Una doncella tímida saludó al padre del rey vampiro; su saludo, en un dialecto olvidado, lo dejó atónito.

Una doncella tímida saludó al padre del rey vampiro; su saludo, en un dialecto olvidado, lo dejó atónito.

Parte 1

Freya Hail nunca imaginó que un simple trabajo como criada cambiaría por completo el destino de su vida.

A sus 22 años, solo era una joven tímida de las Tierras Altas de Escocia, acostumbrada al silencio de las montañas, a la niebla cubriendo los caminos y a las antiguas historias que su abuela le contaba junto al fuego. Historias sobre palabras que nadie más recordaba, sobre tradiciones perdidas y sobre una lengua antigua que, según todos, había desaparecido hacía siglos.

Cuando aceptó el empleo en Veil Manor, pensó que sería una oportunidad para empezar de nuevo. El salario era demasiado bueno para rechazarlo y las instrucciones parecían simples: limpiar el estudio privado de Lord Valyrian Voss, organizar algunos documentos y jamás tocar la estantería del lado este.

Nada más.

Pero desde el primer momento sintió que aquella mansión escondía algo que no podía explicar.

Veil Manor no era una casa normal. Sus enormes arcos góticos, sus paredes cubiertas de hiedra y sus pasillos iluminados por luces doradas daban la sensación de que el lugar había estado esperando durante siglos a que alguien regresara.

Freya intentaba no hacer preguntas.

Ella solo era una criada.

Sin embargo, cada rincón parecía guardar recuerdos demasiado antiguos para pertenecer a una simple familia.

Durante una mañana de limpieza encontró un dibujo infantil escondido debajo del escritorio de Lord Valyrian. El papel estaba envejecido por el tiempo. En él aparecían dos figuras bajo la luna: una persona alta con cabello blanco y otra pequeña intentando tomar su mano.

Freya lo colocó cuidadosamente sobre la mesa.

No sabía por qué, pero sintió que aquel dibujo era importante.

Esa misma noche descubrió que alguien lo había guardado en un cajón.

Nadie dijo nada.

Pero después de ese día, comenzó a preguntarse qué tipo de dolor podía hacer que alguien escondiera incluso los recuerdos más pequeños.

Una mañana llegó unos minutos antes de lo habitual. Mientras acomodaba unos libros antiguos en el estudio, la puerta se abrió lentamente.

Lord Valyrian Voss apareció.

Era alto, de cabello blanco y con una presencia que parecía llenar toda la habitación. Sus ojos tenían una frialdad imposible de describir, como si hubieran visto demasiados siglos pasar frente a ellos.

Freya bajó la cabeza por respeto.

Y entonces ocurrió algo que ella misma no pudo explicar.

Desde algún lugar profundo de su memoria apareció la voz de su abuela. Una frase que había escuchado cientos de veces en su infancia.

Las palabras antiguas.

Las palabras que supuestamente nadie más conocía.

Sin pensarlo, Freya habló:

—Que la noche eterna proteja su amanecer, mi señor.

El silencio cayó sobre la habitación.

Lord Valyrian dejó de moverse.

Por primera vez en cientos de años, su expresión cambió.

Sus ojos se abrieron ligeramente y algo parecido al dolor apareció en su rostro.

No parecía un rey.

Parecía un hombre que acababa de escuchar la voz de alguien que había perdido hacía mucho tiempo.

—¿Tú…? —susurró—. ¿Dónde aprendiste eso?

Freya sintió un escalofrío recorrer su cuerpo.

No entendía qué había hecho.

Solo sabía que aquella frase había provocado una reacción imposible.

Lord Valyrian la observó durante unos segundos que parecieron eternos.

Luego su voz cambió.

Ya no sonaba poderosa.

Sonaba herida.

—Vete.

Freya salió del estudio sin discutir.

Pero mientras caminaba por el pasillo, no podía dejar de pensar en una cosa:

Un hombre que había vivido durante siglos acababa de tener miedo de una simple criada.

