Niño humano pagó 10 dólares a un rey vampiro para que lo ayudara — y la petición que recibió lo dejó

UN NIÑO DE 10 AÑOS LLEGÓ AL CASTILLO DEL REY VAMPIRO CON SOLO 100 PESOS PARA ENCONTRAR A SU HERMANO… PERO ALDRICH DESCUBRIÓ QUE EL SECUESTRO ERA UNA TRAMPA PREPARADA ESPECIALMENTE PARA ÉL

PARTE 1

Nadie que quisiera seguir respirando llamaba a la puerta del Castillo del Ocaso.

Por eso los dos guardias pensaron que el pequeño niño con chamarra roja debía estar loco.

Llevaba mucho rato parado frente a las enormes rejas de hierro.

No lloraba.

No gritaba.

Simplemente esperaba.

Finalmente levantó un puño y golpeó la puerta.

El sonido resonó por los pasillos de piedra.

Las enormes hojas de madera se abrieron solas.

Al fondo del salón, rodeado por cientos de velas, estaba Aldrich.

El rey vampiro.

Había vivido más de ochocientos años.

Había sobrevivido guerras, cazadores, traiciones y generaciones completas de hombres que habían intentado destruirlo.

Sin embargo, jamás había visto a un niño humano entrar voluntariamente en su castillo.

—Eres muy valiente —dijo Aldrich—. O muy tonto.

El niño se acercó.

Sus tenis viejos chirriaron sobre el suelo.

Después metió la mano en el bolsillo y sacó un billete arrugado.

Cien pesos.

—Quiero contratarlo.

Aldrich levantó una ceja.

—¿Contratarme?

—Me llamo Milo Torres. Tengo diez años. Mi hermano Jonás desapareció.

La voz del niño tembló.

Pero no retrocedió.

Jonás tenía quince años.

Había salido hacia un viejo muelle para encontrarse con un amigo.

Nunca llegó.

La policía encontró su bicicleta abandonada, con la cadena rota.

Los adultos decían que probablemente se había escapado.

Milo sabía que estaban equivocados.

—Jonás nunca se iría sin decirme nada.

Extendió los cien pesos.

—Es todo lo que tengo.

Aldrich no tomó el dinero inmediatamente.

—¿Por qué yo?

Milo tragó saliva.

—Porque nadie escucha a los niños.

Aquella respuesta hizo que el vampiro guardara silencio.

—Y todos dicen que usted es lo más aterrador de esta región.

—Eso no parece una buena razón para venir solo a mi casa.

—Sí lo es.

Milo levantó la barbilla.

—Si algo malo se llevó a mi hermano, pensé que necesitaba algo todavía más aterrador para traerlo de vuelta.

Por primera vez en décadas, Aldrich casi sonrió.

—¿Sabes lo que soy?

—Un vampiro.

—He matado personas.

—También dicen que nunca mata niños.

Milo volvió a ofrecerle el billete.

—Y dicen que cumple sus promesas.

Aldrich observó aquellos cien pesos.

El niño había estado ahorrándolos para comprarle a Jonás un pastel de chocolate por su cumpleaños.

Ahora estaba entregando todo lo que tenía.

El rey tomó el billete.

—Este es probablemente el peor negocio que he hecho en ochocientos años.

Los ojos de Milo perdieron esperanza.

Entonces Aldrich guardó el dinero en su camisa.

—Acepto.

El rostro del niño cambió por completo.

—¿De verdad?

—Encontraré a tu hermano.

Llegaron al muelle donde Jonás había desaparecido.

Aldrich examinó el suelo.

Una linterna rota.

Marcas de forcejeo.

Huellas de varias botas.

Milo se acercó.

—¿Vampiros?

—No.

Aldrich recogió algo entre la tierra.

Una insignia de plata con una cruz rodeada de alambre de púas.

Su expresión cambió.

—Humanos.

—¿Quiénes?

Aldrich cerró los dedos alrededor del símbolo.

—El Gremio de la Espina Plateada.

Cazadores de vampiros.

Organizados.

Ricos.

Peligrosos.

Milo palideció.

—Pero Jonás no es vampiro.

Aldrich no respondió.

Porque ya comprendía lo ocurrido.

Los cazadores conocían una de las pocas reglas que había conservado durante siglos:

Aldrich jamás permitía que un niño fuera utilizado como víctima.

