Fingió una enfermedad para escapar de la selección del Rey Vampiro; él apareció junto a su cama y dijo: «Esperaré».

Fingió una enfermedad para escapar de la selección del Rey Vampiro; él apareció junto a su cama y dijo: «Esperaré».

PARTE 1 

Isabel había planeado su enfermedad con una precisión casi perfecta.

Fiebre alta.

Escalofríos.

Debilidad.

Sudor.

Dos semanas aislada serían suficientes para perderse las pruebas más importantes de la Selección Real y regresar a casa sin deshonrar a su familia.

El plan era brillante.

Hasta que el Rey Vampiro apareció junto a su cama.

La Selección reunía a todas las jóvenes elegibles del reino. Durante semanas serían evaluadas por su inteligencia, carácter y habilidad para convertirse en consorte del rey.

Isabel odiaba la idea.

Había leído demasiado sobre las antiguas guerras, sobre humanos utilizados como piezas políticas y sobre el poder de los vampiros.

No quería convertirse en el adorno de ningún inmortal.

Por eso había conseguido una mezcla de hierbas capaz de provocar una enfermedad falsa.

Y funcionó.

Los sanadores del palacio la enviaron inmediatamente a aislamiento.

Mientras las demás jóvenes conocían al rey, Isabel permanecía felizmente escondida en una habitación del ala oriental.

Lo que no sabía era que el rey Darius estaba aburrido.

Había vivido tres siglos.

Había conocido decenas de candidatas.

Todas sonreían demasiado.

Todas intentaban impresionarlo.

Todas parecían representar un papel.

Entonces su mayordomo mencionó a la joven enferma que, durante la entrevista de ingreso, había preguntado más por la biblioteca del palacio que por convertirse en reina.

Por primera vez en mucho tiempo, Darius sintió curiosidad.

Esa misma noche entró silenciosamente en la habitación de Isabel.

Ella despertó y casi gritó.

Frente a su cama estaba el hombre del que llevaba meses intentando escapar.

Cabello oscuro.

Ojos plateados.

Una presencia que hacía que toda la habitación pareciera demasiado pequeña.

—Su Majestad…

Darius observó su rostro febril.

—Estás ardiendo.

—Eso parece.

—Preguntaste por mi biblioteca.

Isabel parpadeó.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque quería leer.

Darius sonrió.

No una sonrisa política.

Una auténtica.

A la mañana siguiente, tres cajas de libros llegaron a su habitación.

Después el rey volvió.

Y regresó otra vez.

Cada noche hablaban.

De filosofía.

De historia.

De botánica.

De libertad.

Isabel comenzó a descubrir algo terriblemente inconveniente.

Darius no era el monstruo arrogante que había imaginado.

Era inteligente.

Paciente.

Sarcástico.

Y profundamente cansado de personas que fingían ser lo que él quería.

El problema era que ella también estaba fingiendo.

Una noche Darius la miró durante demasiado tiempo.

—Estás ocultando algo.

Isabel sintió que el corazón se le aceleraba.

—Todos ocultamos algo.

—Tú más que la mayoría.

Finalmente no pudo soportarlo.

—Fingí la enfermedad.

El silencio fue absoluto.

Darius ni siquiera pareció sorprendido.

—Lo sé.

Isabel se incorporó.

—¿Qué?

—Reconocí la mezcla de hierbas desde la primera noche.

—Entonces ¿por qué seguiste viniendo?

Darius se acercó.

—Porque una mujer capaz de envenenarse voluntariamente para evitar convertirse en reina me parecía mucho más interesante que cualquiera que estuviera desesperada por obtener una corona.

Isabel lo miró horrorizada.

—Yo no quería que me eligieran.

—Lo entiendo.

—Quiero decidir mi propia vida.

—También lo entiendo.

Por primera vez, creyó que quizá él realmente la escuchaba.

Entonces la puerta se abrió.

Una mujer de cabello negro entró con un antiguo diario entre las manos.

Era Moravith, hermana del rey.

Su expresión era grave.

—Darius, necesitamos hablar.

Miró directamente a Isabel.

—Encontramos algo sobre ella en los archivos sellados.

Isabel sintió frío.

—¿Sobre mí?

Moravith abrió el diario.

Había un retrato.

Una mujer de cabello oscuro.

Los mismos ojos.

La misma nariz.

El mismo rostro.

El rostro de Isabel.

Pero el dibujo había sido realizado casi un siglo antes de que ella naciera.

Darius cerró los ojos.

—No quería que descubrieras esto así.

Isabel retrocedió.

—¿Descubrir qué?

Moravith respondió:

—Que esta no es tu primera vida.

Y entonces añadió las palabras que destruyeron todo lo que Isabel creía saber sobre sí misma:

—Has nacido muchas veces… y en cada vida terminas regresando a él.

PARTE 2 

Isabel no pudo hablar.

Moravith comenzó a colocar viejos retratos sobre la mesa.

Una joven noble.

Una comerciante.

Una estudiosa.

Una revolucionaria.

Todas tenían su rostro.

—Tu alma quedó atrapada en un ciclo —explicó—. Cada cierto tiempo vuelves a nacer.

—Eso es imposible.

—Tus recuerdos cambian. Tu familia cambia. Pero ciertas partes siempre permanecen.

Darius añadió:

—Tu curiosidad. Tu obstinación. Tu necesidad de elegir por ti misma.

Isabel lo miró.

—¿Y tú cómo sabes todo esto?

Su expresión respondió antes que sus palabras.

—Porque te he visto regresar.