Lo que ella no sabía era que aquella frase no era solo un saludo.

Era una llave.

Y acababa de abrir una puerta que llevaba cuatrocientos años cerrada.

Parte 2

Durante los días siguientes, nadie habló sobre lo ocurrido.

La mansión continuó funcionando como siempre. La señora Crow seguía entregándole sus tareas con la misma seriedad, los pasillos seguían iluminados por aquellas luces doradas y Lord Valyrian parecía haber desaparecido de su propio estudio.

Pero Freya sabía que algo había cambiado.

No era imaginación suya.

La forma en que todos la miraban era diferente.

Una mañana, Adrien Voss, el hijo de Lord Valyrian, apareció en el estudio.

Parecía un hombre joven, pero había algo en sus ojos que revelaba una edad mucho mayor. Observó a Freya durante unos segundos antes de hablar.

—Mi padre ha solicitado que continúe con su trabajo habitual.

Freya se sorprendió.

Pensó que sería despedida.

—¿Eso significa que puedo quedarme?

Adrien hizo una pausa.

—Considere eso una decisión importante. Mi padre no suele permitir que nadie permanezca cerca de él.

Aquellas palabras quedaron en la mente de Freya.

Días después, Lord Valyrian finalmente pidió hablar con ella.

En una pequeña sala junto al estudio, el hombre que parecía incapaz de sentir emociones permaneció sentado frente al fuego.

Por varios minutos no dijo nada.

Hasta que finalmente habló.

—Creciste en las Tierras Altas.

Freya asintió.

—En un pueblo llamado Ardar.

Lord Valyrian levantó la mirada.

—Ese lugar tenía otro nombre hace siglos.

Freya sintió que el corazón se le aceleraba.

Él comenzó a hablar de una mujer que había vivido allí hacía cientos de años. Una mujer con un pequeño jardín en la colina norte, una mujer que conocía aquella misma lengua antigua.

Freya pensó en su abuela.

Pensó en todas las historias que había escuchado.

Y por primera vez entendió que quizá nunca habían sido simples cuentos.

Entonces recordó algo que llevaba en su mochila desde que llegó a la mansión: un pequeño frasco de miel de brezo que pertenecía a su familia.

Sin decir una palabra, lo colocó sobre la mesa.

Lord Valyrian lo miró como si hubiera visto un fantasma.

Lo tomó con ambas manos.

—Helena hacía esta miel cada otoño —dijo en voz baja.

Freya sintió un nudo en la garganta.

¿Quién era Helena?

¿Por qué aquel hombre parecía estar recordando una vida perdida?

La respuesta llegó días después.

La señora Crow sufrió una antigua herida que nunca había sanado correctamente. Freya la ayudó y, sin explicación, la herida comenzó a mejorar de una manera imposible.

Cuando Adrien vio aquello, su expresión cambió.

No era sorpresa.

Era miedo.

Esa noche, Lord Valyrian finalmente reveló la verdad.

La abuela de Freya no era una descendiente cualquiera.

Su familia provenía de una antigua línea de sangre que había sobrevivido escondida durante siglos. Una familia que había protegido secretos para evitar que fueran destruidos.

La lengua olvidada.

La miel del valle.

El saludo antiguo.

Todo había sido una señal.

Freya no había llegado a Veil Manor por casualidad.

Había sido llevada hasta allí.

—Eres la última —dijo Lord Valyrian con una voz rota—. La última persona de esa línea.

Freya permaneció en silencio.

Recordó a su abuela cerrando la mochila antes de enviarla a aquel lugar.

Recordó sus últimas palabras.

“Cuando llegue el momento, sabrás qué decir.”

Ahora entendía.

Su abuela no le había dado una respuesta.

Le había dado un camino.

Y mientras la mansión permanecía cubierta por la niebla, Freya comprendió algo más importante todavía:

Ella no había llegado a Veil Manor para servir a un rey inmortal.

Había llegado para devolverle algo que había perdido hacía cuatro siglos.

Esperanza.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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