Rey Vampiro instaló una cámara para vigilar a sus trillizos paralíticos — lo que vio haciendo la emp

EL REY VAMPIRO INSTALÓ CÁMARAS PARA DESCUBRIR QUIÉN ESTABA DAÑANDO A SUS TRILLIZOS PARALIZADOS… PERO LO QUE VIO HACER A UNA JOVEN EMPLEADA DOMÉSTICA CAMBIÓ TODO

PARTE 1

Don Carlos Montemayor llevaba semanas sin cerrar los ojos.

No porque un vampiro de más de tres siglos necesitara dormir como un humano.

Sino porque cada vez que intentaba descansar escuchaba las máquinas que mantenían vivos a sus tres hijos.

Emiliano.

Sofía.

Mateo.

Tres bebés que habían nacido aparentemente sanos y que, poco después, habían dejado de mover brazos y piernas.

Los mejores médicos no tenían respuestas.

Hablaban de una rara enfermedad genética.

Don Carlos no les creía.

Su esposa había muerto misteriosamente después del parto.

Ahora sus tres hijos sufrían exactamente la misma condición.

Para él aquello no podía ser casualidad.

Alguien estaba atacando a su familia.

Así que llenó la guardería de cámaras.

Dieciséis ángulos.

Visión nocturna.

Grabación constante.

Nadie entraría sin quedar registrado.

Durante días observó enfermeras, médicos y empleados.

Nada.

Hasta que una madrugada apareció una joven con uniforme gris de limpieza.

Don Carlos se inclinó hacia la pantalla.

La muchacha no tenía autorización para estar allí.

Se llamaba Sara García.

Había comenzado a trabajar en la hacienda pocas semanas antes.

Sara miró hacia el pasillo.

Después se acercó a la cuna de Emiliano.

Introdujo una mano entre los barrotes.

Tocó suavemente su brazo.

Cerró los ojos.

Don Carlos contuvo el aliento.

Entonces ocurrió.

Los dedos del bebé se movieron.

Solo un pequeño movimiento.

Pero Emiliano llevaba semanas completamente inmóvil.

Don Carlos se levantó de golpe.

Sara retiró la mano como si se hubiera quemado.

Se tambaleó.

Parecía enferma.

Sin embargo, después de recuperar el equilibrio caminó hacia la segunda cuna.

Sofía.

La tocó.

El pie de la niña se movió.

Sara casi cayó al suelo.

Tenía el rostro empapado de lágrimas.

Aun así fue hacia Mateo.

El más débil.

El niño que, según los médicos, probablemente moriría primero.

Sara apoyó una mano sobre su pecho.

Todo el brazo de Mateo se contrajo.

Y Sara se desplomó.

Su cuerpo comenzó a convulsionar sobre el suelo.

Don Carlos salió corriendo.

Cuando llegó, las enfermeras ya intentaban estabilizarla.

—¿Quién es? —preguntó.

—Sara García. Personal de limpieza.

Don Carlos miró las cunas.

Emiliano tenía la mano cerrada.

Sofía había movido un pie.

Mateo respiraba mejor.

Por primera vez en semanas, Don Carlos sintió esperanza.

Pero necesitaba saber qué estaba ocurriendo.

Esperó a que Sara despertara.

Entró solo en su habitación.

—Sé lo que hiciste con mis hijos.

Sara palideció.

—No les hice daño.

—También lo sé.

Se sentó frente a ella.

—Los tocaste y se movieron. Explícame cómo.

Sara guardó silencio.

Don Carlos terminó revelándole algo que ningún empleado humano debía saber.

—Tengo más de trescientos años, Sara. Soy un vampiro. Puedes ahorrarte la parte en la que intentas convencerme de que lo imposible no existe.

Ella lo miró horrorizada.

Después, lentamente, habló.

—Puedo tomarlo.

—¿Tomar qué?

—El sufrimiento.

Don Carlos frunció el ceño.

Sara explicó que aquella habilidad existía en su familia desde generaciones atrás.

Si una persona sufría, ella podía tocarla y absorber parte de aquello.

Dolor.

Enfermedad.

Agonía.

La persona mejoraba.

Pero el sufrimiento no desaparecía.

Pasaba a ella.

—Eso es lo que hice con sus hijos.

Don Carlos recordó sus temblores.

Su desmayo.

Las convulsiones.

—Entonces puedes curarlos.

Sara negó lentamente.

—No.

—Los vi moverse.

—Solo puedo darles unas horas de alivio.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Después el dolor regresa.

Don Carlos sintió una presión oscura en el pecho.

—¿Y qué ocurre contigo?

Sara observó sus propias manos temblorosas.

—Yo me quedo con una parte cada vez.

—¿Cuánto puedes soportar?

Ella levantó la mirada.

La respuesta fue apenas un susurro.

—No mucho más. Ya me está matando.

PARTE 2

Don Carlos permaneció inmóvil.

—¿Cuánto tiempo te queda?

Sara sonrió con tristeza.

—No lo sé.

—Días.

—Quizás.

—¿Semanas?