Sintió náuseas.

—¿Cuántas veces?

—Nueve.

Darius confesó que siglos atrás Isabel había sido hija de un poderoso mago.

Durante una guerra intentaron asesinarla.

Él trató de protegerla con un hechizo.

La magia chocó con una contramaldición.

El resultado no la mató completamente.

Atrapó su alma en un ciclo de renacimiento.

Desde entonces Darius la había visto nacer una y otra vez.

Siempre había intentado mantenerse lejos.

Siempre había querido darle una vida propia.

Pero la maldición terminaba acercándola nuevamente hacia él.

—Entonces la Selección tampoco fue casualidad.

Moravith negó.

—La magia todavía te atrae hacia el origen del hechizo.

Isabel se volvió hacia Darius.

—¿Así que todo lo que siento por ti tampoco es real?

—No.

Su respuesta fue firme.

—La magia puede acercarte. No puede obligarte a quererme.

—¿Cómo puedes saberlo?

—Porque muchas de tus otras vidas me rechazaron.

Aquello la sorprendió.

Darius sonrió tristemente.

—Y las dejé marcharse.

Por primera vez Isabel entendió la verdadera tragedia.

No era un rey que hubiera pasado siglos reclamándola.

Era un hombre que había pasado siglos perdiéndola.

Moravith explicó algo todavía más importante.

El ciclo estaba debilitándose.

Si Isabel sobrevivía aquella vida, podría ser la última.

Existía un ritual para romper definitivamente la maldición.

Después sería completamente humana.

Sin reencarnaciones.

Sin destino mágico.

Sin ninguna fuerza obligándola a regresar a Darius.

—¿Y si hago el ritual y después decido marcharme? —preguntó.

Darius la miró directamente.

—Te dejaré ir.

—¿Aunque te destruya?

—Sí.

—¿Por qué?

Su voz bajó.

—Porque prefiero perderte siendo libre que conservarte porque una maldición decidió por ti.

Aquella respuesta cambió algo dentro de Isabel.

Pero no quiso decidir inmediatamente.

Leyó los diarios de sus antiguas vidas.

Descubrió quién había sido.

Una académica obsesionada con el conocimiento.

Una mujer de negocios conocida por discutir con cualquiera.

Una rebelde que había luchado contra un gobierno injusto.

Eran vidas distintas.

Pero reconocía algo de sí misma en cada una.

Y también leyó sobre Darius.

Sobre cómo siempre se alejaba.

Sobre cómo la observaba construir una vida sin intervenir.

Sobre cómo selló los registros porque ya no soportaba esperar cien años para volver a verla únicamente para perderla otra vez.

Finalmente entendió algo.

Su pasado explicaba quién era.

Pero no tenía derecho a decidir quién sería.

Fue a buscarlo en la biblioteca.

—Quiero romper el ciclo.

Darius permaneció inmóvil.

—Entonces mañana realizaremos el ritual.

—Pero hay algo más.

—¿Qué?

Isabel respiró profundamente.

—Después quiero quedarme.

Darius la observó con una mezcla de esperanza y miedo.

—¿Por la maldición?

—No.

Se acercó.

—Precisamente por eso quiero romperla primero.

Sonrió.

—Quiero saber que cuando te elija, soy yo quien lo está haciendo.

Darius tomó sus manos.

—¿Estás segura?

—Completamente.

Después añadió:

—Pero no voy a convertirme en una reina decorativa.

—Nunca esperé que lo hicieras.

—Quiero estudiar.

—Hecho.

—Quiero viajar.

—Hecho.

—Quiero conservar mi apellido.

—Hecho.

—Y quiero una biblioteca con mi nombre.

Por primera vez Isabel vio al Rey Vampiro reír sin contenerse.

—Eso puede arreglarse.

El ritual se realizó poco después.

Isabel sintió cómo una fuerza invisible se desprendía de su alma.

Cuando abrió los ojos, Moravith sonreía.

Darius tomó su mano.

—Ahora eres libre.

Aquellas palabras significaban más que cualquier declaración de amor.

Isabel observó al hombre que había esperado siglos.

—Entonces ahora podemos empezar.

No se casaron inmediatamente.

Pasaron meses conociéndose sin profecías ni maldiciones.

Isabel estudió en la biblioteca.

Discutió con ministros.

Criticó las leyes que consideraba absurdas.

Y Darius, para sorpresa de todos, parecía disfrutar cada discusión.

Finalmente una tarde él la llevó al jardín.

—He amado muchas versiones de ti —dijo—. Pero esta vez quiero preguntarle a esta mujer, no a su alma, no a su pasado.

Se arrodilló.

—Isabel, ¿quieres casarte conmigo?

Ella sonrió.

—Sí.

Después levantó un dedo.

—Con condiciones.

Darius rio.

—Por supuesto.

Años más tarde, Isabel dirigía una enorme biblioteca abierta a todo el reino.

Tuvo hijos.

Envejeció.

Vivió una vida completamente humana.

Y cuando finalmente murió pacíficamente, no volvió a nacer.

La maldición había terminado.

Darius nunca volvió a casarse.

Cuando alguien le preguntaba por qué, respondía simplemente:

—Pasé siglos esperando encontrarla. Cuando finalmente pude amarla sin magia decidiendo por nosotros, una sola vida fue suficiente.

Y durante generaciones, un retrato de Isabel permaneció en la entrada de aquella biblioteca.

Debajo había una frase sencilla:

“El destino puede llevarte hasta una puerta. Pero solo tú decides si quieres cruzarla.”

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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