Una loba embarazada tocó la puerta de una omega pidiendo ayuda… y lo que pasó cambió todo
Una loba embarazada tocó la puerta de una omega pidiendo ayuda… y lo que pasó cambió todo

PARTE 1
Había sangre en mis manos y dos recién nacidos lloraban contra mi pecho cuando el Rey Alfa cruzó la puerta de mi cabaña.
Sus ojos dorados se clavaron primero en los bebés.
Después miraron el cadáver de la mujer tendida sobre mi cama.
Y finalmente se detuvieron en mí.
En ese instante comprendí que la tormenta que rugía afuera era el menor de mis problemas.
Todo había comenzado cuando alguien golpeó mi puerta en mitad de la noche.
Yo llevaba años viviendo sola en una pequeña cabaña escondida cerca del territorio neutral. No tenía manada, familia ni marca. Y así lo prefería.
Hasta aquella noche.
Abrí la puerta y una mujer cayó prácticamente sobre mis pies.
Estaba embarazada.
Su vestido estaba empapado y manchado de sangre. Su cabello rubio se pegaba a su rostro mientras sus ojos grises me miraban aterrorizados.
—Por favor… ayúdame.
No pregunté quién era.
La llevé hasta mi cama y cerré la puerta.
—Están viniendo —susurró mientras apretaba mi muñeca—. No dejes que encuentren a mis hijos.
Sentí un escalofrío.
—Aquí estás segura.
Era mentira.
Podía olerlo en el bosque.
Un Alfa poderoso se acercaba.
Pero las contracciones comenzaron antes de que pudiera hacer nada.
No era sanadora, aunque mis años de soledad me habían enseñado suficiente para entender que aquella mujer estaba muriendo. Herví agua, preparé hierbas y traté desesperadamente de detener la hemorragia.
El primer bebé nació llorando con una fuerza sorprendente.
El segundo fue más pequeño y silencioso.
Los envolví en mantas y los puse contra mi pecho.
—Tus hijos están vivos —dije.
No hubo respuesta.
Miré hacia la cama.
La mujer tenía los ojos abiertos.
Pero ya no respiraba.
Me quedé inmóvil.
Dos vidas acababan de comenzar mientras otra terminaba frente a mí.
Entonces escuché pasos.
Pesados.
Lentos.
Acercándose.
La puerta se abrió.
El hombre que entró parecía demasiado grande para mi pequeña cabaña. Cabello oscuro, hombros anchos y unos ojos dorados imposibles de ignorar.
Lo reconocí inmediatamente.
Teron.
Rey Alfa de Baldris.
Miró a la mujer muerta.
Por primera vez, aquella expresión de piedra se quebró.
—Mirel…
Así descubrí su nombre.
Después miró a los bebés.
—Son mis hijos.
Los apreté instintivamente contra mí.
Teron volvió esos ojos dorados hacia mi rostro.
—¿Quién eres?
—Sera.
Le expliqué lo sucedido. Mirel había llegado sola. No me había explicado de quién huía. Solo había pedido que protegiera a sus bebés.
Teron guardó silencio.
Finalmente dijo:
—Vienes conmigo.
—No.
Sus ojos brillaron.
—No era una pregunta.
Horas después estaba entrando al palacio de Baldris con los dos recién nacidos en brazos.
Allí descubrí la verdad.
Mirel había sido la compañera destinada de Teron, pero él la había rechazado. Su familia, la poderosa casa Nordaven, culpaba al rey y ahora reclamaba derechos sobre los recién nacidos.
Pero había algo peor.
Los bebés rechazaban a todas las nodrizas.
Lloraban cuando alguien intentaba sostenerlos.
Conmigo, en cambio, guardaban silencio.
Teron decidió que permanecería junto a ellos.
Los llamamos Cael y Rian.
Poco a poco dejé de sentir que simplemente estaba cuidándolos.
Comencé a amarlos.
Y también empecé a descubrir que dentro del palacio había alguien observándome.
Baldrick.
El principal consejero de Teron.
Nunca confié en él.
Hasta que durante una reunión del consejo entendí por qué.
Baldrick me miró fijamente y sonrió.
—Esos ojos verdes… los recuerdo.
Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.
—Eres de Aeridel.
El salón quedó en silencio.
Aeridel.
