Fue rechazada en cita ciegas de Navidad… hasta una pequeña niña vampira se acercó y dijo: podemos?

LA ABANDONARON SOLA EN UNA CITA A CIEGAS EN NOCHEBUENA… HASTA QUE UNA NIÑA DE CINCO AÑOS SE ACERCÓ A SU MESA Y LE PRESENTÓ AL HOMBRE QUE ESCONDÍA UN SECRETO IMPOSIBLE

PARTE 1

Fernanda Solís había cometido un error enorme.

Lo comprendió mientras observaba la silla vacía frente a ella, intentando contener las lágrimas en uno de los restaurantes más elegantes de Guadalajara.

Era Nochebuena.

Las familias brindaban.

Un violonchelo tocaba suavemente.

Las luces doradas hacían que todo pareciera cálido y perfecto.

Excepto su mesa.

Pedro, la cita a ciegas que su prima le había organizado, había llegado tarde y apenas permaneció unos minutos.

—Solo vine porque mi madre insistió —le dijo mientras se acomodaba el saco—. En realidad estoy saliendo con alguien.

Luego añadió:

—Lamento que te hayas arreglado para nada.

Y se marchó.

Fernanda sintió que aquellas palabras dolían más de lo que deberían.

Quizá porque no se trataba solamente de Pedro.

A sus treinta y un años estaba cansada de relaciones que no funcionaban, de hombres que desaparecían cuando ella comenzaba a confiar, de preguntarse si el problema siempre había sido ella.

Había rechazado pasar la Navidad con sus padres por aquella cita.

Y ahora estaba sola.

Una lágrima escapó.

Después otra.

Entonces escuchó una vocecita.

—Disculpe… ¿está triste?

Fernanda levantó la mirada.

Junto a su mesa había una niña de unos cinco años.

Tenía rizos negros desordenados, enormes ojos violetas y un vestido de terciopelo rojo que parecía sacado de un cuento gótico.

Fernanda se secó rápidamente el rostro.

—Estoy bien, cariño.

La pequeña la estudió con seriedad.

—No parece estar bien.

Fernanda soltó una pequeña risa.

—Supongo que eres muy observadora.

—Mi papá dice que estar triste está bien. Pero estar triste sola hace que las sombras crezcan.

Fernanda se quedó mirándola.

—Tu papá parece sabio.

La niña señaló hacia otra mesa.

—Es ese.

Fernanda siguió su dedo.

Un hombre alto se había puesto de pie.

Piel muy pálida.

Cabello oscuro.

Traje negro impecable.

Y una expresión de absoluta vergüenza.

Se acercó rápidamente.

—Marisol —dijo con voz grave—. No puedes interrogar desconocidos.

—No la estoy interrogando. La estoy ayudando.

Fernanda volvió a reír.

El hombre suspiró.

—Perdone. Mi hija todavía está aprendiendo el concepto de espacio personal.

—Lo entiendo perfectamente —respondió Fernanda—. Soy maestra de niños pequeños.

Los ojos de Marisol se iluminaron.

—¡Papá! ¡Es maestra!

El hombre sonrió por primera vez.

—Alejandro Vargas.

Extendió la mano.

Fernanda la estrechó.

Estaba helada.

Extrañamente helada.

—Fernanda Solís.

Marisol miró la silla vacía.

—¿Podemos cenar contigo?

—Marisol…

—Es Navidad, papá. No podemos dejarla sola.

Fernanda miró a Alejandro.

Él parecía tan incómodo como ella.

Pero debajo de aquella apariencia intimidante vio algo familiar.

Soledad.

—Si no les molesta… —dijo Fernanda.

Marisol celebró como si acabara de ganar una batalla.

Aquella cena cambió completamente la noche.

Marisol hablaba de estrellas, lobos, murciélagos y por qué necesitaba urgentemente un cuervo como mascota.

Alejandro escuchaba con paciencia.

Fernanda descubrió que era viudo.

Su esposa, Isabel, había muerto años atrás dejando a Marisol muy pequeña.

—Ella fue lo que me mantuvo vivo —confesó Alejandro mirando a su hija.

Había algo extraño en aquella frase.

Pero Fernanda no preguntó.

Cuando terminaron, Alejandro pidió su número.

—Me gustaría volver a verte.

Fernanda sintió algo que había creído perdido.

Ilusión.

—A mí también.

Las semanas siguientes se convirtieron en meses.

Primero tomaron café.

Después caminaron por el centro histórico.

Luego llegaron los paseos con Marisol.

Fernanda empezó a sentirse parte de aquella pequeña familia sin darse cuenta.

Pero Alejandro escondía algo.

