El agua subía y nadie sabía cómo sacar a los pacientes — Hasta que una enfermera pidió la radio
El agua subía y nadie sabía cómo sacar a los pacientes — Hasta que una enfermera pidió la radio

El agua entró al Hospital Memorial del Pacífico poco después de las dos de la mañana.
Primero fue una lámina delgada bajo las puertas del estacionamiento. Luego cubrió los tobillos. Y cuando un transformador estalló en el nivel inferior, el hospital quedó a oscuras.
Yo llevaba diecinueve años trabajando de noche en urgencias. Esa madrugada, cuando las luces parpadearon, supe que el problema no iba a arreglarse con un anuncio por altavoz.
Tenía cuarenta y cuatro años y conocía el hospital como se conoce una casa después de vivir mucho tiempo en ella: no solo los pasillos principales, también las escaleras de servicio, los corredores olvidados y las puertas que casi nadie usaba. Aun así, cuando la energía principal falló, lo que más me preocupó fue la gente que estaba dentro.
El director administrativo, Enrique Ward, tenía abierto el manual de evacuación sobre el mostrador. Había sido aprobado dos años antes y descansaba en un estante de su oficina, ordenado y completo. Pero dependía de tres cosas que esa noche ya no existían: electricidad estable, elevadores y una salida despejada.
El generador principal se inundó en un cuarto del sótano y se apagó. El sistema secundario mantuvo encendidos algunos equipos críticos, pero no podía alimentar todo el edificio. El acceso a ambulancias por la calle principal estaba anegado, y los elevadores dejaron de funcionar.
En el cuarto piso, yo terminaba de ajustar el suero de una paciente cuando las luces bajaron de intensidad. Revisé el monitor, confirmé que la mujer seguía estable y caminé a la estación de enfermería.
Encontré a dos residentes picando el botón de un elevador apagado. Una terapeuta respiratoria empujaba a mano un concentrador portátil y murmuraba que no sabía cómo bajar por las escaleras a un paciente que pesaba más de ciento treinta kilos.
El altavoz anunció que había una falla en las instalaciones y pidió esperar instrucciones.
No dijo qué hacer.
Encontré a Enrique doce minutos después, iluminando el manual con una lámpara de mano.
—¿A qué altura está el agua en el estacionamiento? —le pregunté.
—Más de un metro y sigue subiendo. La entrada de ambulancias tampoco sirve. Protección Civil está mandando las unidades a la entrada sur.
—¿Qué dice el plan sobre el helipuerto?
Pasó varias páginas hasta llegar a un diagrama.
—Que bajemos a los pacientes en elevador.
—Los elevadores están fuera de servicio.
—El plan no contempla eso.
—Entonces no vamos a usar el plan. Vamos a usar el hospital.
Tomé el radio que normalmente usábamos para comunicarnos entre pisos.
—Todas las áreas, habla Clara Duarte desde la estación central. Necesito, en cinco minutos, el número de pacientes por piso. Sepárenlos entre quienes pueden caminar, quienes necesitan ayuda y quienes dependen de equipo con batería limitada. Reporten por piso, no por departamento.
Al principio solo escuché estática. Luego respondió la encargada del cuarto piso. Después llegaron los reportes del quinto y del tercero.
En menos de tres minutos tuve una imagen que el manual no ofrecía: 211 pacientes en cinco niveles; cuarenta que no podían bajar por su cuenta y once conectados a equipos que no resistirían mucho tiempo sin energía.
Enrique observó los números. Tenía el trabajo de dirigir el hospital, pero aquella noche el manual no le decía qué hacer y todos miraban el radio que yo sostenía.
—¿Qué necesitas de mí? —preguntó.
—Que hables con Bomberos y con Protección Civil. Diles cuántos equipos de traslado necesitamos y qué pacientes tienen prioridad. Van a escuchar antes al director que a una enfermera a la que no conocen por radio.
No se opuso. Se apartó para hacer las llamadas mientras yo organizaba a los equipos. Nos quedaban dos rutas posibles: la entrada sur, estrecha y lenta, y una escalera secundaria que desembocaba en el techo bajo del ala de rehabilitación.
Ese techo no aparecía en el plan de evacuación. Tampoco tenía señal de helipuerto. Pero era plano, estaba separado de las torres altas y se podía alcanzar sin elevador. Pedí que Bomberos revisara el acceso mientras confirmaba con mantenimiento que la estructura del ala no presentaba daños.
Durante cuarenta minutos, enfermeras, camilleros y bomberos bajaron pacientes por turnos. Dejamos libre un corredor del tercer piso porque era el único suficientemente ancho para mover una cama sin desarmarla. Reemplazamos tanques de oxígeno en puntos acordados y enviamos a los pacientes que podían caminar a una zona elevada, cerca de la salida sur.
Entonces empezó la parte más difícil: seis pacientes del cuarto piso necesitaban ventilación. No podían bajar cuatro tramos de escaleras sin riesgos, y sus equipos dependían de la batería.
La escalera que debía llevarnos al techo quedó bloqueada.
Un bombero empujó la puerta dos veces, pero la humedad y la presión del agua la habían atorado. Por el radio escuché que no se movía. Volví a mirar los monitores portátiles. Las baterías seguían funcionando, pero el tiempo se nos estaba acabando.
Parte 2
—Repito: la escalera este está bloqueada —dijo el bombero—. No podemos sacar a los pacientes por aquí.
