La niña dijo: “Señor… mi mamá no volvió a casa anoche…” — Y el Rey Vampiro la siguió

UNA NIÑA DE CINCO AÑOS CRUZÓ SOLA UNA TORMENTA PARA DECIRLE AL REY VAMPIRO: “MI MAMÁ NO VOLVIÓ A CASA”… PERO CUANDO ÉL SIGUIÓ SUS HUELLAS EN LA NIEVE, DESCUBRIÓ QUE ALGUIEN DE SU PROPIA CORTE HABÍA PREPARADO UNA TRAMPA

PARTE 1

La tormenta había enterrado las calles de Friópolis bajo una capa de nieve tan profunda que hasta los adultos evitaban salir.

Pero Elara Morales tenía cinco años.

Y estaba sola.

Su madre, Esmeralda, jamás había dejado de regresar a casa.

Trabajaba hasta tarde en una pequeña botica del barrio bajo, moliendo hierbas y preparando remedios, pero siempre volvía antes de que Elara despertara.

Aquella mañana, la cama de Esmeralda seguía vacía.

Elara buscó en la botica.

En el mercado.

En la fuente donde su madre descansaba algunas noches.

Nada.

Entonces recordó algo que Esmeralda le había dicho:

“Si alguna vez tienes mucho miedo y no sabes a quién acudir, ve a las grandes puertas negras de la colina.”

Allí vivía el hombre al que todos temían.

El rey vampiro.

Gael Argente.

Elara caminó hasta que dejó de sentir los pies.

Cuando alcanzó las puertas de la Hacienda Torre Oscura, cayó de rodillas.

Las enormes rejas se abrieron.

Gael apareció entre la nieve.

Alto, pálido, vestido de negro, con cabello plateado y ojos carmesí.

Escuchó el débil latido de la niña y se movió de inmediato.

La atrapó antes de que cayera completamente.

Elara abrió apenas los ojos.

—Señor… mi mamá no llegó a casa anoche.

Después perdió el conocimiento.

Cuando despertó, estaba frente a una enorme chimenea, envuelta en mantas.

Gael permanecía sentado cerca.

—¿Cómo se llama tu madre?

—Esmeralda Morales.

El rey quedó inmóvil.

Conocía ese nombre.

Años atrás, después de una traición que casi le había costado la vida, Gael había terminado herido en un callejón del barrio bajo.

Una joven curandera lo encontró.

Lo escondió.

Curó sus heridas.

Nunca pidió dinero.

Nunca preguntó quién era.

Aquella mujer era Esmeralda.

Gael se arrodilló frente a Elara.

—Voy a encontrarla.

—¿Lo promete?

—Lo prometo.

Pero cuando acercó la mano a la niña, percibió algo extraño.

Magia.

Vieja.

Protectora.

—Sangre Invernal —murmuró.

Elara parpadeó.

—¿Qué es eso?

—Un linaje que creíamos desaparecido.

Los antiguos Guardianes Invernales habían protegido Friópolis mucho antes del reinado de los vampiros.

Si Esmeralda también poseía aquella sangre, su desaparición no podía ser casualidad.

Gael llevó a Elara hasta la botica.

El lugar estaba destruido.

Frascos rotos.

Muebles partidos.

Símbolos verdes quemados en las paredes.

Magia de sangre.

Elara encontró una bufanda verde debajo del mostrador.

—Es de mamá.

Rompió a llorar.

Gael se agachó junto a ella.

—Está viva.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque estos símbolos son de captura, no de muerte.

Se levantó.

En el suelo había huellas quemadas que salían por la puerta trasera y continuaban hacia los campos nevados.

En ese momento llegó un mensajero.

—Mi señor, hemos visto magos de sangre por todo el norte. Docenas.

Gael miró las huellas.

Después miró a Elara.

—Se llevaron a tu madre para hacer algo con su magia.

—Entonces vamos.

—Tú te quedas.

Elara apretó la bufanda.