—Si dejo de ayudarlos.

Don Carlos se puso de pie.

—Entonces dejarás de hacerlo.

Sara también intentó levantarse, aunque tuvo que apoyarse en la cama.

—No.

—No era una pregunta.

—Y ellos tampoco eligieron estar enfermos.

Aquella respuesta lo enfureció.

Pero también hizo que algo cambiara en la forma en que la veía.

Sara no conocía a sus hijos.

No tenía ninguna obligación hacia ellos.

Y aun así estaba dispuesta a morir para comprarles algunas horas sin dolor.

—Te quedarás en la hacienda —decidió—. Serás asignada oficialmente a la guardería.

—No necesito dinero.

—No te estoy comprando.

Don Carlos la miró fijamente.

—Tú mantendrás vivos a mis hijos mientras yo encuentro una manera de mantenerte viva a ti.

Sara soltó una risa cansada.

—Mi familia buscó una solución durante generaciones.

—Tu familia era humana.

Se acercó a la puerta.

—Yo no.

Don Carlos contrató especialistas.

Llegó uno de los mejores neurólogos pediátricos del país.

Examinó a los trillizos durante horas.

La conclusión fue devastadora.

El daño nervioso era permanente.

Los niños nunca caminarían.

Probablemente ni siquiera sobrevivirían muchos años.

—¿Y si alguien hubiera logrado hacerlos mover? —preguntó Don Carlos.

El médico le dirigió aquella mirada compasiva que reservaba para padres desesperados.

—Sería imposible.

Aquella fue toda la confirmación que necesitó.

Después de que los médicos se marcharan, Don Carlos fue directamente por Sara.

—Te mudas junto a la guardería.

—Carlos…

—Acceso permanente.

—Cada transferencia acelera mi muerte.

—Entonces mediremos cada una.

Ordenó que Sara llevara un registro.

Cuánto dolor absorbía.

Cuánto tiempo duraba el alivio.

Qué síntomas experimentaba después.

Don Carlos convirtió aquello en una investigación.

Pero Sara continuaba destruyéndose.

Cada vez que tocaba a Emiliano, Sofía y Mateo, los niños mejoraban.

Movían brazos.

Giraban la cabeza.

Agarraban objetos.

Y Sara regresaba a su habitación más pálida.

Más delgada.

Más enferma.

Hasta que Don Carlos la llamó al antiguo salón del trono.

—¿Estás lista para morir? —preguntó.

—Sí.

Aquella respuesta lo enfureció más que cualquier desafío.

Sara finalmente le contó toda la historia.

Su pueblo había tenido personas capaces de absorber sufrimiento durante generaciones.

Al principio lo consideraron una bendición.

Después comenzó la enfermedad.

Cáncer.

Leucemia.

Dolor crónico.

Cada vez que alguien enfermaba, recurría a uno de los portadores.

Los enfermos sobrevivían.

Los portadores morían.

Treinta y siete personas de su linaje habían perdido la vida haciendo aquello.

La propia madre de Sara había muerto después de absorber el sufrimiento de otros.

—Cuando murió, todos me miraron a mí —confesó Sara—. Yo era la última.

—Y huiste.

—Sí.

—Hiciste bien.

Sara levantó la mirada sorprendida.

—Los abandoné.

—Sobreviviste.

—Y todavía me odio por eso.

Había llegado a la hacienda intentando escapar de aquella vida.

Entonces vio a los trillizos.

Tres bebés sufriendo en silencio.

Y no pudo ignorarlos.

—Si tengo esta capacidad y nunca la uso, ¿para qué sirve?

—Para seguir viva.

—Todos morimos.

Sara estaba llorando ahora.

—Por lo menos así mi muerte significa algo.

Don Carlos la observó.

Y tomó una decisión brutal.

—Entonces duplicaremos los tratamientos.

Sara palideció.

—Eso me matará.

—Lo sé.

—¿Está loco?

—Probablemente.

Don Carlos caminó hacia ella.

—Porque mientras tú compras tiempo para mis hijos, yo compraré tiempo para ti.

Esa misma noche comenzó a revisar archivos que había acumulado durante siglos.

Manuscritos.

Tratados prohibidos.

Diarios médicos antiguos.

Hasta que encontró un texto medieval.

Sanguis Mutatio.

La descripción era exactamente la de Sara.

El portador absorbía sufrimiento.

Una parte quedaba atrapada permanentemente dentro de su cuerpo.

La acumulación terminaba matándolo.

No existía cura conocida.

Pero una anotación llamó la atención de Don Carlos.

Un portador había vivido meses adicionales después de recibir voluntariamente sangre de vampiro.

No era una solución.

Pero significaba tiempo.

Tiempo era suficiente.

Entonces recibió un mensaje.

Sara había colapsado.

Cuando llegó a la guardería, encontró algo que había deseado desde el nacimiento de sus hijos.

Los tres lloraban.

Fuertemente.

Emiliano movía ambos brazos.

Sofía agarraba sus propios pies.

Mateo pateaba contra la cuna.

