Intentó esconderse en el baile… ¡sin saber que el Rey Vampiro llevaba 4 años buscándola!

Intentó esconderse en el baile… ¡sin saber que el Rey Vampiro llevaba 4 años buscándola!

El rey vampiro atravesó el salón sin mirar a ninguna de las mujeres que esperaban su atención.

Cruzó derecho hacia mí, que me escondía detrás de una maceta para que nadie notara mi vestido remendado.

Y cuando estuvo frente a mí, dijo algo que hizo que se me olvidara hasta respirar: llevaba cuatro años buscándome.

Me llamo Elena Salas. Tenía treinta y ocho años y vivía en una cabaña heredada de mis padres, a las afueras de San Isidro de la Sierra, Coahuila. Desde que mi esposo, Mateo, murió, enseñaba a leer a tres niñas del pueblo y trataba de sostener la casa con lo poco que ganaba.

El problema era que el banco quería quitármela.

La notificación de embargo seguía escondida en la manga de mi vestido: once días para pagar una deuda que no podía cubrir. Había vendido muebles, vajillas y hasta el reloj de mi padre. Aun así, los intereses crecían más rápido que mis posibilidades.

Mi tía Beatriz me había convencido de asistir al baile de invierno en la Hacienda de la Cañada.

—No puedes pasar el resto de tu vida escondida entre esos árboles —me dijo mientras me ayudaba con el vestido azul, remendado dos veces.

—No estoy escondida. Estoy ocupada.

—Eso mismo dicen los que se esconden.

El baile estaba lleno de apellidos importantes y joyas que seguramente costaban más que mi casa. Yo me quedé detrás de una columna, con una copa de sidra en la mano y la esperanza de pasar desapercibida.

Entonces las conversaciones se apagaron.

El dueño de la Casa de los Cuervos había llegado.

León Montemayor era conocido como el rey vampiro del norte. Decían que llevaba siglos gobernando sus tierras en la Sierra de Arteaga. Decían también que podía escuchar una mentira antes de que terminara de salir de la boca de quien la contaba.

Yo no creía todo lo que se decía de él, pero cuando entró con su abrigo negro y el cabello plateado cayéndole sobre los hombros, entendí por qué nadie se atrevía a hablar fuerte.

Sus ojos recorrieron el salón.

Y se detuvieron en mí.

—¿Por qué me está mirando? —le susurré a mi tía.

—Porque viene hacia acá.

—Eso no puede ser.

Pero sí podía. León pasó junto a las mujeres que se habían arreglado para llamar su atención y caminó hasta mi escondite. Se detuvo frente a mí, tan cerca que pude ver el reflejo de las velas en sus ojos.

—Señora Salas.

—No creo que nos conozcamos.

—No nos conocemos.

Esperé que explicara por qué me hablaba. En vez de hacerlo, dijo:

—Pero llevo cuatro años buscándola.

A mi tía se le escapó un sonido ahogado.

Yo apreté la copa. Él sabía mi nombre, el de mi difunto esposo y el de mis padres. Quizá cualquier persona del valle podía averiguar eso. Pero algo en su voz hizo que me sintiera encontrada, no investigada.

—¿Para qué?

León miró el papel que yo llevaba oculto bajo la manga.

—Su casa no será embargada.

El alivio me duró menos de un segundo. Después llegó el enojo.

—¿Quién le dijo que podía meterse en mis asuntos?

—Nadie. Lo hice porque revisé su cuenta.

—¿Y también decidió pagarla?

—No pagué nada.

Me explicó que el banco había agregado cargos indebidos y no había acreditado varios pagos que Mateo hizo antes de morir. Al corregir las cuentas, la deuda desaparecía.

—¿Por qué haría eso por mí?

León bajó la mirada un instante.

—Porque hay alguien que quería que la encontrara.

—¿Quién?

Su rostro, tan sereno desde que llegó, cambió. Parecía que de pronto cargara un invierno entero sobre los hombros.

—Mi hermana. Se llamaba Isabel. Pero quizá usted la conoció como Bella.

El nombre me golpeó con la fuerza de una puerta que se abre de pronto a una habitación cerrada. Cuatro años antes, durante una nevada, encontré a una mujer enferma en una cabaña abandonada junto al camino del molino. Me presenté al día siguiente con sopa. Después llevé leña, cobijas y libros.

Ella decía llamarse Bella Ríos. Nunca habló mucho de su familia. Yo tampoco le pregunté. Cuando murió, me quedé junto a su cama y le sostuve la mano hasta que dejó de temblar.

