La marca del dragón ardiente en su muñeca la noche en que nació el Emperador… solo el dragón sabe por qué.
La marca del dragón ardiente en su muñeca la noche en que nació el Emperador… solo el dragón sabe por qué.

PARTE 1
La noche en que Tamsin nació, dos gritos resonaron a casi quinientos kilómetros de distancia. En una humilde casa de las montañas, una partera puso a la niña en brazos de su madre y vio cómo aparecía en su muñeca una cicatriz plateada con forma de garra cerrada. En el palacio imperial, una cría de dragón color cobre llamada Ember rompió el cascarón entre rugidos que hicieron temblar las paredes del criadero.
La partera aseguró que la marca era un mal presagio. Atemorizada, la madre de Tamsin la cubrió con vendas y le enseñó a su hija que jamás debía mostrarla. Tamsin creció creyendo que aquella cicatriz era una deformidad vergonzosa. Cuando se convirtió en herrera y heredó la forja de su padre, comenzó a ocultarla bajo un protector de cuero, fingiendo que solo lo usaba para protegerse de las chispas.
Durante veintiséis años llevó una vida sencilla entre hierro, fuego y golpes de martillo. Nunca supo que Ember, desde el mismo día de su nacimiento, se volvía cada atardecer hacia las montañas del norte. La dragona estaba unida al emperador Corin, pero incluso él percibía en ella una inquietud imposible de calmar, como si una parte de su vínculo estuviera incompleta.
La respuesta apareció cuando Bram, un erudito de los Archivos Imperiales, encontró una profecía olvidada. El texto hablaba de la “marca reflejada”: una señal con forma de garra que aparecía en un recién nacido exactamente a la misma hora en que nacía el dragón de un emperador. Esa persona no reemplazaría al jinete, pero quedaría unida a ambos por un lazo antiguo que ni la distancia podía romper.
Corin dudó. Las profecías habían sido utilizadas demasiadas veces para manipular a su familia. Sin embargo, recordó las incontables noches en que Ember miraba hacia el norte y comprendió que debía permitirle buscar aquello que llevaba toda una vida llamándola. Contra el consejo de la corte, levantó las restricciones de vuelo.
Ember partió antes de que la orden terminara de pronunciarse.
Voló durante dos días, descansando solo cuando sus alas ya no podían sostenerla. Al atardecer del segundo día distinguió un pequeño pueblo entre las montañas. Sobre los tejados se elevaba el humo de una forja, acompañado por el sonido rítmico de un martillo. La dragona dio tres vueltas sobre el lugar hasta que una joven salió al umbral y levantó la mirada.
Los vecinos corrieron a encerrarse. Tamsin, en cambio, permaneció inmóvil. Sentía miedo, pero también una extraña familiaridad. Ember descendió en la plaza con una delicadeza inesperada y clavó sus ojos dorados en ella. Luego bajó la mirada hacia el protector de cuero de su muñeca.
—No sé qué quieres de mí —murmuró Tamsin.
La dragona se echó frente a la forja y pasó allí toda la noche, sin apartar los ojos de aquella muñeca cubierta. Al amanecer, los ancianos discutieron si debían atacarla o pedir ayuda al ejército. Cansada de escuchar, Tamsin cruzó sola la plaza. Ember bajó la cabeza hasta quedar a su altura.
Entonces Tamsin comprendió lo que le pedía.
Ignorando las advertencias, desabrochó el protector que había usado desde niña. La cicatriz plateada quedó expuesta ante todo el pueblo. Ember se volvió completamente inmóvil y acercó el hocico con un cuidado casi reverente.
Cuando su aliento rozó la marca, la cicatriz ardió por primera vez en veintiséis años.
Y en el instante en que la dragona la tocó, algo antiguo despertó dentro de Tamsin.
PARTE 2
El calor subió por el brazo de Tamsin y se extendió hasta su pecho. No era dolor, sino la sensación imposible de reconocer algo que nunca había conocido. Ember dejó escapar un sonido grave, profundo, lleno de alivio, y cerró los ojos mientras apoyaba el hocico contra la palma de la joven.
Tamsin comenzó a llorar sin comprender por qué.
—No sé qué acaba de pasar —susurró, acariciando las escamas cobrizas—, pero sé que esto no es un error.