—No quiero perderlos a los dos.

Aquellas palabras vencieron al rey.

Siguieron el rastro hasta las ruinas de la antigua Catedral Invernal.

Allí encontraron el amuleto de Esmeralda.

Y una escalera escondida bajo la nieve.

Descendieron.

Los símbolos verdes se hicieron más fuertes.

Entonces Gael escuchó un antiguo cántico.

Señor Obsidiana… despierta… sangre y hielo abren la puerta…

Su rostro cambió.

—¿Qué significa? —preguntó Elara.

—Que quieren despertar algo que debería seguir enterrado para siempre.

Llegaron a una cámara subterránea.

Una figura apareció entre las sombras.

—¡Mamá! —gritó Elara.

Esmeralda abrió los brazos.

—Ven conmigo, mi amor.

Elara corrió.

Gael la sujetó.

—No.

—¡Pero es mamá!

—Mira su sombra.

Elara miró.

La sombra de Esmeralda se movía por sí sola.

Sus ojos brillaban verdes.

Gael desenvainó su espada.

—Es una ilusión.

La falsa Esmeralda sonrió.

Y detrás de ella comenzó un lento aplauso.

Un hombre salió de la oscuridad.

Elara lo había visto antes en el castillo.

Era uno de los consejeros de Gael.

Don Dante.

Ya no llevaba las vestiduras reales.

Su cuerpo estaba cubierto de símbolos de magia de sangre.

Detrás de él aparecieron decenas de hechiceros.

Dante sonrió.

—Majestad…

Sus ojos verdes se clavaron en Elara.

—Qué amable de su parte traer personalmente a la niña que necesitábamos para terminar el ritual.

PARTE 2

Gael empujó inmediatamente a Elara detrás de él.

—Traidor.

Dante soltó una pequeña carcajada.

—Prefiero “pragmático”.

—¿Dónde está Esmeralda?

—Donde debe estar.

Dante abrió los brazos.

—Preparando el nacimiento de una nueva era.

Gael levantó su espada.

La hoja negra se cubrió de luz carmesí.

—Habla mientras todavía tengas lengua.

La sonrisa de Dante desapareció.

Los magos atacaron.

Gael se convirtió en un borrón de plata y negro.

Desvió el primer hechizo.

Derribó al segundo atacante.

Una lluvia de fuego verde chocó contra su capa mientras Elara corría hacia un pilar.

Pero entonces otros tres vampiros aparecieron.

Gael los reconoció.

Eran miembros de su propia corte.

Habían luchado junto a él durante décadas.

Ahora estaban aliados con Dante.

—¿Cuántos? —preguntó Gael.

—Más de los que imaginas.

Dante sonrió.

—El consejo está cansado de un rey que se ha vuelto débil.

—¿Débil porque protegí a una niña?

—Porque comenzaste a preocuparte.

Uno de los vampiros se lanzó hacia Elara.

Gael abandonó toda defensa.

Apareció entre ambos y lo golpeó antes de que pudiera tocarla.

Elara cayó contra su pecho.

—Te tengo.

—Intentaron llevarme.

—Nunca lo permitiré.

Dante los observó con desprecio.

—Ahí está tu debilidad.

Gael miró a la niña.

Recordó cómo había llegado medio congelada a sus puertas.

Recordó su voz.

Mi mamá no llegó a casa.

Y respondió:

—Si protegerla es debilidad, entonces elijo ser débil.

Dante alzó la espada.

—Entonces eliges morir.

—No.

Gael colocó a Elara detrás de él.

—La elijo a ella.

La batalla fue breve y brutal.

Dante había confiado demasiado en el poder prestado por los magos.

Gael rompió sus defensas y lanzó una descarga de magia carmesí contra él.

Dante cayó.

Los demás traidores comenzaron a huir.

En ese momento apareció Doña Aurora acompañada por vampiros leales.

—¡Majestad!

Gael ni siquiera miró a los enemigos derrotados.