Jonás no había sido secuestrado por accidente.

Había sido colocado como cebo.

Y Milo, sin saberlo, acababa de conducir al rey exactamente hacia la trampa.

Aldrich miró al niño.

No tuvo valor para decirle la verdad.

Todavía no.

—Vamos a encontrarlo.

—¿Lo promete?

Aldrich recordó el billete de cien pesos guardado junto a su pecho.

—Lo prometo.

Pero cuando volvió a mirar la insignia, sus ojos brillaron de rojo.

Porque ahora sabía algo que Milo ignoraba.

Los cazadores nunca habían querido a Jonás.

Lo querían a él.

PARTE 2

Aldrich siguió el rastro hasta un pueblo comercial donde consiguió información de un viejo comerciante llamado Jaime.

Los cazadores habían pasado por allí.

Una docena de hombres.

Armados.

Transportaban algo dentro de un camión vigilado constantemente.

—Mi hermano —susurró Milo.

Jaime asintió con gravedad.

Habían continuado hacia la Sierra de la Aguja Fría.

Pero había algo peor.

Una mujer acompañaba al grupo.

Todos la obedecían.

Todos parecían temerla.

—La llamaban la Coleccionista.

Aldrich quedó inmóvil.

Milo reconoció inmediatamente el cambio.

—¿Quién es?

—Una cazadora.

—¿Como los demás?

—No.

Aldrich bajó la voz.

—Ella captura vampiros vivos.

Los utiliza para experimentos.

Y si la Coleccionista estaba involucrada, aquello no era un simple secuestro.

El viaje hacia la montaña se convirtió rápidamente en una emboscada.

Las balas atravesaron el parabrisas del automóvil de Aldrich.

El vampiro sacó a Milo antes de que una segunda ráfaga destruyera el asiento donde había estado sentado.

—Quédate detrás de ese tronco.

—Pero usted…

Aldrich mostró los colmillos.

—Confía en mí.

Desapareció entre los árboles.

Milo escuchó disparos.

Gritos.

Ramas rompiéndose.

Después, silencio.

Cuando Aldrich regresó, su ropa estaba rasgada y manchada de sangre.

Varios cazadores habían sido capturados.

Uno finalmente confesó.

Jonás estaba vivo.

Lo tenían en un puesto avanzado de la Sierra Fría.

Más de veinte cazadores protegían la instalación.

—¿Está herido? —preguntó Milo desesperadamente.

Un joven cazador negó.

—Asustado. Pero vivo.

Milo cerró los ojos.

Por primera vez desde que había llamado a la puerta del castillo, pudo respirar.

—Vamos por él.

Subieron la montaña.

Milo intentó seguir a Aldrich, pero terminó cayendo sobre las rocas.

Sus manos comenzaron a sangrar.

—Estoy bien.

—No.

Aldrich se agachó frente a él.

—Sube.

—No soy un bebé.

—El orgullo es admirable. La estupidez no.

Milo terminó subiéndose a su espalda.

Aldrich comenzó a correr montaña arriba con una velocidad imposible.

Mientras avanzaban, recordó otra pequeña figura que había cargado de aquella manera muchos siglos atrás.

Su hermana Elena.

Había muerto de niña durante una epidemia cuando Aldrich todavía era humano.

No había podido salvarla.

Milo comprendió entonces por qué un monstruo que decía no preocuparse por nadie jamás hacía daño a los niños.

Aquella noche, junto a una pequeña fogata, Milo le mostró algo.

Un recibo viejo.

En la parte trasera había escrito:

Pastel para Jonás. Chocolate. 100 pesos.

—Para eso era el dinero.

Las lágrimas comenzaron a caer.

Jonás siempre le daba la primera rebanada de su pastel de cumpleaños.

La próxima semana cumpliría quince años.

Su padre iba a enseñarle a manejar.

Su madre preparaba una fiesta sorpresa.

—Se supone que debería estar en casa.

Aldrich observó las llamas.

Después miró al niño.

—Lo estará.

—¿Lo promete?

El vampiro sabía que no debía prometer algo así.

La fortaleza podía estar llena de cazadores.

Podían morir todos.

Pero respondió:

—Lo prometo.

Encontraron el puesto avanzado.

Aldrich necesitaba una distracción.

Milo lanzaría piedras contra una torre de vigilancia y atraería a los guardias.

—Después corres.

—Entendido.

