Rey Vampiro vio a su ex con un bebé en la parada del autobús… pero no sabía que ese niño era suyo

EL REY VAMPIRO ENCONTRÓ A SU EXNOVIA BAJO LA LLUVIA CON UN BEBÉ EN BRAZOS… PERO CUANDO ESCUCHÓ EL CORAZÓN DEL NIÑO, COMPRENDIÓ POR QUÉ ELLA HABÍA PASADO AÑOS ESCONDIÉNDOSE DE ÉL

PARTE 1

Damián Belmont no había sentido verdadero miedo en más de trescientos años.

Hasta aquella noche.

Estaba bajo el toldo de una librería cerrada mientras la lluvia convertía las calles en espejos negros, cuando escuchó un latido al otro lado de la avenida.

No era cualquier corazón.

Aquel sonido golpeó algo profundamente enterrado dentro de él.

Fuerte.

Regular.

Familiar.

Damián giró.

Bajo una farola había una mujer abrazando a un bebé envuelto en una manta azul.

El mundo desapareció a su alrededor.

—Alma…

Siete años.

Habían pasado siete años desde la última vez que la había visto.

Siete años desde que la abandonó sin explicación.

Ella tenía ahora el cabello más corto, ropa gastada y profundas sombras bajo los ojos.

Parecía cansada.

Asustada.

Y aun así seguía siendo la única mujer que había conseguido hacer que un monstruo de tres siglos deseara ser humano otra vez.

Pero Damián apenas podía mirarla.

Porque escuchaba al niño.

Pum.

Pum.

Pum.

El mismo ritmo extraño que había escuchado en su propio pecho siglos atrás, antes de que la muerte lo transformara.

Damián dio un paso.

Alma levantó la cabeza.

Sus ojos se encontraron.

Y él esperaba odio.

Rabia.

Tal vez lágrimas.

Lo que vio fue peor.

Terror.

Alma abrazó al bebé con tanta fuerza que Damián comprendió inmediatamente algo terrible.

No tenía miedo por ella.

Tenía miedo por el niño.

—Alma…

Ella negó con la cabeza.

—Aléjate.

Un autobús llegó entre ellos.

Alma subió rápidamente.

Damián alcanzó a verla sentarse al fondo, aún sujetando al bebé contra su pecho.

Después desapareció.

Él permaneció inmóvil bajo la lluvia.

Hasta que vio un pequeño papel tirado cerca de la parada.

Lo recogió.

Era una cita pediátrica.

Paciente: Elías Domínguez.

Damián leyó la fecha de nacimiento.

Hizo los cálculos.

Una vez.

Dos veces.

Tres.

El bebé había sido concebido aproximadamente un mes antes de que él abandonara a Alma.

Su mano comenzó a temblar.

No.

Era imposible.

Los vampiros no podían tener hijos humanos.

Excepto que siete años antes Damián había recibido un mensaje que había cambiado su vida.

Un antiguo códice había sido encontrado.

Dentro había una profecía escrita siglos atrás:

Cuando la sangre mortal y la esencia inmortal se unan por amor, nacerá un niño perteneciente a ambos mundos.

Su existencia podrá terminar la noche eterna… o anunciar un nuevo amanecer.

Cuando Damián leyó aquello años atrás, comprendió lo que los ancianos vampiros harían si descubrían que él amaba a una humana.

La matarían antes de permitir que el niño de la profecía existiera.

Así que huyó.

Sin despedirse.

Sin explicaciones.

Creyendo que estaba salvando a Alma.

Nunca supo que ella ya estaba embarazada.

Ahora Elías existía.

Y Alma lo había ocultado completamente.

Sin registro oficial.

Sin documentos.

Sin historia médica normal.

Había desaparecido con él.

Porque conocía la verdad.

Damián rastreó a Alma hasta un pequeño pueblo costero llamado Puerto Velado.

Durante dos noches la observó desde las sombras.

Trabajaba como enfermera.

Criaba sola a Elías.

Dormía apenas unas horas.

Y cada madrugada regresaba rápidamente a casa antes del amanecer.

Cuando Damián examinó desde fuera la habitación del bebé, vio símbolos protectores cubriendo las paredes.

Runas.

Sellos contra magia vampírica.

Alma había aprendido todo.

Entonces Elías abrió los ojos.

Miró directamente hacia la ventana donde Damián estaba escondido.

Los ojos del bebé brillaron durante un instante con luz ámbar.

Damián dejó de respirar.

—Puedes verme…

El niño comenzó a llorar.

Y desde el extremo del callejón apareció un hombre.

Pálido.

Alto.

Con colmillos.

Damián reconoció inmediatamente su olor.

Pertenecía al clan de Serafín, su antiguo general y ahora peor enemigo.

El vampiro sonrió.

—Así que era cierto.

