Repartidora bondadosa salva a un desconocido con su sangre rara — y él termina siendo un rey vampiro
ENCONTRÓ A UN HOMBRE DESANGRÁNDOSE EN LA NIEVE Y LE DIO SU PROPIA SANGRE PARA SALVARLO… PERO CUANDO ÉL ABRIÓ LOS OJOS, UNA MARCA DE PLATA APARECIÓ EN LA MUÑECA DE AMBOS

PARTE 1
Sofía Contreras solo quería terminar su última entrega y regresar a casa.
La nieve caía con tanta fuerza que apenas podía ver el camino frente a la motocicleta. Había aceptado aquel pedido porque la renta vencía pronto y necesitaba cada peso.
Entonces vio sangre sobre la nieve.
No unas pocas gotas.
Un rastro oscuro que se alejaba del camino y desaparecía entre los árboles.
Sofía debería haber seguido adelante.
En lugar de eso, apagó el motor, tomó el pequeño botiquín que su abuela siempre le había obligado a llevar y siguió las manchas.
—¿Hola? ¿Hay alguien ahí?
El viento fue la única respuesta.
Hasta que encontró al hombre.
Estaba desplomado contra un árbol.
Su ropa parecía cara, pero estaba destrozada. Profundos cortes atravesaban su pecho y sus brazos. Había perdido tanta sangre que Sofía no comprendía cómo seguía vivo.
Tocó su cuello.
Pulso.
Débil.
Irregular.
—Dios mío…
El hospital más cercano estaba demasiado lejos.
Moriría antes de que llegara una ambulancia.
Entonces recordó a su abuela.
Tu sangre es rara, Sofía. Algún día podría salvar una vida.
Sofía tenía sangre O negativo y había aprendido procedimientos básicos de emergencia.
Era una locura.
Pero quedarse observando cómo aquel desconocido moría era peor.
Preparó el tubo.
Encontró una vena en su propio brazo.
Luego una en el del hombre.
—No te mueras —susurró—. Por favor.
La sangre comenzó a fluir.
Durante varios segundos no ocurrió nada.
Entonces los ojos del hombre se abrieron.
Sofía retrocedió sobresaltada.
Sus iris brillaban.
No reflejaban la linterna.
Brillaban desde dentro con una luz plateada.
—¿Qué…?
La mano del desconocido atrapó su muñeca.
—No.
Su voz parecía provenir de otro siglo.
—No debiste hacer eso.
Un calor insoportable explotó donde sus pieles se tocaban.
Sofía gritó.
Una marca apareció lentamente sobre su muñeca.
Espirales plateadas rodeando una luna creciente.
Al mismo tiempo, la misma marca surgió sobre la piel del hombre.
Él la miró horrorizado.
—El Sello de Sangre Lunar.
—¿Qué demonios eres?
Pero Sofía ya podía sentir algo imposible.
Su corazón.
Sus heridas.
Su miedo.
Incluso una desesperada necesidad de protegerla.
El hombre retiró las agujas.
Los cortes de su cuerpo comenzaron a cerrarse frente a los ojos de Sofía.
Carne uniéndose.
Sangre deteniéndose.
En menos de un minuto, el desconocido que había estado agonizando consiguió ponerse de pie.
—Tu nombre.
—Sofía.
—¿Apellido?
—Contreras.
Él cerró los ojos brevemente.
—Mi nombre es Aldrich.
Una serie de aullidos resonó entre los árboles.
No parecían lobos.
Aldrich giró inmediatamente hacia el sonido.
—Ya lo sintieron.
—¿Sintieron qué?
—El vínculo.
Las sombras comenzaron a moverse entre los pinos.
Demasiado rápido.
Sofía retrocedió.
—Necesito una explicación ahora mismo.
Aldrich la tomó de la mano.
La marca plateada volvió a arder.
—Soy el rey de los Nacidos de la Luna.
Sofía soltó una risa nerviosa.
—Claro. ¿Y yo soy qué? ¿La reina de las repartidoras?
—No estoy bromeando.
Sus ojos se iluminaron de nuevo.
—Soy un vampiro.
Los aullidos sonaron más cerca.
Aldrich tiró de ella hacia un refugio abandonado de guardaparques.
Corrieron entre la nieve.