—¿Bella era su hermana? —pregunté.

—Sí.

No supe qué decir. León sacó una carta doblada del interior de su abrigo. Reconocí la letra antes de que me la ofreciera.

—Escribió esto antes de morir —dijo—. Me pidió que lo encontrara.

Miré la firma de Bella, la nieve que golpeaba los ventanales y el aviso de embargo que seguía apretado contra mi muñeca.

Entonces el rey vampiro me tendió la carta de mi amiga muerta y dijo:

—Antes de abrirla, necesito que sepa que Bella dejó escrito por qué me pidió buscarla.

PARTE 2 

Por un instante, no pude tomar la carta.

No porque temiera lo que decía, sino porque llevaba cuatro años intentando aceptar que Bella ya no estaba. La había conocido bajo un nombre falso, en una cabaña helada, y aun así había llegado a sentirla como parte de mi familia.

—¿Por qué no vino antes? —pregunté.

—No sabía quién era usted. Bella solo escribió que vivía cerca del camino del molino, que tenía una tía y que era hija de un hombre que trabajaba la madera. Había varias familias que coincidían. Cuando la encontré, usted ya no estaba en la cabaña.

—Me fui con mi tía durante casi un año.

—Lo sé. Me tomó tiempo encontrar los registros correctos.

No lo dijo para justificarse. Solo puso la carta en mi mano y esperó.

La abrí bajo la luz de las velas.

“Querido León: si ya encontraste a Elena, seguramente estás intentando pagarle por haberme cuidado. No lo hagas. No conviertas una bondad en deuda solo porque no sabes recibirla. Ella me llevó sopa, leña y libros, y nunca me preguntó qué era ni qué podía ofrecerle. Solo me preguntaba si tenía frío. Si quieres agradecerle, escúchala. Si desea tu compañía, dásela sin pedir nada a cambio.”

Tuve que detenerme. Las letras de Bella se volvían borrosas.

Al final, había añadido: “No me fui de este mundo con miedo. Elena se quedó conmigo hasta el final.”

No pude contener las lágrimas. Me había pasado años pensando que la cabaña había quedado vacía porque todos abandonaban a Bella. Nunca imaginé que alguien hubiera llegado después de mí, ni que su hermano hubiera pasado cuatro años buscándome para entregarme unas palabras.

—¿Ella habló de mí? —pregunté.

León asintió.

Me contó que llegó a la cabaña tres días antes de que Bella muriera. Yo había salido a buscar agua. Cuando él entró, me encontró sentada junto a la cama de su hermana, sosteniéndole la mano.

—Pensé que estaba sola —dije.

—No lo estaba.

La manera en que lo dijo me hizo bajar la vista.

No le debía nada. Él tampoco me debía nada a mí. Y, sin embargo, aquel encuentro había puesto algo nuevo entre los dos: una amistad que ninguno sabía todavía cómo llamar.

Mi tía Beatriz apareció a nuestro lado, menos emocionada que curiosa.

—¿La cabaña seguirá siendo de Elena? —preguntó.

—Sí —respondió León—. El banco corregirá los registros y entregará el título limpio.

—¿Y no va a cobrarle el favor?

—No.

—Bien. Porque Elena no necesita otro hombre diciéndole qué hacer con su vida.

León aceptó el regaño sin protestar.

Yo tampoco sabía si confiar en él. Pero la carta de Bella me había dejado algo claro: no quería que su muerte se convirtiera en una obligación para mí. Así que le pedí que, si de verdad quería conocerme, empezara por hacer algo sencillo.

—Puede venir a tomar té el próximo miércoles. Media hora.

—¿A las tres?

—A las tres.

El primer miércoles llegó puntual. Se sentó en la silla vieja de mi padre y aceptó una taza de té que no probó. Hablamos del clima, de las niñas a quienes yo enseñaba y de los caminos que la nieve había dejado intransitables.

La siguiente semana vino de nuevo.

Y la siguiente también.

Cada miércoles, León llegaba a las tres. Nunca se quedaba más de media hora sin preguntarme antes. Aprendió los nombres de mis alumnas y recordó que a Ruth le costaba distinguir algunas letras. Una vez apareció con pizarras y gises para ellas.

—No le pedí que comprara esto —le dije.

—Lo sé.

—No me debe resolver cada problema que menciono.

—Lo sé.

