Ocultó a su loba durante cinco años tras la emboscada, hasta que el aullido del Soberano la liberó.

Ocultó a su loba durante cinco años tras la emboscada, hasta que el aullido del Soberano la liberó.

PARTE 1

Durante cinco años todos en Hierroalto dijeron que mi loba estaba rota.

Yo también terminé creyéndolo.

Por eso, cuando el hombre más poderoso del norte cruzó el patio lleno de guerreros, dejó de escuchar al Alfa que lo recibía y caminó directamente hacia mí, pensé que estaba confundido.

Pero mi loba, silenciosa desde la noche en que perdí a mi familia, comenzó a golpear desde dentro de mi pecho como si acabara de despertar.

Me llamo Mara Cárdenas.

Tenía veintiséis años y oficialmente ayudaba en el salón de entrenamiento y los archivos de la manada Hierroalto, escondida entre las montañas del norte.

En realidad hacía lo que nadie más quería.

Limpiaba pizarras.

Ordenaba mapas.

Lavaba pisos después de medianoche.

Comía lo que quedaba cuando los demás terminaban.

Cinco años antes mi vida había sido diferente.

Mi padre era un oficial respetado.

Mi hermano mayor entrenaba para ocupar un puesto importante.

Los dos desaparecieron durante una emboscada en el Paso Bosquegris.

Yo sobreviví.

Regresé con un hombro lastimado y algo mucho peor.

Mi loba dejó de responder.

Los curanderos aseguraban que seguía dentro de mí, pero no conseguían sentirla correctamente.

Era como una brújula sin norte.

En una sociedad donde la fuerza de tu loba decidía buena parte de tu lugar, aquello me convirtió en alguien fácil de ignorar.

El regente Octavio Valdés me dejó permanecer en Hierroalto.

Siempre recordaba decir que aquello era generosidad.

Yo aprendí a llamarlo supervivencia.

La noche anterior a la inspección del Soberano Gabriel Varas, trabajé hasta después de las dos de la mañana.

Todo debía estar impecable.

Mientras limpiaba los archivos encontré un pequeño cuaderno de cuero detrás de una estantería.

Reconocí la letra inmediatamente.

Era de mi madre.

Había fallecido antes de la emboscada.

Ella había dirigido los archivos de Hierroalto durante años.

Pensé que encontraría cuentas viejas.

Encontré algo mucho más extraño.

Hablaba de una familia llamada Keldrath.

Una antigua línea de lobos del norte.

Y hablaba de mí.

Mi madre escribió que había pasado años enseñando a “lo que llevaba dentro” a permanecer oculto.

En la última página había una frase que me dejó sentada en el patio con las manos heladas:

Algún día alguien suficientemente fuerte la llamará. Entonces sabrá lo que es.

No entendí.

Cerré el cuaderno.

Y en ese momento sentí una vibración bajo el esternón.

Una sola vez.

Luego otra.

Mi loba.

Después de cinco años.

A la mañana siguiente llegó el Soberano.

Gabriel Varas gobernaba todas las manadas de la Sierra Ceniza.

Yo jamás lo había visto.

Solo conocía historias.

Decían que era joven para ocupar un territorio tan grande.

Que había terminado la guerra de Bosquegris.

Que todavía no tenía compañera.

Cuando su comitiva entró en Hierroalto, yo debería haber permanecido en los archivos.

Los miembros sin rango no debían llamar la atención durante una inspección.

Pero algo dentro de mi pecho tiró de mí.

Terminé en el patio sin recordar haber decidido salir.

Gabriel estaba junto a Octavio.

Alto.

Cabello negro.

Ojos grises.

Completamente inmóvil mientras todos trataban de impresionarlo.

Entonces giró la cabeza.

Hacia mí.

El patio parecía tener cien personas.

De pronto sentí que solo quedábamos dos.

Mi loba despertó con una fuerza brutal.

No con miedo.

Con reconocimiento.

Tuve que apoyarme contra la pared.

Los ojos de Gabriel cambiaron.

Su mandíbula se tensó.

Octavio continuó hablando durante unos segundos antes de darse cuenta de que el Soberano ya no lo escuchaba.

Gabriel preguntó quién era yo.

Octavio respondió como siempre.

Una muchacha sin rango.

Una sobreviviente de Bosquegris.

Una loba que ya no podía transformarse.

Vi desaparecer algo de la expresión tranquila de Gabriel.

Comenzó a caminar hacia mí.

Nadie intentó detenerlo.

Se detuvo a pocos pasos.

Me observó la cara.

Luego las manos.

Después las sombras debajo de mis ojos.

Me preguntó cuándo había dormido una noche completa por última vez.

No supe contestar.

Cinco años era demasiado tiempo para recordar.