Su mirada viajó hacia la habitación de Elías.

—La profecía vive.

Damián lo agarró por el cuello.

—¿Cuántos saben?

La criatura rio.

—Todos.

Y entonces pronunció las palabras que Damián había temido desde el momento en que vio aquel bebé.

—El Consejo ha declarado una Caza de Sangre contra tu hijo.

PARTE 2

Una Caza de Sangre no era simplemente una orden de ejecución.

Era una sentencia absoluta.

Desde aquel momento, cualquier vampiro que encontrara a Elías estaba obligado a matarlo.

Sin preguntas.

Sin juicio.

Sin misericordia.

Damián eliminó al mensajero y caminó directamente hacia la casa de Alma.

Golpeó la puerta.

—Vete —respondió ella desde el otro lado.

—No puedo.

—Nos abandonaste una vez. Hazlo otra vez.

—Vienen por Elías.

Silencio.

—El Consejo sabe que existe.

Alma abrió la puerta.

La furia en su rostro era peor que cualquier arma.

—¿Crees que no sé lo que es mi hijo?

Damián quedó inmóvil.

—Encontré tus libros después de que desapareciste —continuó ella—. Encontré la profecía. Aprendí los símbolos. Los hechizos. Cómo ocultarlo.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Tuve que aprenderlo todo sola.

Damián sintió cada palabra como una herida.

—No sabía que estabas embarazada.

—Lo sé.

Alma apretó la mandíbula.

—Eso es precisamente lo peor. Ni siquiera me diste oportunidad de decírtelo.

Antes de que él pudiera responder, un grito resonó a varias calles.

Después apareció fuego.

La guardería donde Alma normalmente dejaba a Elías estaba ardiendo.

—Sara…

Alma corrió.

Damián la siguió.

Cuando llegaron, había cuerpos en la calle y vampiros esperando entre las llamas.

Cinco miembros del escuadrón de Serafín.

La líder era Casandra.

—Damián Belmont —dijo sonriendo—. Qué considerado de tu parte venir voluntariamente.

Sus ojos encontraron a Alma.

—Y trajiste a la madre.

Damián se interpuso.

—Corre.

La pelea comenzó.

Damián había comandado ejércitos.

Tres siglos de violencia vivían en cada movimiento de su cuerpo.

Derribó a los primeros atacantes.

Pero Alma no huyó.

Cuando uno de los vampiros consiguió inmovilizarlo, ella arrancó un pedazo de madera de una cerca rota y se lo clavó en la espalda.

Damián terminó el trabajo.

—¡Detrás de ti! —gritó.

Otro vampiro saltó hacia Alma.

Ella no tendría tiempo.

Damián tampoco.

Entonces ocurrió algo imposible.

El atacante se detuvo en el aire.

Una luz blanca explotó desde su pecho.

Su cuerpo comenzó a convertirse en cenizas.

Todos miraron hacia la casa.

Elías estaba en brazos de una anciana vecina.

Sus ojos brillaban completamente blancos.

Una pequeña mano estaba extendida.

Otra onda de luz atravesó la calle.

Los vampiros retrocedieron aterrados.

Casandra escapó.

Los demás fueron reducidos a cenizas.

Después Elías perdió el conocimiento.

Alma corrió hacia él.

—¿Qué le hicieron?

Damián escuchó su corazón.

—Está vivo.

Miró hacia la niebla.

—Pero ahora Serafín sabe que el poder despertó.

Debían marcharse.

Durante el viaje, Alma finalmente hizo la pregunta que había guardado durante siete años.

—¿Por qué me abandonaste realmente?

Damián miró la carretera.

—Porque tuve miedo.

—¿De la profecía?

—De perderte.

Confesó que todos los humanos que había amado habían muerto hacía siglos.

Sus padres.

Sus antiguos hijos.

Personas cuyos rostros apenas recordaba ya.

Alma había conseguido acercarse demasiado.

Y él había preferido abandonarla antes que verla morir.

—Eso no fue protegerme —respondió ella—. Fue decidir por mí.

Damián no discutió.

—Tienes razón.

Detuvo el coche.

—Fui un cobarde.

La miró.

—Pero no volveré a huir.

Por primera vez, Alma no apartó la mirada.

—Tiene tus ojos —dijo mirando a Elías.

Damián observó al bebé dormido.

—Está atrapado entre dos mundos.

Alma extendió la mano y tomó la suya.

—Entonces descubriremos juntos dónde pertenece.

Llegaron a un antiguo santuario en las montañas.

Damián estaba convencido de que sus protecciones mágicas impedirían que los encontraran.

Pero cuando abrió las puertas, alguien ya los esperaba.

Don Serafín.

Su antiguo general.

El vampiro que había convencido al Consejo de ordenar la muerte de Elías.

—Ayudé a construir este lugar —dijo Serafín sonriendo—. Realmente pensaste que no podría entrar.

