Solo dio agua a un hombre moribundo. Al amanecer, 300 lobos brancos rodearon su cabaña

PARTE 1

Nunca pensé que salvar la vida de un extraño destruiría la vida tranquila que había construido durante años.

Porque yo ya había dejado de creer en el destino.

Había dejado de creer en los vínculos de luna, en las promesas de las manadas y, sobre todo, había dejado de creer en los alfas.

Tres años atrás, aprendí que para algunos solo era una Omega defectuosa.

Una mujer que no merecía ser elegida.

Una vergüenza para su propia manada.

Desde aquel día abandoné todo y me escondí en una pequeña cabaña en medio del bosque, lejos de aquellos que alguna vez me hicieron sentir que no valía nada.

Allí aprendí a sobrevivir sola.

No tenía familia.

No tenía clan.

No tenía a nadie que pronunciara mi nombre.

Y, sinceramente, había aceptado que esa sería mi vida para siempre.

Hasta aquella noche.

La nieve cubría los árboles como un manto blanco y el silencio del bosque era tan profundo que podía escuchar mi propia respiración.

Estaba regresando a mi cabaña cuando escuché algo extraño.

Un sonido débil.

Un gemido.

Al principio pensé que era un animal herido.

Mi instinto me decía que debía alejarme.

En un bosque como aquel, acercarse a algo desconocido podía significar la muerte.

Pero algo dentro de mí no me permitió ignorarlo.

Seguí el rastro entre la nieve.

Y entonces lo encontré.

Un hombre estaba tirado contra un árbol.

La nieve alrededor de él estaba manchada de rojo.

Su ropa estaba destrozada, cubierta de sangre y heridas profundas que parecían hechas por garras.

Pero lo que más me sorprendió fueron sus ojos.

Grises.

Fríos como una tormenta de invierno.

Incluso al borde de la muerte, había algo en su mirada que demostraba autoridad.

Poder.

Como si aquel hombre no fuera alguien común.

—Agua… —susurró.

Su voz apenas era un sonido, pero llegó hasta mí.

Di un paso atrás.

Todo en mi interior gritaba que huyera.

Un hombre así no podía ser normal.

Su aroma llenó el aire.

Cedro quemado.

Tormenta.

Poder ancestral.

Era un Alfa.

Y no cualquier Alfa.

Pero cuando lo miré más de cerca, no vi un monstruo.

Vi a alguien roto.

Alguien abandonado.

Alguien que, igual que yo, había sido traicionado.

Recordé aquel día cuando Draven me rechazó frente a toda la manada.

Recordé sus palabras.

“Eres débil”.

“Tu esencia nunca será suficiente”.

Apreté los dientes intentando alejar esos recuerdos.

Los alfas solo traían dolor.

Eso me había prometido.

Pero aun así regresé a mi cabaña.

Tomé mi único cuenco de madera, llené agua fresca y volví junto a él.

Sus manos temblaban mientras bebía.

Como si hubiera pasado días luchando contra la muerte.

Cuando terminó, sus ojos encontraron los míos.

—Gracias…

No supe qué responder.

Porque nadie me había mirado así en años.

Como si mi ayuda realmente significara algo.

—No me des las gracias todavía —respondí—. No sé si sobrevivirás esta noche.

Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.

Una sonrisa cansada.

Dolorosa.

—Ya hiciste más por mí que mi propio clan…

Sus palabras me golpearon.

Porque entendía ese dolor.

Demasiado bien.

Contra mi sentido común, lo llevé hasta mi cabaña.

Pasé toda la noche limpiando sus heridas y cambiando sus vendajes.

Las heridas eran graves.

Alguien no había intentado asustarlo.

Alguien había intentado matarlo.

Cuando el fuego comenzó a iluminar la habitación, observé su rostro dormido.

No sabía quién era.

No sabía qué secretos escondía.

Solo sabía que algo en mi interior había despertado al tocarlo.

Algo que creía muerto.

Al amanecer abrí la puerta para buscar leña.

Y entonces mi corazón dejó de latir.

El bosque estaba rodeado.

No por humanos.

No por enemigos.

Sino por cientos de lobos blancos.

Eran enormes.

Antiguos.

Todos tenían una marca de luna plateada en el pecho.

La misma marca que solo aparecía en las leyendas de mi abuela.

Los lobos permanecían en silencio, observando mi cabaña.

Esperando.

Detrás de mí escuché movimiento.

El extraño se había despertado.

Me giré lentamente.

Sus ojos ya no eran los de un hombre moribundo.

Ahora brillaban con una fuerza imposible.

—No tengas miedo —dijo.

