Ninguna niñera duró mucho tiempo con los gemelos del Rey Vampiro — hasta que una empleada humana
DIECIOCHO NIÑERAS ENTRARON AL CASTILLO DEL REY VAMPIRO Y NINGUNA SALIÓ IGUAL… HASTA QUE UNA SIRVIENTA CANTÓ UNA CANCIÓN Y LOS GEMELOS MALDITOS DIJERON: “ELLA HUELE A MAMÁ”

PARTE 1
María Domínguez sabía que aceptar aquel trabajo podía matarla.
También sabía que el miedo no compraba medicinas.
Por eso bajó del carruaje frente al Castillo Velo Negro con una maleta gastada entre las manos mientras una tormenta hacía temblar las montañas.
—Todavía puede regresar —le advirtió el cochero—. Dieciocho niñeras trabajaron aquí antes que usted.
María intentó sonreír.
—¿Y renunciaron?
El hombre finalmente la miró.
—Algunas murieron.
Hizo una pausa.
—Las otras tuvieron peor suerte.
El carruaje desapareció antes de que María pudiera cambiar de opinión.
Las enormes puertas de hierro se abrieron solas.
Dentro, rosas negras y espinas cubrían las paredes como si el propio castillo estuviera vivo.
María necesitaba aquel salario.
Su hermana estaba enferma.
No tenía ahorros.
Y ninguna familia respetable quería contratar a una joven con vestidos viejos y referencias humildes.
Así que entró.
Un sirviente llamado Genaro la condujo hasta la sala del trono.
Mientras caminaban, María sintió que alguien la observaba.
Miró hacia arriba.
Dos niños estaban apoyados en la barandilla.
Un niño y una niña.
Parecían tener unos ocho años.
Cabello plateado.
Piel pálida.
Ojos demasiado intensos.
—No los mire —susurró Genaro.
Demasiado tarde.
El niño sonrió.
Dos pequeños colmillos aparecieron bajo sus labios.
Después desaparecieron entre las sombras.
Al final del corredor esperaba su padre.
Don Ricardo Vargas.
El rey vampiro.
María había escuchado historias sobre él desde niña.
Cinco siglos de vida.
Guerras.
Ciudades destruidas.
Hombres poderosos que desaparecían después de pronunciar su nombre con demasiada confianza.
Ricardo la observó como si fuera una molestia.
—Solicité una institutriz.
—Yo respondí al anuncio.
—La última institutriz hablaba cuatro idiomas y había trabajado para familias reales.
María tragó saliva.
—¿Y dónde está?
Ricardo sonrió sin alegría.
—En la torre occidental. Todavía se ríe de cosas que nadie más puede ver.
María sintió frío.
—Mis hijos están malditos —continuó él—. La maldición se alimenta de cualquiera que intente acercarse demasiado a ellos.
—Entonces, ¿por qué sigue contratando niñeras?
Por primera vez algo parecido a diversión cruzó el rostro del vampiro.
—Valiente o estúpida.
Antes de que pudiera responder, dos pequeñas figuras aparecieron detrás del trono.
Los gemelos.
—Queremos que se quede —dijo Laura.
—Cantó afuera —añadió Luis.
María frunció el ceño.
No había cantado.
Solo había tarareado la canción que su abuela utilizaba para tranquilizarla durante las tormentas.
Laura se acercó.
Olfateó el aire.
—Ella es diferente.
—No huele a miedo —dijo Luis.
Entonces ambos hablaron al mismo tiempo.
—Huele a mamá.
La expresión de Ricardo cambió.
—Su madre está muerta.
—Lo sabemos.
Laura miró a María.
—Pero huele como su jardín.
Ricardo permaneció inmóvil durante varios segundos.
Finalmente habló.
—Siete días.
María levantó la mirada.
—¿Qué?
—Si sobrevive siete días, conservará el empleo.
A la mañana siguiente, María entró en el cuarto de los gemelos.
Muñecas sin cabeza.
Juguetes rotos.
