El aroma de una misteriosa Omega oculta reapareció durante solo 3 segundos… pero fue suficiente para que el Rey Alfa disfrazado descubriera que ella era su compañera destinada. ¡Lo que hizo después dejó a toda la manada sin palabras!
El aroma de una misteriosa Omega oculta reapareció durante solo 3 segundos… pero fue suficiente para que el Rey Alfa disfrazado descubriera que ella era su compañera destinada. ¡Lo que hizo después dejó a toda la manada sin palabras!

Durante ocho años creí que mi loba estaba rota.
La noche en que una lámpara casi incendió el Salón de la Luna, mi aroma regresó durante tres segundos.
Y el sirviente que dejó caer su charola me miró como si acabara de encontrar a la mujer que llevaba toda la vida buscando.
Me llamo Hannah Reyes. Esa noche vestía un vestido azul deslavado, con las mangas remendadas por mí misma, y esperaba detrás de una cortina de servicio. La regente Victoria Landa había ordenado que no me acercara a la luz de la cúpula. Yo estaba acostumbrada a obedecer. En el clan Pino de Plata, la gente como yo aprendía a pasar inadvertida.
Mi padre murió cuando yo era niña. Después, Victoria me dijo que mi loba era peligrosa y que debía tomar una medicina para controlarla. Desde entonces, mi aroma desapareció. También comenzaron los sueños: un huerto de manzanos al otro lado de un muro y una voz que me llamaba desde la nieve.
La medicina siempre me dejaba débil. Pero Victoria aseguraba que, si dejaba de tomarla, podía lastimar a alguien.
En el salón se reunían los líderes de los clanes para la vigilia anual. Junto al pilar oeste, un sirviente de uniforme gris cargaba una charola. Se llamaba Javier Mora, según la tarjeta que llevaba prendida al pecho. No tenía corona, escolta ni el aroma poderoso que hacía inclinarse a los demás alfas. Para los invitados, era un empleado más, destinado a desaparecer al terminar la ceremonia.
Yo no sabía quién era en realidad.
Una muchacha de cocina cruzó el salón con la lámpara ceremonial. El tacón se le atoró en la alfombra y la llama se inclinó hacia los estandartes. Nadie alcanzó a reaccionar. Yo corrí, sujeté la base caliente con las dos manos y, con el otro brazo, sostuve a la muchacha para que no cayera.
—Estás a salvo —le dije—. Respira conmigo.
La niña obedeció. La llama volvió a enderezarse.
La regente Victoria avanzó entre los invitados con una sonrisa fría.
—Te ordené quedarte atrás.
Bajé la mirada, pero no me disculpé. Cuando regresé la lámpara al altar, mi dije golpeó el borde plateado y se abrió una grieta. Algo pequeño y pálido cayó desde su interior, justo bajo la luz de la luna.
Durante un instante, sentí calor en el pecho. El sabor amargo de la medicina pareció desaparecer de mi piel. Un aroma que no reconocía llenó el aire: flores de manzano después de la lluvia, ropa tibia y nieve recién caída.
Javier dejó caer la charola. Una cuchara de plata golpeó el mármol.
En sus ojos apareció algo que no supe nombrar. Más tarde entendí que, bajo el disfraz de sirviente, se encontraba Julián Montemayor, el rey alfa desaparecido. Su loba había permanecido en silencio durante ocho años. Al sentir mi esencia, solo tuvo tiempo de reconocer una palabra: compañera.
Yo apenas alcancé a mirarlo antes de que Victoria me cubriera los hombros con una capa perfumada.
—Esta mujer interrumpió la vigilia —anunció—. Sáquenla.
Los guardias me llevaron por el corredor de servicio. Volteé una sola vez. Javier estaba inmóvil junto al pilar, mirándome como si la puerta que se cerraba entre nosotros hubiera abierto un abismo.
Victoria se acercó a su administrador y habló en voz baja. Él no podía oírla. Pero Javier sí.
—Envíen a Helen Gray en el transporte del norte. Debe cruzar la puerta oriental antes del amanecer. No puede quedar un solo registro de Hannah Reyes.
Yo no entendí por qué me llamaban con otro nombre. Tampoco sabía que, ocho años antes, alguien había alterado los archivos para hacerme desaparecer sin matarme.
Lo único que supe fue que los guardias me encerraron en un cuarto estrecho, detrás de la lavandería, y que el hombre disfrazado de sirviente había oído la orden.
