Su primer amor regresó como el Rey Vampiro y luego interrumpió su boda: Tú me perteneces

Su primer amor regresó como el Rey Vampiro y luego interrumpió su boda: Tú me perteneces

PARTE 1

El día de mi boda, un hombre que llevaba siete años desaparecido entró a la hacienda justo antes de que yo llegara al altar.

Lo peor no fue reconocerlo.

Lo peor fue darme cuenta de que Sebastián seguía teniendo exactamente el mismo rostro que cuando lo vi por última vez.

Ni una arruga. Ni una cana. Nada.

Y cuando nuestros ojos se encontraron, todas las luces de la hacienda se apagaron.

Me llamo Valeria Mendoza y, hasta ese momento, estaba convencida de que finalmente había aprendido a dejar el pasado atrás.

Me casaría con Andrés esa tarde, en una hacienda a las afueras de Valle de Bravo.

Andrés era arquitecto, responsable, educado y de esos hombres que nunca olvidaban una llamada ni llegaban tarde a una cita.

Mi mamá lo adoraba.

Mi papá decía que por fin había encontrado a alguien que me daría tranquilidad.

Y quizá por eso acepté casarme con él.

Después de Sebastián, la tranquilidad parecía suficiente.

—Estás preciosa —me dijo Lucía, mi mejor amiga, mientras acomodaba mi velo.

Sonreí frente al espejo.

Había practicado esa sonrisa durante meses.

Pero mientras todos hablaban de flores, fotografías y la luna de miel, yo no podía dejar de pensar en algo absurdo.

Octubre.

Siempre octubre.

Habían pasado exactamente siete años desde la última vez que vi a Sebastián Ledesma.

Yo tenía veintiún años cuando lo conocí.

Era extraño desde el principio.

Nunca hablaba de su familia. Apenas tenía fotografías. Evitaba salir cuando hacía demasiado sol y prefería nuestras citas por la tarde.

En aquel entonces me parecían simples rarezas.

Estaba enamorada.

Una noche de octubre cenamos juntos, caminamos bajo la lluvia y él me dejó frente a mi casa.

Me besó la frente y me dijo que pronto tendría que contarme algo importante.

Fue la última vez que lo vi.

Al día siguiente su teléfono estaba apagado.

Después desapareció de redes sociales.

Su departamento quedó vacío.

Pregunté en hospitales, fui a la policía e intenté localizar a cualquier familiar suyo.

Era como buscar a una persona que nunca había existido.

Durante meses pensé que le había ocurrido algo.

Después pensé algo peor:

que simplemente me había abandonado.

Andrés apareció años más tarde, cuando yo ya estaba cansada de esperar explicaciones.

Con él todo era sencillo.

Predecible.

Seguro.

Cuando el coordinador anunció que faltaban cinco minutos para iniciar la ceremonia, respiré profundo.

Era momento de cerrar aquella puerta para siempre.

Mi papá entró por mí.

Caminamos hacia el salón principal mientras comenzaba la música.

Podía ver a Andrés esperando al fondo.

Sonreía.

Había más de cien invitados.

Di el primer paso hacia el pasillo.

Entonces todo quedó oscuro.

No solamente las lámparas.

Las luces decorativas y hasta parte de la iluminación exterior parecieron apagarse al mismo tiempo.

Algunos invitados sacaron sus celulares.

Otros comenzaron a murmurar.

—Seguramente se fue la luz —dijo mi papá.

Pero yo sentí algo que nadie más parecía notar.

Un olor.

Madera húmeda y jazmín.

El perfume que Sebastián usaba cuando éramos jóvenes.

Sentí un escalofrío.

Después escuché pasos sobre el piso.

Lentos.

Seguros.

Las luces regresaron débilmente.

Y allí estaba él.

Sebastián.

De pie en medio del pasillo.

Vestía un traje negro y tenía el cabello un poco más largo, pero seguía pareciendo un hombre de veintitantos años.

Yo tenía veintiocho.

Él debería haber cambiado también.

No lo había hecho.

—Valeria…

Escuchar mi nombre en su voz hizo desaparecer siete años en un segundo.

Andrés caminó hacia nosotros.

—¿Quién es este tipo?

Sebastián ni siquiera lo miró.

Solo me observaba a mí.

Estaba furiosa.

Tenía tantas preguntas que no sabía cuál hacer primero.

—¿Dónde estabas?

Él bajó ligeramente la mirada.

