediencia. Ya no quería sumar otra mentira.

—Sí.

A mi alrededor, varios lobos gruñeron. Damián dio un paso hacia mí. León levantó la mano y todos guardaron silencio.

—¿Y todavía piensas hacerlo?

Miré al niño que se había salvado, aferrado a la pierna de una mujer. Luego miré a León, que había dormido en el suelo para no obligarme a compartir su cama.

—Todavía no lo sé.

Él asintió, como si esa respuesta le bastara por el momento.

En los días siguientes, ayudé a revisar los caminos y las trampas. No porque hubiera aceptado ser su esposa, sino porque quería entender qué más había enviado mi padre a la montaña. Encontramos huellas de varios animales y restos de jaulas cerca de un barranco. Todos tenían la misma enfermedad. Todos llevaban marcas de hierro.

León nunca me pidió que explicara mi pasado. Cuando yo hablaba, escuchaba. Cuando guardaba silencio, no intentaba llenarlo por mí. Esa paciencia me resultaba más desconcertante que cualquier amenaza.

Damián no confiaba en mí. Lo entendía. No confiaba en él tampoco, así que trabajamos juntos con las armas preparadas.

—Mi rey te dio un lugar junto al fuego —me dijo una tarde—. No confundas eso con que confíe en ti.

—No lo hago.

—Y si vuelves a apuntarle…

—Tendrás que decidir si quieres detenerme o ayudarlo.

No respondió. Pero dejó de llamarme “pajarito”.

La tercera noche, una tormenta cubrió los pasos y el viento levantó la nieve hasta las ventanas. Estábamos reunidos en la sala principal cuando el vigía dio la alarma. Un grupo de criaturas avanzaba por la garganta de piedra. No eran lobos normales. Eran animales enfermos, alterados por la misma corrupción que habíamos encontrado en el primero.

León organizó la defensa en minutos. Damián reunió a los combatientes y cerró las puertas. Yo observé el mapa de los caminos y comprendí que las criaturas no habían llegado por la ruta más sencilla.

—Las están guiando hacia nosotros —dije—. Si atacamos desde la entrada, nos rodearán. Hay una garganta estrecha al este. Podemos obligarlas a pasar de una en una.

León recorrió el mapa con los ojos.

—¿Y quién las detiene primero?

—Yo.

—No.

—Conozco sus movimientos. Si las enfrento desde el frente, los demás tendrán tiempo de atacarlas por los costados.

—No te traje aquí para usarte como escudo.

—No me trajiste. Mi padre me mandó. La diferencia es que ahora yo decido dónde me planto.

León me miró durante un largo segundo. Después asintió y ordenó que prepararan la garganta.

El ataque llegó antes del amanecer. El primer animal saltó desde una roca con las fauces abiertas. Le lancé una daga al pecho. Cayó de costado y Damián remató el movimiento con su hacha. Los demás salieron de entre los pinos, uno tras otro, hasta que la nieve y el barro se llenaron de sombras.

Nos defendimos como habíamos acordado. Yo desviaba a las criaturas hacia el paso estrecho; Damián y los demás las detenían desde los lados. León protegía la entrada de la fortaleza.

Por un momento, creímos que bastaría.

Entonces una de las bestias más grandes salió de entre los árboles y derribó a Damián. León abandonó su posición para ayudarlo. El animal se volvió hacia él y le hundió los dientes en el hombro.

El rey logró apartarlo y terminar con él, pero cayó de rodillas. Cuando me acerqué, unas líneas oscuras empezaban a extenderse desde la herida.

—La infección está avanzando —dije.

León intentó levantarse. No pudo.

—No dejaré que te maten por mi culpa —murmuró.

—No es por ti. Es porque nadie va a volver a usarme como si yo no pudiera elegir.

Preparé el fuego y calenté una de mis dagas de plata hasta que el metal tomó un brillo rojizo. Damián sujetó al rey mientras yo limpiaba la herida. León apretó los dientes contra una correa de cuero.

Acerqué la hoja caliente a la mordida.

El sonido del hierro contra la carne se mezcló con su grito. La sujeté allí lo necesario para que la infección dejara de extenderse. Cuando la aparté, la mancha oscura ya no avanzaba. León respiraba con dificultad, pero seguía consciente.

—No fallaste —susurró.

—Nunca fallo —le contesté, aunque me temblaban las manos.

Mientras Damián preparaba un vendaje, volví a examinar el cadáver de la criatura que había mordido a León. Encontré una placa escondida bajo su pelo. Tenía el mismo emblema, pero también una marca de fabricación reciente, como si alguien hubiera querido asegurarse de que reconociera su origen.

No solo nos habían atacado. Mi padre había mandado a esas criaturas para destruir la fortaleza y romper la tregua. Si yo fallaba en asesinar al rey, las bestias harían el trabajo. Y si alguna infectaba a la manada, el valle podría culpar a los lobos por el desastre.

—Me envió como cebo —dije.

León, pálido por el dolor, cerró la mano alrededor de la mía.

—No volverás sola.

—No voy a volver para pedirle explicaciones.

Al regresar a la fortaleza, León reunió a su gente en el patio. Tenía el hombro vendado y el rostro agotado, pero habló con claridad.

—El duque del valle mandó a esas criaturas. La amenaza terminó. Cora nos ayudó a defender la puerta y evitó que la infección llegara a la fortaleza.

Se volvió hacia mí.

—No es un tributo. No es una prisionera. Está aquí porque decidió quedarse.

Por primera vez, nadie me miró como la hija ilegítima de un duque ni como un regalo entregado para sellar un acuerdo. Algunos inclinaron la cabeza en señal de respeto. No era amor ni confianza completa. Era algo mejor para empezar: reconocimiento.

León no me llamó esposa ni reina. Me pidió que lo ayudara a planear la respuesta.

Extendimos el mapa del valle sobre una mesa. Le expliqué dónde se guardaban las provisiones, qué caminos podía usar la guarnición y dónde se encontraba la entrada antigua bajo las criptas. Él escuchó cada detalle y luego me dijo que no tenía que volver si no quería.

—No marcharé contra los campesinos —dije—. Ni contra quienes no saben lo que hizo mi padre. Pero sí voy a detenerlo.

—Entonces iremos juntos —respondió.

No me besó ni prometió que el dolor desaparecería. Solo apoyó su frente contra la mía, en un gesto silencioso de confianza.

Al amanecer, salimos hacia el valle. Yo llevaba el vestido blanco bajo una capa oscura y las dagas bien sujetas. Ya no parecía una ofrenda. Tampoco una asesina enviada por orden de mi padre.

Era Cora Valdés, la mujer que había escogido su propio bando.

Durante años pensé que sobrevivir significaba aprender a no necesitar a nadie. En la montaña entendí que también podía significar elegir con quién luchar, a quién proteger y qué clase de persona quería ser después de haber sido usada como arma.

La nieve cubría nuestras huellas mientras avanzábamos hacia la fortaleza del duque. Esta vez no iba a obedecer una orden.

Iba a terminar con ella.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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