Omega llevó en silencio los cadáveres de su manada de lobos a la orilla, hasta que el rey Alfa se tumbó entre ellos.

Omega llevó en silencio los cadáveres de su manada de lobos a la orilla, hasta que el rey Alfa se tumbó entre ellos.

PARTE 1

Los muertos llegaron al muelle de Mara al anochecer. Siete lobos envueltos en lino gris, caídos durante una batalla en la frontera. Sin embargo, cuando Mara contó los cuerpos sobre la barcaza, descubrió que había ocho.

El último era un enorme lobo negro. Tenía el pelaje cubierto de barro y una profunda herida de espada en el costado. Mara apoyó la mano sobre sus costillas y esperó. Entonces sintió un latido lento y poderoso.

—Bueno —murmuró—. Parece que uno de ustedes está haciendo trampa.

El lobo abrió ligeramente un ojo color ámbar.

Mara no gritó ni pidió ayuda. Primero llevó a los siete soldados hasta la Costa de Ceniza, cavó sus tumbas y colocó una ramita de lavanda sobre cada mortaja. Después pronunció sus nombres en voz alta, porque creía que un nombre debía ser lo último que escuchara un cuerpo antes de desaparecer bajo la tierra.

Mara conocía demasiado bien la muerte. A los dieciséis años, una epidemia había matado a cuarenta y una personas de su manada, incluido Tam, su hermano pequeño. Nadie se atrevió a tocar los cadáveres, así que ella los cargó uno por uno. Cuando todo terminó, los ancianos afirmaron que Mara estaba contaminada por la muerte y la expulsaron. Desde entonces vivía sola junto al lago, transportando a los caídos que todos los demás temían tocar.

Al regresar a su cabaña, limpió la herida del lobo y la cerró con hilo. Él permaneció inmóvil, observándola. Cuando Mara terminó, la enorme cabeza negra se apoyó contra su pecho.

Ella no sabía que aquel animal era Kael Draven, rey alfa de las nueve manadas del norte. Kael se había acostado entre sus soldados muertos para averiguar qué ocurría con ellos después de la batalla. Pensaba permanecer allí solo una hora, pero ver a Mara enterrar a cada soldado con dignidad cambió algo dentro de él.

Se marchó antes del amanecer, pero regresó cuatro noches después. Robó la única manta de Mara, la extendió sobre el muelle y apoyó la cabeza en su regazo. Luego comenzaron a aparecer regalos: primero una trucha y después un ciervo entero que Kael había sustraído de las cocinas reales.

Mara sospechaba que no era un lobo común, pero nunca hacía preguntas. Hablaba con él sobre su soledad, sobre Tam y sobre el padre que no la defendió cuando su manada la expulsó. Kael escuchaba en silencio, cada vez más incapaz de mantenerse alejado.

En el palacio, su consejera, Lady Sabine, descubrió sus ausencias. Para ella, un rey jamás podría unirse a una omega sin manada que trabajaba con cadáveres. Sin informar a Kael, ordenó cerrar el servicio de Mara y enviarla lejos.

Los tres hombres encargados de cumplir la orden llegaron durante la primera noche del invierno. En lugar de hablar con ella, prendieron fuego al muelle.

Mara despertó rodeada por el resplandor naranja. Corrió hacia la barcaza, donde dos soldados muertos esperaban su último viaje. Consiguió soltar la cuerda, pero una parte del muelle se desplomó y volcó la embarcación.

El agua helada la envolvió.

Sus brazos dejaron de responder. Mientras se hundía, solo pudo pensar que el lobo volvería y esperaría en un muelle que ya no existía.

Entonces una sombra negra se lanzó al lago.

Kael la encontró bajo el agua, pero sus mandíbulas no podían sujetarla sin herirla. Así que renunció al secreto que había protegido durante nueve años. Sus huesos cambiaron, su pelaje desapareció y, en mitad del lago, el lobo se transformó en hombre.

Mara despertó sobre la orilla, sostenida contra un pecho humano. Al abrir los ojos vio el rostro grabado en todas las monedas del reino.

Pero lo que realmente la dejó sin aliento fueron aquellos ojos ámbar que conocía demasiado bien.

PARTE 2

—Eres tú —susurró Mara.

Su voz estaba rota por el agua y el humo.

Miró al rey, después las llamas que consumían su hogar.

—La manta, el ciervo, las noches en el muelle… Eras tú.

Kael intentó acercarse, pero Mara se apartó.

—Te conté lo de Tam. Te hablé de mi padre. Te confié cosas que nunca le había dicho a nadie porque creía que no podías juzgarme ni engañarme.

—Nunca quise hacerte daño.

—La persona con la que hablaba no existía. Solo había un rey escondido bajo un pelaje, observándome.

Detrás de ellos, el muelle se hundió entre chispas. Ocho años de vida desaparecieron dentro del lago.

—Descubre quién provocó este incendio y castígalo —dijo Mara—. Pero no regreses. No importa qué cuerpo decidas usar. Ninguno de los dos es bienvenido aquí.

Kael sentía el vínculo entre ambos arder dentro de su pecho. Podría haberle dicho que era su compañera predestinada. Podría haber utilizado aquellas palabras para intentar retenerla.

No lo hizo.

—Está bien —respondió, inclinando la cabeza.

Y desapareció entre los árboles.

Al amanecer, Mara regresó a la orilla para recuperar lo poco que hubiera sobrevivido. Allí encontró los dos cuerpos rescatados del agua, cuidadosamente colocados sobre piedras limpias.