Y Sofía descubrió algo todavía más extraño.
Era rápida.
Mucho más rápida de lo normal.
Podía ver las raíces bajo la nieve.
Escuchar las criaturas persiguiéndolos.
Sentir exactamente hacia dónde iba a moverse Aldrich antes de que lo hiciera.
Llegaron al refugio y bloquearon la puerta.
Sofía cayó contra la pared.
—Ahora habla.
Aldrich se arrodilló frente a ella y examinó la marca.
—El último vínculo como este apareció hace más de trescientos años.
—¿Vínculo?
—Nuestras vidas están conectadas.
Sofía dejó de respirar.
Aldrich levantó su propia muñeca.
—Si yo muero, sentirás mi muerte.
—¿Y si yo muero?
El rostro del rey vampiro cambió.
—Entonces yo muero contigo.
Sofía sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—Solo intenté salvarte.
—Y lo hiciste.
Aldrich miró la sangre todavía visible en el tubo.
—Pero tu sangre no es humana normal.
—Soy O negativo.
—Eso no resucita poderes muertos durante siglos.
Se acercó.
—Tu sangre rompió parte de una maldición que lleva trescientos años destruyendo a mi pueblo.
Sofía palideció.
—Entonces… ¿qué quieren esas criaturas?
Aldrich sostuvo su mirada.
—Algunos quieren matarte para debilitarme.
Hizo una pausa.
—Pero los demás harán algo mucho peor.
—¿Qué?
Los ojos plateados del vampiro se endurecieron.
—Querrán mantenerte viva… para vaciarte gota por gota.
PARTE 2
La ventana explotó antes de que Sofía pudiera responder.
Tres criaturas entraron en el refugio.
Tenían ojos rojos, piel gris y colmillos mucho más largos que los de Aldrich.
—Shadorn —gruñó él.
Uno de ellos sonrió.
—El rey lunar y su nueva mascota.
Su mirada se clavó en Sofía.
—Entréganos a la humana.
Aldrich se colocó delante de ella.
—No.
Atacaron.
Sofía jamás había visto algo moverse tan rápido.
Aldrich chocó contra el primer Shadorn con una fuerza que hizo temblar las paredes.
El segundo fue directamente hacia ella.
Las garras apuntaban a su garganta.
Pero el mundo pareció ralentizarse.
Sofía vio la trayectoria del golpe.
Se movió.
Esquivó.
Agarró su linterna y golpeó al vampiro en la cabeza.
La criatura retrocedió sorprendida.
Sofía también.
—¿Cómo hice eso?
—El vínculo —gritó Aldrich—. ¡Te está dando parte de mi fuerza!
Consiguieron escapar por un túnel de servicio.
Horas después llegaron al pequeño apartamento de Sofía.
Allí, buscando respuestas entre las pertenencias de su abuela fallecida, encontraron un viejo diario.
Aldrich abrió la primera página.
Su rostro cambió.
Había lunas crecientes.
Espirales.
Exactamente el mismo símbolo que llevaba Sofía en la muñeca.
Después encontraron un árbol genealógico.
En la parte superior aparecía un nombre.
Lenaris.
Aldrich quedó inmóvil.
—Sofía… eres descendiente de ellos.
—¿De quién?
—Los Guardianes Lenaris.
Siglos atrás, aquellos humanos habían vivido junto a los Nacidos de la Luna.
Su sangre había sido modificada mediante antiguos rituales para soportar el poder vampírico.
No eran esclavos.
Eran compañeros.
Protectores.
Iguales.
Cuando la corte lunar cayó bajo una terrible maldición, los Lenaris desaparecieron.
Todos creyeron que el linaje se había extinguido.
Hasta ahora.
—Entonces mi abuela…
—Probablemente conservó fragmentos de la historia sin comprenderla completamente.
Aldrich pasó las páginas.
—Tu sangre no es una casualidad. Es una herencia.
Aquello explicaba por qué había salvado a Aldrich.
Y también por qué todo el mundo sobrenatural comenzaba a perseguirlos.
Conforme el vínculo crecía, Sofía empezó a desarrollar sentidos extraordinarios.
Podía escuchar corazones.
Detectar peligro.
Compartir emociones con Aldrich.
Pero existía un riesgo.
Si no aprendía a controlar la conexión, podía perder parte de su humanidad.
