Mamá está enferma, así que vine”. La niña entró en el castillo del Rey Vampiro — y él se congeló al

UNA NIÑA DE SEIS AÑOS ENTRÓ SOLA AL CASTILLO DEL REY VAMPIRO PARA TRABAJAR EN LUGAR DE SU MADRE ENFERMA… PERO CUANDO EL REY VIO SU ROSTRO, RECONOCIÓ LOS OJOS DE LA MUJER QUE HABÍA PERDIDO UN SIGLO ATRÁS

PARTE 1

—Disculpe, su majestad. Vine a trabajar por mi mamá. Hoy no pudo levantarse de la cama.

Don Gael Cuervo Blanco levantó lentamente la mirada.

En más de un siglo de reinado había recibido embajadores, asesinos, generales y nobles suplicando por sus vidas.

Nunca una niña de seis años.

Aria estaba parada en la entrada de su despacho con un delantal demasiado grande, un paño doblado bajo un brazo y unas ramas de lavanda en la otra mano.

Sus rizos dorados brillaban bajo las antorchas violetas.

—¿Cómo llegaste hasta aquí? —preguntó Gael.

—Caminando.

Gael frunció el ceño.

—¿Sola?

Aria asintió.

—Mami me enseñó qué calles evitar porque hay monstruos.

Aquella respuesta hizo que hasta el rey vampiro guardara silencio.

—¿Por qué viniste?

La niña bajó la mirada.

—Mami lleva días enferma. Hoy estaba temblando y tosió algo negro. Pero dijo que si faltaba otra vez podríamos perder nuestra habitación.

Apretó el paño con fuerza.

—Así que vine a hacer su trabajo.

Gael observó aquella pequeña criatura durante varios segundos.

—Tienes seis años.

—Pero sé doblar sábanas.

Por alguna razón, eso le dolió.

Gael canceló todas sus reuniones.

Ordenó que alimentaran a Aria y que nadie permitiera que regresara sola.

Después hizo algo que jamás hacía.

Preguntó por una sirvienta.

Viviana Solís.

La madre de Aria.

Descubrió que llevaba casi siete años trabajando discretamente en el castillo, evitando llamar la atención.

Había llegado con una bebé recién nacida y sin familia.

Pero había algo todavía más extraño.

Cada vez que Aria atravesaba una habitación, la magia del castillo reaccionaba.

Las velas ardían más fuerte.

Las antiguas runas brillaban.

Incluso las defensas que debían bloquear a los humanos parecían abrirse para dejarla pasar.

Y había otra cosa.

Su rostro.

Gael llevaba un siglo intentando olvidar aquel rostro.

Cabello dorado.

Ojos azules.

La misma expresión obstinada.

La misma forma de sonreír.

Liana.

La única mujer mortal que Gael había amado.

La mujer que, según el consejo, había sido ejecutada hacía cien años por violar las leyes que prohibían las relaciones entre humanos y vampiros.

Gael bajó personalmente hasta la humilde habitación de Viviana.

La encontró agonizando.

Venas negras recorrían su cuello.

Tosía una sustancia oscura.

Gael reconoció el veneno.

—Mal de la Noche.

Viviana abrió los ojos y, al verlo, entró en pánico.

—Por favor… no lastime a Aria.

—No voy a tocar a tu hija.

Gael se acercó.

—Pero alguien te envenenó deliberadamente.

Viviana palideció.

Gael comenzó a hacer preguntas.

Al principio ella evitó responder.

Hasta que comprendió que quizá no sobreviviría.

—Hay algo que nunca conté —susurró.

—Dímelo.

Viviana cerró los ojos.

—Mi familia guardó durante generaciones el secreto de una mujer que escapó de una ejecución.

Gael quedó inmóvil.

—¿Quién?

—Una mujer de cabello dorado y ojos azules.

Los dedos del rey se cerraron.

—Su nombre.

Viviana comenzó a llorar.

—Liana.

El mundo pareció detenerse.

—Eso es imposible.

—No murió aquella noche —continuó Viviana—. Logró escapar.

Gael sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—¿Dónde está?

Viviana negó lentamente.

—Murió años después.

Gael cerró los ojos.

Otra pérdida.

Pero entonces Viviana añadió:

—Antes de morir… tuvo un hijo.

Gael abrió los ojos.

—¿Qué dijiste?

—Liana estaba embarazada cuando el consejo intentó matarla.

La respiración de Gael se detuvo.

Viviana giró lentamente la cabeza.

Aria estaba en la puerta.

Pequeña.

Rubia.

Con aquellos imposibles ojos azules.

—El hijo sobrevivió —susurró Viviana—. Su sangre pasó de generación en generación, escondida para que el consejo jamás pudiera encontrarla.

Gael miró a Aria.

Las runas del castillo comenzaron a iluminarse.

Viviana extendió una mano temblorosa hacia la niña.

—Aria no se parece a Liana por casualidad.

Gael sintió algo que un inmortal no debería sentir.

Miedo.

—Entonces… ¿quién es ella?

Viviana lo miró directamente.

—Es descendiente de Liana… y también de usted, mi señor.

PARTE 2

Gael no respondió.