—Esmeralda sigue abajo.

Tomó a Elara en brazos.

—Vamos.

La bóveda final parecía el interior de una pesadilla.

En el centro de la cámara, Esmeralda flotaba sobre una enorme grieta negra.

Cadenas de luz verde envolvían su cuerpo.

Alrededor de ella, los magos de sangre repetían un cántico.

Debajo…

algo se movía.

Algo gigantesco.

Antiguo.

El Señor Obsidiana.

—¡Mamá!

Los ojos de Esmeralda se abrieron.

—¡Elara, no te acerques!

El mago principal giró.

—La niña.

Su voz se llenó de triunfo.

—Perfecto.

Los hechiceros atacaron.

Los vampiros de Gael los enfrentaron.

Pero el ritual continuaba.

La grieta comenzó a abrirse.

Sombras negras treparon alrededor de las piernas de Esmeralda.

—¡Me está arrastrando!

Gael intentó acercarse.

No llegaría a tiempo.

Entonces Elara corrió.

—¡ELARA, NO!

La niña cruzó el círculo ritual.

En ese instante todos los símbolos verdes parpadearon.

El cántico se rompió.

El hielo cubrió el suelo.

Una luz azul plateada salió del pequeño cuerpo de Elara.

Sangre Invernal.

Pura.

Los magos retrocedieron.

Gael comprendió.

La magia de Elara no alimentaba el ritual.

Lo rechazaba.

El mago principal se lanzó hacia ella.

Gael apareció delante.

Su espada atravesó la barrera mágica y destruyó el hechizo que protegía al líder.

Pero no era suficiente.

Esmeralda seguía conectada a la grieta.

Gael miró los símbolos.

Comprendió el precio.

Sangre por sangre.

Poder por poder.

Vida por vida.

Para romper completamente el ritual debía ofrecer algo equivalente a aquello que los magos intentaban robar.

Su propia esencia inmortal.

Esmeralda lo comprendió también.

—No.

—Protege a Elara.

—¡Gael!

El rey colocó su mano sobre el sello principal.

El dolor lo atravesó.

Siglos de inmortalidad comenzaron a abandonar su cuerpo.

Sus rodillas temblaron.

La luz de sus ojos disminuyó.

Elara gritó su nombre.

Pero Gael no retiró la mano.

—¡Ahora, Esmeralda!

Las cadenas se rompieron.

Esmeralda cayó hacia adelante.

Sus ojos se iluminaron de azul plateado.

Por primera vez permitió que toda la Sangre Invernal despertara.

Extendió ambas manos.

Una lanza de hielo ancestral atravesó la grieta.

La oscuridad rugió.

Los pilares temblaron.

Los sellos explotaron.

Y el portal comenzó a cerrarse.

El Señor Obsidiana desapareció nuevamente bajo la tierra.

Los últimos magos huyeron.

La catedral quedó en silencio.

Gael cayó de rodillas.

Esmeralda también cayó.

Él logró atraparla.

—¿Puedes oírme?

Ella abrió los ojos.

—Estoy bien.

Gael intentó sonreír.

—Yo también.

Esmeralda lo miró.

—Eres un pésimo mentiroso.

—¡Mamá!

Elara corrió y abrazó a los dos.

Esmeralda enterró el rostro entre los cabellos de su hija.

—Estoy aquí, mi amor.

Elara lloraba.

—Pensé que no volverías.

—Siempre vuelvo.

La niña miró a Gael.

—Usted también.

Gael estaba exhausto.

Había perdido una parte de su poder.

Quizá nunca volvería a ser tan fuerte como antes.

Pero cuando Elara tomó su mano, sonrió.

—Nos salvamos mutuamente.

Gael despertó en Torre Oscura.

Esmeralda estaba junto a su cama.

Elara dormía en una silla cercana.

—¿Cuánto tiempo?

—Dos días.

Gael intentó incorporarse.

