Finge que ese bebé es mío , susurró el Rey Alfa a la Omega Rechazada que nadie deseaba
Finge que ese bebé es mío", susurró el Rey Alfa a la Omega Rechazada que nadie deseaba

PARTE 1
Nunca olvidaré el sonido de las doscientas personas conteniendo el aliento cuando mi prometido pronunció mi sentencia.
—No tiene aroma.
Yo estaba de pie en medio del salón ceremonial, vestida de blanco, esperando que Cael Thorn completara nuestro vínculo frente a nuestras familias. Durante meses me habían dicho que aquella ceremonia sería el comienzo de mi verdadera vida.
En cambio, se convirtió en mi ejecución social.
Cael inhaló nuevamente cerca de mi cuello y su expresión pasó de la confusión al desprecio.
—No siento nada —declaró—. Ninguna dulzura. Ninguna esencia Omega. Está defectuosa.
Los murmullos comenzaron inmediatamente.
Mi padre se levantó.
—Tres sanadores certificaron que Isla es Omega.
—Entonces los tres se equivocaron.
Cael me miró como si yo fuera algo desagradable pegado a su zapato.
Intenté acercarme.
—Cael, podemos hablar de esto…
Retrocedió.
—No quiero vincularme con una mujer que ni siquiera puede demostrar lo que es.
Sentí que algo se rompía dentro de mí.
Entonces pronunció formalmente el rechazo.
Frente a todos.
Frente a mi familia.
Frente a quienes habían venido a celebrar mi futuro.
Mis rodillas tocaron el mármol.
Nadie me ayudó.
Ni siquiera mi padre.
Pero antes de que pudiera levantarme, una voz profunda atravesó el salón.
—Qué espectáculo tan lamentable.
Todos se volvieron.
El hombre que entró vestido de negro no necesitaba presentación.
El Rey Alfa Damon Corbus.
Su presencia cambió el aire.
Cael palideció.
Damon caminó hacia nosotros y lo observó con una frialdad casi divertida.
—Así que rechazas públicamente a una Omega porque no huele como esperabas.
—Majestad, ella es defectuosa.
Los ojos grises del rey se dirigieron hacia mí.
Durante toda mi vida había sido invisible.
Pero Damon me observó como si pudiera ver detrás de mi piel.
Se acercó y aspiró suavemente.
Esperé la misma expresión de asco.
No llegó.
En cambio, algo parecido a reconocimiento apareció en sus ojos.
Se inclinó hacia mí.
—No eres invisible porque estés vacía —susurró—. Eres invisible porque hay cosas demasiado peligrosas para ser detectadas.
Antes de que pudiera preguntar qué significaba aquello, se enderezó.
—Esta Omega queda bajo protección real.
Mi padre protestó.
Damon ni siquiera lo miró.
—Ya decidiste su destino cuando permitiste que fuera humillada. Ahora decido yo.
Aquella misma noche mi padre firmó mi transferencia al palacio.
Ni siquiera se despidió.
Durante el viaje hacia la capital, finalmente encontré valor para preguntar:
—¿Por qué yo?
Damon apoyó los brazos sobre las rodillas.
—Precisamente porque no tienes aroma.
Entonces me explicó que su hermano menor, Caspian, esperaba heredar el trono si Damon moría sin descendencia. Varias Omegas que habían quedado embarazadas dentro del palacio habían muerto misteriosamente.
Accidentes.
Envenenamientos.
Caídas.
Necesitaba un heredero que sus enemigos no pudieran rastrear.
—Una Omega sin aroma puede ocultar un embarazo —dijo.
Sentí un escalofrío.
—¿Quieres que tenga un hijo contigo?
Damon guardó silencio.
Después sus ojos descendieron hacia mi vientre.
—No exactamente.
Mi respiración se detuvo.
—¿Cuándo fue tu último ciclo, Isla?
Comencé a contar mentalmente.
Demasiadas semanas.
Entonces recordé aquella noche después del banquete de compromiso. El vino. Cael llevándome a una habitación. Despertar sola, confundida, con recuerdos incompletos.
Damon vio la respuesta en mi rostro.
—Creo que ya estás embarazada.
Sentí que el mundo se inclinaba.