No pudo.

Durante cien años había creído que Liana había muerto sola.

Que todo lo que habían soñado había terminado aquella noche.

Ahora había una niña frente a él llevando su sangre.

Aria inclinó la cabeza.

—¿Por qué me mira así?

Gael se arrodilló.

No sabía qué decir.

No podía explicarle un siglo de asesinatos políticos, leyes absurdas y una familia que ella ni siquiera sabía que tenía.

Viviana volvió a toser.

Las venas negras avanzaron sobre su rostro.

—¡Mami!

Aria corrió hacia ella.

—No te mueras.

Gael reaccionó.

—No va a morir.

Los médicos dijeron que era imposible.

Gael no los escuchó.

Llevó a Viviana al corazón prohibido del castillo, una cámara donde dormía una magia mucho más antigua que su reinado.

El único procedimiento capaz de salvarla era una unión de sangre.

Estaba prohibida.

También podía matarlo.

Gael mordió su propia muñeca.

—¿Qué va a hacer? —preguntó Aria.

—Cumplir una promesa.

Colocó su sangre sobre las runas.

La cámara se iluminó.

La fuerza vital comenzó a abandonar su cuerpo y pasar hacia Viviana.

Las venas negras retrocedieron.

Su respiración se estabilizó.

Pero Gael empezó a caer.

—¡Su majestad!

Aria corrió hacia él.

Viviana respiró profundamente por primera vez en semanas.

Estaba viva.

Gael, en cambio, quedó inconsciente en el suelo.

Aria se arrodilló y tomó su mano.

—Prometió protegernos.

Las lágrimas cayeron sobre los dedos fríos del vampiro.

—No puede irse ahora.

Horas después, Gael abrió los ojos.

Aria estaba dormida contra su pecho.

Aquella niña había entrado a su fortaleza simplemente porque quería salvar a su madre.

Y sin saberlo había atravesado también las murallas que él había levantado alrededor de su corazón durante cien años.

Pero mientras Viviana se recuperaba, el consejo preparaba su siguiente movimiento.

Ellos conocían la verdad.

Siempre la habían conocido.

La relación de Gael y Liana había producido un descendiente híbrido.

Eso significaba que las leyes que prohibían la unión entre mortales e inmortales podían ser cuestionadas.

Y Aria era la prueba viviente.

Doña Serafina, Don Valeriano y el anciano Terencio exigieron verla expulsada.

—La niña nunca debió existir —dijo Serafina frente al trono.

Gael se levantó lentamente.

—Repítelo.

Nadie lo hizo.

—Viviana y Aria están bajo mi protección.

—Está desafiando siglos de ley.

—Entonces cambiaré la ley.

Un murmullo recorrió el salón.

—No puede.

Gael mostró los colmillos.

—Inténtenme detener.

Aquella misma noche tres nobles interceptaron a Aria.

La niña llevaba comida para su madre.

—No deberías estar aquí —dijo uno.

Aria retrocedió.

—Solo llevo la cena de mami.

—Tú eres el error.

El vampiro extendió la mano.

Y el castillo entero rugió.

Runas que llevaban un siglo dormidas se encendieron.

El suelo tembló.

Las puertas se cerraron.

La magia se levantó alrededor de Aria como un escudo.

Entonces Gael apareció.

Sujetó al agresor por la garganta.

—¿Te atreves a tocarla dentro de mi propia casa?

Los otros intentaron escapar.

No pudieron.

Gael exigió respuestas.

Finalmente uno habló.

—Fue Terencio.

—¿Qué?

—Él consiguió el veneno. Ordenó infectar a Viviana.

Gael comprendió el plan.

Matar a Viviana.

Dejar sola a Aria.

Después eliminar a la niña.

Una hora más tarde, toda la corte fue convocada.

Terencio fue llevado frente al trono.

—¿Envenenaste a Viviana Solís?

El anciano mantuvo la cabeza en alto.

—Hice lo necesario.

Gael descendió lentamente.

—¿Para proteger qué?

—Nuestra pureza.

—Intentaste asesinar a una madre.

—Protegía la ley.

Gael lo miró con desprecio.

—Entonces su ley está podrida.

Serafina avanzó.

—El consejo cuestiona su capacidad para gobernar.

—Háganlo.

—Podemos destituirlo.

Gael tomó la mano de Aria.

Las piedras se iluminaron.

—Entonces deberán enfrentarse primero al castillo.

La magia respondió violentamente.

Los nobles retrocedieron.

Gael levantó la voz.

—Aria lleva la sangre de Liana.

Silencio.

—Y también la mía.

Ahora nadie respiraba.

—Cuando ustedes intentaron asesinar a Liana, ella estaba embarazada. Escapó. Dio a luz y protegió nuestro linaje.

Miró a Aria.

—Esta niña es mi descendiente.

Serafina perdió el color del rostro.

—La profecía…

Gael giró hacia ella.

—¿Qué profecía?

El magistrado más antiguo finalmente habló.

Existía una vieja advertencia.

Si alguna vez regresaba el linaje nacido entre el rey vampiro y una mortal, las antiguas leyes caerían.

El poder del consejo terminaría.

