Todos la llamaban la Bruja de los Lobos… Hasta que arriesgó su vida para salvar al gran lobo del Rey Alfa. ¡Nadie esperaba lo que sucedió después!

Todos la llamaban la Bruja de los Lobos… Hasta que arriesgó su vida para salvar al gran lobo del Rey Alfa. ¡Nadie esperaba lo que sucedió después!

La tormenta bajó de la sierra con tanta fuerza que hasta los árboles parecían querer huir.

Yo estaba de rodillas en el lodo, con una lámpara a punto de apagarse y las manos hundidas en la herida de un lobo del tamaño de un caballo.

Tenía un virote de plata clavado en el costado.

Y yo sabía que, si no detenía la sangre, moriría antes del amanecer.

Me llamo Renata Hinojosa. En San Miguel de la Bruma me dicen la Bruja del Lobo. No porque yo haga hechizos, sino porque preparo remedios con plantas y nunca aprendí a apartarme de alguien que sufriera.

Mi abuela me enseñó a reconocer las hierbas de la sierra y a escuchar lo que el cuerpo no podía decir con palabras. También me dejó una cabaña, un pequeño herbolario y un telar antiguo donde las mujeres de mi familia habían tejido durante generaciones.

La gente del pueblo respetaba el telar lo suficiente para no tocarlo, pero casi nadie quería comprar nuestras mantas. Decían que los Hinojosa teníamos una magia rara. Que nuestras curas eran peligrosas. Que hasta nuestros animales nos obedecían demasiado.

Cuando era niña encontré un cachorro perdido junto al arroyo. Lo alimenté con leche de cabra y lo mantuve caliente hasta que su familia volvió por él. Los lobos cruzaron el pueblo de noche y se fueron con el cachorro.

Desde entonces, la gente dejó de llamarme Renata. Me llamaron bruja.

A los veintidós años, un joven llamado Tomás empezó a llevarme flores. Por unos meses, creí que tal vez podría casarme, tener una casa menos solitaria y dejar de escuchar las puertas cerrarse cuando cruzaba la plaza.

Su madre le prohibió acercarse a mí. Dijo que ningún hijo suyo uniría su futuro al de una familia marcada por supersticiones. Tomás no tuvo el valor de contradecirla.

Así aprendí a construir mi vida sin esperar que alguien me eligiera.

La noche que encontré al lobo había salido a recoger raíz de árnica. La tos de una viuda del pueblo se había vuelto preocupante y quería prepararle un remedio antes de que empeorara. La lluvia empezó en el camino de regreso. Entonces vi un rastro de sangre junto a la barranca.

Lo seguí.

El lobo estaba atrapado entre dos rocas, con el pelaje blanco plateado empapado de sangre. Era tan grande que, incluso tendido en el suelo, sus ojos dorados quedaban casi a la altura de los míos.

Reconocí el virote. La plata envenenaba a las criaturas con magia antigua. La herida no era un accidente: alguien había intentado matarlo.

Debí correr por ayuda. En cambio, me acerqué.

—Tranquilo —le dije—. Voy a sacarte de aquí.

El lobo no me gruñó. Bajó la cabeza y la apoyó contra mi rodilla, como si supiera que el tiempo se le estaba acabando.

No tenía vendas. Tampoco llevaba cuerda. Solo mi cuchillo y el cabello largo que nunca me había cortado desde niña.

Mi abuela decía que el pelo de las Hinojosa podía hilarse tan firme como el hilo del telar. Nunca supe si lo decía en serio.

Me lo corté.

El aire frío me rozó la nuca. Me dolió más de lo que esperaba, pero no miré los mechones caídos en el lodo. Até mi cabello alrededor de un trozo de tela y apreté la improvisada venda contra la herida.

Algo tibio se extendió bajo mis dedos. La sangre dejó de correr con tanta fuerza.

—No sé qué fue eso —murmuré—, pero te va a tocar vivir.