Kael estaba arrodillado en el barro, envolviendo a uno de los soldados con su propio abrigo.

—¿Qué estás haciendo?

—Esperan su último viaje —contestó él—. Tu barcaza se perdió, pero yo tengo una.

De la niebla surgió una embarcación real conducida por Fen, el hombre de confianza del rey.

—Los reyes no tocan a los muertos —dijo Mara—. Está por debajo de la corona.

Kael levantó al soldado con ambos brazos.

—Entonces todos tendrán que aprender algo nuevo.

Mara subió a la embarcación por respeto a los caídos. Durante la travesía, Kael no pidió perdón ni habló del vínculo que los unía. En cambio, confesó cada engaño: la noche en que se ocultó entre los cadáveres, el robo de la manta, el ciervo desaparecido de las cocinas y las absurdas excusas que había dado en el palacio para explicar por qué olía a lavanda.

—Al principio me dije que estaba investigando —admitió—. Después, que necesitaba recuperarme de la guerra. Finalmente dejé de inventar excusas. Tu cabaña era el único lugar donde no tenía que sostener un reino sobre los hombros.

Mara guardó silencio.

—No te estoy pidiendo que regreses conmigo —continuó Kael—. Solo quiero aprender los nombres de nuestros muertos. Todos ellos. Tú eres la única que sabe pronunciarlos correctamente.

Mara abrió su ledger, chamuscado por el incendio.

—Son doscientos once.

—Aprenderé los doscientos once.

Durante los días siguientes trabajaron juntos. Mara corregía cada apellido, cada vocal de las manadas de las montañas y cada nombre antiguo de los pueblos del pantano. Kael escuchaba y repetía hasta decirlos sin cometer un solo error.

Cuando llegó la Gran Conmemoración, diez mil lobos se reunieron en el círculo de piedra de la capital. Según la tradición, el rey debía anunciar una cifra total, sonar los cuernos y permitir que las manadas aullaran una vez por todos los caídos.

Kael caminó hasta el centro.

Pero no pronunció una cifra.

—Audrey, hija de Wael, de la Segunda Compañía del Río.

El silencio se extendió por la plaza.

—Bram de Colina Fría. Cathol, hijo de padre no registrado, quien salvó tres vidas…

Kael continuó.

Dijo los doscientos once nombres mientras la nieve caía sobre sus hombros. Antes de llegar al último, muchos de los veteranos lloraban en silencio. Nunca antes un rey se había detenido a recordar quiénes eran los soldados ocultos detrás de una cifra.

Cuando terminó, Kael miró hacia el arco norte.

—Querrán saber quién me enseñó sus nombres. Está allí porque el consejo se negó a ofrecerle un asiento. Su manada la expulsó por cargar a sus muertos, y durante ocho años nuestro reino le entregó su dolor mientras fingía no verla.

Diez mil rostros se volvieron hacia Mara.

—Mara del Lago Silente —declaró Kael—. No será mi sirvienta ni una omega escondida. Si ella me acepta, será mi Luna y mi reina. Y la primera ley de su reinado será esta: desde hoy, todos los muertos del norte serán nombrados. Cada año. Para siempre.

Mara lo observó durante un largo momento.

—La primera trucha que me llevaste —preguntó—, ¿la pescaste o también la robaste?

Un murmullo sorprendido recorrió el círculo.

—La pesqué —respondió Kael—. Aunque reconozco que mis antecedentes con el ciervo no me favorecen.

Mara comenzó a reír. Era una risa luminosa, libre, parecida a la de la muchacha que había sido antes de la epidemia.

Cruzó el círculo entre miles de lobos que se apartaban para dejarla pasar. Al llegar frente a Kael, puso la palma sobre su pecho y sintió aquel latido profundo que había descubierto en la barcaza.

—Parece que uno de ustedes sigue haciendo trampa.

—¿Eso significa que aceptas?

—Significa que tendrás que ganártelo todos los días.

—Acepto las condiciones.

Un aullido estremeció las murallas.

Lady Sabine avanzó entonces y confesó que ella había ordenado desalojar a Mara. Los hombres habían provocado el incendio por iniciativa propia, pero Sabine reconoció que su desprecio les había abierto el camino.

Luego abrió el relicario que llevaba al cuello. Dentro conservaba una ramita seca de lavanda.

—Joran, Tercera Compañía de la Frontera —dijo con voz temblorosa—. Era mi hijo. Tú colocaste esto sobre su mortaja.

Kael quiso desterrarla, pero Mara decidió otra sentencia. Lady Sabine conservaría el nuevo libro de los muertos. Debería registrar cada nombre, aprender su historia y leerlos públicamente durante el resto de su vida, comenzando por Joran.

Meses después, un muelle nuevo se alzaba sobre el Lago Silente. Era más ancho, más fuerte y tenía lobos y flores de lavanda tallados en sus pilares.

Al atardecer, una barcaza azul navegaba hacia la Costa de Ceniza. Mara llevaba el ledger sobre las rodillas. A su lado descansaba un enorme lobo negro, con la cabeza apoyada en su regazo y la cola cubriéndole los pies como la manta que una vez había robado.

Mara colocó la mano sobre sus costillas.

El latido respondió, lento y profundo.

Esta vez, el lobo no necesitaba fingir que estaba muerto para descubrir qué ocurría con sus soldados.

Ahora conocía sus nombres.

Y ninguno de ellos volvería a ser olvidado.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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