Salvó a un pequeño cachorro de hombre lobo sin imaginar quién era realmente… ¡El heredero más buscado del reino!

Salvó a un pequeño cachorro de hombre lobo sin imaginar quién era realmente… ¡El heredero más buscado del reino!

La flecha iba directo a la garganta del cachorro.

Yo tenía una sola piedra en la mano y menos de un segundo para decidir si seguía caminando o me metía en una cacería que no era asunto mío.

Lancé la piedra.

El cazador falló. Y yo acabé huyendo por la sierra con un cachorro negro escondido bajo mi chamarra.

Me llamo Renata Cárdenas. Desde hacía siete años vivía sola en una cabaña de la Sierra de la Niebla, lejos de cualquier manada. Había elegido ese lugar porque nadie subía hasta allí sin una razón.

En mi antigua manada, la del Encino, mi pareja me rechazó frente a los ancianos. Dijo que nuestro vínculo no servía si yo no podía tener crías. Los demás aceptaron su decisión sin mirar mis ojos. Me fui con una bolsa, algunas hierbas para curar heridas y la certeza de que, para ellos, mi valor dependía de algo que mi cuerpo no podía dar.

En la sierra aprendí a poner trampas, reparar mi techo y curar animales heridos. Me repetía que estaba bien sola. Casi llegué a creerlo.

Hasta aquella tarde.

Escuché un gemido entre los matorrales. Después, el sonido de una cuerda tensándose. Al otro lado de una loma, un cachorro de lobo negro corría a trompicones por la hierba helada. La flecha se clavó en la tierra a un palmo de su cuerpo.

El cazador ya preparaba otra.

No pensé. Lancé la piedra contra su sien. El disparo se desvió y el hombre se volvió hacia mí con una expresión que prometía venganza.

Tomé al cachorro y corrí.

Conocía la sierra mejor que cualquier forastero. Me metí por un túnel de zarzas, crucé un arroyo helado y oculté mis huellas sobre unas rocas. Cuando oscureció, nos escondimos bajo un pino caído. El cachorro temblaba contra mi pecho, pero no hacía ruido.

—O eres el cachorro más desafortunado del reino —le susurré— o alguien pagó mucho para que no llegaras a mañana.

Tenía los ojos dorados. Era demasiado pequeño para sobrevivir solo y estaba débil, así que lo llevé a mi cabaña. Me dije que sería por una noche, hasta averiguar a quién pertenecía.

Le di leche tibia de cabra con una pajita de carrizo y lo envolví en mi única cobija extra. Lo llamé Nico, por el arroyo donde lo encontré. Cuando lo puse junto al fuego, apoyó la cabeza en mi mano y se quedó profundamente dormido.

A la mañana siguiente no lo devolví.

Durante las semanas siguientes aprendí a alimentarlo cada pocas horas. Dormía con él bajo mi chamarra para que no se enfriara. Dejé de revisar algunas trampas y gasté mis ahorros en leche, mantas y remedios para su estómago. Cada vez que me decía que aquello era temporal, él apoyaba el hocico en la parte que me dolía, como si supiera dónde llevaba las penas.

Una noche escuché a una manada aullando en el valle. Nico no respondió. Se apretó contra mis piernas, temblando.

Entonces entendí que no extrañaba a quienes fueran sus padres. Les tenía miedo.

Tres semanas después vi a seis hombres de capa gris preguntando por una mujer que vivía en la sierra con un cachorro negro. Eran los Garra Ceniza, mercenarios conocidos por encontrar a cualquiera que alguien pagara por desaparecer.

No esperé a que llegaran a mi cabaña.

Apagué el fuego, guardé cuanto pude cargar y escapé hacia el norte con Nico bajo la chamarra. Durante días dormimos bajo árboles caídos y comimos lo que yo podía cazar o recoger. Una noche escuché a dos mercenarios hablar de quemar mi cabaña para obligarme a salir. Nico permaneció completamente inmóvil contra mi pecho hasta que sus voces se alejaron.

—Alguien te enseñó a sobrevivir —le murmuré—. ¿Quién te quería tanto como para prepararte para esto?

No tenía respuesta. Solo sabía que el precio por encontrarlo había aumentado. Y, aunque podría haberlo dejado en alguna aldea, cada vez que imaginaba abandonarlo me pesaba más que cualquier riesgo.

En un pueblo de la frontera escuché la historia de un príncipe desaparecido. El hijo del Rey Alfa Emiliano y la Reina Camila había muerto, según el anuncio oficial, en un accidente de cacería. Pero algunos aseguraban que la reina lo había sacado del palacio la noche en que los asesinos intentaron matarlo.

La desaparición había ocurrido once meses atrás. Desde entonces, el señor de la Manada del Colmillo Gris, Anselmo Varela, pagaba a los Garra Ceniza para buscar cualquier cachorro negro de ojos dorados. Se decía que el niño podía unir las manadas y terminar una guerra que llevaba generaciones enriqueciendo a los señores de la frontera.