Gabriel miró por encima de mi hombro hacia Octavio.

—Antes de irme tendremos una conversación sobre cómo funciona esta manada.

Después volvió a mirarme.

Me llevó a una habitación de huéspedes.

Mandó traer comida caliente.

Por primera vez en años alguien me sirvió una comida preparada para mí, no restos.

Cuando terminé, le conté sobre mi loba.

Sobre Bosquegris.

Sobre el cuaderno.

Gabriel se arrodilló frente a mi silla.

—¿Puedo tocarte?

Asentí.

Colocó la palma sobre mi esternón.

El efecto fue inmediato.

Algo enorme chocó desde dentro contra su mano.

Gabriel abrió mucho los ojos.

Por primera vez, el hombre del que todo el norte hablaba como si nada pudiera sorprenderlo parecía realmente desconcertado.

Volvió a presionar suavemente.

Mi loba respondió con tanta fuerza que tuve que contener el aire.

Gabriel levantó la mirada hacia mí.

—Mara… el curandero se equivocó.

Sentí un escalofrío.

—¿Sobre qué?

Su expresión cambió por completo.

—Tu loba nunca estuvo rota.

PARTE 2

—Tu loba nunca estuvo rota —repitió Gabriel.

No supe qué decir.

Había construido cinco años de mi vida alrededor de esa idea.

—Entonces, ¿por qué no podía sentirla?

Gabriel retiró lentamente la mano.

Me explicó que había conocido un caso parecido muchos años atrás.

Algunas líneas antiguas producían lobos demasiado poderosos para manifestarse con normalidad durante la infancia.

Si aparecían demasiado pronto, el propio cuerpo podía no soportarlo.

Por eso ciertas familias enseñaban a sus hijos a reprimirlos.

A dormirlos.

Mencionó nuevamente el nombre del cuaderno.

Keldrath.

Según los archivos del dominio, aquella manada había desaparecido hacía tres generaciones.

Sus tierras fueron absorbidas por otros territorios.

Pero sus descendientes no desaparecieron.

Se mezclaron.

Se escondieron.

Las mujeres de la familia conservaron la sangre.

Mi madre había sido una de ellas.

Los Keldrath eran conocidos por tres cosas.

Una extraordinaria capacidad para comprender la estructura de una manada.

Una forma de energía curativa mediante el contacto.

Y lobos de una fuerza poco común.

De pronto recordé cómo mi madre colocaba la mano sobre mi pecho cuando tenía pesadillas.

Siempre me calmaba.

Nunca había pensado que aquello pudiera significar algo.

—¿Por qué ocultármelo?

Gabriel miró el cuaderno.

—Quizá porque Hierroalto no estaba preparado para saber quién eras.

Eso dolió porque tenía sentido.

Mi madre había pasado años haciéndome pequeña.

Después murió.

Y mi loba continuó obedeciendo la última orden que comprendía.

Esperar.

Solo había una cosa capaz de atravesar una supresión tan profunda.

La llamada de un compañero.

Lo miré.

Él no apartó los ojos.

Ahí estaba la segunda verdad.

Gabriel y yo estábamos vinculados.

Pero en lugar de decirme que debía aceptarlo, preguntó si quería intentar despertar a mi loba.

Le dije que no esa noche.

Llevaba más de treinta horas despierta.

Gabriel señaló la cama.

Él durmió en un sillón.

Cuando desperté, ya no estaba.

Había comida sobre la mesa y una nota explicando que estaba reunido con Octavio.

También aclaraba que la mujer que vigilaba mi puerta estaba allí para impedir que otros entraran, no para impedirme salir.

Leí esa frase dos veces.

Más tarde recibí una visita inesperada.

Damián, el comandante que durante años había hecho mi vida todavía más difícil, se detuvo fuera de la habitación.

No entró.

Confesó algo que yo desconocía.

Mi padre había advertido semanas antes de la emboscada de Bosquegris que aquella ruta era peligrosa.

Damián había leído su informe.

Decidió ignorarlo.

Aquella decisión había enviado a mi padre y a mi hermano hacia la trampa.

No pidió perdón como si una palabra pudiera arreglarlo.

Solo dijo que llevaba cinco años recordando esa decisión.

Antes de marcharse añadió algo todavía más extraño.

Mi padre le había dicho una vez que yo llevaba dentro algo que merecía tiempo para despertar.

Todos parecían haber sabido fragmentos de mi historia excepto yo.

Al mediodía Gabriel regresó.

Octavio había sido suspendido.

La inspección había revelado que no solo yo recibía un trato por debajo de las normas mínimas.

Había cuatro miembros más.

La negligencia no era un accidente.

Se había convertido en política.