—Lejos.

—Desapareciste siete años y vienes hoy. ¿Por qué?

—Porque creí que tenía más tiempo.

Andrés llamó a seguridad.

Dos empleados comenzaron a acercarse.

Sebastián giró la cabeza hacia ellos.

No dijo nada.

Los dos hombres se detuvieron.

No sé explicar por qué.

Simplemente parecieron perder las ganas de seguir caminando.

Entonces noté otra cosa.

Los ojos de Sebastián.

Siempre habían sido grises.

Aquella tarde tenían un pequeño brillo plateado que no parecía causado por ninguna lámpara.

—Dame cinco minutos —me pidió—. Después, si quieres que me vaya, no volverás a verme.

Debí negarme.

En cambio, levanté mi vestido y caminé hacia la biblioteca de la hacienda.

Sebastián me siguió.

Cerré la puerta.

—Habla.

Por primera vez pareció nervioso.

—Lo que voy a decirte va a sonar absurdo.

—Después de siete años, tendrás que hacerlo mejor que eso.

Se quedó unos segundos en silencio.

Luego me preguntó:

—¿Recuerdas que desaparecí pocos días antes de cumplir veinticinco?

Lo recordaba perfectamente.

Habíamos planeado celebrarlo juntos.

—Mi familia escondía algo —continuó—. Mi abuela dejó diarios que yo nunca tomé en serio. Pensaba que eran historias antiguas… hasta que comenzaron los síntomas.

—¿Qué síntomas?

Sebastián levantó la vista.

El brillo plateado regresó a sus ojos.

—Podía escuchar corazones desde la otra habitación. La comida dejó de tener sabor. La luz del día comenzó a lastimarme. Y apareció un hambre que no entendía.

Di un paso hacia atrás.

—Sebastián…

—Me fui porque estar cerca de ti era lo más peligroso que podía hacer.

Entonces sonrió con tristeza.

Y por primera vez vi claramente los dos colmillos que escondía.

Sentí que el piso desaparecía bajo mis pies.

—Valeria… hace siete años dejé de ser humano.

PARTE 2

No me reí.

Eso fue lo que más me asustó.

Una parte de mí quería decir que todo era una mentira ridícula, pero tenía enfrente al mismo hombre que había desaparecido siete años antes y que seguía pareciendo exactamente de veinticinco.

—¿Qué eres? —pregunté.

Sebastián tardó unos segundos.

—Lo que durante siglos ustedes llamarían un vampiro.

Me apoyé contra una mesa.

—Claro. Perfecto. Estoy vestida de novia hablando con un vampiro en una biblioteca.

Casi sonrió.

—Sé cómo suena.

—No sabes cómo suena. Tú tuviste siete años para acostumbrarte.

Eso borró cualquier rastro de sonrisa.

Entonces me contó la verdad.

Su familia había cargado durante generaciones con una condición que aparecía únicamente en ciertos descendientes. Su abuela la había padecido y dejó instrucciones por si algún nieto mostraba señales.

Cuando Sebastián comenzó a cambiar, buscó a otras personas como él.

Durante los primeros años apenas pudo aprender a controlar lo que sentía.

Después descubrió que su linaje era mucho más antiguo de lo que imaginaba.

Dentro de aquella comunidad oculta, su sangre le daba una autoridad excepcional.

Por eso lo llamaban rey.

No porque viviera en un castillo ni porque llevara corona.

Era simplemente la persona a la que otros como él obedecían.

—Entonces ¿el famoso rey vampiro vino a interrumpir mi boda?

—Vino Sebastián.

Aquella respuesta me dolió más de lo esperado.

—¿Por qué nunca me llamaste?

Su rostro cambió.

—Porque no confiaba en mí mismo.

—¿Durante siete años?

—Al principio, sí. Después… porque ya te había hecho demasiado daño.

Sentí subir nuevamente la rabia.

—¿Y decidiste por mí?

—Sí.

No intentó justificarse.

Eso me desconcertó.

—Fue un error —continuó—. Creí que mantenerte lejos significaba protegerte. No entendí que también estaba quitándote el derecho a saber la verdad.

Entonces reveló algo que me dejó helada.

Había sabido de mí todo aquel tiempo.

No me seguía personalmente, pero una mujer de confianza verificaba de vez en cuando que estuviera bien.

Sabía cuándo cambié de trabajo.

Sabía cuándo mi papá estuvo enfermo.

