500 princesas compiten p la mano del Rey Vampiro en baile, pero único que él quiere su criada pobre

QUINIENTAS PRINCESAS ESPERABAN QUE EL REY VAMPIRO ELIGIERA A SU FUTURA REINA… PERO ÉL PASÓ JUNTO A TODAS Y EXTENDIÓ LA MANO HACIA LA CRIADA QUE SERVÍA EL CHAMPÁN

PARTE 1

Quinientas princesas habían viajado desde veinte reinos para competir por una sola corona.

Mayira solo quería terminar su turno sin romper ninguna copa.

Mientras diamantes, sedas y perfumes llenaban el gran salón del palacio, ella permanecía junto a una cortina con una bandeja entre las manos, intentando hacer aquello que había aprendido durante tres años de servicio:

Ser invisible.

Las princesas habían sido preparadas desde niñas para aquella noche.

Sabían bailar.

Conocían política.

Hablaban varios idiomas.

Algunas controlaban rutas comerciales.

Otras representaban ejércitos, fortunas o antiguas familias capaces de cambiar el destino de naciones enteras.

Mayira no tenía nada.

Su padre había muerto dejándole deudas.

Desde entonces fregaba pisos, limpiaba habitaciones y servía banquetes en el palacio del rey Alister.

—Va a elegir antes de que termine la noche —susurró Elena, otra criada.

Mayira miró hacia el trono.

Alister permanecía sentado observando a cada candidata.

No necesitaba corona para parecer un rey.

Tenía el cabello negro, el rostro frío y una presencia capaz de silenciar una habitación con solo levantar los ojos.

Los rumores aseguraban que llevaba siglos gobernando.

Mayira prefería no pensar demasiado en eso.

Los vampiros del palacio nunca le habían hecho daño.

Pero tampoco olvidaba lo que eran.

La música se detuvo.

—Su majestad anunciará ahora su elección.

Quinientas mujeres quedaron inmóviles.

Alister se levantó.

—Mi consejo lleva años exigiéndome una reina —declaró—. El reino necesita estabilidad. Necesita alianzas. Y algún día necesitará un heredero.

Varias princesas sonrieron.

La princesa Cordelia, rubia y cubierta de diamantes, levantó ligeramente la barbilla.

Serafina, vestida de verde esmeralda, dio un pequeño paso hacia delante.

Mayira comenzó a retirarse hacia la puerta de servicio.

Aquello ya no le concernía.

—He observado cuidadosamente a todas las candidatas presentes.

Alister descendió del estrado.

Pasó junto a la primera fila.

Luego la segunda.

Después la tercera.

No se detuvo.

Los murmullos comenzaron.

Mayira alcanzó la puerta.

Un paso más y podría desaparecer en las cocinas.

—Y ya he decidido.

Silencio.

Mayira agarró el marco de la puerta.

Alister giró la cabeza.

Pero no miró a Cordelia.

Ni a Serafina.

Ni a ninguna de las hijas de reyes.

La estaba mirando a ella.

Mayira miró detrás de sí, convencida de que debía haber otra persona.

No había nadie.

La bandeja resbaló de sus dedos.

Las copas se hicieron añicos.

Quinientos rostros se volvieron hacia la criada vestida de gris.

—Ven aquí, Mayira —ordenó Alister.

Ella no pudo moverse.

—¿Yo?

—Tú.

Mayira avanzó entre las princesas.

Sus zapatos gastados crujían sobre fragmentos de cristal mientras cientos de vestidos de seda se apartaban para dejarla pasar.

Algunas mujeres parecían furiosas.

Otras horrorizadas.

Cordelia la observaba como si quisiera borrarla de la existencia.

Alister salió a su encuentro.

Tomó la mano áspera de Mayira.

La misma mano que había fregado sus pisos cientos de veces.

Y la besó.

—No entiendo —susurró ella.

—Lo hará.

—No tengo sangre real.

—Lo sé.

—No tengo reino.

—También lo sé.

Mayira sintió que toda la corte contenía la respiración.

—Entonces, ¿por qué yo?

Alister la miró fijamente.

—Porque llevo tres años observando cómo trata a quienes no pueden ofrecerle nada. He visto su honestidad cuando nadie miraba. Su compasión. Su fuerza después de perder a su padre.

Su pulgar rozó suavemente sus nudillos.

—Aquí todos desean mi corona.

Sus ojos se suavizaron.

—Usted es la única persona que nunca ha deseado nada de mí.

Mayira sintió que le faltaba el aire.

Entonces el rey vampiro se arrodilló frente a la criada.

Y delante de quinientas princesas dijo:

—Mayira, ¿aceptaría convertirse en mi reina?

PARTE 2

Mayira miró al hombre arrodillado frente a ella.

Después miró el trono.

Luego los rostros de las quinientas princesas cuyos futuros acababan de cambiar por culpa de una criada.

—No soy nadie —susurró.

Alister se puso de pie.

—Eso no es verdad.

—No sé gobernar.

—Aprenderá.

—No sé cómo ser reina.

—Eso puede ser una ventaja.

Mayira vio algo detrás de sus palabras.

Soledad.

