Todos ignoraron al omega con cicatrices en el baile de apareamiento, hasta que el rey alfa se quitó la corona.

Todos ignoraron al omega con cicatrices en el baile de apareamiento, hasta que el rey alfa se quitó la corona.

PARTE 1

La noche que el Rey Alfa dejó caer su corona frente a mis botas, quinientas personas dejaron de respirar.

No fue porque yo fuera hermosa.

Tres años antes, el fuego había dejado cicatrices desde mi sien hasta el cuello.

Mi propio padre llevaba años escondiéndome para que nadie importante tuviera que mirarme.

Y, aun así, el hombre más poderoso de todas las manadas cruzó un salón lleno de mujeres nobles… directamente hacia mí.

Me llamo Alicia Cavazos.

Nací en una familia poderosa de las montañas del sur.

Mi padre, don Alberto Cavazos, gobernaba varias comunidades y controlaba rutas comerciales que conectaban el norte con los valles del centro.

Yo era Omega.

Entre nuestra gente, eso era considerado algo raro.

Antes del incendio, muchas familias importantes preguntaban por mí.

Todo cambió cuando tenía diecinueve años.

Una noche, una parte de nuestra hacienda comenzó a arder.

Mi hermana menor, Clara, había quedado atrapada dentro.

Vi hombres adultos esperando instrucciones.

Yo no esperé.

Entré.

Conseguí sacar a Clara.

Pero parte del techo cayó cerca de mí y salí gravemente lastimada.

Me recuperé.

Mi rostro no.

Quedaron cicatrices visibles en el lado izquierdo.

Mi cuello también quedó marcado.

La primera vez que mi padre volvió a verme después de que me quitaron los vendajes, no preguntó si tenía dolor.

Preguntó:

—¿Eso se quedará así?

Ese día comprendí lo que realmente significaba para él.

Antes era una posibilidad de alianza.

Después era un problema.

Durante los siguientes tres años casi dejé de salir.

Mi padre decía que lo hacía para protegerme de comentarios crueles.

La verdad era más sencilla.

Le avergonzaba que me vieran.

Hasta mi loba interior, que antes sentía constantemente, se volvió silenciosa.

Pensé que también ella se había rendido.

Entonces llegó la Gran Reunión de Luna.

Cada varios años, familias de diferentes manadas se reunían para que los lobos solteros pudieran reconocer posibles compañeros.

Mi padre intentó impedir que asistiera.

Los ancianos se negaron.

La tradición exigía que todos estuvieran presentes.

Así que me puso un vestido gris de cuello alto y me ordenó permanecer detrás de una cortina en el extremo del salón.

Lo hice.

Durante horas escuché risas.

Música.

Copas.

Y comentarios.

Una mujer llamada Genoveva Montes me vio.

Nunca habíamos sido amigas.

Me señaló delante de otras personas y preguntó quién querría aceptar a una Omega llena de cicatrices.

Otro Alfa dijo que probablemente mi loba también estaba dañada.

No respondí.

Llevaba tres años aprendiendo a no responder.

Solo quería esperar hasta que todos estuvieran distraídos y volver a mi habitación.

Entonces la música se detuvo.

No terminó.

Se detuvo.

Como si alguien hubiera cortado el aire.

Las enormes puertas se abrieron.

Entró Sebastián Valderrama.

El Rey Alfa del Norte.

Había escuchado historias sobre él desde niña.

Decían que había unido territorios que jamás aceptaban obedecer a la misma corona.

Que nunca había elegido compañera.

Que familias enteras habían ofrecido a sus hijas y él había rechazado a todas.

Cuando entró, incluso los Alfas más arrogantes guardaron silencio.

Sebastián avanzó unos pasos.

Después se detuvo.

Respiró profundamente.

Sus ojos cambiaron.

Del azul helado pasaron a un tono dorado.

En ese mismo instante sentí algo despertar dentro de mí.

Mi loba.

Después de tres años de silencio.

Se levantó dentro de mi mente con tanta fuerza que tuve que sujetarme de la pared.

Solo apareció una palabra en mi cabeza.

Compañero.

No.

No podía ser.

Miré alrededor buscando a la mujer que había provocado aquello.

Sebastián también buscaba.

Genoveva se adelantó sonriendo.

Él pasó junto a ella sin siquiera detenerse.

