Una Omega gastó sus últimas monedas para salvar a un Alpha… sin saber que era un rey
Una Omega gastó sus últimas monedas para salvar a un Alpha… sin saber que era un rey

Parte 1: Veinte años por su libertad
Solo me quedaban tres monedas de cobre.
Las guardaba en el bolsillo de mi vestido gastado mientras caminaba por el mercado de Ashenvale, intentando ignorar el hambre. Me llamaba Kira y era una Omega sin manada, sin familia y sin más hogar que una habitación alquilada que apenas podía pagar.
Aquella tarde, la anciana Marta me ofreció un pastel de carne y me habló en voz baja.
—La manada Garra Roja celebrará una subasta clandestina en el almacén del puerto. Dicen que capturaron a alguien importante de los territorios del norte.
Todos conocíamos las historias sobre aquella región: un reino destruido por una maldición, una guerra civil y un Rey Alpha desaparecido.
Debí regresar a mi habitación. En cambio, cuando cayó la noche, seguí una extraña llamada hasta los muelles.
El almacén estaba lleno de traficantes, nobles corruptos y compradores encapuchados. Sobre una plataforma había jaulas con lobos encadenados, jóvenes Omegas y objetos robados. Sentí náuseas, pero continué avanzando.
Entonces los guardias empujaron la última jaula.
Cuando retiraron la lona, toda la sala quedó en silencio.
Dentro había un hombre alto y musculoso, cubierto de heridas. Cadenas de plata marcadas con runas rodeaban sus muñecas y su cuello. El acónito quemaba su piel, impidiendo que sanara o utilizara la fuerza de su lobo.
A pesar de los golpes, conservaba una presencia imponente. Su cabello oscuro caía sobre el rostro y sus ojos eran de un color plateado imposible.
Ojos de sangre real.
—Nuestra pieza más valiosa —anunció el subastador—. Procede del reino caído del norte. Tal vez sea incluso el Rey Alpha desaparecido, aunque no ofrecemos garantías.
El prisionero recorrió al público con desprecio.
Después me miró.
El vínculo golpeó mi pecho como un trueno. Su aroma a pino y escarcha inundó mis sentidos, y mi loba pronunció una palabra que cambió mi vida:
Compañero.
Él también lo sintió. Sus ojos se abrieron y, por debajo del dolor, apareció una advertencia. No quería que interviniera.
—La puja comienza en tres monedas de oro.
Un Alpha levantó la mano.
—Cinco.
—Diez —ofreció otro.
Las cantidades continuaron aumentando. Veinte monedas. Cincuenta. Cien.
Apreté mis tres cobres. No servían para comprar ni un trozo de aquellas cadenas, pero no podía permitir que se llevaran al hombre que el destino había unido a mí.
—¡Tres monedas de cobre! —grité.
La sala estalló en carcajadas.
—Pequeña Omega —se burló el subastador—, la oferta supera las cien monedas de oro.
Avancé hasta la plataforma.
—Entregaré mis tres monedas y trabajaré para quien lo libere. Diez años.
Nadie respondió.
—Veinte años —añadí—. Entrego veinte años de mi vida por su libertad.
Las risas desaparecieron.
Un hombre elegantemente vestido salió de la multitud. Su aroma revelaba que pertenecía a Garra Roja.
—Eso significa convertirte en propiedad de nuestra manada —dijo—. Trabajarás donde te ordenemos y cualquier intento de escapar romperá el acuerdo. ¿Estás dispuesta a pagar ese precio por un desconocido?
Miré al cautivo. Él negó lentamente, rogándome en silencio que no destruyera mi vida por salvar la suya.
Pero ya no era un desconocido.
Coloqué las tres monedas sobre la mesa.
—Acepto.
El hombre sonrió, tomó las monedas y extendió la mano hacia el subastador.
—Liberen al prisionero. La deuda de la Omega me pertenece.
Las cadenas de la jaula se abrieron.
Y mientras los guardias arrastraban al Rey Alpha hacia mí, comprendí que acababa de comprar su libertad entregando la mía.
Parte 2: El rey encadenado
El prisionero cayó contra mí al abandonar la jaula. Apenas podía mantenerse en pie, pero reunió fuerzas para apartarse.
—No deberías haberlo hecho.
—No podía dejarte allí.
—Has entregado veinte años por alguien que no conoces.
—Sé que eres mi compañero.
Su respiración se detuvo. El vínculo había despertado también dentro de él, pero intentaba resistirse.
—Me llamo Theron —dijo finalmente—. Y no tienes idea de lo que acabas de traer a tu hogar.
Lo ayudé a llegar hasta mi pequeña habitación. No había espacio para dos personas, pero era el único refugio que podía ofrecerle.