Siglos rodeado de personas interesadas en el poder del rey, pero no en el hombre.

Finalmente respondió:

—Sí.

El silencio fue terrible.

Alister sonrió.

Los vampiros comenzaron a arrodillarse uno tras otro.

Las princesas hicieron lo mismo porque el protocolo no les permitía otra cosa.

Pero cuando Cordelia levantó nuevamente la cabeza, Mayira comprendió algo.

Había recibido una corona.

Y acababa de ganar cientos de enemigos.

A la mañana siguiente descubrió que incluso sus antiguas amigas la trataban diferente.

Las criadas evitaban mirarla.

Los nobles la observaban como una intrusa.

Y las princesas no se marcharon inmediatamente.

Había tratados comerciales que renegociar.

Fronteras que ahora quedaban sin resolver.

Acuerdos políticos construidos durante décadas alrededor del matrimonio de Alister.

Cordelia, Serafina y otras princesas invitaron a Mayira a tomar el té.

Parecía cortesía.

No lo era.

—¿Sabe lo que hizo anoche? —preguntó Cordelia.

—Yo no pedí que me eligiera.

—Pero aceptó.

Serafina sonrió.

—Una criada inteligente seguramente comprende cuándo algo está por encima de su posición.

Mayira apretó la taza entre sus dedos.

Cordelia se inclinó hacia ella.

—Mi matrimonio habría protegido rutas comerciales esenciales.

Serafina añadió:

—El mío habría terminado una disputa territorial.

Otra princesa sonrió.

—Y ahora todo depende de usted.

Mayira sintió el peso de aquellas palabras.

No solo estaban celosas.

Tenían miedo.

Sus familias esperaban resultados.

Sus reinos habían enviado hijas como piezas de negociación.

Y la elección de Alister había destruido todos los planes.

Cordelia terminó la conversación con una advertencia:

—Los accidentes ocurren con frecuencia en los palacios.

Mayira abandonó el jardín temblando.

No sabía que, pocas horas después, Cordelia, Serafina e Isla estaban reunidas planeando exactamente uno.

La boda sería en pocas semanas.

Tenían que eliminarla antes.

Isla poseía conocimientos de magia heredados de su madre, la poderosa reina hechicera Morgana.

Preparó una trampa en la gran escalera del palacio.

Una losa de mármol se rompería bajo el peso de Mayira.

Parecería un accidente.

Setenta escalones harían el resto.

Mayira descendía aquella escalera acompañada por doña Esmeralda, su estricta instructora de protocolo.

—Una reina nunca mira al suelo —le recordó la anciana.

Mayira intentó sonreír.

Entonces sintió que algo cedía bajo su pie.

La piedra se quebró.

Su tobillo giró.

Perdió el equilibrio.

El vacío apareció frente a ella.

Setenta escalones de mármol.

Mayira cayó.

Pero nunca golpeó el suelo.

Dos brazos la atraparon en el aire.

Alister.

Había aparecido con velocidad sobrenatural.

—La tengo.

La sostuvo contra su pecho.

Mayira apenas podía respirar.

El rey examinó la losa rota.

Sus ojos cambiaron.

Se volvieron completamente negros.

—Esta escalera lleva siglos aquí.

Nadie habló.

—Yo mismo caminé por esta piedra ayer.

Su mirada recorrió el salón.

—Esto no fue un accidente.

Mayira alcanzó a ver a Cordelia, Serafina e Isla cerca de una fuente.

Las tres permanecían demasiado quietas.

Aquella misma tarde Alister comenzó a enseñarle a defenderse.

—Observe todo.

Le mostró cómo liberar una muñeca atrapada.

Cómo utilizar el peso del atacante.

Dónde golpear si alguien intentaba sujetarla.

—Y nunca vuelva a asumir que está segura solo porque está dentro de mi palacio.

Mayira aprendió aquella lección antes de lo esperado.

Durante la noche escuchó abrirse una ventana.

Alguien había entrado en sus habitaciones.

Una figura enmascarada avanzó hacia su cama sosteniendo un cuchillo.

Mayira recordó el entrenamiento.

Cuando el intruso atacó, ella agarró su muñeca.

Chocaron contra una mesa.

Cristales se rompieron.

La mano del asesino rodeó su garganta.

Mayira golpeó, mordió y luchó desesperadamente.

Pero el atacante era demasiado fuerte.

La hoja se levantó sobre su pecho.

Entonces la puerta explotó.

Alister entró.

En un instante arrancó al atacante de encima de Mayira y lo lanzó contra la pared.

Sus guardias irrumpieron detrás.

—Quítenle la máscara.

El rostro que apareció debajo dejó la habitación en silencio.

Era la princesa Isla.

—¿Usted? —preguntó Alister.

Isla no mostró arrepentimiento.

—Ella no pertenece aquí.

—Intentó asesinar a mi futura esposa.

—Mi madre me ordenó arreglar esto.

Después miró a Mayira.

—Debió morir en las escaleras.

Sonrió.

—Lo que viene ahora será peor.

Y tenía razón.

La reina Morgana movilizó miles de soldados.

El padre de Cordelia amenazó con cerrar los puertos que proporcionaban gran parte del alimento del reino vampírico.