Miré a Nico dormido bajo la mesa de la posada y supe que había llegado el momento de dejar de correr a ciegas.

Tardé dos semanas en llegar a la Ciudadela de Obsidiana. Tres días intenté que los guardias me dejaran hablar con la reina. Me tomaron por una embustera hasta que, al caer la tarde, ella salió al jardín acompañada por dos soldados.

Nico se puso rígido en mis brazos. Luego empezó a gemir y a forcejear con una desesperación que nunca le había visto.

La reina se detuvo. Miró hacia la reja y se llevó una mano a la boca.

—¡Tadeo! —gritó, y corrió hacia nosotros.

PARTE 2 — Continuación para el sitio web

Los guardias me sujetaron antes de que pudiera responder. Nico se retorció entre mis brazos, intentando llegar hasta la reina, que ya estaba de rodillas al otro lado de la reja.

—¡Déjenla pasar! —ordenó ella—. ¡Ahora!

Abrieron el portón. Nico se me escapó y corrió directo a sus brazos. La reina lo estrechó contra el pecho, llorando su nombre una y otra vez. Él escondió el hocico en su cuello como si, después de tantos meses, por fin hubiera encontrado el lugar que buscaba.

Yo me quedé quieta, con los brazos vacíos y la ropa cubierta de polvo. La reina levantó la mirada.

—Lo trajiste de vuelta —dijo—. No sé cómo pagarte lo que hiciste.

—No lo hice por una recompensa —contesté—. No iba a dejar que lo mataran.

A los pocos minutos llegó el Rey Alfa Emiliano. Parecía mucho más joven que el cansancio de su rostro. Al ver a su hijo, se quedó inmóvil; después se acercó y tocó con cuidado la cabeza del niño, como si temiera que fuera a desaparecer al parpadear.

Nico saltó de los brazos de su madre a los míos. Su padre me miró con una mezcla de asombro y gratitud.

Esa noche, cuando el palacio finalmente se tranquilizó, el rey pidió hablar conmigo en una sala pequeña junto a los jardines. No me ofreció oro ni un título. Se arrodilló frente a mí.

—Cruzaste media sierra con mi hijo, lo mantuviste vivo y enfrentaste a los hombres que querían matarlo. No tengo palabras suficientes para agradecerte.

—Levántese, majestad —dije, incómoda—. Cualquiera habría hecho lo mismo.

—No cualquiera —respondió—. La mayoría habría seguido su camino.

No supe qué contestar. Él preguntó cómo había terminado viviendo sola en la montaña. Le conté lo de mi antigua pareja y los ancianos de la Manada del Encino. Dije en voz alta, por primera vez en años, que me habían rechazado por no poder tener crías.

El rey apretó la mandíbula.

—Que alguien te haya hecho creer que eso te vuelve menos digna no significa que sea verdad.

No le respondí. Ya había escuchado promesas antes. Aun así, durante las semanas siguientes, Emiliano nunca me pidió que demostrara mi valor. Me dio tiempo, espacio y libertad para decidir si quería quedarme.

La reina Camila fue la primera en acercarse. Me invitó a tomar atole en sus habitaciones y me habló de la vida en la corte, donde las sonrisas podían esconder más peligro que las garras. También me agradeció por cuidar a Tadeo, pero nunca insinuó que yo tuviera que reemplazar a nadie. Ella era su madre. Yo era la mujer que lo había mantenido a salvo cuando no tenía a nadie más.

El palacio no se volvió mi hogar de inmediato. Algunos nobles me llamaban “la trampera” cuando creían que no los escuchaba. Una señora de la corte comentó durante una cena que una mujer rechazada por su propia manada difícilmente podía ser una buena compañera para un rey.

Tadeo, que apenas comenzaba a hablar con claridad, se acercó a ella.

—Renata me cuidó cuando tú no sabías dónde estaba —dijo—. Eso es más importante que tu vestido.

La cena quedó en silencio. Camila se cubrió la boca para ocultar una sonrisa y Emiliano bajó la mirada hacia su copa. Yo no supe si reír o llorar.

Por primera vez, alguien me defendía sin pedirme que me defendiera sola.

Pero Anselmo Varela no había dejado de buscar a Tadeo. Cuando supo que el príncipe estaba vivo, mandó una advertencia: una corneja muerta con un trozo de tela gris atado a la pata.

El capitán de la guardia reforzó la vigilancia. Yo acepté que me acompañaran, aunque me negué a dejar de salir al jardín. Había pasado demasiados años huyendo para encerrarme otra vez.

Tres noches después, los mercenarios llegaron mientras caminaba por el sendero exterior. Dos guardias cayeron antes de alcanzar sus armas. La mujer que encabezaba al grupo, una cazadora llamada Kestrel, levantó una ballesta.

—Anselmo te manda saludos —dijo—. Pagará más por tu muerte ahora que sabemos cuánto vales para el príncipe.