Me quedé quieta unos segundos, mirando el plano plastificado que había encontrado en mantenimiento. La otra salida principal estaba anegada. El elevador no funcionaba. La escalera atorada no iba a abrirse a fuerza de insistir.
—Negativo. No sigan intentando esa puerta —respondí por el radio—. Pasen por el puente de conexión a la torre norte. Detrás del antiguo archivo hay una escalera de servicio que llega al techo de ese edificio.
—Esa escalera está cerrada desde hace años —contestó alguien.
—Está cerrada desde el lado del archivo, no desde el puente. Voy para allá.
No era una ruta cómoda. La escalera era angosta y nadie la usaba desde una remodelación. Pero era transitable y terminaba en una sección de techo que podía revisarse desde arriba. Antes de mover a los pacientes, pedí a Bomberos que confirmara la ruta y a mantenimiento que verificara que no hubiera daños estructurales.
La respuesta llegó enseguida: acceso posible, techo estable.
Los equipos empezaron a trasladar al primer paciente en una camilla ligera. Una enfermera y un bombero avanzaban delante; otros dos sostenían el equipo respiratorio y vigilaban que los cables no se atoraran en las esquinas. Yo coordinaba desde el radio, contando pacientes y confirmando cada relevo.
El ruido de la lluvia golpeaba las ventanas. En algunos tramos, solo teníamos lámparas de batería. El pasillo se volvió una cadena de voces breves: “Listo”, “Recibido”, “Sigue el siguiente”.
Cuando el primer paciente llegó al techo, un helicóptero de evacuación médica ya se aproximaba. Su reflector barrió la superficie mojada. El piloto pidió confirmación de las condiciones antes de acercarse.
Tomé el radio que sostenía un bombero.
—Unidad médica, el área está despejada y Bomberos confirmó el acceso. Tenemos seis pacientes para traslado, tres con ventilación continua. Confirmen su secuencia de carga.
El piloto respondió con instrucciones para recibirlos uno por uno. No improvisamos a ciegas: seguimos las indicaciones de la tripulación y las del equipo médico que esperaba en el techo.
El primer paciente salió. Luego el segundo. El tercero necesitó que ajustáramos el paso por la escalera para proteger el equipo y mantenerlo conectado. Para entonces, yo llevaba horas contando camas, pacientes y minutos de batería.
Los seis llegaron a salvo al helicóptero. La aeronave despegó rumbo al centro de trauma regional, que tenía energía y acceso despejado.
Cuando el piloto volvió a hablar por radio, su tono ya no era tan distante.
—Quien esté coordinando desde tierra: el orden de traslado fue impecable. ¿Me confirma su nombre para el registro?
—Clara Duarte.
Hubo una pausa.
—¿Clara Duarte? Soy Noé Reyes. Volé desde la base de evacuación de Xalapa. ¿Tú coordinabas las rutas durante los incendios de la Sierra hace ocho años?
Miré la lluvia alejándose por el techo.
—Esa era otra vida, capitán.
—Me da gusto volver a escuchar tu voz —dijo.
El radio quedó en silencio mientras el helicóptero se alejaba.
Para las siete de la mañana, los 211 pacientes estaban contabilizados. Algunos habían sido llevados a hospitales cercanos por la entrada sur. Otros esperaban en una zona segura del segundo piso. Los pacientes más delicados habían salido por aire.
Nadie se perdió en la confusión. Ningún equipo dejó de funcionar sin que hubiera una alternativa preparada.
La tormenta había puesto en evidencia todo lo que el manual daba por hecho: que habría electricidad, elevadores y rutas abiertas. El documento estaba bien escrito, pero no podía conocer cada puerta que se atascaría, cada pasillo que dejaría de servir ni cada minuto que le quedaba a una batería.
Una persona tenía que mirar el edificio tal como estaba esa noche.
Enrique Ward no intentó adjudicarse el trabajo. La semana siguiente se sentó conmigo durante varias tardes para rehacer el plan de evacuación. Esta vez recorrimos las rutas físicamente. Revisamos las escaleras de servicio, los accesos alternos, los límites de la planta de emergencia y los puntos donde podíamos reunir a los pacientes.
Mi nombre apareció en la lista de quienes ayudaron a redactarlo. No hubo ceremonia. Protección Civil envió una carta de reconocimiento que leí una vez y guardé en un cajón.
Lo que me importaba no era recibir una felicitación. Era que las familias pudieran volver a ver a sus seres queridos.
Meses después, una enfermera recién contratada me preguntó si era cierto que antes había trabajado en helicópteros.
—Coordinaba traslados médicos —le dije—. Ayudaba a mover personas de un lugar peligroso a uno seguro.
—¿Y por eso supiste qué hacer?
Lo pensé un momento.
—Por eso conocía algunas rutas. Pero esa noche también escuché a quienes estaban en cada piso y pedí que revisaran lo que yo no podía ver.
Ella asintió, como si esperara una respuesta más impresionante. Yo volví a mis pendientes.
No siempre se salva a alguien con una maniobra dramática. A veces se hace con una radio, un mapa incompleto y la calma suficiente para preguntar qué está pasando en realidad.
Esa madrugada, el plan escrito dejó de servir. Pero 211 personas lograron salir porque el personal dejó de esperar que el papel resolviera la emergencia y empezó a trabajar con lo que todavía tenía frente a sus ojos.