Ember respondió inclinándose hacia ella con un afecto tan evidente que el miedo de los aldeanos se transformó en asombro.
Tres días después llegaron jinetes imperiales que habían seguido el rastro de la dragona. Su capitana, Corvina, observó la cicatriz y confirmó lo inimaginable: Ember era la dragona personal del emperador, y la marca de Tamsin había aparecido en la misma hora en que nacieron la dragona y Corin.
—Nunca la había visto en paz —admitió Corvina—. Ni siquiera junto al emperador. Sea lo que seas para ella, no es algo pequeño.
Los enviados quisieron llevar a Tamsin inmediatamente a la capital, pero ella se negó a abandonar la forja sin dejarla en buenas manos. Ember esperó junto a ella con paciencia, como si después de veintiséis años de búsqueda unos días más no tuvieran importancia.
Cuando todo quedó resuelto, Tamsin subió por primera vez al lomo de la dragona. Ember voló despacio, corrigiendo cada movimiento para no asustarla. A mitad del viaje, la joven comprendió que confiaba más en aquella criatura que en muchas personas a las que había conocido durante toda su vida.
El emperador Corin las esperaba sin ceremonia en la plataforma del palacio. Parecía más joven de lo que Tamsin imaginaba y llevaba tres noches sin dormir, aguardando noticias.
—He pasado toda mi vida preguntándome qué buscaba Ember en el cielo del norte —dijo—. Nunca pensé que la respuesta sería una persona.
Tamsin apoyó una mano sobre el costado de la dragona para mantener la firmeza.
—No sé en qué me convierte esto. Pero prefiero que me diga la verdad antes de que su corte invente una por mí.
Corin sonrió ante su franqueza. Le explicó que el vínculo no la convertía en sirvienta ni le imponía un cargo. La profecía solo aseguraba que sus vidas se habían encontrado; nadie sabía qué debían construir a partir de ese encuentro.
La corte no tardó en dividirse. Algunos nobles celebraban el cumplimiento de una antigua leyenda; otros despreciaban que la hija de un herrero hubiera llegado tan cerca del trono. Tamsin soportó los rumores como soportaba el hierro rebelde: con paciencia, firmeza y sin permitir que otros decidieran su forma.
Sin embargo, una duda empezó a atormentarla. Una noche, mientras caminaba con Corin por los jardines, le mostró la marca.
—Yo no elegí nacer bajo esta señal. ¿Cómo puedo saber si lo que siento es mío y no una orden de la profecía?
Corin guardó silencio antes de responder.
—Creo que la marca abrió una puerta, Tamsin. Pero no puede obligarnos a cruzarla.
Por primera vez desde la llegada de Ember, ella sintió que podía respirar. Decidieron conocerse sin hablar de destinos, coronas ni antiguas promesas. Corin visitaba la pequeña forja que Tamsin instaló en el palacio; ella escuchaba sus preocupaciones como gobernante; y ambos pasaban las tardes viendo a Ember descansar, por fin libre de aquella inquietud que la había perseguido desde su nacimiento.
Con el paso de las semanas, el afecto entre ellos dejó de parecer una consecuencia de la marca. Nació de las conversaciones sinceras, de las diferencias que aprendieron a respetar y de los silencios en los que ninguno necesitaba fingir.
Un mes después, Corin llevó a Tamsin al jardín donde habían hablado por primera vez sobre la libertad. No invocó la profecía ni mencionó lo que el imperio esperaba. Simplemente le preguntó si quería compartir con él la vida que ambos estaban construyendo.
Tamsin miró la cicatriz que durante tantos años había considerado una vergüenza. Después miró a Ember, acurrucada a pocos pasos, y finalmente al hombre que no le exigía obedecer al destino.
—Sí —respondió—. Pero porque yo lo elijo.
Ember los rodeó con sus alas y lanzó un rugido que resonó por todo el palacio. Bram, presente en la pequeña ceremonia, decidió escribir la historia completa para que el próximo portador de una marca reflejada supiera algo que los antiguos registros habían olvidado explicar.
La marca podía unir dos caminos. Podía guiar a un dragón a través de montañas y despertar un vínculo dormido durante décadas. Pero jamás podría elegir por el corazón humano.
Esa elección, desde el principio hasta el final, siempre había pertenecido a Tamsin.