—Enséñame —dijo ella.
—¿Estás segura?
Sofía levantó la muñeca marcada.
—Ya arruiné mi vida intentando salvarte. Al menos quiero aprender a sobrevivir.
Aldrich sonrió por primera vez.
Viajaron hacia un antiguo templo lunar abandonado.
En el camino fueron perseguidos por vampiros capaces de caminar bajo el sol.
Tuvieron que esconderse dentro de una camioneta de reparto para escapar.
Pero finalmente encontraron el templo.
En su interior había archivos conservados durante siglos.
Y en el altar, Sofía encontró una inscripción que podía comprender aunque jamás había aprendido aquel idioma.
Cuando el rey lunar se eleve junto al guardián nacido, su fuerza combinada romperá la Maldición del Ocaso.
Dos almas. Un propósito.
Dos sangres. Un poder.
Aldrich leyó las palabras.
—No fue un accidente.
—¿Qué cosa?
—Tú y yo.
Sofía sintió el vínculo vibrar.
—¿Estás diciendo que estaba destinado a encontrarte?
—Estoy diciendo que existe una profecía que esperaba a alguien de tu linaje.
La Maldición del Ocaso era la misma que había destruido el reino de Aldrich y reducido a sus vampiros a sombras debilitadas de lo que habían sido.
Y Sofía podía ayudar a romperla.
Entrenaron juntos.
Aprendieron a sincronizar movimientos.
Cuando Aldrich perdía fuerza, Sofía podía devolverle energía.
Cuando ella luchaba, siglos de instinto vampírico fluían a través de sus músculos.
Pronto parecían una sola voluntad en dos cuerpos.
Pero para romper la maldición necesitaban regresar al lugar donde todo había comenzado.
La antigua Corte Lunar.
La encontraron bajo la vieja ciudad de Tezcatlán.
El palacio de piedra blanca seguía allí.
Pero estaba enfermo.
Venas negras recorrían sus paredes.
Energía oscura contaminaba el aire.
Entonces apareció el hombre responsable.
El general Bayer.
Antiguo comandante de Aldrich.
Traidor.
—Bienvenido a casa, mi rey.
Aldrich lo miró con odio.
—Tú creaste la maldición.
Bayer sonrió.
Había condenado a su propio pueblo porque quería transformarlo.
Eliminar las debilidades vampíricas.
Crear criaturas inmunes a la plata.
Más fuertes.
Más crueles.
Y gobernarlas.
Después miró a Sofía.
—Durante siglos me faltó una sola cosa.
—Mi sangre —comprendió ella.
Detrás de Bayer se elevó una enorme máquina construida con plata y cristal oscuro.
En el centro había una silla con correas y tubos.
—El Ritual de la Noche Eterna —explicó Bayer—. Tu sangre puede romper la maldición.
Sonrió.
—Pero también puede amplificarla.
Quería drenar a Sofía y usar la sangre Lenaris para crear un ejército.
Aldrich y Sofía lucharon.
Pero fueron superados.
Escaparon por poco.
Y Bayer les dejó una advertencia.
El ritual comenzaría durante el eclipse lunar.
Tenían tres días.
De regreso en el templo, Aldrich comprendió que no estaban utilizando todo el potencial del vínculo.
—Todavía tenemos miedo.
—Yo tengo miedo de perderme.
—Y yo de quitarte demasiado.
Aldrich tomó sus manos.
—Pero la profecía dice dos almas, un propósito.
Para ganar, tendrían que abrir completamente la conexión.
Permitir que pensamientos, instintos y poder fluyeran entre ambos sin barreras.
—Podría ser peligroso —advirtió Aldrich.
—Últimamente todo lo que hago es peligroso.
Sofía respiró profundamente.
—Hazlo.
Entrenaron hasta que dejaron de moverse como compañeros.
Comenzaron a moverse como una sola criatura.
Y cuando llegó el eclipse, regresaron a la Corte Lunar.
Bayer los esperaba.
—¿Con qué ejército vienes, rey derrotado?
Aldrich levantó la mano unida a la de Sofía.
Las marcas brillaron.
—No necesito uno.
Los vampiros corruptos atacaron.
Sofía y Aldrich atravesaron sus filas.
Ella llegó hasta la máquina.