Por primera vez comprendí algo sobre aquella capacidad Keldrath que Gabriel había descrito.

Yo llevaba años viendo exactamente dónde estaba rota Hierroalto.

Simplemente nadie consideraba importante escucharme.

Esa tarde acepté intentar la transformación.

Fuimos a un claro lejos del complejo.

Los guerreros de Gabriel rodearon la zona mirando hacia afuera para darnos privacidad.

Me quité los zapatos.

Sentí la tierra fría.

Gabriel se quedó a cierta distancia.

Me dijo que no intentaría obligar a mi loba a salir.

Solo la llamaría.

Si perdía el control, él permanecería conmigo.

Entonces se transformó.

Su lobo era enorme.

Gris como una tormenta.

Levantó la cabeza.

Y aulló.

No fue especialmente fuerte.

Pero lo sentí dentro de los huesos.

Era como si alguien hubiera encontrado una puerta sellada dentro de mí y hubiera pronunciado la única palabra capaz de abrirla.

Caí de rodillas.

Cinco años de presión se liberaron al mismo tiempo.

Cuando recuperé conciencia de dónde estaba, ya no tenía dos manos sobre la tierra.

Tenía cuatro patas.

Podía oler el río a cientos de metros.

Escuchaba a los pájaros entre los pinos.

Y frente a mí todos los guerreros de Gabriel estaban completamente inmóviles.

Algunos incluso habían bajado la cabeza.

Miré mi reflejo en una pequeña poza.

Una loba gigantesca me devolvió la mirada.

Pelaje color ámbar.

Ojos gris verdosos.

Gabriel se acercó lentamente.

Su enorme lobo gris tocó su hocico contra el mío.

Mi cuerpo entero se calmó.

Cuando regresé a mi forma humana, él ya estaba cubriéndome con su abrigo.

Su voz tembló apenas.

—Ámbar.

No entendí.

Gabriel sí.

Los registros del dominio describían a todos los antiguos Alfas Keldrath de la misma manera.

Lobos de color ámbar.

Yo no era solo descendiente de aquella manada.

Era la última heredera directa de su línea Alfa.

Mi madre no había escondido una debilidad.

Había escondido una sucesión.

De repente, cinco años siendo tratada como una carga parecían todavía más absurdos.

Gabriel me invitó a acompañarlo a Sierra Ceniza.

No como sirvienta.

No como alguien bajo su protección.

Como igual.

Acepté ir.

Me llevé únicamente el diario de mi madre.

No miré atrás cuando salimos de Hierroalto.

La fortaleza de Gabriel era prácticamente una ciudad construida en la montaña.

Allí nadie me pidió que limpiara un salón antes de dormir.

Nadie decidió cuánto debía comer.

Y, para mi sorpresa, Gabriel tampoco esperaba que me convirtiera inmediatamente en una figura decorativa a su lado.

Comencé revisando archivos.

Después presupuestos.

Luego informes de comunidades fronterizas.

Resultó que mi capacidad para detectar problemas dentro de una manada servía para algo más importante que descubrir qué pasillo necesitaba ser limpiado.

Cuatro días después acepté formalmente nuestro vínculo.

Fue una ceremonia pequeña bajo la luna.

Gabriel me presentó ante su manada usando mi nombre antes que cualquier título.

Mara.

Última heredera Alfa de Keldrath.

Su compañera.

Su igual.

No su propiedad.

Las semanas siguientes fueron difíciles.

Algunos miembros del Consejo desconfiaban de una línea de sangre desaparecida durante tres siglos.

Yo asistí a cada reunión.

Tomé notas.

Hice preguntas.

Encontré errores que otros habían pasado por alto.

Poco a poco dejaron de discutir si yo pertenecía allí.

Empezaron a discutir conmigo sobre el trabajo.

Prefería eso.

Meses después, durante el solsticio de invierno, llegó la ceremonia pública de reconocimiento.

Llevaba al cuello un pequeño lobo de ámbar que había encontrado oculto en la contraportada del diario de mi madre.

Cuando Gabriel tomó mi mano frente a representantes de todas las manadas, escuché cientos de voces reconocer a la pareja soberana.

Pero debajo de ellas escuché algo más.

Una melodía.

Mi madre solía tararearla cuando yo era niña.

Nunca recordaba cómo terminaba.

Aquella noche, rodeada por una manada que comenzaba a convertirse en mi hogar, escuché por primera vez la última nota.

Entonces entendí lo que había querido decir cuando escribió que mi loba sabía esperar.

Durante cinco años creí que dentro de mí no quedaba nada.

La verdad era exactamente la contraria.

Había algo tan grande que necesitó toda una vida para aprender cuándo era seguro salir.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

Recommended for You

View Archive arrow_forward