Ella recibió diez puñaladas por hijo del Rey Vampiro — y luego despertó para encontrar ocho vampiros

DIEZ CUCHILLAS DE PLATA VOLARON HACIA EL CORAZÓN DEL PEQUEÑO PRÍNCIPE VAMPIRO… UNA GUARDIA HUMANA SE LANZÓ DELANTE DE ÉL, Y CUANDO DESPERTÓ DESCUBRIÓ QUE SU VIDA YA NO LE PERTENECÍA SOLO A ELLA

PARTE 1

Leonor Hernández había sobrevivido a seis años en el ejército porque había aprendido una regla sencilla:

Cuando algo parecía demasiado tranquilo, probablemente estaba a punto de salir mal.

Por eso nunca dejó de vigilar el gran salón.

A un lado se encontraban cientos de diplomáticos humanos.

Al otro, nobles vampiros vestidos de negro y carmesí.

Entre ambos grupos había una franja neutral donde se negociaba un acuerdo destinado a terminar décadas de enfrentamientos.

Leonor pertenecía al equipo humano de seguridad.

Y frente a ella estaba la pieza más importante de toda aquella negociación.

El príncipe Emiliano.

Tenía diez años.

Cabello blanco plateado.

Piel demasiado pálida.

Y unos ojos negros que parecían mucho más antiguos que el niño que los llevaba.

Era el único heredero vampiro nacido en décadas.

Para algunos simbolizaba esperanza.

Para otros, era precisamente lo que debía morir.

Leonor vio el movimiento antes de escuchar el grito.

Una figura enmascarada saltó desde el balcón.

Sus manos brillaron.

Diez pequeñas cuchillas de plata salieron disparadas.

Directamente hacia Emiliano.

Los guardias vampiros reaccionaron.

Pero demasiado tarde.

Leonor no pensó.

Corrió.

Empujó a un diplomático.

Cruzó la zona neutral.

Y se lanzó delante del niño.

La primera cuchilla atravesó su hombro.

Otra entró entre sus costillas.

Tres más golpearon su pecho.

El resto se clavó en su abdomen y piernas.

Leonor cayó frente a Emiliano.

El dolor fue horrible.

Pero peor fue el frío.

Algo se extendía desde las heridas hacia sus venas.

Como hielo líquido.

—No… las toques… —consiguió decir cuando vio al niño intentando acercarse.

Emiliano estaba llorando.

Entonces apareció su padre.

Don Lucio.

El rey vampiro no parecía haber cruzado la habitación.

Simplemente estaba allí.

Alto.

Pálido.

Vestido completamente de negro.

Sus ojos se fijaron primero en Leonor.

Después en las hojas clavadas en su cuerpo.

—Tomaste una muerte destinada a mi hijo.

Colocó una mano sobre su frente.

Leonor sintió algo extraño atravesarle el cráneo.

No dolor.

Algo más profundo.

Como si una puerta dentro de ella acabara de abrirse.

Ocho caballeros vampiros aparecieron alrededor.

Don Lucio la levantó en brazos.

—Vas a vivir —ordenó.

Leonor quiso decirle que aquello no dependía de él.

Pero el frío ya había llegado hasta su corazón.

Todo desapareció.

Cuando abrió los ojos, estaba acostada en una enorme habitación de piedra.

Ocho caballeros vestidos de negro rodeaban su cama.

Ninguno respiraba.

Ninguno parpadeaba.

Y junto a ella estaba Don Lucio.

—¿Dónde estoy?

—En mi ciudadela.

Leonor intentó incorporarse.

El dolor la obligó a detenerse.

Su cuerpo estaba cubierto de vendas.

—Las cuchillas…

Don Lucio se inclinó hacia ella.

—No eran armas normales.

Habían sido forjadas con plata y sangre maldita.

Al entrar en el cuerpo, comenzaban a disolverse.

La plata se extendía por las venas.

Después cristalizaba los órganos desde dentro.

—¿Puede sacarse?

—No.

Leonor sintió que su respiración se aceleraba.

—Entonces voy a morir.

—Sí.

Don Lucio parecía brutalmente tranquilo.

—Probablemente dentro de tres días.

Leonor cerró los ojos.

Había esperado muchas formas de morir.

Aquella no estaba entre ellas.

Pero el rey continuó.

—Sin embargo, hice algo mientras estabas inconsciente.

Leonor volvió a mirarlo.

—¿Qué hizo?

—Invoqué una antigua ley llamada el Juramento del Portaescudos.

El silencio se volvió pesado.

—Tu sangre quedó vinculada a la de mi hijo.

—¿Qué significa eso?