Arañazos cubriendo las paredes.
Una caja de música tocando una melodía al revés.
Luis y Laura estaban sentados tranquilamente tomando té.
—Se supone que debes tener miedo —dijo Laura.
—Las otras gritaban —añadió Luis.
María se sentó frente a ellos.
—He conocido adultos mucho más aterradores que ustedes.
Luis soltó una pequeña carcajada.
Entonces Laura pidió:
—Canta.
María empezó la vieja canción de su abuela.
Una melodía sencilla sobre la luna, la oscuridad y la luz que vive dentro de cada persona.
El efecto fue inmediato.
La caja de música se detuvo.
Las sombras retrocedieron.
Los arañazos dentro de las paredes cesaron.
Y los colmillos de los niños desaparecieron.
Ambos quedaron sorprendidos.
—Lo hiciste parar —susurró Luis.
—¿Qué cosa?
Los gemelos se tocaron el pecho.
—El hambre.
Ricardo estaba observándolos desde la puerta.
Su rostro había perdido toda arrogancia.
—Nadie ha conseguido eso en trescientos años.
Miró a María.
—¿Quién es usted realmente?
María tampoco lo sabía.
Pero comenzó a sospecharlo cuando entró secretamente en la biblioteca prohibida.
Allí encontró un retrato de Serafina, la madre de los gemelos.
La mujer llevaba un medallón idéntico al que María había heredado de su abuela.
Después encontró un antiguo árbol genealógico.
Siguió los nombres con el dedo.
Maratiel.
Maratiel.
Maratiel.
Hasta llegar al último apellido.
Domínguez.
María retrocedió.
Su dedo se cortó con una página.
Una gota de sangre cayó sobre el libro.
Las letras comenzaron a brillar.
Y frente a sus ojos apareció una frase que llevaba siglos oculta:
“Cuando la última hija regrese, el equilibrio podrá restaurarse.”
Debajo apareció otra.
Mucho peor.
“Una vida entregada voluntariamente romperá aquello que una muerte creó.”
María sintió que alguien estaba detrás de ella.
Se giró.
Ricardo estaba en la puerta.
Miró el libro.
Después miró el medallón de María.
Y por primera vez desde que ella llegó al castillo…
el rey vampiro parecía aterrorizado.
PARTE 2
—¿De dónde sacó ese medallón? —preguntó Ricardo.
María lo sostuvo entre los dedos.
—Era de mi abuela.
El vampiro cerró los ojos.
—Entonces es cierto.
—¿Qué cosa?
Ricardo tomó el libro.
—Serafina pertenecía al linaje Maratiel. Una antigua familia de brujas.
Su voz se volvió amarga.
—Y usted también.
María sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Ricardo le explicó la verdad.
Serafina había sido una bruja.
Él, un vampiro.
Se enamoraron cuando sus mundos estaban en guerra.
Tuvieron a Luis y Laura.
Pero el aquelarre de Serafina consideró aquella unión una traición.
La capturaron.
La quemaron.
Antes de morir, Serafina lanzó una maldición.
Cualquiera que intentara ocupar su lugar en el corazón de sus hijos sería consumido.
Por eso habían muerto las niñeras.
Por eso otras habían perdido la razón.
Y por eso Luis y Laura vivían luchando contra un hambre que no podían controlar.
—Pero usted no le afecta —dijo Ricardo— porque comparte la sangre de Serafina.
María miró nuevamente la profecía.
—Entonces puedo liberarlos.
Ricardo no respondió.
—¿Qué significa “una vida entregada voluntariamente”?
El silencio fue suficiente.
María palideció.
—Mi vida.
Ricardo cerró el libro.
—No.
—Pero—
—¡No!
Las ventanas temblaron.
—He pasado siglos buscando una solución. No voy a descubrirla solamente para asesinar a una muchacha de veinte años.
—¿Y dejará que sus hijos sufran otros trescientos?
Aquello lo golpeó.
Ricardo apartó la mirada.
—Encontraré otra manera.
Pero María sabía que quizá no existía.