Parecían bebés normales.

Y entre las tres cunas, Sara estaba convulsionando.

Había absorbido demasiado.

—Quería que fueran normales —consiguió susurrar.

Don Carlos la llevó personalmente al área médica.

Su temperatura era peligrosamente alta.

Sus órganos comenzaban a fallar.

—Sangre de vampiro —ordenó.

La doctora Xóchitl lo miró horrorizada.

—Podría transformarla.

—Una dosis pequeña.

—Podría matarla.

—Si no hacemos nada, morirá igualmente.

Don Carlos se cortó la palma.

Su sangre oscura llenó un pequeño recipiente.

Administraron una cantidad mínima.

Sara comenzó a convulsionar violentamente.

Su corazón casi se detuvo.

Durante varios minutos, Don Carlos creyó haber cometido el error que terminaría matándola.

Después su temperatura comenzó a bajar.

La hemorragia se detuvo.

Su respiración se estabilizó.

Sara abrió los ojos.

Seguían siendo humanos.

—¿Los bebés?

Don Carlos casi rio.

—Están bien.

Ella sonrió.

—Entonces funcionó.

—Sí.

—¿Cuándo puedo volver a ayudarlos?

La expresión de Don Carlos se endureció.

—Nunca.

—No.

—Casi mueres.

—Ellos volverán a sentir dolor.

—Encontraremos otra solución.

Sara negó con la cabeza.

—Puedes encerrarme. Puedes despedirme. Encontraré la manera de llegar hasta ellos.

Don Carlos la miró con incredulidad.

—Estás loca.

Sara cerró los ojos.

—Tú también.

Don Carlos decidió investigar personalmente el pueblo donde había comenzado aquella maldición.

Allí encontró tumbas.

Decenas.

Todas marcadas con el mismo símbolo: una mano extendiéndose hacia otra.

También encontró a Jaime, un anciano relacionado con la familia de Sara.

El hombre conservaba archivos secretos.

Fotografías.

Certificados de defunción.

Diarios escritos por antiguos portadores.

Don Carlos leyó página tras página.

El patrón era siempre igual.

Una persona absorbía sufrimiento.

Otra sobrevivía.

La primera moría.

Hasta que encontró una anotación diferente.

La maldición no puede romperse, pero puede compartirse.

Un vampiro llamado Tomás del Valle había absorbido voluntariamente parte de la carga de una portadora.

Ambos habían sobrevivido juntos durante años.

Don Carlos levantó lentamente la mirada.

—Un vampiro puede compartirla.

—Eso dicen los registros.

Jaime lo observó.

—¿Por qué le importa tanto Sara?

Don Carlos respondió sin vacilar.

—Porque está muriendo para salvar a mis hijos.

Guardó aquella página.

—Y yo voy a impedirlo.

Regresó a la hacienda pensando que finalmente tenía una respuesta.

Encontró vehículos bloqueando la entrada.

Guardias armados.

Representantes del Consejo Vampírico.

Marcos salió a recibirlo.

—Señor…

—¿Mis hijos?

—Están bien.

Marcos tragó saliva.

—Pero se llevaron a Sara.

Don Carlos quedó inmóvil.

El Consejo había descubierto sus tratamientos.

Habían interpretado la habilidad de Sara como una forma prohibida de magia de sangre.

Según ellos, estaba robando energía vital a los niños.

La habían arrestado.

Y ya habían dictado sentencia.

—¿Cuándo?

Marcos bajó la mirada.

—Al amanecer.

Muerte por exposición al sol.

Don Carlos sintió que algo antiguo despertaba dentro de él.

—Evacúa al personal innecesario.

—¿Qué piensa hacer?

—No necesitan verlo.

Subió al tercer piso.

Allí encontró a uno de los dirigentes del Consejo frente a una habitación convertida en celda.

—Llegas justo a tiempo —dijo el vampiro—. Puedes despedirte de ella.

Don Carlos desapareció de donde estaba.

Un instante después tenía al hombre contra la pared, levantado por la garganta.

Sus colmillos estaban completamente extendidos.

—La Sección 47 les permite vigilarme —gruñó—. No arrestar a alguien dentro de mi propia casa.

Apretó más fuerte.

—Y mucho menos ejecutar a la mujer que salvó a mis hijos.

El miembro del Consejo intentó responder.

Don Carlos acercó su rostro al suyo.

Durante tres siglos había evitado guerras.

Había aprendido a negociar.

A esconder lo que era.

A vivir dentro de reglas creadas para mantener en secreto su especie.

Pero detrás de aquella puerta estaba Sara.

La única persona que había estado dispuesta a morir tres veces por sus hijos.

Y en el bolsillo de Don Carlos estaba la prueba de que existía una forma de compartir su maldición.

Solo necesitaba llegar hasta ella.

Miró al vampiro que tenía entre las manos.

—Abre esa puerta.

—No puedes desafiar al Consejo entero.

Los ojos de Don Carlos ardieron de rojo.

—Obsérvame.

Y sus dedos volvieron a cerrarse alrededor de su garganta.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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