El Rey Alfa rechazó a su compañera destinada para elegir a otra como su Luna… pero cuando comprendió lo que había perdido, luchó desesperadamente por recuperarla. ¡Lo que hizo para ganar su perdón dejó a toda la manada sin palabras!
El Rey Alfa rechazó a su compañera destinada para elegir a otra como su Luna… pero cuando comprendió lo que había perdido, luchó desesperadamente por recuperarla. ¡Lo que hizo para ganar su perdón dejó a toda la manada sin palabras!

El rey me rechazó frente a cientos de lobos.
Yo llevaba un vestido blanco y un anillo de plata al cuello. Él eligió a otra mujer y, en ese instante, la llama sagrada sobre el trono se apagó.
Me llamo Olivia Herrera. La noche de la ceremonia, el Salón de la Luna olía a humo de cedro, cera caliente y flores machacadas. Los líderes de los clanes llenaban las gradas. Yo esperaba a diez pasos del trono, con los dedos tan apretados que ya no sentía las manos.
Cuando Ethan Montenegro entró, el vínculo entre nosotros despertó como un segundo corazón. Su loba reconoció la mía. Yo también sentí ese tirón profundo, esa certeza que llevábamos años intentando ignorar.
Pero junto al trono estaba Vanessa Reyes con una corona lunar entre las manos. Si Ethan la elegía, los clanes del oeste le ofrecerían soldados, grano y protección para las fronteras.
El anciano del consejo levantó su bastón.
—Majestad, nombre a la mujer que estará a su lado.
Ethan me miró. Yo no le exigí nada. Solo confié en que recordaría quiénes éramos antes de que una corona se interpusiera entre nosotros.
—Rechazo a Olivia Herrera como mi pareja.
El dolor me atravesó el pecho, pero no caí. Vanessa sería su Luna elegida. Yo desabroché la cadena de mi cuello y dejé el anillo de plata a sus pies.
—Tu reino puede quedarse con la Luna que eligió —dije—. Pero ya no tendrá a su verdadera pareja.
Me fui sin mirar atrás. Cuando las puertas se cerraron, la llama sagrada se volvió negra.
Afuera caía nieve. Caminé entre los pinos con la capa cerrada hasta la garganta, tratando de ignorar el hueco que la ruptura del vínculo había dejado bajo mis costillas. Entonces escuché un grito.
Una niña de unos siete años estaba atrapada junto a un arroyo congelado. Tres lobos hambrientos la rodeaban. Me puse entre ellos y la pequeña.
—Cuando te diga, corre.
Abrí la mano y dejé que el don que había escondido desde niña fluyera bajo mi piel. No era una orden ni una amenaza. Era calma. El lobo que lideraba el grupo dejó de mostrar los dientes. Cuando le toqué el pelaje, dejó de temblar y se internó en el bosque. Los otros lo siguieron.
La niña se llamaba Lily. Tenía un tobillo hinchado y los pies morados por el frío. La envolví en mi capa.
—Mi clan me dejó —me dijo.
—Ellos no deciden si vas a sobrevivir.
La llevé hasta Pino Hueco, un asentamiento pobre al borde del bosque. Allí nadie me preguntó mi rango. Una mujer mayor, Marta, recibió a Lily junto al fuego y le calentó las manos.
Me quedé con ellas.
En pocos días ayudé a organizar los alimentos, atendí a un joven omega atrapado a medio cambio y convertí un viejo ahumadero en refugio para los heridos. Por las noches, dormía junto a la cama de Lily. El dolor del vínculo seguía allí, pero ya no era lo único que llenaba mis días.
En el palacio, la coronación de Vanessa comenzó bajo una llama negra. Ethan suspendió la ceremonia. Dijo que no coronaría a nadie mientras el fuego sagrado siguiera apagado. Después ordenó que prepararan su caballo.
Cuando llegó a Pino Hueco, yo ya había levantado una cerca nueva.
—No vine a darte órdenes —dijo—. Vine a pedirte la oportunidad de reparar lo que rompí.