—No intentas ser un héroe.

Milo asintió.

El plan funcionó.

Mientras los cazadores perseguían al pequeño ruido rojo que corría entre los árboles, Aldrich entró por el otro lado.

Encontró tres celdas.

En una estaba Jonás.

—Aléjese —dijo el adolescente aterrorizado.

—Tu hermano me envió.

Jonás parpadeó.

—¿Milo?

—Me contrató.

—¿A usted?

Aldrich tocó la cerradura de plata.

Su piel comenzó a quemarse.

—Sí. Por cien pesos. Es una historia ridícula. Luego te la cuenta.

Forzó la puerta.

Jonás salió.

Entonces ambos vieron un enorme mapa en la pared.

Había casas de vampiros marcadas.

Refugios.

Rutas.

Objetivos.

Y en el centro estaba la fotografía de Aldrich.

Debajo se leía:

OBJETIVO PRINCIPAL.

Jonás lo comprendió.

—Nunca vinieron por mí.

Aldrich no respondió.

—Me secuestraron para atraerlo.

—Sí.

—¿Milo lo sabe?

—No.

Las alarmas comenzaron a sonar.

Aldrich y Jonás consiguieron encontrar nuevamente a Milo.

Los tres escaparon del puesto avanzado en un enorme camión.

Jonás apenas sabía conducir, pero atravesó la puerta principal a toda velocidad.

Milo lloraba mientras abrazaba a su hermano.

Lo habían logrado.

O eso pensaban.

Entonces una radio dentro del vehículo cobró vida.

La voz de la Coleccionista surgió entre la estática.

—Fase dos activada.

Aldrich se volvió lentamente.

—¿Qué dijo?

—Que los dejen escapar —continuó la voz—. Traigan a los padres de los niños.

Milo palideció.

—Mamá…

La Coleccionista continuó:

—Cuando Aldrich venga por toda la familia, tendremos finalmente lo que queremos.

El vampiro cerró los ojos.

Había cometido exactamente el error que sus enemigos esperaban.

Había comenzado a preocuparse.

La familia Torres fue llevada a la fortaleza principal de la Espina Plateada.

Era prácticamente un búnker diseñado para matar vampiros.

Plata.

Luz ultravioleta.

Sistemas bendecidos.

Aldrich no podía entrar fácilmente.

Milo sí.

Encontraron un viejo túnel de drenaje.

—Yo voy.

Jonás negó inmediatamente.

—Ni hablar.

—Soy el más pequeño.

Milo miró a Aldrich.

—Puedo entrar donde ustedes no pueden.

Esta vez el vampiro tuvo que admitir que tenía razón.

El niño se arrastró solo hacia la oscuridad.

Encontró a sus padres esposados en una sala.

—¡Milo!

—No tenemos tiempo.

Mientras Aldrich atacaba la entrada principal para atraer a los cazadores, Milo liberó a sus padres y los condujo de regreso al túnel.

Cuando salieron, Jonás los esperaba.

Por primera vez en días, los cuatro Torres volvieron a estar juntos.

Entonces una pared de la fortaleza explotó.

Entre humo y escombros apareció Aldrich.

Cubierto de heridas.

—¿Todos aquí?

—Todos.

—Entonces corran.

Lograron llegar al bosque.

Pero las luces láser aparecieron alrededor.

Decenas de rifles apuntaban hacia ellos.

La Coleccionista salió de la oscuridad.

—Finalmente.

Había perseguido a Aldrich durante años.

Ahora conocía su verdadera debilidad.

No era la plata.

Ni el sol.

Eran los humanos que había comenzado a proteger.

Dos cazadores agarraron a Milo.

La Coleccionista colocó una daga de plata cerca de él.

—Ríndase o el niño muere.

Los ojos de Aldrich se volvieron carmesí.

—Está cometiendo un error.

—Su error fue preocuparse por ellos.

Entonces Jonás atacó a uno de los guardias con una rama.

Todo explotó en caos.

Aldrich derribó a varios cazadores.

—¡Corran!

Los Torres huyeron.

La Coleccionista levantó una ballesta.

Apuntó hacia Milo y Jonás.

Disparó.

Aldrich vio la flecha de plata atravesar el aire.

Sabía que no llegaría.

Aun así lo intentó.

Se lanzó.

La flecha atravesó su pecho.

Cayó.

—¡Aldrich!