Intenté quitarle las cadenas. Las runas me quemaron las manos.
—Solo quien conoce el encantamiento puede abrirlas —explicó—. Por ahora tendrás que dejarlas.
Limpié sus heridas con agua y un paño viejo. Cada marca mostraba los abusos que había soportado. Sin embargo, Theron continuaba observando puertas y ventanas como un guerrero preparado para otro ataque.
—¿Eres realmente el Rey Alpha del norte?
—Ese reino murió.
No respondió directamente, pero su forma de hablar, la autoridad de su mirada y sus ojos plateados confirmaban lo que intentaba ocultar.
—Descansa —le pedí—. Mañana debo comenzar a trabajar para Garra Roja.
—No permitiré que pagues esa deuda.
—El trato ya está hecho.
—Entonces encontraré la manera de liberarte.
A la mañana siguiente me presenté en el territorio de Garra Roja. Me asignaron a un almacén donde debía registrar joyas robadas, armas encantadas y documentos pertenecientes a familias desaparecidas.
Vera, la supervisora, me interrogó sobre Theron.
—¿Dónde guardas tu compra?
—En un lugar seguro.
—La manada quiere comprobar que no sea más valioso de lo que pensamos.
—Mi servicio fue el precio acordado. No tienen derecho a tocarlo.
Mi desafío despertó sospechas.
Cuando regresé a mi habitación, encontré la puerta abierta.
Theron estaba cubierto de sangre. Dos atacantes de Garra Roja yacían a sus pies. Las cadenas seguían rodeando sus brazos, pero una fuerza feroz había despertado dentro de él.
Sus ojos ya no eran plateados.
Brillaban como oro fundido.
—Vinieron por mí —dijo—. Y ahora enviarán más.
La maldición estaba transformándolo.
Esperamos hasta la oscuridad y escapamos por una ventana. Nos refugiamos en un templo abandonado fuera de la ciudad, pero la condición de Theron empeoraba.
—No te acerques —me advirtió—. Apenas puedo controlar a mi lobo.
—Cuéntame la verdad.
Theron apoyó la espalda contra una columna rota.
Su tío Marius había deseado el trono y buscó la ayuda de una hechicera llamada Morgatha. Para alimentar el hechizo, sacrificaron a un niño y maldijeron toda la sangre real. Los miembros de la familia de Theron comenzaron a perder la humanidad hasta convertirse en bestias.
Su padre murió. El palacio cayó y el reino se dividió. Theron sobrevivió, pero pasó años buscando una cura antes de ser capturado.
—Existe una manera de romperla —confesó—. Un compañero debe entregar voluntariamente su vida por amor.
—Entonces encontraremos otra solución.
—Todos los sanadores dijeron que no existe.
—Todavía no me conocían.
En los rumores del mercado había escuchado hablar de Elyra, una bruja que vivía en el corazón del Bosque de Espinas. Era hermana de Morgatha, aunque se había opuesto a su magia.
Theron quiso impedir que lo acompañara.
—Si pierdo el control, podría matarte.
—Entonces deberás confiar en que el vínculo es más fuerte que la maldición.
Atravesamos el bosque mientras raíces y espinos alteraban los caminos. Theron se volvía más salvaje con cada paso, pero jamás permitió que su lobo me atacara.
Cuando encontramos a Elyra, ella nos esperaba junto a un altar de piedra.
—Un rey maldito y una Omega dispuesta a morir por él —dijo—. Mi hermana estaría encantada.
—¿Puedes salvarlo?
La bruja examinó el vínculo que nos unía.
—Tu linaje posee resistencia al acónito —me reveló—. Una antepasada tuya trabajó con esa planta hasta que su sangre desarrolló inmunidad.
La maldición actuaba como un veneno alimentado por el poder de Theron. Elyra creía que yo podía extraerla mediante nuestro vínculo y neutralizarla dentro de mi cuerpo.
—También podría matarte —advirtió.
Theron rechazó el plan.
—No cambiaré mi vida por la suya.
Tomé su rostro entre mis manos.
—Tú no me pediste que entrara en aquella subasta. Yo te elegí. Ahora déjame terminar lo que comencé.
La maldición avanzaba rápidamente y ya no quedaba tiempo.
Nos acostamos juntos sobre el altar mientras Elyra dibujaba símbolos alrededor de nosotros. Cuando golpeó el suelo con su bastón, el dolor atravesó mi cuerpo.
Una oscuridad ardiente pasó de Theron hacia mí. Vi los recuerdos de su familia, el reino incendiado y la risa de Morgatha mientras todo se derrumbaba.