Antes de que pudiera responder, sonó el cuerno de alarma. Los habitantes corrieron a proteger a los niños y los heridos. Ethan se puso frente a la entrada mientras yo organizaba la evacuación.
Entonces vi sombras y antorchas entre los árboles. Los primeros atacantes habían llegado al otro lado de la cerca.
Y justo entonces, una flecha encendida se clavó en la madera.
PARTE 2
La resina prendió de inmediato. Las llamas treparon por la cerca y el humo se extendió sobre el asentamiento.
Ethan se colocó frente a la entrada. Yo corrí hacia las cabañas para sacar a los niños y a los heridos. Marta abrió el paso que conducía a unas cuevas bajo la ladera, y Lily ayudó a guiar a los más pequeños.
Los atacantes venían preparados. Llevaban escudos marcados con el lobo negro de los clanes rebeldes y puntas de plata en sus flechas. No querían tomar Pino Hueco. Querían que yo saliera.
Ethan defendió la entrada mientras los habitantes se refugiaban. Peleaba con una herida reciente en el costado, pero no abandonó el puesto. Yo apagué el fuego de una cabaña con mantas mojadas y ayudé a un guardia herido a llegar detrás de un abrevadero.
Entonces Vanessa apareció entre el humo.
A su lado, un hombre de armadura negra sujetaba a Lily por el brazo.
—Olivia, entrégate y dejaremos que la niña se vaya —gritó Vanessa.
Ethan bajó la espada.
Yo vi el miedo en los ojos de Lily y di un paso al frente. Él me detuvo, pero no me retuvo.
—Vinieron por mí —dijo—. No voy a elegir la corona otra vez.
El hombre soltó a Lily para ir hacia Ethan. La niña corrió hacia mí. Vanessa sacó un cuchillo de plata y se lanzó contra el rey.
El vínculo entre Ethan y yo, que creía muerto, se encendió de nuevo. La luz brotó de mis manos y cruzó la nieve hasta rodearlo. Los atacantes se detuvieron. La llama de la cerca cambió de color, del naranja furioso a un blanco brillante.
Ethan recuperó la fuerza suficiente para desarmar a Vanessa. Los rebeldes retrocedieron ante los habitantes de Pino Hueco, que ya habían salido de las cuevas con arcos, herramientas y antorchas. No éramos un ejército, pero tampoco éramos una presa indefensa.
—Querían que saliéramos antes del amanecer —dijo Ethan, mirando el cielo que comenzaba a aclarar—. El amanecer ya llegó.
Los rebeldes huyeron hacia los pinos. Vanessa fue desarmada y puesta bajo custodia. Ethan cayó de rodillas poco después. Una hoja de plata le había entrado por el costado.
Lo alcancé antes de que golpeara el suelo.
—Lleva a los demás a casa —me dijo, débilmente.
—Pino Hueco es mi casa —respondí—. Y no vas a morirte en la entrada.
Lo llevamos al refugio. Le extraje la hoja y usé mi don para contener el veneno plateado. El esfuerzo me dejó temblando, pero logré frenar el sangrado.
Cuando volvió a abrir los ojos, quiso sentarse. Lo empujé suavemente contra la cama.
—No estás curado.
—Es suficiente.
—No. Lo suficiente habría sido que me eligieras antes de que tuviera que irme.
Ethan no intentó defenderse. Me dijo que había escogido soldados, grano y un pacto político porque temía no poder proteger su reino. No quería que yo cargara con su error.
—No me hagas responsable de la debilidad de tu trono —le dije.
—No lo eres. Yo sí.
Puse una hoja de papel sobre la mesa. Si de verdad había venido a devolverme la elección, tendría que demostrarlo. Le pedí que ningún consejo volviera a escoger a una Luna por conveniencia política; que cada omega pudiera aceptar o rechazar un vínculo sin castigo; y que Pino Hueco fuera reconocido como tierra protegida, con alimentos, medicina y representación en el consejo.