Milo corrió hacia él.

—Déjenme —jadeó el vampiro—. Corran.

—Ni de chiste.

Jonás agarró uno de sus brazos.

Milo tomó el otro.

Sus padres regresaron también.

Entre los cuatro comenzaron a cargar al rey.

Los cazadores observaron aquella escena.

Dos niños humanos se negaban a abandonar al monstruo que habían aprendido a odiar.

El monstruo acababa de recibir una flecha mortal para salvarlos.

—¡Disparen! —ordenó la Coleccionista.

Nadie lo hizo.

Un cazador bajó su rifle.

—Son niños.

Otro hizo lo mismo.

La familia consiguió escapar.

Llegaron a Valle de Pinos con Aldrich casi muerto.

Una anciana llamada Marta aceptó esconderlos.

—¿Por qué ayudaría a un vampiro? —preguntó Jonás.

Marta se encogió de hombros.

—Porque está en mi casa y no dejo morir a nadie si puedo evitarlo.

Extrajo la flecha.

Aldrich comenzó a convulsionar.

Milo sostuvo su mano.

—No se atreva a morir.

No sabía si el vampiro podía escucharlo.

—Usted prometió que Jonás tendría su pastel.

Las venas negras alrededor de la herida comenzaron lentamente a desaparecer.

Aldrich sobrevivió.

Pero poco después llegaron los cazadores.

Esta vez la familia Torres no huyó.

Salieron a la plaza.

Milo sostenía un cartel:

EL REY VAMPIRO NOS SALVÓ.

Jonás llevaba otro:

ÉL PROTEGIÓ A DOS NIÑOS.

La Coleccionista ordenó detenerlos.

Entonces Marta salió de su tienda.

—Para llegar a ellos tendrán que pasar por mí.

Después apareció el herrero.

Luego otra mujer.

Otro vecino.

Decenas.

El pueblo entero terminó formando un muro humano.

—¡Están protegiendo a un monstruo! —gritó la Coleccionista.

Milo dio un paso adelante.

Tenía miedo.

Pero no retrocedió.

—Usted secuestró a mi hermano.

La plaza quedó en silencio.

—Amenazó a mis padres. Intentó matarnos.

Señaló hacia el edificio donde Aldrich descansaba.

—Él vino a buscarnos.

Milo sostuvo la mirada de la mujer.

—Así que si quiere saber quién es el monstruo aquí, mírese en un espejo.

Uno de los propios cazadores bajó su arma.

Después otro.

La Coleccionista comprendió que había perdido.

Si disparaba frente a todo el pueblo, demostraría exactamente lo que Milo acababa de decir.

—Retírense —ordenó finalmente.

Antes de marcharse miró al niño.

—Te has ganado un enemigo poderoso.

Milo tragó saliva.

—Qué bueno.

Miró hacia la ventana donde descansaba Aldrich.

—Porque él se merece amigos poderosos.

Los cazadores se marcharon.

Jonás celebró su cumpleaños.

Hubo pastel de chocolate.

Y como siempre, cortó la primera rebanada y se la entregó a Milo.

Pero Milo no la comió inmediatamente.

Miró hacia la entrada.

Aldrich estaba allí.

Recuperado.

Vestido de negro.

Incómodo entre humanos.

Milo sonrió.

—Llegó.

—Hice una promesa.

Jonás cortó otra rebanada.

—¿Los vampiros comen pastel?

Aldrich miró el plato como si fuera un objeto peligroso.

—He sobrevivido guerras, pestes y ocho siglos de cazadores. Supongo que puedo sobrevivir al chocolate.

Milo rio.

Aldrich todavía conservaba aquel billete arrugado de cien pesos.

Nunca lo gastó.

Lo guardó en su castillo durante años.

No porque tuviera valor económico.

Sino porque le recordaba la noche en que un niño pequeño atravesó unas puertas que nadie se atrevía a tocar y decidió confiar en un monstruo.

Aldrich siempre había creído que los humanos temían lo que no comprendían.

Milo le enseñó algo diferente.

A veces alguien podía ver exactamente el monstruo que eras…

y aun así decidir creer que todavía quedaba algo bueno dentro.

Y para un vampiro que había vivido más de ochocientos años convencido de que aquella parte de sí mismo había muerto mucho tiempo atrás, esos cien pesos terminaron siendo el pago más valioso que había recibido en toda su existencia.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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