Rey Vampiro fingió dormir para poner a prueba a la criada pero lo que ella hizo en la oscuridad lo
La Lavandera Entró en la Habitación del Rey Vampiro Esperando Morir… Pero lo que Hizo Mientras Él Fingía Dormir Cambió el Destino de Todo el Reino

PARTE 1
En el Castillo de Obsidiana todos conocían la misma historia.
Las muchachas humanas enviadas a los aposentos privados del rey Alejandro después de medianoche no regresaban.
Algunas decían que el rey bebía su sangre.
Otras aseguraban que simplemente desaparecían porque habían visto algo que ningún mortal debía conocer.
Ivón Contreras había pasado toda su vida intentando ser invisible precisamente para evitar ese destino.
Tenía diecinueve años, trabajaba en la lavandería y soportaba jornadas interminables porque necesitaba mantener con vida a su hermana Liliana, una niña de siete años enferma de los pulmones.
Por eso, cuando doña Elena, la jefa de limpieza, anunció que debía subir al piso real para preparar la habitación del rey, Ivón sintió que acababan de dictar su sentencia.
—Yo solo lavo ropa —suplicó—. Nunca he servido en los aposentos reales.
—Esta noche lo harás.
Ivón quiso negarse.
Entonces Elena mencionó a Liliana.
Sin las raciones y las pocas monedas que Ivón conseguía, la niña no sobreviviría.
Así que aceptó.
Dos guardias vampiros abrieron las enormes puertas de roble.
—No mires al rey —le advirtió uno—. No hables. Y procura no sangrar.
Ivón entró.
La habitación parecía un mausoleo.
El fuego de la chimenea casi había muerto y, detrás de unas cortinas de terciopelo negro, Alejandro yacía completamente inmóvil.
Ivón avivó las llamas.
Preparó la copa de vino de sangre.
Debía marcharse.
Pero miró hacia la cama.
Alejandro estaba temblando.
Era casi imperceptible, pero Ivón reconoció de inmediato aquel tipo de escalofrío. Había visto a Liliana sufrirlo durante sus peores noches de fiebre.
Lo que Ivón ignoraba era que Alejandro estaba despierto.
El rey fingía dormir.
Durante siglos, sirvientes, amantes y asesinos habían intentado aprovechar su descanso para robarle, envenenarlo o matarlo.
Aquella noche esperaba descubrir qué quería Ivón.
La escuchó acercarse.
Preparó sus músculos para romperle el cuello en cuanto sacara un arma.
Pero Ivón no tocó sus joyas.
No buscó su anillo.
Tomó una manta.
La extendió suavemente sobre su cuerpo.
Alejandro quedó desconcertado.
Entonces Ivón descubrió una gota de sangre deslizándose por la frente del rey.
No sabía que Alejandro padecía en secreto una antigua maldición conocida como la Plaga de Sangre, responsable de fiebres heladas y pesadillas capaces de quebrar incluso a un vampiro.
Ivón sacó un pañuelo.
Secó cuidadosamente su frente.
Después comenzó a tararear la misma canción que cantaba a Liliana cuando tenía miedo.
—Tranquilo —susurró—. La noche puede ser larga, pero el sol siempre vuelve.
Alejandro sintió algo que no había experimentado durante tres siglos.
Ternura.
Nadie lo tocaba sin miedo.
Nadie se acercaba sin querer poder, dinero o protección.
Aquella muchacha pobre lo estaba tratando simplemente como a alguien que sufría.
Ivón terminó su trabajo y salió sin llevarse absolutamente nada.
Solo entonces Alejandro abrió los ojos.
—Encuéntrenla.
A la mañana siguiente, soldados reales irrumpieron en la lavandería.
Ivón creyó que iban a ejecutarla.
Fue arrastrada ante el trono.
Alejandro descendió lentamente los escalones hasta quedar frente a ella.
—¿Por qué me tocaste?
—Pensé que tenía frío, majestad.
—¿Y no pensaste que podía matarte?
Ivón bajó la mirada.
—Sí.
Alejandro levantó suavemente su barbilla.
—Eres la primera persona en trescientos años que me toca sin intentar quitarme algo.
Ivón esperó su castigo.
Pero las siguientes palabras del rey fueron mucho más peligrosas.
—No volverás a la lavandería. Desde hoy dormirás junto a mis aposentos y serás mi asistente personal.
Ivón palideció.
—Tengo una hermana.
—Tráela. Tendrá médicos, comida y protección.
El rey se inclinó hacia ella.
—Pero tú te quedarás conmigo.
Ivón comprendió entonces que no había escapado del monstruo.
Acababa de convertirse en la única humana a la que el monstruo quería mantener a su lado.
PARTE 2
Liliana fue trasladada inmediatamente al ala médica.
Por primera vez en años recibió medicinas adecuadas, comida caliente y atención de los mejores médicos del reino.
