Su pareja eligió a su hermana mientras ella estaba embarazada; Alpha King lo escuchó todo.
Su pareja eligió a su hermana mientras ella estaba embarazada; Alpha King lo escuchó todo.

PARTE 1
La peor traición no siempre llega de la mano de un enemigo. A veces llega en la voz de la persona que juró protegerte hasta el último aliento.
Genevieve había creído durante años que el vínculo de pareja que la unía a Arthur Pendleton era un regalo de la luna. Él era un guerrero respetado del norte, un hombre destinado a liderar a su manada, y ella era la mujer que llevaba en su vientre al futuro heredero de su linaje.
Pero aquella noche, mientras las frías paredes de Silverest Keep permanecían en silencio, algo dentro de ella le gritó que algo estaba mal.
Con una mano sobre su vientre de seis meses, Genevieve caminó por los oscuros pasillos del castillo siguiendo un aroma que jamás habría querido reconocer. Era el olor de Arthur mezclado con otro perfume demasiado familiar: lavanda y rosas trituradas.
El perfume de Beatrice.
Su propia hermana.
El corazón de Genevieve comenzó a latir con fuerza cuando llegó al antiguo salón de armas. Desde detrás de una puerta entreabierta escuchó voces.
—Debes decírselo, Arthur. Me lo prometiste —susurró Beatrice.
Genevieve dejó de respirar.
Entonces escuchó la voz del hombre que había amado.
—No es tan sencillo. Ella está embarazada de mi cachorro. Los ancianos no aceptarían que rechazara a mi compañera ahora.
Cada palabra atravesó su alma.
Arthur no estaba preocupado por ella. No estaba pensando en el dolor que causaría. Solo estaba preocupado por las consecuencias políticas.
Luego llegó la frase que destruyó todo lo que quedaba de su corazón.
—Dijiste que la luna se había equivocado. Dijiste que tu lobo reconoce al mío y que con ella solo sientes obligación.
Genevieve sintió que sus piernas casi fallaban.
Arthur, el hombre que había prometido amarla eternamente, estaba planeando abandonarla públicamente para quedarse con su hermana.
Una hembra embarazada rechazada frente a toda la manada quedaba marcada para siempre. Podían expulsarla, convertirla en una loba solitaria y destruir su futuro junto al de su hijo.
Pero lo que más dolía no era perder a Arthur.
Era descubrir que la persona que más había protegido, la hermana a quien había cuidado durante los momentos más difíciles de su vida, era quien estaba ayudando a destruirla.
Con lágrimas silenciosas en el rostro, Genevieve retrocedió lentamente. Necesitaba escapar antes de romperse delante de ellos.
Pero entonces percibió otro aroma.
No era el de Arthur.
No era el de Beatrice.
Era algo mucho más poderoso.
Madera quemada, sangre antigua y una fuerza que hizo que su lobo interior se estremeciera.
Al otro lado del pasillo, una figura salió de las sombras.
Era un hombre enorme, vestido con una capa negra de piel de lobo. Su presencia llenó el corredor como una tormenta. Sus ojos dorados brillaban con una autoridad imposible de ignorar.
Genevieve reconoció inmediatamente quién era.
El rey Allaric.
El Alfa de todos los alfas. El gobernante de los territorios del norte.
No debía haber llegado hasta la mañana.
Pero había escuchado todo.
Sus ojos descendieron hasta el vientre de Genevieve y luego volvieron a su rostro lleno de lágrimas.
No había lástima en su mirada.
Había una promesa.
Una promesa de justicia.
Sin decir una palabra, Allaric se quitó su pesada capa y la colocó sobre los hombros temblorosos de Genevieve. El calor de su aroma calmó al cachorro que llevaba dentro.
—Ven conmigo —ordenó suavemente.
Y por primera vez en aquella noche terrible, Genevieve sintió que quizás no estaba completamente perdida.
Al día siguiente, mientras el castillo se preparaba para el gran banquete del solsticio, Allaric le reveló la verdad.
Arthur planeaba rechazarla delante de toda la manada.
Pero el rey tenía otro plan.
—No permitiré que él destruya tu vida —dijo Allaric con voz firme—. Mañana no entrarás a ese salón como una mujer abandonada.
Se acercó lentamente y la miró directamente a los ojos.
—Entrarás como alguien que conoce su propio valor.
Genevieve tembló al escuchar aquellas palabras.
Porque por primera vez en mucho tiempo, alguien no la veía como una carga.
La veía como una guerrera.
La noche del solsticio llegó.
El gran salón estaba lleno de nobles, guerreros y ancianos de la manada. Arthur se sentó junto a ella fingiendo ser el compañero perfecto, mientras sus ojos buscaban constantemente a Beatrice al otro lado de la mesa.
