El aroma de la Omega oculta regresó solo 3 segundos… ¡Y el Rey Alfa descubrió que era su pareja destinada!

El aroma de la Omega oculta regresó solo 3 segundos… ¡Y el Rey Alfa descubrió que era su pareja destinada!

Durante ocho años, mi esencia desapareció.

Volvió por tres segundos bajo la luz de la luna.

Y el sirviente que llevaba una charola al otro lado del salón supo que yo era su compañera.

Me llamo Mara Ríos, aunque en el Palacio de la Luna todos me conocían como Elena Salas. Yo tenía dieciséis años cuando desaparecí de los registros. Ahora limpiaba, cargaba ropa y servía bebidas en un palacio que celebraba a los poderosos mientras escondía a quienes le estorbaban.

Mi madre murió cuando yo era niña. Mi padre también desapareció, y la manada donde crecí me enseñó que una omega sin loba debía agradecer cualquier techo, aunque el techo tuviera cerrojos.

La señora Victoria Ledesma, consejera de la corte, se encargó de darme uno. Desde hacía años me hacía tomar una medicina amarga. Decía que mi loba estaba enferma y que el tratamiento era por mi bien. Si una dosis se me pasaba, me daban fiebre, dolores en los huesos y sueños de árboles de manzana más allá de los muros del palacio.

La noche de la Vigilia Lunar, Victoria me ordenó quedarme detrás de una cortina de servicio, donde la luna no pudiera tocarme. Yo obedecía casi siempre. No porque creyera en ella, sino porque había aprendido que llamar la atención era peligroso.

Entonces una joven ayudante tropezó con la alfombra plateada. La lámpara ceremonial se inclinó hacia los estandartes. Nadie alcanzó a moverse.

Yo corrí.

Agarré la base caliente con las dos manos y sostuve la lámpara antes de que cayera. La ayudante temblaba.

—Mírame —le susurré—. Respira conmigo. Ya estás a salvo.

Cuando le devolví la lámpara al altar, el medallón que llevaba al cuello golpeó el borde de plata. La cubierta se abrió con una grieta y algo pequeño cayó de su interior.

La luz de la luna lo tocó.

El olor amargo de mi medicina desapareció. En su lugar sentí flores de manzano después de la lluvia, ropa tibia y aire limpio.

El salón cambió. No por el ruido de la gente, sino por el silencio repentino de un hombre junto a una columna.

Un sirviente joven sostenía una charola. Una cuchara cayó al piso.

Sus ojos encontraron los míos.

Durante tres segundos, algo despertó dentro de mi pecho. No era miedo ni dolor. Era como un segundo corazón que llevaba años esperando que alguien lo escuchara.

Después, el aroma se apagó.

Victoria apareció a mi lado y me cubrió con una capa perfumada.

—Esta sirvienta interrumpió la ceremonia —dijo, con una calma que me heló más que la noche—. Llévensela.

Dos guardias me sujetaron de los brazos. Alcancé a mirar al sirviente una vez más. Su rostro seguía quieto, pero sus ojos tenían el mismo desconcierto que yo sentía.

Él dejó la charola y se perdió entre los otros trabajadores.

Me llevaron a una habitación estrecha en el ala de lavandería. No me golpearon ni me explicaron nada. Me encerraron y se llevaron mi medicina.

Desde el otro lado de la puerta escuché a Victoria hablar con su mayordomo:

—Pónganla en el transporte del norte. Que cruce la puerta oriental antes del amanecer. No debe quedar ningún registro.

Yo sabía lo que significaba que alguien desapareciera por esa puerta. La gente enviada al norte no regresaba.

Esperé a que los pasos se alejaran. Entonces la cerradura hizo un clic.

La puerta se abrió y el sirviente de la charola apareció en el pasillo.

—¿James? —susurré. Así se había presentado en las cocinas.

—No hay tiempo —dijo—. ¿Puedes caminar?

—¿Por qué me ayudas?

Por un instante, su expresión cambió.

—Porque alguien está borrando tu vida. Y esta noche entendí que no puedo dejar que lo haga.

Me mostró una salida oculta detrás de la lavandería. Antes de cruzarla, vi que llevaba un anillo negro en la mano, y que una grieta lo partía por la mitad.

Entonces él me miró y dijo:

—Me llamo Julián. Y no soy un sirviente.

PARTE 2

No necesité que me dijera quién era. El capitán de la guardia apareció detrás de él, esperó su señal y bajó la cabeza.

Julián Valdés, rey de las manadas del norte, había entrado al palacio disfrazado para investigar la desaparición de medicamentos y el borrado de antiguos registros.

—¿También estabas investigándome a mí? —le pregunté.

—No sabía quién eras hasta que tu esencia volvió en el salón.

—Pero sabías más de lo que me dijiste.

No lo negó. Me condujo por un pasillo angosto hasta una puerta marcada con el número siete. Al abrirla, vi una cama estrecha, una ventana tapiada y líneas de lápiz en la pared que marcaban mi estatura año tras año.

En una esquina había dibujos de árboles de manzana. Yo los había hecho de memoria, sin saber por qué esas ramas aparecían una y otra vez en mis sueños.