Cuando escuché sus pasos acercarse al otro lado de la puerta, comprendí que esa noche no solo habían encontrado mi aroma.
Alguien acababa de descubrir que yo seguía viva.
PARTE 2
Julián dejó la charola y se mezcló entre los empleados que salían del salón. No podía correr ni llamar la atención: si Victoria sospechaba que el rey estaba disfrazado en su propio palacio, destruiría las pruebas que él llevaba semanas buscando.
Cuatro horas antes, un mensaje anónimo le había advertido que la esencia que perdió ocho años atrás seguía viva. También le señalaba el almacén de ropa número siete y le decía que, antes del amanecer, la mujer desaparecería.
Por eso se había cambiado el uniforme. Quería escuchar a los sirvientes sin que el poder real los obligara a callar. En los pasillos encontró rumores de medicinas sin etiqueta, sueldos retenidos y trabajadores enviados al norte sin explicación. Cerca de la lavandería había conocido a una joven de mangas remendadas, a quien todos llamaban Helen.
Ella le había explicado las reglas del palacio: no entrar por la escalera oeste después de medianoche, no cuestionar las órdenes de traslado y nunca beber nada de una botella sin etiqueta.
La última regla lo inquietó. Hannah llevaba un frasco de medicina prescrito por Victoria. Julián olió plata raíz en el líquido: una sustancia que, en pequeñas dosis, podía suprimir el aroma y debilitar la conexión con la loba. Hannah le confesó que, si dejaba de tomarla, le daba fiebre y escuchaba gruñidos en sueños. También le habló de los manzanos al otro lado de la muralla.
Él quiso detenerla, pero ella ya había bebido.
Ahora, siguiendo el rastro de una cesta de ropa recién movida, encontró una palanca oculta. Detrás de la pared se abrió un pasillo estrecho que terminaba en una puerta gris con el número siete.
—Aléjate de la puerta —dijo él.
—¿Javier? —respondí desde adentro.
Usó un código antiguo para abrirla. En cuanto entró, vio el cuarto donde yo había pasado años escondida: una cama angosta, una ventana clausurada y marcas a lápiz junto al ropero, midiendo mi estatura desde los dieciséis años. En la pared había dibujado manzanos con ramas que buscaban un cielo que nunca podía ver.
Yo miré el panel que se había movido.
—Doña Mercedes siempre me dijo que no tocara la tabla detrás del estante.
Javier levantó el estante y encontró un registro viejo. Mi nombre aparecía junto al cargo de ayudante temporal de archivo. Un capitán llamado Benjamín Cárdenas llegó con una orden de traslado: Helen Gray, habitación siete. La fecha de nacimiento y el número de empleada coincidían con los míos.
Después puso otro documento sobre la mesa.
Era mi acta de defunción, fechada ocho años atrás.
—Pero yo estoy viva —dije.
—Sí —respondió Benjamín—. Alguien necesitaba que el reino creyera lo contrario.
Doña Mercedes entró con un paquete de cartas que mi padre había escrito. Ninguna había llegado a mis manos. En ellas, él denunciaba que mis registros habían desaparecido y que alguien me estaba dando una medicina para ocultar mi identidad. En la última carta escribió que me mantendrían con vida, pero borrarían todos los caminos que pudieran llevar hasta mí.
Javier guardó silencio mientras yo leía. En ese momento comprendí que el sirviente que había seguido mi rastro sabía mucho más de lo que me había dicho.
Me fijé en el anillo negro que llevaba en la mano.
—Javier Mora no existe —dije.
Él se quitó el anillo. El aroma a cedro de invierno llenó el cuarto y la presión de su presencia hizo que los demás inclinaran la cabeza.
—No —admitió—. Soy Julián Montemayor, el rey.
Me dolió más la mentira que la corona.
—¿Te acercaste a mí porque tu loba me reconoció?
—Lo supe cuando volvió tu aroma —dijo—. Pero no tienes que aceptar ningún vínculo por eso.
Puso un sello real sobre la mesa. Me explicó que me daba paso seguro por cualquier puerta del reino. Podía marcharme esa misma noche, sin declarar y sin perdonarlo.