Don Lucio se acercó a la cama.

—Que cuando Emiliano está cerca, su fuerza vital frena el veneno.

—¿Y cuando está lejos?

Los ojos negros del rey no mostraron compasión.

—Entonces la plata vuelve a despertar… y empiezas a morir.

PARTE 2

Leonor lo miró durante varios segundos.

—Me ató a un niño sin preguntarme.

—Te estabas muriendo.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Tomé una decisión.

La frialdad de aquella respuesta consiguió enfurecerla incluso más que el dolor.

Leonor bajó los pies de la cama.

En cuanto tocaron el suelo, una agonía brutal explotó dentro de su pecho.

Las venas parecieron llenarse de cristales.

Su corazón perdió el ritmo.

Cayó.

Uno de los caballeros la atrapó antes de que golpeara el mármol.

—El príncipe está en otra ala —explicó Don Lucio—. Demasiado lejos para que el vínculo la estabilice completamente.

Entonces la puerta se abrió.

Emiliano entró corriendo.

—¡Leonor!

Se lanzó hacia su cama y tomó su mano.

El efecto fue inmediato.

El dolor retrocedió.

Su corazón recuperó el ritmo.

La sensación de hielo dentro de las venas disminuyó.

Leonor miró sus manos unidas.

Era verdad.

Su vida dependía ahora de aquel niño.

Don Lucio observó la escena.

—Bienvenida a tu nueva vida, Portaescudos.

Los curanderos no tardaron en destruir cualquier esperanza fácil.

La plata se había fusionado con el cuerpo de Leonor.

No podían extraerla sin matarla.

El vínculo con Emiliano retrasaba el avance.

Nada más.

—¿Cuánto tiempo? —preguntó ella.

La curandera principal evitó mirarla.

—Semanas. Tal vez un mes si permanece constantemente cerca del príncipe.

Emiliano se puso de pie.

—No.

—Mi príncipe…

—Ella me salvó.

Golpeó la mesa con ambas manos.

—Encuentren una cura.

Pero ni siquiera los curanderos que llevaban siglos estudiando venenos conocían una.

Emiliano salió corriendo del salón.

Leonor apenas tuvo tiempo de llamarlo.

En cuanto el niño superó cierta distancia, el veneno despertó.

Las venas negras comenzaron a subir por su cuello.

Su respiración se cerró.

Los órganos empezaron a fallar.

Don Lucio ordenó traer inmediatamente a Emiliano.

Cuando el niño regresó y agarró su brazo, la crisis se detuvo.

Emiliano rompió a llorar.

—Lo siento.

—No es tu culpa.

—Ahora no puedes irte nunca.

Aquella era exactamente la verdad que Leonor no quería escuchar.

—Entonces soy tu prisionera.

Don Lucio endureció el rostro.

—Un Portaescudos no es esclavo.

—Cuando alejarme significa morir, la diferencia parece bastante pequeña.

Emiliano la sorprendió.

—Todavía puedes elegir.

Leonor lo miró.

—¿Elegir qué?

—Quedarte… o irte y morir.

Su honestidad era casi cómica.

Pero había lágrimas en sus ojos.

—No voy a obligarte.

Leonor recordó las diez cuchillas.

Recordó haberse lanzado delante del niño sin saber siquiera su nombre completo.

—No quiero morir.

Emiliano apretó su mano.

—No morirás.

Leonor respiró lentamente.

—Me quedaré.

Una sonrisa apareció en el rostro del muchacho.

—¿Por el vínculo?

—No.

Leonor logró sonreír.

—Porque alguien tiene que evitar que te maten, muchacho.

La corte vampírica reaccionó exactamente como Don Lucio esperaba.

Con odio.

Los nobles consideraban humillante que una humana protegiera al heredero.

Doña Consuelo fue especialmente clara.

—Una humana no puede custodiar el futuro de nuestro reino.

Don Lucio la miró desde su trono.

—Ya lo hizo.

—Está muriendo.

—Encontraremos una cura.

—No existe.

Los ojos del rey brillaron.

—Entonces crearé una.

Leonor comprendió que no solo había quedado atrapada entre Emiliano y el veneno.

También se había convertido en una pieza política.

Algunos nobles querían eliminarla.

Otros querían utilizar su presencia para destruir las conversaciones de paz.

Don Lucio decidió responder elevándola oficialmente como protectora real.

Aquello empeoró todo.

Durante la noche, Leonor encontró a Emiliano llorando en su dormitorio.

El niño soñaba una y otra vez con las cuchillas atravesándola.

Leonor se sentó junto a él.

Fue entonces cuando descubrió que la madre de Emiliano había sido humana.