Más tarde descubrieron algo todavía peor.
Su abuela conocía la verdad.
Antes de morir había enviado cartas buscando información sobre la maldición.
Probablemente había preparado a María desde niña.
El medallón.
La canción.
Las historias sobre sombras.
Nada había sido casualidad.
—Me envió aquí —susurró María.
Ricardo apretó los puños.
—La envió para morir.
María pensó en Luis.
En Laura.
En todas las noches preguntando si las personas que amaban siempre terminaban abandonándolos.
—Entonces terminaré lo que ella empezó.
Ricardo se acercó.
—No permitiré que lo haga.
—No es su decisión.
—¡Morirá!
—Ellos también están muriendo, solo que más lentamente.
La furia desapareció del rostro de Ricardo.
Quedó algo peor.
Dolor.
—Usted entró aquí cantando canciones absurdas —dijo— y en unos días consiguió que mis hijos volvieran a sonreír.
Su mano casi tocó el rostro de María.
—No voy a perderla también.
Antes de que ella respondiera, Luis y Laura aparecieron.
Habían escuchado demasiado.
—¿Te vas? —preguntó Laura.
María se arrodilló.
—No.
—¿Lo prometes?
Los abrazó.
—Lo prometo.
Al día siguiente desaparecieron.
María y Ricardo siguieron sus huellas hasta el Bosque del Eco.
Allí encontraron a los niños rodeados por espectros.
En el centro flotaba una mujer.
Serafina.
—Mis pequeños —susurró el fantasma—. Vengan con mamá.
Ricardo quedó paralizado.
—Serafina…
El espectro lo miró con odio.
—Los dejaste sufrir.
María se interpuso.
—Déjalos.
Serafina sonrió.
—Así que finalmente regresó la hija perdida.
María levantó su medallón.
—Toma lo que necesites de mí.
—No entiendes nada.
El fantasma se volvió monstruoso.
—La maldición no nació para castigarlos.
Señaló a los gemelos.
—Nació para impedir que alguien me reemplazara.
Laura comenzó a llorar.
—¡Ya no queremos esto, mamá!
Luis tomó su mano.
—Queremos ser normales.
Aquellas palabras hicieron vacilar al espectro.
María entendió entonces que la maldición no era amor.
Era posesión.
—No puedes decir que los amas mientras los condenas a sufrir para siempre.
Serafina atacó.
El medallón de María explotó en luz violeta.
Espinas luminosas surgieron del suelo.
Los fantasmas retrocedieron gritando.
María sintió algo despertar dentro de su sangre.
Magia.
La magia Maratiel.
Cuando todo terminó, Ricardo la encontró casi muerta.
Su corazón se detuvo.
Desesperado, le dio unas gotas de su propia sangre.
María volvió.
Pero algo había cambiado.
Ahora podía sentir las emociones de Ricardo.
Su miedo.
Su culpa.
Y algo que él jamás habría confesado.
Amor.
La sangre de ambos había creado un vínculo.
Y la maldición también lo sintió.
Las sombras atacaron aquella misma noche.
Ricardo tuvo que darle más de su sangre para salvarla.
La magia vampírica y la magia de bruja comenzaron a mezclarse dentro de María.
Ya no era completamente humana.
Pero antes de comprender en qué se estaba convirtiendo, llegó una nueva amenaza.
El Consejo de Brujas.
Querían matar a los gemelos.
Los consideraban una aberración.
María salió frente al castillo para enfrentarlos.
La gran bruja reveló entonces la última verdad.
—Tu sacrificio no romperá la maldición.
María quedó inmóvil.
—Mientes.
—Serafina maldijo también a su propio linaje. Cada descendiente Maratiel que intenta sacrificarse alimenta la maldición.
María comprendió horrorizada.
Su abuela no la había enviado para salvar a los niños.
La había enviado para terminar con el linaje.
Si María moría durante el ritual, la maldición sería todavía más fuerte.
Entonces Luis perdió el control.
La tierra tembló.