Ethan leyó cada condición y firmó.
—Cuando regrese a Blackwood, esto se convertirá en ley.
—Puedes regresar solo —le aclaré.
Antes de que contestara, algo golpeó la puerta. Una flecha negra quedó clavada en la madera. Atada a ella había una tira roja con un mensaje: Entréguennos a Olivia antes del amanecer o Pino Hueco caerá.
Ethan tomó su espada.
—Tendrán que pasar por mí.
La segunda embestida llegó antes de que amaneciera por completo. Esta vez logramos llevar a los niños y a los heridos a las cuevas. Ethan sostuvo la entrada mientras los demás cerraban el paso. Yo regresé a ayudarlo.
Entre el humo apareció el mismo hombre que había tomado a Lily. Vanessa seguía junto a él, libre de las ataduras, con un cuchillo en la mano.
—¡Baja la espada! —gritó el rebelde—. Si no, la niña paga por esto.
Ethan dejó caer su arma sobre la nieve y caminó hacia ellos con las manos vacías.
—Llévame a mí.
El hombre soltó a Lily. La niña corrió hasta que la alcancé. Vanessa levantó el cuchillo de plata y se lanzó contra Ethan.
El brillo del vínculo me atravesó. La luz blanca que había aparecido antes volvió con más fuerza. Ethan atrapó la muñeca de Vanessa y la desarmó mientras los demás atacantes se retiraban. Los habitantes de Pino Hueco salieron de las cuevas y se colocaron a nuestro lado.
Los invasores huyeron entre los pinos. Vanessa fue arrestada y llevada al palacio para enfrentar un juicio. Nadie celebró mientras hubiera gente herida, pero esa mañana Pino Hueco seguía en pie.
Tres días después, viajé con Ethan a Blackwood. No fui sola: Marta, Lily y varias familias de Pino Hueco entraron conmigo por las puertas del palacio.
En el salón, Ethan reconoció ante el consejo que había rechazado a su verdadera pareja para asegurar una alianza. No pidió que lo perdonaran ni intentó justificarlo como una decisión necesaria. Colocó sobre el altar el documento que había firmado en el refugio.
—Ningún consejo volverá a elegir una Luna. Ningún omega será castigado por rechazar un vínculo. Pino Hueco será tierra protegida y tendrá voz en este consejo.
Un anciano protestó que esas leyes no podían cambiarse por una sola mujer.
Ethan dejó el sello real sobre el altar.
—Entonces gobernará otro rey.
El salón quedó en silencio. Los demás consejeros firmaron después de él. Vanessa perdió su título y fue juzgada por su participación en el ataque. Las pruebas demostraron que había pactado con los rebeldes para obligar a Ethan a escogerla y eliminar a quienes cuestionaran su futuro como Luna.
Ethan no me ofreció una corona. Me entregó una llave antigua que abría las puertas del palacio.
—También abre la salida —dijo—. No tienes que quedarte.
Le pedí que abriera las puertas para todos los que habían llegado conmigo. Él lo hizo. Desde ese día, Pino Hueco tendría tierra, protección y un lugar en el consejo.
Pasaron varias semanas antes de que pudiera volver a mirarlo sin sentir la herida del rechazo. Ethan no me pidió que olvidara. Cumplió cada promesa y dejó de llamarme su Luna.
Una noche de primavera lo encontré bajo un roble. No llevaba corona ni armadura. Sostenía el anillo de plata que yo había dejado a sus pies.
—No puedo volver a ser la mujer que confió en ti antes —le dije.
—Entonces pasaré el tiempo que haga falta conociendo a la mujer que eres ahora.
Puse el anillo entre nuestras manos. El vínculo despertó, pero no me arrastró hacia él. Esperó.
Ethan no se movió hasta que yo cerré los dedos alrededor de los suyos.
—Regresaré a casa —le dije—. Pero la construiremos juntos.
Esta vez, cuando el rey me eligió, yo también pude elegirlo.