Miré el sello. Luego vi el libro médico junto a la mano de Benjamín. Había nombres de cocineras, costureras y trabajadores del establo. Varios presentaban síntomas parecidos a los míos. No sabía cuántos habían recibido esa medicina. Si me iba, la investigación seguiría, pero Victoria sería la primera en contarle al reino su versión.
Tomé el sello.
—Regresaré al Salón de la Luna con condiciones.
Julián aceptó todas: se quedaría a mi lado, no hablaría por mí y no revelaría el vínculo sin mi permiso. Yo no estaba obligada a confiar en él solo porque el destino hubiera reconocido nuestras esencias.
Antes de que pudiéramos salir, sonaron las campanas. Victoria había declarado una emergencia y ordenado sellar las escaleras. También mandó retirar los archivos.
Encontramos un pasadizo detrás del antiguo cuarto de ropa. Mientras avanzábamos, oímos a Victoria ordenar que quemaran cualquier documento con los nombres Helen Gray o Daniel Reyes. Mi padre había dejado copias bajo el altar de la capilla de servicio. Benjamín y doña Mercedes fueron a buscarlas; Julián y yo seguimos hacia el salón.
Cuatro guardias nos bloquearon la escalera. El comandante extendió una mano para detenerme. Julián dio un paso al frente, pero yo mostré el sello real y le pregunté por qué proteger al rey requería destruir documentos.
El comandante bajó el brazo.
—No vi pasar a nadie —dijo, apartándose.
Llegamos al Salón de la Luna mientras la música seguía sonando bajo la cúpula. Victoria esperaba junto al altar, anunciando a su hija, Camila, como candidata para ocupar el lugar de compañera del rey. Entonces la puerta oculta se abrió.
Entré con las cartas de mi padre apretadas contra el pecho. Julián caminó a mi lado, no delante de mí.
—Me llamo Hannah Reyes —dije—. Los registros me declararon muerta hace ocho años, aunque seguí viviendo en este palacio.
Victoria respondió que yo era una impostora. Pero ya no tenía una sola prueba que ocultar. Camila llevaba la orden de traslado y el sello falsificado. Benjamín y doña Mercedes trajeron las copias de los archivos. La doctora Margarita Ellis confirmó que el frasco contenía plata raíz en una dosis capaz de apagar el aroma de una loba.
Victoria no negó haber firmado las órdenes.
—Lo hice para proteger el reino —dijo—. Ella no tenía rango. No tenía lobo. No podía estar junto al rey.
Yo había esperado tanto tiempo para que alguien escuchara mi verdad que, cuando por fin llegó el momento, mi voz apenas tembló.
—No protegiste al reino. Lo protegiste de tener que escucharme.
Julián no reclamó la corona para cerrar el asunto. Admitió que todo había sucedido bajo su techo y pidió un tribunal independiente. Victoria fue apartada de su cargo mientras se investigaban las órdenes, los traslados y los nombres borrados.
Después me ofrecieron limpiar mi esencia con agua de luna. La doctora advirtió que podía dejarme débil y que mi loba quizá tardaría meses en recuperarse. Acepté. No para demostrar que pertenecía junto a Julián, sino para volver a sentir que mi cuerpo era mío.
Cuando bebí, el frío me llegó hasta los huesos. Me sostuve en pie sin que nadie me sujetara. Entonces, bajo la luz de la cúpula, volvió mi aroma: flores de manzano después de la lluvia. La conexión entre Julián y yo se hizo visible para todos, pero eso no cambió mi decisión.
—El vínculo puede revelar quién soy —dije—. No decide lo que le debo a nadie.
Julián asintió.
Al amanecer, mi nombre fue restaurado en el registro de personas vivas. Los traslados quedaron suspendidos y ordenaron revisar el expediente de cada trabajador que había recibido la medicina.
Salí por la puerta oriental con las cartas de mi padre y el sello real en el bolsillo. Más allá de los muros encontré el huerto que había dibujado durante años. Los manzanos estaban allí, cubiertos de flores pálidas.
Julián me esperaba a unos pasos, sin corona y sin uniforme.
—¿Puedo caminar contigo? —preguntó—. Como Julián.
No le respondí enseguida. Avancé sola por el sendero y, al llegar bajo las ramas, me detuve. Dejé un espacio libre a mi lado.
Él entendió. Se acercó sin tocarme y ajustó el paso al mío.
Durante ocho años usaron mi aroma como una prisión. Esa mañana, entre los manzanos, volvió a oler a libertad.