A la semana siguiente encontré una manta de lana nueva sobre las piernas de don Tomás, el zapatero, que sufría de dolor en las rodillas. Tenía un pequeño cuervo bordado en una esquina.

No acusé a León. Él no lo admitió. No hacía falta.

Poco a poco, las medias horas dejaron de parecer una visita formal. A veces caminábamos junto al río. Otras, se quedaba a cenar con mi tía. Descubrí que sabía reconocer pájaros por sus cantos, pero no podía pelar una papa sin llevarse la mitad. Él descubrió que yo podía pasarme una tarde entera corrigiendo cuadernos y que no me impresionaban ni su hacienda ni sus siglos de vida.

El día que confesó que tenía doscientos sesenta y tres años, yo estaba sirviendo café.

—Eso no puede ser —dije.

—Lo es.

Miré su rostro, que parecía no tener más de cuarenta.

—¿No se vuelve solitario vivir tanto?

León bajó la vista hacia la taza.

—Al final, todos se convierten en un recuerdo.

Pensé en Bella, en Mateo y en las sillas vacías de mi casa.

—Eso no significa que uno deba dejar de acercarse a los demás —le dije.

No respondió. Pero la semana siguiente se quedó más de media hora.

La nieve cayó con fuerza un miércoles de diciembre. A las tres no llegó. A las tres y media, me dije que era lo más sensato. A las tres con treinta y siete minutos, escuché una carreta detenerse frente a la casa.

León apareció en la puerta con nieve en los hombros.

—Llegas tarde —le dije.

—Un árbol bloqueó el camino.

—Pudiste regresar.

—Sí.

—¿Y por qué no lo hiciste?

—Porque había dicho que vendría.

Esa tarde el camino se volvió demasiado peligroso para que regresara. Mi tía lo obligó a quedarse a cenar y le puso un cuchillo en la mano para que ayudara con las papas. Arruinó varias antes de que ella se las quitara.

Por primera vez, vi al rey vampiro reírse de sí mismo.

Cuando mi tía se fue a dormir, nos quedamos frente al fuego. Hablamos de Bella y de Mateo, de lo distinto que era extrañar a alguien cuando todo el mundo esperaba que ya hubieras superado la pérdida.

—No tienes que dejar de amar a Mateo para querer a alguien más —dijo León.

—¿Y si el tiempo que me queda es muy poco comparado con el tuyo?

—Entonces será poco. Pero será nuestro mientras dure.

No me prometió que podría impedir mi muerte. No fingió que yo sería inmortal. Solo reconoció que el tiempo tenía un límite y que, aun así, podía valer la pena compartirlo.

Semanas después, me pidió que lo acompañara a la Casa de los Cuervos. En la biblioteca me entregó otra carta de Bella. Ella le había escrito antes de conocernos. Le recordaba que no debía buscarme para convertir mi bondad en una deuda; debía dejarme decidir si quería verlo.

—¿Por eso tardó tanto en enseñármela? —pregunté.

—Porque no quería que pareciera una obligación más.

—¿Y ahora?

—Ahora ya no vengo por Bella. Vengo porque me haces falta cuando pasan seis días sin verte.

Me besó solo después de que yo acorté la distancia.

Cinco meses más tarde, en la primavera, me pidió matrimonio junto a los manzanos de la cabaña. Acepté con tres condiciones: seguiría viviendo en San Isidro, mantendría mis clases y nadie —ni la corte ni un rey— decidiría por mí.

Seis semanas después nos casamos en la iglesia del pueblo. Mi tía llevó el anillo. Las niñas dejaron flores en el camino. León no me pidió abandonar la casa donde había amado a Mateo, y yo nunca tuve que elegir entre recordar a mi primer esposo y construir una vida nueva.

Un año más tarde, nació nuestra hija. Cuando abrió los ojos, eran grises como los de su padre. León la sostuvo con el cuidado de quien ha temido perder a todos los que ama.

A veces, los miércoles todavía tomamos té a las tres. Él sigue sin disfrutarlo. Yo sigo sirviéndoselo.

La carta de Bella está guardada junto a la música que Mateo me dejó. Cada cosa pertenece a una parte distinta de mi vida; ninguna borra a la otra.

El rey cruzó aquel salón buscando a la mujer que acompañó a su hermana en su último invierno. Encontró también a una viuda que estaba a punto de perder su casa y que ya no creía que pudiera empezar de nuevo.

Pero no me rescató ni me compró con una deuda saldada.

Solo tocó la puerta cada miércoles y esperó a que yo decidiera abrirla.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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