Pasé la noche junto a él. Le saqué el virote, limpié la herida y preparé una infusión con las pocas hierbas que llevaba. El lobo aguantó el dolor en silencio, observándome con una atención que no era propia de un animal.

Al tercer día ya podía levantarse. Se quedaba junto a la puerta cuando yo salía a buscar agua y dormía frente al fuego. Empecé a llamarlo Hueso, por el tono pálido de su pelaje, aunque nunca me atreví a decirlo en voz alta.

Una semana después, llegaron jinetes a mi cabaña. Vestían los colores de lord Bracamonte, el comandante de la guarnición de la frontera.

—Buscamos una bestia enorme, herida por un virote de plata —dijo el oficial—. Por orden de lord Bracamonte, debe ser entregada.

Me puse delante de la puerta.

—No he visto ningún lobo.

Su mirada se deslizó hacia el interior. Hueso estaba oculto en la sombra, detrás del fogón.

El hombre dio un paso hacia mí.

Entonces escuchamos un aullido profundo que hizo vibrar las ventanas. Llegaba desde el camino. Otro aullido le respondió desde las montañas.

El oficial palideció.

—Al rey le informaron que su gran lobo desapareció —dijo—. Si lo escondes, te acusarán de traición.

Los jinetes se marcharon, pero yo sabía que volverían.

Esa misma noche, un grupo de guardias llegó a mi puerta. Con ellos venía el rey, empapado por la lluvia y con el rostro desencajado.

Vio a Hueso y se arrodilló a su lado.

—Orfeo —susurró—. Creí que te había perdido.

Luego levantó la vista hacia mí. Se quedó mirando mi cabello cortado y la venda que aún protegía mi brazo.

—¿Lo ataste con tu propio pelo?

—No tenía otra cosa.

El rey no apartó los ojos de mí.

—Entonces la antigua magia te ha reconocido. Lo que hiciste se llama el Juramento del Cabello, y la última mujer que lo cumplió se convirtió en Luna del reino.

PARTE 2 — Continuación para el sitio web

—Yo no hice ningún juramento —respondí—. Ni siquiera sabía que existía.

El rey, llamado Kalin Arriaga, asintió despacio.

—Lo sé. Por eso funcionó.

Me explicó que, según una ley antiquísima, una persona podía salvar a un gran lobo de la muerte ofreciendo su cabello intacto, sin deberle nada y sin esperar recompensa. La magia no respondía a la ambición. Solo reconocía un sacrificio hecho por voluntad propia.

La última mujer que había realizado el juramento se había convertido en Luna del reino.

—No te pediré que aceptes ningún título —dijo Kalin—. Ni una tradición ni una profecía pueden decidir por ti.

Hueso apoyó la cabeza sobre mi rodilla. El rey miró al lobo y luego a mí.

—Pero parece que él ya tomó una decisión.

El viaje a la capital fue lento. Orfeo tuvo que ir en una camilla hasta que recuperó fuerzas para caminar. Yo cabalgué junto a Kalin, todavía confundida por la idea de que un rey hubiera llegado hasta mi cabaña para encontrarme.

No me trató como una futura reina. Me preguntó por mi abuela, por las hierbas y por la vida en San Miguel de la Bruma. Su atención era tan genuina que me costaba recordar que hablaba con un hombre acostumbrado a que todos lo escucharan.

En el palacio, sin embargo, no todos tenían esa cortesía.

El día que Kalin me presentó a la corte, varias mujeres examinaron mi cabello desigual. Una de ellas, lady Fabiola, se acercó con una sonrisa cuidadosamente ensayada.

—Debe ser difícil pasar de preparar remedios en una cabaña a vivir entre la nobleza —comentó—. Algunas no están hechas para la vida de la corte, por más que las favorezca una leyenda.

—Llevo años remendando mi propia ropa —le respondí—. No creo que vivir en un palacio vaya a cambiar eso.

Un par de sirvientes escondieron una risa. Fabiola se alejó con los labios apretados.