Laura comenzó a expulsar fuego violeta.
Las sombras del castillo se extendieron por todas partes.
Ricardo gritó:
—¡Van a destruirlo todo!
María vio a los gemelos.
Vio a las brujas.
Vio a Ricardo.
Oscuridad.
Luz.
Vampiro.
Bruja.
Vida.
Muerte.
Y finalmente entendió lo que “equilibrio” significaba.
No necesitaba morir.
Necesitaba cambiar.
Corrió hacia Luis y Laura y tomó sus manos.
—No entregaré mi vida.
La magia explotó a su alrededor.
—Entregaré mi humanidad.
Ricardo sintió su decisión a través del vínculo.
—¡María, no!
Ella miró hacia él.
—Confía en mí.
Después abrió completamente su cuerpo a la maldición.
Toda la oscuridad acumulada durante siglos entró en ella.
El dolor fue indescriptible.
Sus venas comenzaron a brillar en violeta, carmesí y oro.
Sintió la magia de Serafina.
La sangre de Ricardo.
La luz de los niños.
Y su propia humanidad.
Todo chocando dentro de un solo cuerpo.
Entonces la maldición se rompió.
Las sombras desaparecieron.
Luis y Laura cayeron al suelo.
Sus ojos volvieron a ser azules.
María cayó también.
Ricardo la atrapó.
No respiraba.
Su corazón no latía.
—No.
Ricardo la sostuvo contra su pecho.
—No después de todo esto.
Intentó darle sangre.
Nada.
Laura comenzó a llorar.
Entonces señaló.
—Papá… mira.
Luz dorada apareció bajo la piel de María.
Se mezcló con violeta.
Después con rojo.
La gran bruja cayó de rodillas.
—Imposible.
—¿Qué ocurre? —exigió Ricardo.
—No está convirtiéndose en vampira.
La mujer contempló a María con auténtico asombro.
—Está convirtiéndose en el equilibrio.
Los primeros rayos del amanecer tocaron el bosque.
María abrió los ojos.
Uno era violeta.
El otro dorado con un círculo carmesí.
Tomó aire.
Ricardo la abrazó con tanta fuerza que casi volvió a matarla.
—Estás viva.
María miró a Luis y Laura.
Los niños corrieron hacia ella.
Cuando los tocó, supo inmediatamente la verdad.
La maldición había desaparecido.
—Está silencioso —susurró Luis.
Laura sonrió.
—Ya no tengo hambre.
María lloró.
La gran bruja la observó.
—Eres la primera de tu especie.
—¿Qué soy?
—No exactamente humana. No vampira. No completamente bruja.
Hizo una reverencia.
—Eres el puente.
Meses después, Velo Negro parecía otro lugar.
Quitaron las espinas.
Abrieron las ventanas.
Las rosas volvieron a florecer.
Luis y Laura jugaban con niños del pueblo.
Tenían maestros que no les temían.
Y cada noche María seguía cantando la canción de su abuela.
Ricardo siempre escuchaba desde la puerta.
Una tarde la encontró mirando el amanecer.
—¿Te arrepientes?
María miró sus manos.
Todavía podía ver luz violeta y dorada debajo de la piel.
—Perdí mi vida normal.
Ricardo bajó la mirada.
Ella tomó su mano.
—Pero encontré una familia bastante extraña.
Desde el jardín llegaron las risas de los gemelos.
Ricardo sonrió.
—Hiciste lo imposible.
María apoyó la cabeza sobre su hombro.
—Lo hicimos.
Había entrado en aquel castillo como una sirvienta desesperada por dinero.
Dieciocho mujeres antes que ella habían sido destruidas por la maldición.
Pero María sobrevivió porque nunca intentó sustituir a la madre de aquellos niños.
Simplemente decidió amarlos cuando nadie más se atrevía.
Y al final, la última hija de un linaje condenado no entregó su vida para pagar una antigua deuda.
Entregó aquello que había sido… y regresó convertida en algo que ni vampiros ni brujas habían visto jamás.