Y sabía cuándo conocí a Andrés.

—¿Entonces supiste que iba a casarme?

—Lo descubrí esta semana.

—¿Y decidiste venir a detenerme?

—Vine a decirte la verdad antes de perder la oportunidad para siempre.

La puerta se abrió.

Andrés estaba allí.

Detrás de él estaban mi papá y dos empleados.

—Ya fue suficiente, Valeria.

Miré al hombre con quien debía casarme.

Era bueno conmigo.

Nunca me había faltado al respeto.

Pero cuando intenté imaginarme pronunciando los votos, sentí exactamente lo mismo que había sentido frente al espejo.

Nada.

Andrés lo entendió antes de que yo pudiera decirlo.

Su expresión cambió.

—Nunca dejaste de quererlo, ¿verdad?

No pude mentirle.

—Pensé que sí.

Andrés cerró los ojos durante un instante.

—Entonces no te cases conmigo.

No hubo gritos.

Eso lo hizo todavía más doloroso.

Le pedí perdón.

Él respondió algo que nunca olvidaría:

—No quiero ser la vida que elegiste solamente porque te daba menos miedo.

Después salió de la biblioteca.

La boda terminó sin ceremonia.

Y para sorpresa de todos, tampoco me fui con Sebastián.

Le dejé algo muy claro.

Cancelar mi boda no significaba elegirlo a él.

Necesitaba respuestas.

Tres días después recibí una dirección.

Un edificio moderno en Ciudad de México.

El mensaje decía solamente que, si realmente quería conocer su mundo, podía ir.

Fui.

Esperaba encontrar ataúdes, velas y gente vestida como película antigua.

Encontré médicos, empresarios, músicos, estudiantes y familias que parecían completamente normales.

Hasta que comencé a observarlos con atención.

Casi no parpadeaban.

Se movían demasiado silenciosamente.

Y algunos tenían ojos que reflejaban la luz de una forma extraña.

Una mujer llamada Serena me explicó que muchos obtenían lo que necesitaban mediante bancos privados y donaciones voluntarias.

—No vivimos como en las películas —dijo divertida—. Sería demasiado complicado.

Por primera vez desde la boda me reí.

Sebastián me mostró su vida sin intentar convencerme de nada.

Ese detalle cambió todo.

Podría haber utilizado siete años de nostalgia para presionarme.

No lo hizo.

Cuando le pregunté qué esperaba de mí, respondió que quería comenzar desde cero.

También me explicó que algún día tendría que enfrentar una decisión difícil.

Yo seguiría envejeciendo.

Él no.

Existía una forma de convertirme, pero jamás lo haría sin que yo estuviera completamente segura.

—¿Y si nunca quiero hacerlo?

—Entonces tendrás una vida humana completa conmigo mientras tú quieras.

—¿Aunque termine?

Sebastián me miró durante varios segundos.

—Prefiero cincuenta años que tú hayas elegido a una eternidad que te hayan impuesto.

Aquella fue la primera vez que pensé seriamente que quizá todavía podía confiar en él.

No tomé una decisión esa noche.

Ni la semana siguiente.

Durante meses seguimos viéndonos.

Yo conservé mi trabajo, mi departamento y mis amigos.

Él dejó de esconderme partes de su mundo.

Dos años después fui yo quien pidió cambiar.

No por miedo a envejecer.

No porque Sebastián fuera un rey.

Lo hice cuando entendí que aquella vida también podía ser mía.

Hoy han pasado varios años.

Mis padres terminaron aceptando una versión bastante incompleta de la verdad. Andrés rehízo su vida y me alegra saber que encontró a alguien que sí podía quererlo como merecía.

Sebastián y yo seguimos discutiendo por cosas absolutamente normales.

Quién dejó una taza en la mesa.

Quién olvidó responder un mensaje.

La eternidad, descubrí, no vuelve sencilla una relación.

Solo te da muchísimo tiempo para aprender.

Aunque todavía existe algo que me inquieta.

Desde mi transformación, mis ojos siguen siendo cafés casi todo el tiempo.

Pero cada octubre, en la fecha exacta en que Sebastián desapareció tantos años atrás, me despierto antes del amanecer y encuentro un destello plateado en el espejo.

Sebastián asegura que nunca le había ocurrido a nadie.

Y después de todo lo que he visto, ya aprendí a no ignorar las cosas que nadie sabe explicar.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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