Ignoró a otras mujeres.

Hijas de Alfas.

Herederas.

Omegas perfectas.

Y continuó caminando.

Hacia la esquina donde yo estaba escondida.

Intenté retroceder.

No había espacio.

Sebastián se detuvo frente a mí.

Todo el salón estaba mirando.

Yo mantenía medio rostro oculto.

—Mírame —dijo.

Levanté la cara lentamente.

Las cicatrices quedaron completamente expuestas.

Escuché murmullos.

Mi padre apareció de inmediato.

Intentó explicar que yo había sufrido un accidente.

Que estaba dañada.

Que probablemente existía algún error.

Sebastián giró la cabeza hacia él.

—No vuelvas a hablar de ella como si fuera algo defectuoso.

Después me miró otra vez.

Yo esperaba rechazo.

Asco.

Quizá lástima.

No apareció ninguno.

Sebastián se quitó lentamente la pesada corona negra.

La dejó sobre el suelo.

Y entonces ocurrió algo que nadie había visto jamás.

El Rey Alfa se arrodilló frente a mí.

No me tomó.

No me ordenó seguirlo.

Simplemente inclinó la cabeza y dijo:

—Si tú me aceptas, seré yo quien tenga el honor de caminar a tu lado.

Mi padre dejó caer su copa.

Pero mientras todos miraban al rey arrodillado, yo vi algo diferente.

Don Alberto no parecía sorprendido.

Parecía aterrorizado.

Y fue entonces cuando comprendí que mi padre no tenía miedo de que Sebastián eligiera a una mujer con cicatrices.

Tenía miedo de lo que yo descubriría si alguna vez salía de su control.

PARTE 2

Mi padre intentó sonreír.

Fue demasiado rápido.

Demasiado falso.

De pronto comenzó a hablar de alianzas familiares, tierras y acuerdos que podríamos firmar aquella misma noche.

Hacía cinco minutos me llamaba vergüenza.

Ahora yo era nuevamente su “amada hija”.

Sebastián también lo notó.

—Alicia decidirá qué ocurre después —dijo.

Aquello fue casi tan impactante para mí como verlo arrodillado.

Decidir.

No recordaba la última vez que alguien había utilizado esa palabra conmigo.

Sebastián me preguntó si quería abandonar la hacienda.

Miré a mi padre.

Después dije que sí.

Dos días más tarde salimos rumbo al norte.

Durante el viaje, Sebastián nunca me preguntó cuándo pensaba aceptar el vínculo.

No intentó tocar mis cicatrices.

No me dijo que eran hermosas para hacerme sentir mejor.

Simplemente las trató como parte de mí.

Eso hizo más por mi confianza que cualquier cumplido.

Mi loba también comenzó a despertar.

Primero eran sensaciones pequeñas.

Luego sueños.

Después podía sentirla corriendo dentro de mí otra vez.

Pensé que la historia terminaba allí.

Me equivocaba.

A mitad del viaje recibimos un mensaje urgente.

Un grupo de hombres había bloqueado el camino más adelante.

Sebastián ordenó detener la caravana.

Reconocí inmediatamente a varios de ellos.

Trabajaban para mi padre.

Entonces apareció don Alberto.

No vino a recuperarme por cariño.

Exigía que regresara.

Sebastián le preguntó por qué.

Mi padre respondió que yo todavía dependía legalmente de la familia Cavazos y que ciertas propiedades no podían transferirse sin mi presencia.

Aquella frase me llamó la atención.

—¿Qué propiedades?

Nadie respondió.

Uno de los hombres que acompañaba al rey había sido notario durante décadas.

Revisó los documentos.

Y encontró lo que mi padre llevaba años escondiendo.

Mi madre no había pertenecido originalmente a la familia Cavazos.

Era heredera de tierras enormes en los valles orientales.

Cuando ella falleció, aquellas propiedades pasaron a mi nombre.

Pero existía una condición antigua.

Mi padre podía administrarlas mientras yo permaneciera soltera.

El día que estableciera un vínculo reconocido con un Alfa de rango equivalente o superior, el control regresaría completamente a mí.

Miré a don Alberto.

De pronto entendí todo.

¿Por qué me había escondido durante tres años?

¿Por qué había hablado como si mis cicatrices hubieran acabado con mi futuro?