Esa tarde, Kalin me contó por qué alguien había disparado a Orfeo. Lord Bracamonte no era solo comandante. Era primo del rey y ocupaba el siguiente lugar en la sucesión. Si Kalin moría sin formar un vínculo reconocido, Bracamonte podría reclamar el trono.

Un cazador llamado Esteban había confesado que el señor lo contrató para seguir las rutas de Orfeo y dispararle cuando estuviera lejos de la guardia. La caída del lobo en la barranca debía parecer un accidente.

—¿Por qué no lo denunció antes? —pregunté.

—Porque creyó que solo estaba haciendo un trabajo. Cuando vio caer a Orfeo, comprendió lo que había hecho y huyó. Ahora está dispuesto a declarar.

La investigación se extendió durante varias semanas. Yo ayudé a revisar la herida y describí el ángulo del virote. Esos detalles permitieron relacionarlo con una armería que abastecía únicamente a la guardia personal de Bracamonte.

Mientras tanto, yo trataba de encontrar mi lugar. La corte podía ser tan cruel como el pueblo, solo que sus insultos venían envueltos en sonrisas.

Una tarde, la viuda del antiguo regente, doña Adela, me encontró sola en el jardín.

—Te haces pequeña para que nadie te note —me dijo—. Eso no impedirá que busquen un motivo para juzgarte. Solo te hará olvidar cuánto espacio tienes derecho a ocupar.

Sus palabras se me quedaron grabadas.

Empecé a hablar durante las reuniones del consejo. No entendía todos los juegos de poder, pero sí conocía las necesidades de los pueblos de la sierra: caminos que se inundaban, falta de curanderos y familias que pasaban hambre durante los inviernos largos.

Al principio, varios nobles me escucharon con sorpresa. Después comenzaron a tomar notas.

Kalin y yo también empezamos a compartir las tardes. Me contó que Orfeo lo había acompañado desde niño y que, tras la muerte de su padre, el gran lobo había sido su apoyo más firme.

—Cuando desapareció, sentí que me arrancaban algo que no sabía nombrar —admitió—. Cuando te encontré junto a él, entendí que ese sentimiento también tenía que ver contigo.

Yo no sabía qué hacer con esa confesión. El recuerdo de Tomás seguía ahí, junto con el miedo de confiar en alguien solo para descubrir que otros podían decidir por él.

Kalin nunca intentó apresurarme.

—No quiero que aceptes una vida conmigo por una profecía —me dijo—. Si algún día decides hacerlo, quiero que sea porque tú lo deseas.

Por primera vez, no sentí que el destino fuera una jaula.

Pero Bracamonte no había dejado de actuar.

Una mañana encontré un virote de plata sobre la mesa de mi habitación. Alguien lo había dejado allí durante la noche. La amenaza era evidente.

Kalin reforzó mi escolta. Yo acepté que los guardias me acompañaran, pero no dejé de visitar el jardín medicinal. No iba a permitir que el miedo me encerrara.

El ataque llegó en la frontera, no en el palacio.

Orfeo despertó a toda la ciudadela con un aullido. Los exploradores confirmaron que los hombres de Bracamonte habían rodeado las antiguas piedras que protegían el reino. Si destruían aquel sello, la frontera quedaría abierta para los ejércitos enemigos.

Kalin preparó una expedición.

—Voy contigo —le dije.

—Es demasiado peligroso.

—Entonces no me pidas que me quede esperando noticias mientras tú arriesgas la vida.

Me miró un largo momento. Finalmente, aceptó que me uniera a los curanderos de campaña.

Al llegar, vimos a los mercenarios atacando el círculo de piedras. Un hombre encapuchado hacía un ritual con una hoja oscura en la mano. La luz plateada del sello se debilitaba con cada palabra.

La batalla estalló antes de que pudiéramos acercarnos.