Había muerto envenenada durante otra negociación de paz.

Su hermano mayor también había fallecido en circunstancias sospechosas.

Don Lucio ya había enterrado demasiada familia.

Por eso protegía a su último hijo con una ferocidad que parecía crueldad.

—¿Por qué me salvaste? —preguntó Emiliano.

Leonor tardó en responder.

—Porque eras un niño.

—Soy vampiro.

—Sigues siendo un niño.

Aquella noche Emiliano se quedó dormido apoyado contra ella.

Leonor comenzó a tararear una canción que recordaba de su abuela.

Desde la puerta, Don Lucio los observó en silencio.

Antes de desaparecer entre las sombras, Leonor vio sus labios formar dos palabras.

Gracias.

Don Lucio comenzó a entrenarla personalmente.

La derribó una vez.

Después otra.

Y otra.

—Muerta.

Leonor se levantaba.

—Otra vez.

—Muerta.

—Otra vez.

El veneno debilitaba sus músculos.

Pero cada caída la hacía aprender.

Don Lucio le enseñó cómo luchar contra enemigos más rápidos y fuertes.

Cómo utilizar su tamaño.

Cómo ocultar sus intenciones.

Cómo convertir la desesperación en ventaja.

—Eres una humana moribunda sin nada que perder —le dijo—. Eso puede convertirte en el adversario más peligroso de esta corte.

Pocos días después volvieron al territorio humano para continuar la campaña de paz.

Allí descubrieron carteles mostrando a Emiliano como un monstruo sediento de sangre.

La multitud estaba asustada.

Entonces aparecieron atacantes.

Leonor volvió a ponerse delante del príncipe.

Luchó.

Cayó.

Se levantó.

Y Don Lucio descubrió algo inquietante en uno de los agresores.

Una insignia perteneciente a una importante casa vampírica.

Los nobles estaban financiando extremistas humanos para crear odio entre ambos pueblos.

La guerra que decían querer evitar era exactamente la que intentaban provocar.

Un emisario del Consejo se acercó después a Leonor en secreto.

Traía un pequeño frasco negro.

—Podemos liberarla del vínculo.

Leonor se quedó inmóvil.

—¿Cómo?

—Bébalo y abandone la ciudadela esta noche.

Según él, un antiguo ritual podía romper el Juramento del Portaescudos.

Leonor recuperaría su libertad.

El veneno dejaría de avanzar tan rápido.

Podría volver al mundo humano.

Solo debía abandonar a Emiliano.

El muchacho escuchó todo.

—Fuera —ordenó al emisario.

—Alteza…

—¡Fuera!

El poder del niño hizo marchitar las flores del jardín.

Leonor tomó el frasco.

Durante unos segundos contempló su única posibilidad de escapar.

Después se lo devolvió.

—No.

El emisario dejó de sonreír.

—Morirá.

—Puede ser.

—¿Por qué quedarse?

Leonor miró a Emiliano.

—Porque si huyo ahora, le enseño que la lealtad desaparece cuando comienza a doler.

El emisario guardó el frasco.

—Entonces ya no es una invitada incómoda.

Su expresión se volvió fría.

—Es un obstáculo.

Esa misma noche secuestraron a Emiliano.

Leonor despertó sintiendo que el vínculo se desgarraba dentro de ella.

Su habitación estaba vacía.

La del príncipe también.

Sobre la almohada habían dejado una rosa negra.

Don Lucio movilizó a sus ocho caballeros.

El vínculo permitió a Leonor sentir hacia dónde llevaban al niño.

Una antigua fortaleza.

Allí encontraron a Emiliano encadenado con plata.

Doña Consuelo los esperaba.

Quería obligar a Don Lucio a renunciar a las reformas.

Y quería demostrar que una humana jamás podría proteger al heredero.

Leonor apenas conseguía mantenerse en pie.

La separación había acelerado el veneno.

—Mírala —se burló la noble—. Esa es la mujer a la que confiaste la vida de tu hijo.

Emiliano gritó:

—¡Leonor!

Algo cambió.

La marca ardió.

Por primera vez, en lugar de intentar detener la plata, el vínculo la absorbió.

Las venas negras se endurecieron bajo la piel de Leonor.

El veneno se convirtió en fuerza.

Las cicatrices de las diez cuchillas comenzaron a emitir luz plateada.

Leonor se puso derecha.

Levantó su espada.

—Querías ver lo que puede hacer un Portaescudos.

Miró a los guardias.

—Te lo mostraré.

Atravesó el salón.

Los caballeros de Don Lucio atacaron con ella.