¿Por qué ahora estaba desesperado porque Sebastián me había encontrado?

No era solo vergüenza.

Era dinero.

Pero faltaba la peor parte.

El notario encontró registros de pagos realizados poco antes del incendio.

Dinero enviado a varios hombres que después desaparecieron de la región.

Sebastián ordenó investigar.

Uno de esos hombres seguía vivo.

Cuando fue interrogado, contó la verdad.

El incendio no había sido simplemente un ataque de desconocidos.

Mi padre había contratado personas para provocar un accidente en una parte específica de la hacienda.

Su objetivo original era obligar a mi madre a vender ciertos derechos territoriales y crear suficiente confusión para destruir documentos.

Pero aquella noche Clara estaba dentro.

Y yo entré a rescatarla.

El plan escapó de su control.

Mis cicatrices no habían sido parte de lo que buscaba.

Pero cuando vio el resultado, decidió aprovecharlo.

Si conseguía convencerme de que ningún Alfa me aceptaría jamás, yo nunca formaría un vínculo.

Y él podría continuar controlando mis propiedades.

Durante tres años hizo exactamente eso.

Sentí muchas cosas al escuchar aquella verdad.

Rabia.

Dolor.

Pero principalmente vergüenza de haber creído todas las palabras que me dijo sobre mí misma.

Entonces algo cambió.

Mi loba apareció con una claridad que no había sentido desde los diecinueve años.

No estaba rota.

Nunca lo había estado.

Había estado escondiéndose conmigo.

Mi padre todavía tenía hombres alrededor.

Esperaba que yo volviera a bajar la cabeza.

No lo hice.

Me adelanté.

Y dije su nombre.

—Alberto Cavazos.

No “papá”.

No “señor”.

Su nombre.

—Durante tres años me convenciste de que debía esconderme para que tú pudieras seguir utilizando lo que era mío.

Él intentó interrumpirme.

Le pedí que guardara silencio.

Algo ocurrió cuando lo dije.

No fue una explosión.

No hubo fuego.

Simplemente sentí una presión cálida salir de mi pecho.

Todos los lobos presentes se quedaron completamente inmóviles.

Sebastián me miró sorprendido.

Después sonrió.

Una de las ancianas que viajaba con nosotros explicó lo ocurrido.

Algunas Omegas antiguas poseían una capacidad extremadamente rara.

No dominaban a otros mediante miedo como un Alfa.

Su presencia podía detener una manada entera sin violencia.

Una autoridad nacida de equilibrio.

Mi loba no había desaparecido.

Había madurado.

Mi padre, que había pasado años llamándome débil, terminó frente a una hija mucho más poderosa de lo que jamás había imaginado.

No hubo batalla.

Sus propios hombres dejaron las armas cuando vieron las pruebas.

Don Alberto fue llevado ante el Consejo.

Perdió el control de mis propiedades y posteriormente su autoridad sobre la región.

Yo pedí que no recibiera un castigo cruel.

Quería justicia.

No repetir lo que él había hecho conmigo.

Meses después regresé al norte.

Sebastián nunca puso la corona sobre mi cabeza inmediatamente.

Primero me preguntó otra vez si quería estar allí.

Le dije que sí.

Después preguntó si aceptaba conocerlo como hombre antes de aceptarlo como compañero.

También dije que sí.

Eso tardó más.

Descubrí que el terrible Rey Alfa era insoportable cuando perdía una partida de ajedrez.

Que odiaba el té demasiado dulce.

Y que cada vez que alguien miraba mis cicatrices durante demasiado tiempo, tenía que recordarle con una sola mirada que no necesitaba protección de todos los idiotas del reino.

Finalmente acepté nuestro vínculo.

Las cicatrices nunca desaparecieron.

Nunca quise que desaparecieran.

Años después, durante otra reunión de las manadas, Genoveva Montes volvió a verme.

Esta vez llevaba yo la corona.

Ella evitó mirarme directamente.

No dije nada.

Ya no necesitaba hacerlo.

Durante demasiado tiempo había pensado que aquella noche del incendio había destruido a la joven que yo iba a ser.

Estaba equivocada.

El fuego sí cambió mi rostro.

También quemó el futuro que otros habían diseñado para mí.

Y, al final, eso fue lo que me permitió construir uno propio.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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