Comenzaría una nueva era.

Gael comprendió todo.

—Por eso intentaron matar a Liana.

Nadie respondió.

—Por eso envenenaron a Viviana.

Silencio.

—Y por eso querían asesinar a una niña de seis años.

Serafina levantó la voz.

—¡Ella destruirá nuestro orden!

Gael rugió:

—¡ES UNA NIÑA!

La cámara tembló.

—Una niña que caminó sola por calles llenas de monstruos porque su madre estaba enferma. Una niña que vino aquí a trabajar para evitar que ambas perdieran su hogar.

Su mirada recorrió el consejo.

—Y ustedes le tienen miedo.

El consejo exigió que Aria y Viviana fueran exiliadas.

Gael respondió sin vacilar.

—No.

—Entonces perderá su trono.

—Quédenselo.

La sorpresa fue total.

—¿Abandonaría su reino?

Gael miró a Aria.

—Abandonaría cualquier reino que necesite asesinar niños para mantenerse en pie.

Aquella frase cambió la votación.

Cuando finalmente contaron las manos, nueve ancianos apoyaron a Gael.

Solo cuatro votaron contra él.

Gael conservó el trono.

Aria y Viviana quedaron oficialmente bajo protección real.

Terencio, Serafina, Valeriano y los conspiradores perdieron sus títulos y fueron expulsados del reino.

Las viejas leyes comenzaron a derrumbarse.

Viviana despertó varios días después.

Aria corrió a sus brazos.

—¡Mami!

Viviana lloró mientras abrazaba a su hija.

Después vio a Gael en la puerta.

—Me salvó.

—Hice lo que debía.

—¿Por qué?

Gael miró a Aria.

—Porque tu familia salvó una vez a la mujer que amaba.

Después sonrió levemente.

—Y porque tu hija me lo pidió.

Viviana bajó la cabeza.

—Gracias, mi señor.

—Gael.

Ella levantó la mirada.

—¿Qué?

—Solo Gael.

Cuando Viviana recuperó suficiente fuerza, pensó en marcharse.

Aria fue a hablar con el rey.

—Mami dice que quizá deberíamos irnos para no causarle más problemas.

Gael se arrodilló frente a ella.

—¿Tú quieres irte?

Aria negó lentamente.

—No.

Gael tardó varios segundos en responder.

—Entonces quédate.

Los ojos de la niña se iluminaron.

—¿De verdad?

—Este castillo lleva cien años en silencio.

Miró las velas, que ardían más brillantes cuando Aria estaba cerca.

—Y tú eres lo mejor que le ha ocurrido en todo ese tiempo.

Aria sonrió.

Entonces Gael añadió:

—Si me lo permites, quiero ser algo más que tu rey.

La niña ladeó la cabeza.

—¿Qué cosa?

Gael respiró.

—Tu protector. Tu guardián.

Hizo una pausa.

—Tu familia.

Aria no respondió.

Simplemente se lanzó sobre él y lo abrazó.

Gael cerró los ojos.

Un siglo de soledad comenzó a desaparecer.

Viviana y Aria fueron trasladadas al ala real.

Pero Aria continuó haciendo algo que a Gael le parecía extraordinariamente gracioso.

Seguía doblando ropa.

Una tarde la encontró sentada junto a su escritorio, intentando doblar perfectamente una sábana.

—Lo estoy haciendo mal —dijo ella.

—No.

Gael se sentó frente a sus informes.

—Lo estás haciendo perfectamente.

Aria comenzó a tararear.

Las velas se iluminaron.

Las runas respondieron.

Y, sin darse cuenta, Gael sonrió.

No como rey.

No como inmortal.

Como alguien que finalmente había encontrado una razón para sentirse vivo otra vez.

A la mañana siguiente ocurrió algo que Noche Eterna no había visto durante meses.

Las nubes se separaron.

La luz dorada atravesó el cielo.

Gael salió al balcón.

Viviana estaba a un lado.

Aria al otro.

—Es hermoso —susurró la niña.

Gael tomó su pequeña mano.

—Sí.

Viviana miró hacia el reino.

—¿Qué ocurrirá ahora?

Gael contempló las torres iluminadas.

El viejo consejo estaba debilitado.

Las leyes comenzaban a cambiar.

Humanos y vampiros empezaban a cuestionar prohibiciones que habían sobrevivido durante siglos.

—Ahora reconstruimos.

Viviana lo observó.

—¿Y nosotras?

Gael miró primero a ella.

Después a Aria.

—Ustedes se quedan todo el tiempo que quieran.

Apretó suavemente la mano de la niña.

—Este también es su hogar.

Aria apoyó la cabeza contra su brazo.

Y así, un rey vampiro que había pasado un siglo creyendo que su corazón había muerto descubrió que el destino no había devuelto a Liana.

Le había entregado algo diferente.

Una segunda oportunidad.

Todo porque una pequeña niña con un delantal demasiado grande había cruzado sola las puertas de su castillo y había pronunciado una frase que rompió cien años de silencio:

“Mi mamá está enferma… así que vine yo a trabajar en su lugar.”

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

Recommended for You

View Archive arrow_forward