La familia de Serafina amenazó las rutas marítimas.

El consejo exigió que Alister reconsiderara su elección.

—Elija una princesa —le aconsejaron— y evitaremos una guerra.

Mayira escuchó suficiente.

—Déjeme ir.

Alister la miró.

—No.

—La gente puede morir por esto.

—No.

—Soy una criada.

—Mayira…

—Elija a Cordelia. Salve los tratados. Diga que yo no estaba preparada.

Los consejeros parecieron aliviados.

Alister no.

Ordenó que todos abandonaran la habitación.

Cuando quedaron solos, tomó los hombros de Mayira.

—La paz construida sobre amenazas no es paz.

—Pero podrían destruir su reino.

—Entonces defenderé mi reino.

—¿Por mí?

—No solamente por usted.

Alister la miró intensamente.

—Si permito que una amenaza decida quién se sienta a mi lado, mañana decidirán mis leyes. Después mis fronteras. Finalmente mi corona.

Mayira bajó la cabeza.

—Quizás no valgo todo esto.

Alister levantó suavemente su rostro.

—Luchó contra una asesina. Estuvo dispuesta a abandonar su propia felicidad para proteger personas que apenas la respetan.

Sonrió.

—Eso es lo que hace una reina.

El juicio de Isla reunió representantes de todos los reinos.

La ley permitía ejecutarla.

Pero cuando Mayira escuchó su historia, comprendió algo.

Isla también había sido utilizada.

Su madre la había enviado por una corona.

Fracasar significaba enfrentar castigos terribles.

Cordelia y Serafina también habían ayudado a planear la primera trampa.

Mayira podía pedir sus cabezas.

No lo hizo.

Se levantó frente a la corte.

—Si ejecutamos a Isla y fingimos que nada más ocurrió, otra princesa desesperada hará lo mismo en el futuro.

Alister la observó.

—¿Qué propone?

Mayira miró a Isla.

Los territorios fronterizos entre ambos reinos llevaban generaciones generando conflictos.

—Necesitamos alguien que comprenda las dos cortes.

Los nobles comenzaron a murmurar.

—Conviértala en embajadora.

Isla levantó la mirada sorprendida.

Mayira continuó:

—Que viva lejos de la influencia de su madre. Que negocie la paz. Que demuestre que puede crear algo después de haber intentado destruirlo.

—¡Intentó matarla! —protestó un general.

—Precisamente por eso comprenderá el costo del fracaso.

Alister permaneció unos segundos en silencio.

Después aceptó.

Isla fue enviada a los territorios fronterizos durante varios años como embajadora de paz.

Antes de marcharse se arrodilló delante de Mayira.

—No puedo pedirle perdón.

—No se lo he pedido.

—Pero me ganaré esta oportunidad.

Por primera vez, Cordelia y Serafina ya no miraban a Mayira como a una criada afortunada.

La observaban con cautela.

Porque finalmente entendían por qué Alister la había elegido.

Aquella noche Mayira regresó al pequeño jardín donde solía esconderse cuando todavía era sirvienta.

Alister la encontró allí.

—¿Por qué me eligió realmente? —preguntó ella—. No la explicación que dio frente a la corte. La verdad.

El rey permaneció en silencio.

Después respondió:

—He gobernado durante siglos. Todos quieren algo de mí.

Se sentó a su lado.

—Poder. Favores. Alianzas. Inmortalidad. Todos sonríen cuando entro porque soy el rey.

Tomó su mano.

—Pero un día la vi en las cocinas.

Mayira frunció el ceño.

—Estaba cubierta de harina y cantaba mientras amasaba pan. Pensaba que nadie la observaba.

Alister sonrió al recordarlo.

—Más tarde compartió su comida con una criada que había intentado robar porque tenía hambre. Podría haberla denunciado. No lo hizo.

—Eso fue hace años.

—Exactamente.

Su pulgar recorrió los callos de las manos de Mayira.

—La observé durante tres años.

—¿Por qué?

—Porque era real.

La voz del rey se volvió más baja.

—En siglos de personas interpretando papeles frente a mí, usted fue la primera que nunca actuó.

Mayira sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas.

—Cometeré errores.

—Seguro.

—Usaré el tenedor equivocado.

—Probablemente.

Ella soltó una pequeña risa.

Alister acercó su rostro.

—No necesito una princesa perfecta.

—¿Entonces qué necesita?

—Una compañera.

La miró como si la respuesta hubiera tardado siglos en encontrarla.

—He estado solo durante demasiado tiempo.

Mayira tomó su mano.

—Entonces supongo que tendremos que aprender juntos.

Alister la besó bajo la luz de la luna.

Y por primera vez desde que había recibido aquella corona, Mayira dejó de sentirse como una criada disfrazada de reina.

Comprendió finalmente por qué había vencido a quinientas princesas.

No porque fuera más hermosa.

No porque tuviera más poder.

Ni porque hubiera jugado mejor que ellas.

Mayira había ganado porque jamás había intentado competir.

Mientras todas luchaban por convertirse en la mujer que un rey debía elegir, ella había permanecido exactamente como era.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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