Leonor llegó hasta Emiliano y destrozó sus cadenas.

El niño la abrazó.

—Sabía que vendrías.

—Siempre.

Don Lucio atrapó a la conspiradora.

Estaba preparado para matarla.

Pero Emiliano lo detuvo.

—Exíliala.

Su padre lo miró sorprendido.

—No quiero otra ejecución.

Don Lucio aceptó.

Y aquella misericordia casi los mató.

Porque el secuestro había sido solo una parte del plan.

Decenas de extremistas humanos irrumpieron en la fortaleza.

Habían sido armados por los propios nobles vampiros.

El objetivo era sencillo:

hacer que humanos y vampiros se masacraran entre sí.

Después ninguno volvería a hablar de paz.

La batalla comenzó.

Leonor intentó detenerlos.

—¡Los están utilizando!

Nadie escuchaba.

Entonces Emiliano hizo algo que nadie esperaba.

El vínculo entre él y Leonor brilló.

Una enorme onda de luz blanca y plateada salió del cuerpo del niño.

Todos cayeron de rodillas.

—¡Basta!

Su voz llenó la fortaleza.

—Si quieren matar humanos y vampiros, empiecen conmigo.

Extendió los brazos.

—Mi madre era humana. Mi padre es vampiro.

Leonor quedó inmóvil.

Emiliano continuó:

—Soy la prueba de que ambos mundos pueden crear algo juntos.

Fue entonces cuando Don Lucio reveló otro secreto.

La madre de Emiliano se apellidaba Hernández.

Leonor sintió que el mundo se detenía.

—¿Qué?

Don Lucio la miró.

—Tú y ella pertenecen a la misma familia.

Primas lejanas.

El rey lo había investigado.

Cuando Leonor se lanzó delante de aquellas cuchillas, Don Lucio había reconocido en ella el mismo carácter de la mujer que había amado.

—Por eso utilizaste el juramento conmigo.

—No únicamente.

Don Lucio miró a su hijo.

—Lo hice porque cuando llegó la muerte, tú actuaste mientras todos los demás calculaban.

La batalla terminó sin convertirse en una masacre.

Los humanos bajaron las armas.

Los caballeros vampiros hicieron lo mismo.

La conspiración fue expuesta.

Y algo todavía más extraordinario ocurrió con Leonor.

La plata ya no intentaba matarla.

Se había fusionado con la marca.

Los curanderos descubrieron después que su cuerpo había cambiado permanentemente.

Ya no era completamente humana.

Pero tampoco vampiro.

Envejecería lentamente mientras Emiliano viviera.

Su vida continuaría vinculada a la suya.

Días después, humanos y vampiros volvieron a reunirse.

Esta vez no para fingir paz.

Para construirla.

Don Lucio anuló la prohibición del antiguo Juramento del Portaescudos.

A partir de entonces, los humanos podrían proteger oficialmente a miembros de la familia real.

—La especie no determinará el valor —declaró—. Lo harán las acciones.

Después Leonor se arrodilló frente a Emiliano.

El niño colocó alrededor de su cuello un medallón nuevo.

Una corona vampírica entrelazada con una espada humana.

—Leonor Hernández —dijo—, salvaste mi vida cuando la muerte vino por mí. Te quedaste cuando te ofrecieron libertad. Luchaste cuando otros huyeron.

Su voz tembló ligeramente.

—Te nombro Portaescudos Real. Mi protectora. Mi familia. Mi amiga.

Leonor no pudo contener las lágrimas.

Emiliano la abrazó.

—Cuando sea rey, no estarás detrás de mí.

La miró.

—Estarás a mi lado.

—Lo juro.

El acuerdo de paz finalmente fue firmado.

Aquella noche ambos observaron las luces humanas y vampíricas desde una torre.

—Leonor.

—¿Sí?

—¿Te arrepientes?

Ella sabía exactamente qué preguntaba.

De las cuchillas.

Del vínculo.

De haber perdido su antigua vida.

Leonor miró sus manos.

La plata todavía circulaba dentro de sus venas.

Pero ya no era veneno.

Era parte de ella.

Después miró al niño por quien había recibido diez cuchillas sin detenerse a pensar.

—No.

Lo acercó hacia ella.

—No me arrepiento de una sola.

Emiliano sonrió.

—Bien. Porque aparentemente estarás vinculada conmigo unos ochocientos años.

Leonor levantó una ceja.

—¿Solo ochocientos?

El muchacho rio.

Y bajo un cielo compartido por humanos y vampiros, Leonor comprendió finalmente algo.

Aquellas diez cuchillas no habían terminado con su vida.

Le habían dado una completamente nueva.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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