Su voz hizo que todo mi cuerpo se tensara.

—Ellos no vienen por ti.

Hizo una pausa.

Miró a los lobos.

Después volvió sus ojos hacia mí.

—Han venido por mí.

Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.

—¿Quién eres realmente?

El hombre dio un paso adelante.

Y cuando pronunció su nombre, mi mundo cambió para siempre.

—Soy Aldrick…

—El rey Alfa del clan del Norte.

PARTE 2

El silencio después de aquellas palabras fue más aterrador que cualquier tormenta.

Un rey.

El hombre al que había encontrado moribundo en la nieve era el líder de una de las manadas más poderosas del mundo.

Y yo…

Una simple Omega sin clan.

Una mujer que había vivido escondida durante años.

Era imposible.

Pero los 300 lobos blancos frente a mi cabaña demostraban que la realidad era mucho más extraña que cualquier leyenda.

Aldrick se sentó lentamente junto al fuego.

Aunque intentaba ocultarlo, podía ver el dolor en su rostro.

Sus heridas aún estaban abiertas.

Su cuerpo todavía luchaba contra el veneno.

—Mi propio consejo intentó matarme —dijo finalmente.

Lo miré sorprendida.

—¿Tu propia manada?

Él asintió.

Me contó que algunos ancianos del clan querían reemplazarlo porque se había negado a aceptar una unión política.

Querían obligarlo a elegir una compañera por poder.

No por amor.

Cuando se negó, lo traicionaron.

Lo envenenaron.

Lo abandonaron en el bosque.

Escucharlo me recordó demasiado a mi propia historia.

Porque yo también había sido descartada.

Yo también había sido considerada insuficiente.

—Por eso los lobos te trajeron aquí —dije.

Aldrick me miró fijamente.

—No solo me trajeron a mí.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué quieres decir?

Su mirada bajó hacia mí.

—Ellos te eligieron a ti.

Negué con la cabeza.

—No soy nadie.

—Eso es lo que te hicieron creer.

Sus palabras dolieron porque eran verdad.

Durante años había repetido la misma mentira que otros habían creado para mí.

Que no valía nada.

Que estaba rota.

Que nadie podría elegirme.

Pero antes de poder responder, un aullido atravesó el bosque.

No era el sonido de los lobos blancos.

Era diferente.

Más oscuro.

Más familiar.

Mi sangre se congeló.

Solo una persona podía encontrarme en aquel lugar.

Draven.

El Alfa que me había destruido.

El hombre que me rechazó frente a todos.

Aldrick notó mi reacción.

—¿Quién es?

No quería decir su nombre.

Porque pronunciarlo era abrir una herida que nunca había cerrado.

—Draven.

La expresión de Aldrick cambió.

Sus ojos se volvieron fríos.

Como una tormenta antes de una guerra.

Pocos minutos después, apareció entre los árboles.

Venía acompañado por guerreros de su manada.

Y no venía a pedir perdón.

Venía a reclamarme.

—Lyrien —dijo con una sonrisa falsa—. Es hora de volver a casa.

Sentí que todo mi cuerpo recordaba el miedo.

Pero esta vez era diferente.

Porque detrás de mí estaba Aldrick.

Y detrás de él estaban los lobos blancos.

Draven miró al rey y palideció.

Había reconocido quién era.

Pero aun así sonrió.

—Ella tiene un contrato conmigo.

Aldrick dio un paso adelante.

—Ella no pertenece a nadie.

Las palabras resonaron en todo el bosque.

Por primera vez en años, alguien no me veía como una propiedad.

Me veía como una persona.

Draven intentó usar la ley del antiguo contrato para obligarme a regresar.

Pero Aldrick respondió con una verdad que nadie esperaba.

El rechazo público había cambiado las reglas.

Draven me había humillado.

Me había abandonado.

Y ahora no podía simplemente regresar cuando le convenía.

Pero entonces apareció un miembro del Consejo de Clanes.

Alguien con autoridad para decidir mi destino.

La orden fue clara:

Debía cumplir el contrato.

O sería marcada como una renegada.

Sentí que el mundo se derrumbaba otra vez.

Aldrick me miró.

No como un rey.

No como un Alfa.

Sino como alguien que entendía mi dolor.

—La decisión es tuya —susurró.

Por primera vez en mi vida, alguien me daba la oportunidad de elegir.

Miré a Draven.

El pasado que me había destruido.

Luego miré a Aldrick.

El hombre que me había protegido sin pedir nada a cambio.

Respiré profundamente.

Y pronuncié las palabras que cambiarían mi destino para siempre.

—Acepto…

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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