No grité. Tadeo estaba en el palacio y temí que, al oírme, corriera hacia el peligro.

Kestrel apuntó a mi pecho. Me lancé hacia ella justo cuando disparó. El virote me atravesó el hombro y caí de rodillas. El dolor me nubló la vista, pero el grito alertó a los guardias.

Y también a Tadeo.

El niño apareció corriendo por el sendero y se lanzó contra la pierna de Kestrel. Sus dientes no podían hacerle mucho daño, pero bastaron para distraerla. Los guardias redujeron a los mercenarios antes de que pudieran disparar otra vez.

Cuando Emiliano llegó, me sostuvo contra su pecho mientras los curanderos revisaban la herida. El virote había pasado cerca del hueso, pero no alcanzó nada vital.

Desperté tres días después. Tadeo dormía junto a mi brazo sano y el rey seguía sentado a mi lado, con ojeras profundas.

—Te arriesgaste por mi hijo otra vez —dijo.

—Él se volvió mi familia cuando decidí no dejarlo en aquella ladera.

Emiliano bajó la cabeza y apoyó la frente en mi mano.

—Entonces déjame preguntarte algo sin usar el peso de una corona ni de un vínculo. ¿Me permitirías demostrarte, con el tiempo que haga falta, que no tienes que ganarte el derecho a ser querida?

No le dije que sí de inmediato. Le pedí que primero termináramos con la amenaza de Anselmo. Quería que cualquier relación entre nosotros naciera de una elección, no del miedo ni de una deuda.

Un mes después, Emiliano llevó una delegación a la frontera para exigir que Anselmo respondiera por financiar a los mercenarios. El señor del Colmillo Gris rechazó la convocatoria y atacó el campamento durante la noche.

Yo insistí en acompañar a la delegación. Tadeo no quería separarse de mí y, después de lo ocurrido en el jardín, nadie intentó convencerme de que era mejor dejarlo atrás.

La batalla comenzó entre pinos y antorchas. Los guardias reales resistían, pero los mercenarios habían elegido el terreno. El capitán de la guardia cayó herido y lo arrastré detrás de un carro de provisiones. Le presioné la herida con una tira de tela y le ordené que siguiera respirando.

Entonces escuché a Tadeo.

Dos mercenarios lo habían acorralado cerca de las tiendas. Se interpuso entre ellos y la cuidadora de la reina, aunque apenas era un niño. Corrí hacia él con una pequeña daga de curandera en la mano.

Tadeo alzó la cabeza y lanzó un aullido.

No sonó como el de un cachorro. Fue un llamado profundo, cargado de una autoridad antigua. Los guerreros de ambos bandos vacilaron. Algunos bajaron sus armas, como si una parte de ellos reconociera la sangre real antes que sus lealtades.

Aproveché ese instante para derribar a uno de los atacantes y sacar a Tadeo de ahí. Las tropas de Emiliano rodearon el campamento y capturaron a Anselmo antes del amanecer.

La prueba de los mercenarios, junto con sus cuentas y sus cartas, confirmó que había intentado matar al príncipe para impedir la paz entre las manadas. En el juicio perdió su título y sus tierras, y fue encarcelado bajo la vigilancia del reino que había intentado manipular.

La guerra no terminó de un día para otro. Se necesitaron reuniones, acuerdos y meses de trabajo para que las manadas dejaran de responder a cada provocación con sangre. Pero la profecía dejó de ser un secreto que los señores podían usar para mantener el conflicto. Tadeo seguía siendo un niño; no tenía que cargar solo con el destino de todo un reino.

Cuando mi hombro sanó, Emiliano volvió a preguntarme si aceptaría construir una vida a su lado. Esta vez le dije que sí.

No porque fuera rey. No porque su hijo me necesitara. Porque, durante meses, me había tratado como alguien capaz de elegir y había cumplido cada promesa sin exigirme que demostrara mi valor.

La ceremonia se celebró en el jardín donde Camila había reconocido a su hijo. Tadeo estuvo entre nosotros, sujetando una de mis manos con la fuerza de quien aún temía que yo pudiera desaparecer.

La gente me llamó Luna del reino. Yo seguí siendo Renata: la mujer que sabía remendar una chamarra, distinguir una huella reciente y cuidar de alguien herido sin preguntarle si tenía sangre real.

A veces recordaba la ladera donde vi por primera vez a Tadeo. Si no hubiera lanzado aquella piedra, tal vez yo habría seguido sola en mi cabaña, convencida de que el mundo solo sabía quitarme cosas.

No salvé al príncipe porque esperara que alguien me devolviera una familia. Lo salvé porque, por fin, me negué a mirar hacia otro lado cuando un ser indefenso necesitaba ayuda.

Y al hacerlo, encontré un lugar donde ya no tenía que probar que merecía quedarme.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

Recommended for You

View Archive arrow_forward