Ivón debería haberse sentido agradecida.
En cambio, sentía que caminaba dentro de una jaula cubierta de oro.
Todo el castillo hablaba de ella.
La humilde lavandera se había convertido en la favorita del rey.
Y nadie odiaba más aquella noticia que doña Sara.
Sara era hija del poderoso duque Esteban y durante décadas todos habían supuesto que algún día se convertiría en esposa de Alejandro.
Durante un banquete, decidió humillar públicamente a Ivón.
La agarró de la muñeca con tanta fuerza que sus uñas rompieron la piel.
Una fina línea de sangre apareció.
Todos los vampiros del salón reaccionaron.
Sus pupilas se dilataron.
Los colmillos aparecieron.
Pero Alejandro fue el primero en moverse.
—Suéltala.
El frío se extendió por la mesa.
Sara obedeció.
Alejandro tomó la muñeca herida de Ivón y, delante de toda la corte, limpió la sangre con sus labios.
Un silencio absoluto cayó sobre el salón.
Entre los vampiros aquel gesto tenía un significado inequívoco.
Era una reclamación.
—Ella está bajo mi protección —declaró Alejandro—. Quien vuelva a tocarla perderá la mano.
Sara sonrió.
Pero sus ojos prometían muerte.
Poco después, los médicos descubrieron algo todavía más peligroso.
Ivón y Liliana no eran humanas comunes.
Llevaban en la sangre un marcador perteneciente a una estirpe que se creía desaparecida.
Los Solaris.
Los Caminantes del Sol.
Su sangre era mortal para la mayoría de los vampiros.
Alejandro llamó a Ivón a los archivos y le mostró el informe.
—Si un vampiro ordinario te muerde, tu sangre lo quemará desde dentro.
Ivón recordó el banquete.
—Pero usted probó mi sangre.
—Yo no soy un vampiro ordinario.
Entonces Alejandro confesó la verdadera razón por la que evitaba tocarla desde aquella noche.
El sabor de su sangre era irresistible.
Doloroso.
Adictivo.
Y peor aún, la antigua sangre Solaris podía crear un vínculo entre un vampiro poderoso y su portadora.
—Estoy enamorado de aquello que nació para destruirme —admitió Alejandro.
Ivón avanzó hacia él.
—Entonces no me destruya.
Tomó la mano fría del rey y la apoyó contra su mejilla.
—Usted fingió dormir para saber quién era yo. Ahora yo quiero descubrir quién es usted.
Alejandro cerró los ojos.
Pero alguien escuchaba detrás de los estantes.
Doña Elena.
Sara había secuestrado a su hijo y la estaba obligando a espiar.
La información llegó inmediatamente a manos de la noble vampira.
Durante el Baile de Luna Llena, Elena colocó alrededor del cuello de Ivón un falso collar de rubí.
Era un artefacto mágico.
En cuanto se activó, Ivón perdió el control de su cuerpo.
Los hombres de Sara le colocaron una daga entre las ropas y la obligaron a caminar hacia Alejandro delante de toda la corte.
—¡Tiene un arma! —gritó Sara.
La mano de Ivón se levantó contra su voluntad.
Alejandro atrapó su muñeca.
Vio terror en sus ojos.
Entonces vio el collar.
Intentó romperlo.
El rubí explotó.
Ivón salió despedida contra una mesa y se cortó el brazo.
Su sangre cayó sobre el suelo.
Un conde vampiro perdió el control y la mordió.
No consiguió beber una sola gota.
Su cuerpo comenzó a arder desde dentro hasta convertirse en cenizas.
Todo el salón comprendió la verdad.
—¡Es una Solaris! —gritó Sara—. ¡El rey ha escondido un arma capaz de exterminarnos!
Decenas de espadas apuntaron hacia Ivón.
La antigua ley ordenaba ejecutar inmediatamente a cualquier Caminante del Sol.
Alejandro se colocó delante de ella.
El duque Esteban levantó la voz.
—Si la proteges, pierdes tu corona.
Alejandro observó a su corte.
Después miró a Ivón.
Bajó las manos.
—No lucharé contra ustedes.
Esteban sonrió.
—Lleven a la humana a ejecución.
—He dicho que no lucharé.
Alejandro agarró a Ivón.
—No he dicho que se la entregaré.
Corrió hacia el enorme vitral detrás del trono.
Lo atravesó.
Cristales y lluvia llenaron el aire mientras ambos cayeron desde el castillo hacia el mar negro.
Alejandro envolvió a Ivón con su cuerpo y recibió el impacto.
Sobrevivieron.
Apenas.
Durante varios días se ocultaron en una cueva junto a una costa helada.
Alejandro estaba gravemente herido.
Lejos de las tierras del castillo y sin alimento, su cuerpo dejó de regenerarse.
Las venas comenzaron a oscurecerse.
La Plaga de Sangre regresó.