Miró al bebé.

—Entrégamelo.

—No.

—Ese niño podría extinguir nuestra especie.

—O salvarla.

Serafín rio.

—Somos depredadores, Damián. No necesitamos salvación.

Atacó.

Los dos vampiros atravesaron bancos de madera y columnas antiguas mientras Alma corría hacia una cripta escondida.

Pero Serafín había preparado sus garras con plata.

Una de ellas atravesó el abdomen de Damián.

El veneno lo paralizó.

Cayó al suelo.

Serafín avanzó hacia Alma.

—Dame al niño y quizás te deje vivir.

Ella sostuvo a Elías contra su pecho.

Entonces los ojos del bebé se abrieron.

Esta vez la luz no fue blanca.

Fue dorada.

Cálida.

Como un pequeño sol.

Serafín empezó a arder.

—¡No! ¡Es demasiado joven!

La luz aumentó.

Segundos después, el antiguo vampiro fue reducido a cenizas.

Elías volvió a desmayarse.

Pero el peligro no había terminado.

El amanecer atravesó el techo destruido.

Un rayo de sol tocó la mano paralizada de Damián.

Su piel comenzó a desaparecer.

—¡Damián!

Alma corrió hacia él.

La luz avanzaba rápidamente.

Damián no podía moverse.

—Lleva a Elías a la cripta.

—No voy a dejarte.

—No puedes salvarme.

Alma dejó al bebé en una zona de sombra.

Después agarró a Damián por los brazos.

Y comenzó a arrastrarlo.

—¡Alma, detente!

—Cállate.

La mitad de su cuerpo ya se estaba quemando.

—Te harás daño.

—Después de siete años esperando respuestas, no vas a morirte ahora.

Tiró.

Otro metro.

Después otro.

El sol continuaba consumiéndolo.

Finalmente, con un último esfuerzo, Alma consiguió arrastrarlo hasta la oscuridad.

La quemazón se detuvo.

Pero era demasiado tarde.

Damián había perdido demasiado.

—No creo que pueda curarme.

—No digas eso.

—Gracias por Elías.

—Damián…

—Gracias por dejarme verlo.

Entonces el bebé comenzó a llorar.

Su mano se extendió hacia su padre.

Una luz dorada mucho más suave salió de sus dedos.

Cayó sobre el cuerpo destruido de Damián como pequeñas luciérnagas.

La piel comenzó a regenerarse.

Después el músculo.

Después el hueso.

Alma observó sin poder hablar.

—Está curándome —susurró Damián.

Cuando la luz desapareció, él seguía vivo.

Débil.

Marcado.

Pero completo.

Elías sonrió.

Alma recordó la profecía.

—“Terminar la noche o anunciar un nuevo amanecer”.

Miró a Damián.

—¿Y si nunca significó destruir a los vampiros?

—¿Entonces qué?

—Cambiar lo que son.

Damián miró a su hijo.

El mismo poder que había destruido a Serafín acababa de salvarlo.

Muerte y vida.

Oscuridad y luz.

Humano y vampiro.

Todo dentro de un solo niño.

—Un nuevo amanecer —susurró.

Alma se sentó junto a él.

—¿Qué hacemos ahora?

Damián tomó la pequeña mano de Elías.

—Vivimos.

Miró a Alma.

—Lo criamos. Le enseñamos a controlar lo que puede hacer.

—¿Y después?

—Después dejamos que él elija qué clase de mundo quiere crear.

—¿Y los vampiros que todavía quieran matarlo?

Una sombra de su antigua ferocidad apareció en los ojos de Damián.

—Que vengan.

Años después, Elías creció comprendiendo ambos mundos.

No como arma.

No como salvador impuesto por una profecía.

Como alguien con derecho a elegir.

Alma envejeció mientras su hijo se convertía en adulto.

Y aunque Damián no permaneció para siempre, aquello que había empezado con miedo terminó transformándose en algo completamente distinto.

Elías se convirtió en artista.

En una de sus exposiciones mostró un enorme mural.

Representaba a un vampiro bajo el amanecer.

Una mujer estaba a su lado.

Y entre ambos, un niño extendía una mano hacia la luz.

Alma contempló el cuadro con lágrimas silenciosas.

—¿Crees que le habría gustado? —preguntó Elías.

Ella tocó el pequeño recuerdo de Damián que llevaba alrededor del cuello.

—Tu padre te amó más que a cualquier profecía.

Elías observó al hombre pintado bajo el sol.

Después miró hacia la luz que entraba por el techo de la galería.

Durante siglos, vampiros y humanos habían creído que aquel niño llegaría para elegir quién debía sobrevivir.

Se habían equivocado.

Elías nunca había nacido para elegir entre dos mundos.

Había nacido para demostrar que podía existir un tercero.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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