—No…
—Cael probablemente lo sabía. Un hijo concebido antes de un vínculo arruinaría la imagen de pureza de su familia.
Las lágrimas llenaron mis ojos.
—Entonces, ¿qué quieres de mí?
Damon extendió la mano.
—Quiero que hagamos un trato.
Lo miré.
—¿Qué clase de trato?
Su expresión se volvió completamente seria.
—Finge que ese bebé es mío.
PARTE 2
Me quedé mirando su mano.
—¿Quieres convertir al hijo que estoy esperando en heredero del reino?
—Quiero protegerlo.
—Quieres proteger tu trono.
—También.
Al menos no mintió.
Damon me ofreció seguridad, recursos y un nombre para un niño que de otra manera sería considerado una vergüenza por la misma sociedad que había permitido que Cael me rechazara públicamente.
Pero lo que terminó convenciéndome fue otra cosa.
—Si aceptas —dijo—, nadie decidirá por ti otra vez. Ni tu padre. Ni Cael. Ni yo. Cuando esto termine, podrás marcharte si quieres.
Miré su mano.
Después la tomé.
—Acepto.
En el palacio conocí a Meredit, la anciana sanadora encargada de vigilar mi embarazo.
Confirmó que el bebé estaba sano.
Pero cuando examinó mi esencia, su expresión cambió.
—No eres defectuosa.
Casi me reí.
—Todo el reino parece opinar lo contrario.
Meredit negó lentamente.
Me habló de las Silenciosas.
Un antiguo linaje de Omegas cuya esencia era tan poderosa que se plegaba sobre sí misma, volviéndose prácticamente imposible de detectar.
Podían calmar Alfas violentos.
Neutralizar impulsos dominantes.
Incluso influir sobre manadas completas sin necesidad de fuerza.
—Se decía que desaparecieron hace siglos —explicó Meredit—. Fueron perseguidas precisamente porque los Alfas no podían controlarlas.
Me quedé helada.
Aquello que había causado mi humillación quizá no era una debilidad.
Era poder.
Y alguien dentro del palacio ya lo sabía.
Lo descubrí cuando una guardia entró a mi habitación empuñando una jeringa con líquido oscuro.
—Pagan muy bien por sangre antigua.
Se lanzó contra mí.
No tuve tiempo de pensar.
Extendí la mano.
Algo salió de mi cuerpo como una onda invisible.
La mujer cayó al suelo inconsciente.
Cuando Damon llegó, miró primero a la guardia y después a mí.
—Tu poder despertó.
—¿La maté?
—No.
Se acercó.
—La detuviste sin tocarla.
Aquella noche supimos que los atacantes querían llevarme hasta un antiguo templo donde, siglos atrás, las Silenciosas habían sido utilizadas para extraer su esencia y fabricar sustancias capaces de controlar manadas.
Pero no solo querían mi sangre.
Querían al bebé.
Damon descubrió quién estaba detrás.
Caspian.
Su propio hermano.
Y probablemente Cael también estaba involucrado.
La guerra dejó de ser una amenaza lejana.
Había comenzado dentro del palacio.
Meredit comenzó a enseñarme a controlar mi poder.
Damon se negó al principio.
—Estás embarazada.
—Precisamente por eso necesito aprender a defenderme.
Ya estaba cansada de esconderme.
De ser la mujer que otros movían de un lugar a otro según sus intereses.
Mientras entrenaba, Damon y yo también cambiamos.
Nuestro acuerdo había comenzado como estrategia.
Pero él jamás cruzó una línea sin mi permiso.
Cuando mi primer celo verdadero apareció con una intensidad que ni siquiera mi embarazo podía suprimir, Damon permaneció conmigo encerrado durante días.
Podría haber aprovechado mi vulnerabilidad.
No lo hizo.
—Si alguna vez me eliges —me dijo mientras luchaba contra sus propios instintos—, será porque tú quieres hacerlo. No porque tu cuerpo te obligue.
Aquellas palabras hicieron más por mí que cualquier promesa romántica.
Porque Cael había querido poseerme.
Mi padre había querido utilizarme.
La sociedad había querido definirme.
Damon era el primer hombre que me estaba ofreciendo elección.
Cuando finalmente lo besé, lo hice porque quería.
No por el trato.