Mi hogar.
Mi familia.
El clan acusado de traición y exterminado años atrás.
Yo había sobrevivido escondiéndome mientras todos los demás morían.
—Los Aeridel fueron traidores —dijo un consejero.
—¡No!
Mi voz resonó por todo el salón.
—Mi familia fue asesinada por una mentira.
Entonces Baldrick sonrió.
Y comprendí algo aterrador.
Él sabía demasiado.
Más tarde, Lisandra, una sirvienta veterana del palacio, confirmó mi peor sospecha.
—Baldrick fue quien presentó las pruebas contra Aeridel.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
Cartas.
Testimonios.
Órdenes.
Todo había pasado por sus manos.
Esa misma noche Teron vino a verme.
Le conté lo que sabía.
Él permaneció en silencio antes de decir:
—Entonces tenemos un problema mucho mayor de lo que imaginaba.
—¿Qué quieres decir?
Teron cerró la puerta.
Sus ojos dorados ya no mostraban desconfianza.
Mostraban miedo.
—He encontrado documentos antiguos relacionados con tu familia.
Mi corazón se detuvo.
Teron dejó un pergamino frente a mí.
Lo abrí.
Leí las primeras líneas.
Y mis manos comenzaron a temblar.
Porque aquellas palabras demostraban que mi familia jamás había traicionado al reino.
Pero eso no era lo peor.
Al final del documento aparecía el nombre del hombre que había ordenado fabricar todas las pruebas.
Baldrick.
Y debajo había otra orden.
Una mucho más reciente.
Eliminar a Mirel antes de que pueda convertirse en reina.
Levanté la mirada hacia Teron.
—Entonces Mirel no estaba huyendo de ti…
Teron palideció.
—No.
Miramos simultáneamente hacia la habitación donde dormían Cael y Rian.
Y comprendí la verdad antes de que él pudiera pronunciarla.
Baldrick había matado a mi familia. Había condenado a Mirel. Y ahora sus próximos objetivos eran los dos bebés que dormían bajo mi protección.
PARTE 2
—Los quiere muertos —susurré—. A Cael y Rian.
Teron no respondió inmediatamente.
No necesitaba hacerlo.
Durante años Baldrick había manipulado el reino desde las sombras. Había eliminado clanes que se oponían a sus ambiciones militares y convencido incluso a la familia real de que sus enemigos eran traidores.
Aeridel había sido uno de ellos.
Mirel había descubierto demasiado.
Por eso tenía que morir.
Teron decidió exponerlo durante el banquete que celebraría el primer mes de vida de los herederos. Todo el consejo estaría presente. Baldrick no podría silenciar a tantos testigos.
Aquella noche entré al gran salón con Cael y Rian protegidos por guardias.
Teron se levantó.
—Antes de continuar esta celebración, el consejo debe conocer cierta información.
Los documentos fueron colocados sobre la mesa.
Baldrick perdió la sonrisa.
Teron comenzó a leer.
Órdenes falsas.
Sobornos.
Pruebas fabricadas.
Nombres de familias destruidas.
Finalmente, Aeridel.
—¡Mentiras! —gritó Baldrick.
Entonces las luces se apagaron.
Escuché cristales romperse.
Gritos.
Acero desenvainándose.
Y después…
—¡Los herederos!
Corrí hacia las cunas.
Encontré a Cael llorando.
La otra estaba vacía.
—¡RIAN!
Cuando las luces de emergencia iluminaron el salón, vi a Baldrick junto a una puerta lateral.
Sostenía a Rian.
Una hoja brillaba peligrosamente cerca del pequeño cuello del bebé.
—Un paso más —advirtió— y el heredero muere.
Teron se quedó inmóvil.
Nunca había visto tanta furia contenida en un solo rostro.
—Dame a mi hijo.
Baldrick rio.
—Todo esto podría haberse evitado si hubieras aprendido a gobernar como tu padre.
Entonces me miró.
—Y tú deberías haber muerto con Aeridel.
Aquellas palabras eliminaron mi miedo.
Avancé.
—Sera —gruñó Teron.
Pero seguí caminando.
—Me quieres a mí —dije—. Rian no significa nada para ti.
Baldrick me observó.
—Finalmente entiendes.
Extendió una mano.
—Ven.
Di otro paso.
Después otro.