Nunca comía.

Solo bebía ciertas bebidas oscuras.

Prefería salir después del anochecer.

Los animales se ponían nerviosos cerca de él.

Su piel siempre estaba fría.

Y en ocasiones sus movimientos eran demasiado rápidos.

Fernanda comenzó a sospechar.

Hasta que una tarde tropezó caminando con él por un parque.

Se raspó el brazo.

La sangre apareció inmediatamente.

Alejandro se quedó inmóvil.

—¿Alejandro?

Él retrocedió.

—Aléjate de mí.

Sus ojos cambiaron.

De marrones…

a un rojo brillante.

Fernanda dejó de respirar.

Alejandro cubrió su boca, pero ya era demasiado tarde.

Ella había visto los colmillos.

—Vete —gruñó—. Ahora.

Fernanda sintió miedo.

Pero no corrió.

Lo observó durante unos segundos.

Después susurró:

—Alejandro… sé lo que eres.

PARTE 2

Alejandro se quedó completamente inmóvil.

—¿Qué dijiste?

Fernanda respiró profundamente.

—Eres un vampiro.

Sus ojos rojos permanecieron clavados en ella.

—Y aun así no estás corriendo.

—No.

—Fernanda, puedo hacerte daño.

—Pero no lo has hecho.

Ella se acercó lentamente.

—Eres el hombre que prepara panqueques para su hija. El que lee mitología haciendo voces ridículas. El que se quedó conmigo cuando yo estaba humillada y sola.

Le tomó una mano.

—Lo que eres no borra quién eres.

El rojo comenzó a desaparecer de los ojos de Alejandro.

—Pensé que cuando descubrieras la verdad me mirarías como un monstruo.

Fernanda apoyó su mano fría sobre su propio corazón.

—Te miro como el hombre del que me estoy enamorando.

Aquellas palabras rompieron algo dentro de él.

Alejandro la abrazó.

Esa noche le contó toda la verdad.

No era solamente un vampiro.

Era el protector de una antigua comunidad sobrenatural de Guadalajara.

Marisol era una dhampira, hija de un padre vampiro y una madre humana.

Por eso podía caminar bajo el sol, aunque poseía sentidos y habilidades que una niña normal no tenía.

Alejandro también le presentó oficialmente a su madre, Doña Matilde.

La anciana vampira estudió a Fernanda durante varios segundos.

—Sabes que eres mortal.

—Sí.

—Mi hijo puede vivir siglos.

—También lo sé.

Doña Matilde entrecerró los ojos.

—Entonces algún día él tendrá que perderte.

Fernanda respondió sin dudar:

—Nadie sabe cuánto tiempo tendrá. Lo importante no es cuánto dura una vida, sino qué hacemos mientras la tenemos.

Por primera vez, Doña Matilde sonrió.

—Ahora entiendo por qué mi nieta te eligió.

La relación de Fernanda y Alejandro se volvió más profunda.

Ya no había secretos.

Fernanda aprendió las reglas de aquel mundo oculto.

Alejandro, a su vez, comenzó a permitirse amar nuevamente.

Durante años había creído que hacerlo sería traicionar la memoria de Isabel.

Hasta que comprendió que el amor nuevo no reemplaza al antiguo.

Simplemente crea otro lugar dentro del corazón.

Marisol aceleró el proceso.

—Los lobos se quedan con su familia —les recordaba.

O:

—Los pingüinos también tienen pareja.

Alejandro miraba a Fernanda.

—Creo que está intentando decirnos algo.

—Tu hija tiene cero sutileza.

—Es un problema hereditario.

Durante un viaje familiar, Alejandro llevó a Fernanda a caminar junto al mar.

La luna iluminaba el agua.

—Pensé que mi corazón había muerto con Isabel —confesó—. Y durante mucho tiempo realmente quise que fuera así.

Tomó ambas manos de Fernanda.

—Pero apareciste tú.

Fernanda sintió lágrimas en los ojos.

—Yo voy a envejecer.

—Lo sé.

—Tendré arrugas.

—Espero conocer cada una.

—Y algún día moriré.

Alejandro cerró los ojos brevemente.

—Preferiría tener una vida contigo que una eternidad sin volver a amar.

Fernanda sonrió entre lágrimas.

—Entonces quiero esa vida.

Tiempo después Alejandro reservó nuevamente la misma mesa donde habían comenzado.

La mesa donde Pedro había abandonado a Fernanda.

Esta vez Alejandro estaba esperando.

Cuando ella llegó usando un vestido verde parecido al de aquella primera Nochebuena, él sonrió.

—Recordaste.

—¿Cómo podría olvidarlo?