Él creía que tenía todo bajo control.
Creía que destruiría a Genevieve frente a todos.
Pero no sabía que aquella noche no sería ella quien perdería su honor.
Sería él.
Cuando el anciano Harrison golpeó su bastón contra el suelo y anunció que era momento de escuchar los asuntos de la manada, Arthur se levantó lentamente.
Estaba listo para pronunciar su sentencia.
Pero antes de que pudiera hablar…
Genevieve colocó ambas manos sobre la mesa.
El sonido hizo que todo el salón quedara en silencio.
Y entonces se puso de pie.
PARTE 2
Todos los ojos se clavaron en Genevieve.
Una mujer embarazada que debía estar llorando de miedo acababa de interrumpir al guerrero más respetado del territorio.
Arthur la miró con furia.
—¿Qué estás haciendo? Siéntate. Estás avergonzándote delante del rey.
Pero Genevieve ya no era la misma mujer que había escuchado aquella conversación en la oscuridad.
Había pasado una noche entera reconstruyendo los pedazos de su corazón.
Y ahora tenía algo que Arthur nunca esperó.
Valor.
Se giró hacia él y habló con una voz clara que atravesó todo el salón.
—Yo, Genevieve de Silverest, invoco el antiguo derecho de separación.
El silencio fue absoluto.
Arthur abrió los ojos con incredulidad.
Beatrice perdió la sonrisa arrogante que había llevado durante toda la noche.
—No tienes derecho a hacerlo —dijo Arthur desesperado.
Pero Genevieve continuó.
—Considero a Arthur Pendleton indigno de mi corazón, indigno de mi lealtad y no digno de caminar a mi lado como padre de mi hijo.
Entonces tomó la fuerza que le quedaba y rompió el vínculo.
El dolor fue insoportable.
Fue como arrancar una parte de su propia alma.
Pero antes de caer, una energía poderosa la envolvió.
Allaric había extendido su aura.
No para dominarla.
Sino para protegerla.
El vínculo se rompió.
Y el golpe cayó sobre Arthur.
El guerrero cayó de rodillas frente a todos, incapaz de comprender cómo la mujer que pensaba abandonar acababa de destruir sus planes.
Entonces el rey Allaric se levantó.
Su voz hizo temblar las paredes del salón.
—Un hombre que planea abandonar a la madre de su hijo en pleno invierno no es un guerrero.
Miró a Arthur con desprecio.
—Es un cobarde.
Después reveló lo que había escuchado en el antiguo salón de armas.
La conspiración quedó expuesta.
La manada observó horrorizada cómo Arthur y Beatrice habían intentado destruir a Genevieve por ambición y deseo.
El rey dictó sentencia.
Arthur perdió su rango, sus tierras y su título. Fue enviado lejos del territorio para servir en las fronteras.
Beatrice fue enviada al monasterio del norte para aprender humildad y lealtad.
Pero la verdadera sorpresa llegó cuando Allaric se acercó a Genevieve.
Delante de todos, tomó su mano.
—Desde este momento, Genevieve y su hijo están bajo la protección directa de la corona.
Nadie volvió a verla como una mujer abandonada.
Pasaron los meses.
Lejos del dolor de Silverest, Genevieve comenzó una nueva vida en el palacio real. La herida del antiguo vínculo con Arthur desapareció lentamente, reemplazada por una fuerza que nunca supo que tenía.
Y Allaric, el hombre más temido de todos los territorios, mostró un lado que nadie conocía.
No la trataba como una víctima.
La trataba como una igual.
Cuando llegó el momento del nacimiento, la dificultad del parto puso a prueba toda su fortaleza.
Genevieve estaba agotada.
Pero Allaric tomó su mano y le recordó quién era.
—Sobreviviste a la traición de tu propia sangre. Sobreviviste al abandono de un falso compañero. No terminarás esta batalla ahora.
Con esas palabras, Genevieve encontró fuerzas dentro de sí misma.
Y finalmente, el llanto de un niño llenó la habitación.
Había nacido un heredero fuerte y saludable.
Cuando Allaric tocó al pequeño por primera vez, ocurrió algo que nadie esperaba.
Una luz dorada llenó la habitación.
El vínculo verdadero de la luna finalmente había despertado.
Arthur nunca había sido su destino.
Solo había sido el obstáculo que debía desaparecer para que Genevieve encontrara su verdadero camino.
La mujer que una vez fue rechazada ahora estaba destinada a convertirse en la reina de Ethelgard.
Porque algunas personas intentan enterrarte pensando que has terminado.
Sin saber que en realidad están plantando las raíces de tu mayor renacimiento.