Observó sus conductos.
Su núcleo.
Su sistema de energía.
Por extraño que pareciera, no era tan distinto de las máquinas que había reparado durante años para mantener funcionando su vieja motocicleta.
—Puedo romper esto.
Comenzó a cortar conexiones.
La máquina chilló.
Bayer rugió y se lanzó hacia ella.
Aldrich lo interceptó.
El combate sacudió la cámara.
Pero Bayer estaba potenciado por siglos de magia oscura.
Golpeó al rey contra una columna.
Sofía sintió su dolor.
Su fuerza desapareciendo.
Entonces tomó una decisión.
Abrió completamente el vínculo.
Sin miedo.
Sin reservas.
Le entregó a Aldrich toda su fuerza.
Y Aldrich le entregó todo lo que era.
Las marcas explotaron en luz plateada.
El rey se levantó.
Ya no parecía el vampiro debilitado que Sofía había encontrado sangrando en la nieve.
Sus ojos ardían como lunas.
Su poder llenó la cámara.
—Querías conocer el verdadero poder de los Nacidos de la Luna.
Miró a Bayer.
—Aquí lo tienes.
La pelea terminó rápidamente.
Bayer fue arrojado contra su propia máquina.
El núcleo explotó.
La energía oscura desapareció.
Las venas negras comenzaron a retirarse de las paredes.
Los vampiros corrompidos cayeron.
Y desde cámaras ocultas comenzaron a despertar antiguos miembros de la corte que habían permanecido suspendidos durante siglos.
La maldición estaba rota.
Aldrich podía haber matado a Bayer.
No lo hizo.
—La muerte sería demasiado fácil.
Miró a su antiguo general.
—Vivirás para ver cómo reconstruimos todo lo que intentaste destruir.
Durante las siguientes semanas, los Nacidos de la Luna comenzaron a regresar.
Sofía dejó de ser vista como una simple humana.
La llamaban la Guardiana Lunar.
Pero cuando Aldrich le pidió quedarse, ella puso una condición.
—No seré tu sirvienta.
—Nunca te lo pediría.
—Ni tu súbdita.
—Tampoco.
Sofía levantó su muñeca.
—Dijiste que los Guardianes Lenaris eran iguales. Entonces quiero serlo.
Quería participar en las decisiones.
Ayudar a construir la nueva corte.
Ser una voz entre humanos y vampiros.
Aldrich sonrió.
—No lo querría de otra manera.
Sofía aceptó quedarse.
Un mes después, bajo la luna llena, Aldrich fue nuevamente reconocido como rey de su pueblo.
Pero aquella vez no estaba solo.
Tomó la mano de Sofía delante de toda la corte.
—Los Guardianes Lenaris nunca fueron nuestros sirvientes. Fueron nuestros compañeros, nuestros protectores y nuestro puente con la humanidad.
Levantó las muñecas marcadas de ambos.
—Hoy restauro aquella alianza.
Nombró a Sofía primera Guardiana de la Corte Lunar.
Su igual.
Su compañera.
Sofía aceptó con una promesa diferente de todas las antiguas.
No serviría solo a los vampiros.
Trabajaría por la paz entre ambos mundos.
Más tarde, mientras observaban la luna desde un balcón, Sofía miró la marca que jamás desaparecería.
—Es increíble.
—¿Qué cosa?
—Todo empezó porque me detuve a ayudar a un desconocido.
Aldrich tomó su mano.
—Eso es precisamente lo que te convierte en guardiana.
—¿Mi sangre?
—No.
La miró.
—Que viste a alguien muriendo y no preguntaste quién era antes de intentar salvarlo.
Sofía apoyó la cabeza contra él.
Todavía existían enemigos.
Los Shadorn.
Otros clanes.
Vampiros que nunca aceptarían la paz.
Pero ahora ya no estaba sola.
Y tampoco Aldrich.
Una repartidora que solo quería pagar la renta había salvado a un rey.
Un rey condenado había encontrado a la última descendiente de un linaje perdido.
Y aquella noche comprendieron que el antiguo pacto nunca había sido realmente una cadena.
Era una elección.
Dos vidas.
Dos sangres.
Un mismo destino.
Y bajo la misma luna que había contemplado tres siglos de traición, comenzó finalmente una nueva era.