No por el bebé.
No por el reino.
Después de aquella noche dejamos de fingir.
El hijo que llevaba quizá no compartiera su sangre biológica, pero Damon ya hablaba de él como nuestro hijo.
Entonces Cael regresó.
Entró al salón del trono acompañado por representantes del clan del norte y miró mi vientre.
—Ese niño podría ser mío.
Damon se levantó.
—Es mi heredero.
Cael se rio.
—¿De verdad vas a criar al hijo de otro hombre?
Antes de que Damon respondiera, lo hice yo.
—Tú renunciaste a cualquier derecho sobre mí cuando me humillaste y me rechazaste.
Cael me observó sorprendido.
—Tú nunca hablabas así.
—Porque estaba demasiado ocupada intentando ser suficiente para ti.
Después llegaron las acusaciones.
Cartas falsificadas que me señalaban como traidora.
Caspian convenció a parte del consejo de ordenar mi arresto.
Meredit me ayudó a escapar por un pasadizo secreto.
Pero cuando llegué a los aposentos de Damon, Caspian ya estaba allí.
Cinco guardias lo acompañaban.
Sonrió.
—Hola, cuñada.
Me capturaron.
Desperté en el templo de las Silenciosas, atada a una mesa de piedra.
Caspian quería usar mi poder y controlar al heredero.
Cael también estaba allí.
Cuando intenté resistirme, me golpeó.
Fue entonces cuando comprendí que nunca había sentido amor por mí.
Solo había odiado perder algo que creía suyo.
El ritual comenzó.
Pero habían cometido un error.
Me habían llevado precisamente al lugar donde las mujeres de mi linaje habían muerto.
Sus marcas estaban en las paredes.
Su historia estaba bajo mis manos.
Y por primera vez sentí todo mi poder despierto.
La energía explotó.
Las cadenas se rompieron.
Los guardias cayeron de rodillas.
Las sombras del antiguo ritual se deshicieron.
Y cuando Damon irrumpió con sus hombres, me encontró de pie en medio del templo mientras toda aquella energía giraba a mi alrededor.
No vio un monstruo.
Corrió hacia mí.
Me abrazó.
Después de aquella noche, Caspian fue juzgado por traición. Las pruebas fueron suficientes para que incluso quienes lo habían apoyado le dieran la espalda.
Fue desterrado y despojado de todo derecho al trono.
Cael perdió cualquier influencia que todavía conservaba.
Y yo fui reconocida oficialmente como Luna del reino.
Pero lo más importante ocurrió meses después.
Me desperté con un dolor que me partió en dos.
Damon saltó de la cama.
—¿Isla?
Lo miré aterrada.
—Es hora.
Meredit llegó rápidamente.
Damon permaneció conmigo durante todo el parto.
Me sostuvo cuando pensé que no podía seguir.
Respiró conmigo.
Y cuando finalmente el primer llanto llenó la habitación, lloré.
Era un niño.
Sano.
Fuerte.
Meredit lo colocó entre mis brazos.
Damon se arrodilló junto a mí.
Sus manos temblaban cuando tocó su diminuta mejilla.
El temido Rey Alfa comenzó a llorar.
—Es perfecto.
—Sostenlo.
Le entregué al bebé.
Damon lo abrazó como si sostuviera todo el reino entre sus brazos.
—¿Cómo lo llamaremos?
Sonreí.
—Alaric.
Protector.
Ese era el significado que más me importaba.
Porque quería que nuestro hijo creciera entendiendo algo que a nosotros nos había costado demasiado aprender:
el poder no consiste en controlar a otros.
Consiste en proteger a quienes no pueden defenderse.
Miré al hombre que había comenzado como mi aliado político y terminó convirtiéndose en mi familia.
Después miré a nuestro hijo.
Alguna vez me llamaron inútil porque nadie podía detectar mi aroma.
Me rechazaron porque no encajaba en la definición de lo que una Omega debía ser.
Me hicieron creer que mi silencio significaba vacío.
Pero estaban equivocados.
Yo nunca había estado vacía.
Simplemente llevaba dentro una fuerza que ellos no sabían controlar.
Y la Omega que todos consideraron invisible terminó convirtiéndose en la mujer que ninguno pudo volver a ignorar.