Yo ayudé a los heridos detrás de una roca. Un joven guardia tenía un corte profundo en el muslo. Lo vendé con una tira de mi capa.

—No te duermas —le ordené.

—No pensaba hacerlo.

—Bien. Todavía no termino contigo.

A unos metros, Kalin peleaba contra dos mercenarios. Bracamonte apareció detrás de él con una daga en la mano. Vi que el rey no alcanzaría a darse vuelta.

Corrí.

La hoja me cortó el brazo y caí junto a las piedras. Mi sangre tocó el sello.

La luz estalló.

Una onda plateada recorrió el círculo y se extendió por toda la frontera. El ritualista cayó al suelo. Los mercenarios retrocedieron, incapaces de avanzar contra la barrera que acababa de restaurarse.

Orfeo se lanzó contra Bracamonte y lo derribó antes de que pudiera volver a atacar.

Kalin llegó hasta mí y presionó la herida con ambas manos.

—Quédate conmigo —me pidió—. No después de todo esto.

Yo no podía contestar. El dolor y el cansancio me arrastraron a la oscuridad.

Desperté cuatro días después, en una habitación del palacio. Kalin dormía en una silla junto a mi cama, todavía sujetando mi mano. Orfeo descansaba al pie de la cama, con la pata vendada.

—¿Ganamos? —pregunté con la voz ronca.

Kalin abrió los ojos de golpe.

—Sí. La barrera está restaurada. Bracamonte está preso.

El cazador había entregado su testimonio y los guardias encontraron cartas que probaban que el señor planeaba tomar el trono. Lo juzgaron ante el consejo y lo desterraron, despojado de su título y sus tierras.

—La gente del reino está a salvo —dijo Kalin—. Y tú también. Eso es lo único que me importa ahora.

—No puedes seguir diciendo eso sin dormir —murmuré.

Se rio, aunque tenía los ojos húmedos.

—Te quiero, Renata. No porque una vieja ley te haya señalado. Te quiero porque, desde que te vi en el barro, no he podido dejar de admirar la forma en que cuidas de los demás, incluso cuando el mundo nunca ha sabido cuidarte a ti.

Pensé en mi vida antes de conocerlo. En el taller vacío, las puertas cerradas y los susurros de “bruja” detrás de mi espalda.

—No sé si estoy lista para ser Luna —le dije—. Pero sí quiero elegir estar contigo.

—Entonces eso será suficiente.

Meses después, regresé a San Miguel de la Bruma para la ceremonia. No quise celebrarla en el gran salón del palacio. Quería que ocurriera en el lugar donde tantas personas me habían juzgado, para que también pudieran verme elegir mi propio camino.

Llevé un vestido sencillo con un bordado hecho en el telar de mi abuela. Mi cabello había empezado a crecer, pero dejé visible el corte desigual. Era parte de mi historia y no tenía por qué esconderlo.

Orfeo se echó a nuestros pies cuando Kalin y yo pronunciamos los votos. Al llegar el momento de escuchar si alguien se oponía, lanzó un aullido tan satisfecho que hasta los nobles terminaron riéndose.

Me convertí en Luna del reino, pero nunca olvidé quién era antes del título: una curandera de pueblo, una mujer a quien llamaban bruja porque se negaba a abandonar a quienes sufrían.

Con los años, el herbolario de mi abuela se convirtió en una casa de curación abierta para cualquiera que la necesitara. La gente dejó de cruzar la calle al verme. Algunos incluso aprendieron a pedir ayuda sin avergonzarse.

A veces, cuando Orfeo dormía junto a la puerta, yo tocaba la cicatriz que me había dejado el virote al atenderlo.

Corté mi cabello para salvarlo. Pero el día en que me llamaron bruja por primera vez, yo creía que mi vida ya estaba marcada por lo que otros pensaran de mí.

Me tomó una tormenta, un lobo herido y un rey dispuesto a esperar mi respuesta para entender que mi destino no lo decidía el miedo del pueblo.

Lo decidía yo.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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