Su cuerpo parecía extrañamente pesado.

—Entregaste una parte de tu esencia —explicó Esmeralda—. Vas a recuperarte, pero necesitarás tiempo.

Gael la miró.

—Estás viva.

—Gracias a ti.

—Era lo correcto.

Elara abrió los ojos.

—Siempre dice eso.

Se levantó y caminó hacia la cama.

—Pero yo sé por qué lo hizo.

Gael arqueó una ceja.

—¿Sí?

—Porque nos quiere.

El inmortal que había intimidado ejércitos enteros quedó sin respuesta ante una niña de cinco años.

Finalmente suspiró.

—Sí.

Miró a Esmeralda.

—Me importan.

Elara sonrió triunfalmente.

—Entonces nos quedaremos aquí.

—Elara —dijo Esmeralda—, no puedes decidir eso tú sola.

Gael intervino.

—Puede quedarse.

Esmeralda lo miró sorprendida.

—Ambas pueden quedarse.

—Gael…

—Los magos de sangre no han desaparecido completamente. Tu linaje sigue siendo peligroso para ellos.

Después miró a Elara.

—Y además…

La niña esperaba.

Gael sonrió.

—La hacienda es demasiado silenciosa.

El consejo cambió después de aquella noche.

Cuando se supo que Dante había traicionado al reino y que Gael había sacrificado parte de su inmortalidad para salvar a una mortal, algo inesperado ocurrió.

Los vampiros dejaron de obedecerlo únicamente por miedo.

Comenzaron a respetarlo.

Doña Aurora se puso de pie ante el consejo.

—Nuestro rey eligió salvar una vida cuando podía haber protegido su propio poder.

Miró a todos los presentes.

—Eso no lo hace débil.

—Lo hace digno.

Uno por uno, los miembros leales colocaron una mano sobre el corazón.

Gael observaba desde la puerta.

Elara sujetaba una de sus manos.

Esmeralda, la otra.

—Ahora lo respetan —susurró ella.

—Antes también.

—Antes le tenían miedo.

Gael la miró.

Esmeralda sonrió.

—Hay una diferencia.

Por primera vez, él tuvo que admitirlo.

—Estoy aprendiendo.

—Tiene buenas maestras.

Más tarde, los tres salieron a las grandes escaleras de Torre Oscura.

La tormenta finalmente había terminado.

La nieve caía suavemente.

Elara corrió entre los copos intentando atraparlos con la lengua.

Esmeralda la observaba riendo.

Gael permaneció junto a ella.

—Gracias —dijo Esmeralda.

—¿Por qué?

—Por encontrarla.

—Ella me encontró primero.

Esmeralda volvió la mirada hacia él.

—Y por encontrarme a mí.

Gael guardó silencio.

Después respondió:

—Tú me salvaste hace años cuando no tenías ninguna razón para hacerlo.

La miró.

—Ahora estamos a mano.

—No creo.

—¿Por qué?

Esmeralda sonrió.

—Porque también salvaste algo dentro de ti.

Gael miró hacia Elara.

La niña estaba haciendo señas desesperadas.

—¡Vengan! ¡Los dos!

Esmeralda tomó la mano de Gael.

Él no se apartó.

Caminaron hacia la niña.

Elara agarró una mano de cada uno.

Y comenzó a girar entre ellos mientras la nieve caía alrededor.

Gael había gobernado Friópolis durante siglos.

Había tenido poder.

Riqueza.

Inmortalidad.

Había sido temido por miles.

Pero jamás se había sentido tan rico como en aquel instante.

Todo había comenzado con una niña medio congelada frente a sus puertas.

Una niña que solo quería encontrar a su madre.

Una niña que había levantado los ojos hacia el rey más temido del reino y le había dicho:

“Señor… mi mamá no llegó a casa anoche.”

Y sin saberlo, aquella pequeña petición no solo había salvado a Esmeralda.

También había salvado al rey vampiro de una eternidad completamente solo.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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