Ivón ofreció su muñeca.
—Beba.
—No.
—Va a morir.
—Tu sangre podría matarme.
Alejandro la miró.
—Y si el hambre me hace perder el control, podría matarte a ti. Prefiero morir siendo el hombre que te amó antes que vivir convertido en la bestia que te destruyó.
Antes de que pudieran discutir más, escucharon aullidos.
Sara los había encontrado.
Llegó acompañada por Esteban, soldados y criaturas entrenadas para rastrear sangre.
Alejandro salió a enfrentarlos.
Estaba herido.
Hambriento.
Casi muerto.
Aun así luchó.
Derribó varios soldados, pero eran demasiados.
Una lanza atravesó su hombro.
Otra arma destrozó su pierna.
Finalmente cayó.
Los guardias lo inmovilizaron.
Sara agarró a Ivón del cabello.
—Voy a desangrarte delante de él.
Sacó una daga de obsidiana.
Ivón miró al rey.
Recordó lo que Alejandro le había explicado.
Su sangre era fuego.
Entonces tuvo una idea.
—¿Quieres mi sangre?
Sara sonrió.
—Toda.
Ivón lanzó voluntariamente la mano contra la hoja.
La daga abrió su palma.
Sangre Solaris comenzó a caer.
Ivón corrió hacia Alejandro.
—¡Beba!
Presionó su mano contra la boca del rey.
El instinto venció su resistencia.
Alejandro mordió.
Su cuerpo comenzó a convulsionar.
Humo salió de su boca.
Una luz dorada apareció bajo su piel.
Sara comenzó a reír.
—¡Lo mataste!
Entonces Alejandro dejó de gritar.
Se puso de pie.
Su brazo roto volvió a su posición.
Las heridas comenzaron a cerrarse.
Sus ojos ardían como pequeños soles.
La antigua leyenda solo había contado la mitad de la verdad.
La sangre Solaris destruía a los vampiros demasiado débiles para soportarla.
Pero en Alejandro había provocado algo distinto.
Lo había transformado.
El rey miró al ejército.
—Corran.
Nadie llegó muy lejos.
Alejandro atravesó las filas como una ráfaga de luz.
Esteban atacó con su espada encantada.
Alejandro atrapó la hoja con una mano y la destrozó.
Un solo golpe lanzó al duque contra el acantilado.
Sara intentó huir.
Alejandro apareció delante de ella.
—Querías conocer el poder del sol.
Puso una mano sobre su hombro.
—Aquí lo tienes.
Una llamarada azul envolvió a Sara.
Segundos después no quedaba nada.
El ejército soltó las armas.
Todos se arrodillaron.
Pero Alejandro no miró a sus soldados.
Caminó directamente hacia Ivón.
Y se arrodilló delante de ella.
El rey más poderoso del mundo inclinó la cabeza ante una antigua lavandera.
—Me salvaste.
Ivón acarició su rostro.
—Entonces haga que haya valido la pena.
Y Alejandro cumplió.
Cuando regresaron al Castillo de Obsidiana, cambió las leyes que durante siglos habían convertido a los humanos en ganado.
Abolió los tributos obligatorios de sangre.
Creó un sistema voluntario de donación y decretó que asesinar a un humano sería castigado igual que asesinar a un vampiro de alta cuna.
Liliana recuperó lentamente la salud y permaneció junto a su hermana.
Ivón dejó de ser una sirvienta.
Se convirtió en la mujer que permanecía junto al trono.
No porque Alejandro la hubiera comprado.
Ni porque la hubiera reclamado.
Sino porque después de tener la oportunidad de marcharse, ella eligió quedarse.
La sangre Solaris permitió además que Alejandro soportara durante breves períodos la luz del amanecer.
Una mañana, ambos permanecieron en el balcón observando cómo la primera claridad aparecía sobre las montañas.
—Todavía te tienen miedo —dijo Ivón.
Alejandro sonrió.
—El miedo sirve para mantener tranquilos a algunos vampiros.
Después rodeó su cintura.
—Pero ya no necesito que todos me teman.
Ivón lo miró con una sonrisa.
—Solo prométame una cosa.
—Lo que quieras.
—Nunca vuelva a fingir que está dormido para ponerme a prueba.
Alejandro soltó una carcajada.
—Lo prometo.
La besó mientras el sol comenzaba a iluminar las torres negras del castillo.
La primera noche que Ivón entró en su habitación creyó que estaba caminando hacia su muerte.
En realidad había entrado en la vida de un rey que llevaba siglos sin permitir que nadie se acercara lo suficiente para salvarlo.
Y así, la muchacha que había vivido escondiéndose en los sótanos terminó de pie junto al hombre más temido de la noche, mirando juntos algo que ninguno de los dos creyó que llegaría a ver:
el amanecer de un mundo donde el vampiro y la Caminante del Sol ya no tenían que ser enemigos.