Rian lloraba.
Y cuando Baldrick giró ligeramente la cabeza para mirar a los guardias, me lancé sobre él.
Todo ocurrió en segundos.
Sentí dolor.
Escuché a Teron rugir.
Alguien me arrancó a Rian de los brazos justo antes de que yo golpeara el suelo.
Cuando abrí los ojos, Teron sostenía al bebé.
Vivo.
Baldrick estaba rodeado por soldados.
Creí que aquello había terminado.
Me equivocaba.
Durante la noche, sus aliados intentaron liberarlo y secuestrar nuevamente a los herederos. El palacio se convirtió en un campo de batalla, pero Teron y sus hombres consiguieron detenerlos.
Baldrick exigió un juicio.
Y allí apareció el testigo que destruyó definitivamente su imperio.
Merrick, archivista de Nordaven.
Había traído documentos que Mirel robó antes de escapar.
Registros de décadas de conspiraciones.
Órdenes para eliminar Aeridel.
Pruebas falsificadas.
Y finalmente, una orden firmada por Baldrick pocos días antes de la huida de Mirel:
“La Omega de Nordaven no puede convertirse en reina. Elimínenla discretamente.”
Baldrick cayó de rodillas.
Ya nadie podía salvarlo.
Fue condenado a muerte.
Al amanecer, su ejecución fue pública para que el reino conociera los crímenes del hombre al que durante años había considerado un servidor leal.
Pero la justicia no devolvió a mi familia.
Ni a Mirel.
Teron lo comprendió.
—Ahora reconstruimos —me dijo—. Un reino donde la verdad importe más que el poder.
Nuestra relación también cambió.
Lo que había comenzado con desconfianza se transformó lentamente en respeto.
Después en confianza.
Y finalmente en algo que ninguno de nosotros podía seguir negando.
Teron nunca volvió a intentar obligarme a aceptar una marca.
Esperó.
La decisión fue mía.
Y cuando finalmente acepté nuestro vínculo, no lo hice como una Omega sometiéndose a un Alfa.
Lo hice como Sera de Aeridel.
Una mujer eligiendo al hombre que amaba.
Cael y Rian crecieron conmigo como la única madre que habían conocido y con Teron aprendiendo cada día a ser padre antes que rey.
Nordaven aceptó la paz. Las tierras robadas por Baldrick fueron devueltas y Mirel recibió finalmente el honor que merecía.
Pensé que aquella era nuestra última sorpresa.
Hasta que Teron llegó una tarde sosteniendo un pergamino.
—Encontraron algo en los archivos de Baldrick.
Mi corazón volvió a tensarse.
—¿Qué?
Se sentó junto a mí.
—Sera… tu hermano Kiran sobrevivió.
Dejé de respirar.
Kiran había sido apenas un niño cuando Aeridel fue destruido.
Baldrick no lo había asesinado.
Lo había vendido como sirviente a comerciantes de las islas orientales, convencido de que un niño sin apellido jamás representaría una amenaza.
—Ya envié hombres a buscarlo —dijo Teron—. Lo traeremos a casa.
Lloré entre sus brazos.
Durante años había pensado que abrir aquella puerta durante la tormenta había destruido mi vida.
Estaba equivocada.
Aquella noche una mujer moribunda llegó hasta mí con dos bebés que necesitaban protección.
Yo creí que los estaba salvando a ellos.
Pero Cael y Rian también me salvaron a mí.
Me dieron una familia cuando había perdido la mía.
Me llevaron hasta la verdad que podía limpiar el nombre de Aeridel.
Y me enseñaron que pertenecer a alguien no siempre significa perder la libertad.
A veces significa encontrar finalmente un lugar al que quieres regresar.
Miré a Teron jugando con los gemelos mientras el sol descendía detrás de las torres de Baldris.
Mi antigua cabaña seguía existiendo en algún lugar del bosque.
Pero ya no la consideraba mi hogar.
Mi hogar estaba allí.
Con ellos.
Y mientras observaba a los dos pequeños herederos reír en brazos de su padre, pensé en Mirel y en la promesa silenciosa que le había hecho la noche de su muerte.
Protegería a sus hijos.
Solo que jamás imaginé que, al cumplir aquella promesa, terminaría encontrando la familia que creía haber perdido para siempre.