Mi resistencia comenzó a fallar.
—¡Kira, lucha! —gritó Theron—. ¡No me abandones!
Sentí que la vida se escapaba, pero entonces el vínculo se abrió en ambas direcciones. Theron dejó de ser alguien a quien yo intentaba salvar. Me entregó su fuerza y comenzó a luchar conmigo.
Su poder y mi resistencia se unieron.
La oscuridad se quebró.
Desperté en una cama con Theron sentado a mi lado. Sus cadenas habían perdido la magia y yacían abiertas en el suelo.
Sus ojos volvían a ser plateados.
—Funcionó —murmuré.
Theron me abrazó, riendo y llorando al mismo tiempo.
—Nunca vuelvas a arriesgarte así.
—No puedo prometerlo.
Elyra nos reveló que muchos soldados fieles permanecían escondidos, esperando el regreso del rey. También sabía dónde encontrar a Aldrich, antiguo general de Theron, y a Sarah, prima del monarca.
Los refugiados comenzaron a reunirse.
Cuando Aldrich vio a Theron, cayó de rodillas.
—Mi rey. Creímos que había muerto.
—Estuve perdido —respondió Theron—. Pero ella me encontró.
Me presentó como su compañera. El general inclinó la cabeza ante mí.
—La Omega que salvó al rey merece nuestro respeto.
Sarah llegó acompañada de otros rebeldes. Había sobrevivido organizando una resistencia contra Marius. Juntos formamos un ejército, aunque Theron todavía tenía un enemigo detrás: Garra Roja.
Propuse negociar.
Regresamos al territorio de la manada y ofrecimos convertir sus negocios clandestinos en rutas comerciales legítimas cuando Theron recuperara el norte. A cambio, borrarían mi deuda y apoyarían nuestra causa.
El líder aceptó. Había comprendido que la alianza podía producir más oro que veinte años de mi trabajo.
Marchamos hacia el norte.
A medida que avanzábamos, cientos de lobos abandonaban sus escondites y se unían al rey. Familias enteras salían a los caminos para contemplar al heredero que creían muerto.
El ejército de Marius nos esperaba frente al palacio.
—¿Regresaste para morir como tu padre? —se burló el usurpador.
—Regresé para recuperar lo que robaste.
La batalla comenzó.
Theron luchó en el centro del campo con todo el poder que la maldición había mantenido prisionero. Sarah y yo descubrimos a un grupo que intentaba rodear nuestras líneas y atacar los suministros. Conseguimos detenerlo antes de que destruyera la retaguardia.
En el corazón del combate, Theron enfrentó a su tío.
Marius había robado el trono mediante traición y magia, pero ahora combatía contra un rey libre de la maldición.
El usurpador cayó.
Sus soldados se rindieron y las puertas del palacio se abrieron. Los refugiados regresaron a su hogar después de años de exilio.
La coronación se celebró en el salón del trono parcialmente destruido. Elyra colocó sobre la cabeza de Theron una corona de plata marcada con antiguas runas.
Después, para sorpresa de todos, el rey se arrodilló ante mí.
—Kira, me salvaste, me curaste y luchaste a mi lado. ¿Aceptarás gobernar este reino conmigo?
Las lágrimas nublaron mi visión.
—Sí.
Elyra colocó una segunda corona, más delicada, sobre mi cabeza.
La Omega que había llegado a una subasta con tres monedas de cobre fue proclamada Reina del Norte.
Theron cumplió su promesa. Restauramos las ciudades, abrimos las rutas comerciales y ayudamos a regresar a las familias que habían huido durante la guerra.
Garra Roja terminó convirtiéndose en uno de nuestros aliados más rentables. La antigua deuda de veinte años fue destruida y sus subastas clandestinas desaparecieron.
Años después, observaba desde el balcón un reino reconstruido mientras Theron rodeaba con sus brazos mi vientre embarazado.
—¿Alguna vez te arrepientes? —preguntó—. Gastaste todo cuanto poseías en un rey roto.
Me volví hacia él.
—Fueron las mejores tres monedas que he gastado.
—Tú me diste una razón para vivir.
—Nos salvamos mutuamente.
Theron me besó y juntos regresamos al salón donde nos esperaba el consejo.
La gente decía que el amor había roto la maldición y recuperado el reino. Pero todo había comenzado mucho antes del ritual y de la batalla.
Comenzó cuando una Omega hambrienta vio a un desconocido encadenado y decidió que su vida valía más que tres monedas.
Yo había entrado en aquella subasta sin hogar, sin poder y sin esperanza.
Salí de allí con una deuda de veinte años.
También salí con un compañero, un futuro y un reino que algún día me llamaría reina.