Después de cenar, Alejandro tomó sus manos.

—Aquí fue donde una niña de cinco años decidió que una mujer triste no debía cenar sola.

Fernanda rio.

—La decisión más importante de nuestras vidas la tomó Marisol.

—Probablemente nunca nos dejará olvidarlo.

Su expresión se volvió seria.

—Fernanda, no quiero pedirte que reemplaces a Isabel. Nadie puede hacerlo.

—Lo sé.

—Pero Marisol te ama.

Sus ojos se humedecieron.

—Y yo también.

Alejandro sacó un pequeño anillo.

No era todavía una propuesta matrimonial tradicional.

Era un símbolo de su mundo.

—Quiero preguntarte algo más importante.

Fernanda contuvo el aliento.

—¿Quieres formar parte de nuestra familia? No como invitada. No temporalmente. Como mi compañera y como alguien que estará al lado de Marisol mientras quieras compartir nuestra vida.

Fernanda no necesitó pensarlo.

—Sí.

Alejandro sonrió.

—¿Sí?

—Sí a ti.

Las lágrimas finalmente cayeron.

—Sí a Marisol. Sí a esta familia extraña y maravillosa.

Alejandro la abrazó.

Marisol casi rompió una lámpara con su grito cuando recibió la noticia.

—¡LO SABÍA!

—Marisol —dijo Alejandro intentando controlar la risa.

—¡Vamos a ser una familia!

—Sí —respondió Fernanda—. Vamos a ser una familia.

La pequeña añadió inmediatamente:

—Entonces mañana necesitamos panqueques de celebración.

Un año después de aquella primera Nochebuena, Fernanda ya no estaba sentada sola en un restaurante.

Estaba en la Hacienda Vargas preparándose para ser presentada ante las familias vampíricas más antiguas de Guadalajara.

Algunos la miraban como una curiosidad.

Una humana junto a un rey vampiro.

Una antigua vampira llamada Valeria incluso comentó:

—Qué encantador, Alejandro. No sabía que habías decidido tener una mascota.

El salón quedó en silencio.

Alejandro estaba a punto de responder.

Fernanda lo detuvo.

Miró directamente a Valeria.

—No soy una mascota.

Su voz fue tranquila.

—Las mascotas se poseen. Las parejas se eligen.

Valeria arqueó una ceja.

Fernanda sonrió con la misma expresión que utilizaba cuando un niño se portaba mal en su salón.

—Y, para que conste, llevo años trabajando con niños difíciles. Su comportamiento actualmente merece una calificación bastante baja.

Un pequeño ataque de risa surgió cerca de la mesa.

Marisol apareció comiendo queso.

—Te lo dije. Fernanda pone a todos en tiempo fuera.

Incluso a los vampiros.

Alejandro comenzó a reír.

La tensión desapareció.

Y algo cambió.

Los demás dejaron de mirar a Fernanda como presa.

Comenzaron a verla como alguien que pertenecía allí.

Más tarde Alejandro la llevó al balcón.

Sacó una pequeña caja.

Dentro había un antiguo anillo de plata con una piedra que cambiaba de color.

Verde.

Violeta.

Negro.

—Está conectado conmigo —explicó—. Si alguna vez estás en peligro, lo sabré. Y su magia puede darte algo que deseo más que cualquier tesoro.

—¿Qué?

—Tiempo.

No inmortalidad.

Pero más años saludables juntos.

Fernanda extendió la mano.

—Póntelo.

Alejandro deslizó el anillo sobre su dedo.

La piedra emitió un brillo suave.

—Feliz Navidad, mi amor.

Fernanda lo besó.

—Feliz Navidad.

Un fuerte estruendo llegó desde el salón.

Después escucharon la voz de Marisol:

—¡UPS!

Alejandro cerró los ojos.

—El cuervo.

Fernanda comenzó a reír.

—Definitivamente el cuervo.

Él la abrazó antes de regresar.

—Un minuto más.

—¿Por qué?

Alejandro apoyó la frente contra la de ella.

—Porque quiero tener mi mundo entero entre mis brazos.

Fernanda miró las estrellas sobre Guadalajara.

Recordó la mujer que un año atrás había llorado sola preguntándose qué tenía de malo.

Ahora conocía la respuesta.

Nada.

Simplemente todavía no había encontrado a las personas correctas.

Y todo había comenzado porque un hombre cruel abandonó una silla…

dejando espacio para que una niña de cinco años se acercara y preguntara:

—¿Podemos acompañarte?

A veces una puerta se cierra de la forma más dolorosa posible.

Porque detrás de ella ya se está abriendo la puerta que puede llevarte a casa.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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