Detrás de un panel suelto encontramos mi antiguo registro de trabajo. Mi nombre verdadero: Mara Ríos. A su lado, una orden decía que Elena Salas debía ser trasladada al norte. En otro documento aparecía una fecha de defunción, ocho años antes.

—Yo seguía viva —dije.

—Sí.

El capitán, Benjamín, trajo una caja con cartas que habían sido escondidas tras una repisa. Eran de mi padre. En la última, él advertía que la medicina contenía raíz de plata, una sustancia que apagaba el espíritu de un lobo. También había descubierto órdenes falsas firmadas desde la oficina de Victoria.

—Mi padre sabía que me estaban escondiendo.

Julián no intentó tocarme.

—Y yo debí encontrarte antes. No puedo borrar eso.

—No me pidas que confíe en ti porque eres el rey.

—No lo haré.

Sacó un sello real y lo dejó sobre la mesa.

—Puedes salir del palacio esta noche. Benjamín te acompañará a donde elijas. La investigación seguirá aunque te vayas. No le debes nada a la corte ni a mí.

Miré el sello. Luego vi el registro médico con los nombres de otros trabajadores que habían recibido la misma medicina. Si me iba, quizá Victoria borraría esos nombres también.

—Volveré al salón —dije—. Pero bajo mis condiciones. Te quedarás a mi lado, sin hablar por mí. No revelarás el vínculo delante de la corte a menos que yo decida hacerlo. Y no esperarás que te perdone solo porque nuestros lobos se reconocieron.

Julián asintió.

—De acuerdo.

No alcanzamos a salir. Las campanas dieron la alarma: Victoria había ordenado cerrar las escaleras y estaba enviando a sus ayudantes a destruir documentos.

Conocía los pasillos que la corte no veía. Había pasado ocho años transportando sábanas y medicinas por puertas ocultas. Guié al grupo hacia una escalera estrecha detrás de la despensa.

En el camino oímos a Victoria desde una habitación superior:

—Quemen todo lo que diga Mara Ríos o Elena Salas. El rey no debe encontrar nada.

Benjamín fue a buscar las copias que mi padre había escondido. Yo seguí con Julián hasta una puerta detrás del salón ceremonial. Unos guardias nos cerraron el paso.

—Hay órdenes de emergencia —dijo su comandante—. Nadie puede entrar.

Julián no se quitó el anillo negro, pero la grieta brilló bajo la lámpara. Por un instante, su aroma a cedro llenó el pasillo. El comandante lo miró con sospecha.

Yo di un paso al frente.

—Victoria dijo que el rey corría peligro. También ordenó quemar sus registros. Pregúntese por qué protegerlo exige destruir pruebas.

El comandante bajó la mano y se hizo a un lado.

Del otro lado de la puerta, la ceremonia seguía. La hija de Victoria, Carolina, estaba a punto de ser nombrada Luna del rey. Pero cuando vio los documentos que llevaba, dejó de sonreír.

—No sabía que Mara era su compañera —me dijo—. Pero sabía que la estaban enfermando y nunca pregunté por qué.

—Entonces di la verdad frente a todos.

Carolina abrió la puerta.

El salón entero volteó hacia mí. Salí del pasillo con las cartas de mi padre apretadas contra el pecho.

—Mi nombre es Mara Ríos —dije—. La corte declaró que estaba muerta mientras yo seguía viviendo aquí, detrás de una puerta cerrada.

Victoria fue la primera en responder.

—Es una sirvienta manipulada. Su palabra no tiene valor.

Julián se quitó el anillo. El aire se llenó de su presencia real y todos los líderes bajaron la cabeza. Él no ocupó el trono. Se colocó a mi lado.

Benjamín presentó la orden de traslado. Carolina entregó el sello falso. El sanador mostró el análisis de la raíz de plata y leyó los nombres de los empleados que también habían sido medicados.

Yo levanté la última carta de mi padre.

—Esto no fue un error de archivo. Alguien borró mi nombre para mantenerme débil y controlar lo que podía llegar a ser.

Victoria sostuvo la mirada, pero no tuvo respuesta.

Julián suspendió sus facultades y ordenó que la investigación quedara en manos de un tribunal independiente. La ceremonia se canceló. Ninguna sentencia se dictaría esa noche. Todas las personas afectadas podrían declarar sin pasar por la oficina de Victoria.

Al amanecer, Benjamín me devolvió mi nombre en el registro de la manada. También me entregó un pase real para salir por la puerta oriental.

No lo usé para huir.

Fui a un pequeño huerto protegido fuera del palacio. Los árboles de manzana estaban en flor. Por primera vez, reconocí el aroma de mis sueños. Mi loba seguía débil, pero ya no estaba dormida.

Julián se quedó a varios pasos, sin corona ni capa ceremonial.

—No me pidas que sane en una mañana —le dije.

—No lo haré.

—Ni que confíe en ti solo porque el destino nos señaló.

—Tampoco.

—¿Puedes caminar conmigo? Como Julián. No como rey.

Él esperó. Yo avancé sola por el sendero. Después de unos pasos, me detuve y dejé espacio a mi lado.

Julián se acercó sin tocarme.

Durante ocho años usaron mi aroma como una forma de ocultarme. Aquella mañana, bajo los manzanos, por fin olía a libertad.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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