Ella salvó al Rey Alfa del veneno de plata, y luego despertó con su marca ardiendo en la piel.

Ella salvó al Rey Alfa del veneno de plata, y luego despertó con su marca ardiendo en la piel.

PARTE 1

A las doce y media de la noche, algo cayó contra la puerta de mi cabaña con tanta fuerza que pensé que un árbol había golpeado el porche.

Después escuché un gemido.

Abrí la puerta esperando encontrar a un excursionista herido.

En cambio, encontré al hombre más peligroso de todo el territorio del norte tirado frente a mis pies.

Me llamo Aurora Lawson.

Tenía 24 años y vivía sola en una cabaña a varios kilómetros de Oak Haven, cerca de las montañas.

Preparaba remedios con plantas medicinales y vendía tinturas, ungüentos y tés a la gente del pueblo.

Me gustaba la tranquilidad.

Mi abuela Abigail me había criado con tres reglas bastante extrañas.

Nunca te metas en asuntos de las manadas.

Nunca dejes que un Alpha descubra cuánto sabes de plantas.

Y, sobre todo, nunca invites problemas a tu casa.

Aquella noche rompí las tres.

El hombre del porche era enorme.

Cabello negro empapado.

Una chamarra de cuero destrozada.

Respiración irregular.

Lo reconocí cuando vi su rostro.

Griffin Hail.

El Alpha King que gobernaba las manadas del norte.

No entendía qué hacía solo en mis montañas.

Hasta que revisé su costado.

Había una herida profunda, pero eso no era lo peor.

La piel alrededor tenía un tono gris oscuro y varias líneas extrañas se extendían debajo de ella.

También olía a metal.

Bastó acercarme para saberlo.

Plata.

Pero no plata común.

Era algún compuesto diseñado específicamente para bloquear la capacidad de recuperación de un licántropo.

Alguien no quería simplemente detener a Griffin.

Querían asegurarse de que no pudiera recuperarse.

Estaba consciente por momentos.

Cuando intenté tocarlo me sujetó la muñeca.

—No confíes en nadie.

Eso fue todo.

Se desmayó.

Podía llamar a la manada.

También podía cerrar la puerta y fingir que jamás lo había visto.

Elegí una tercera opción.

Lo arrastré dentro.

Mi abuela conocía fórmulas antiguas que yo tenía prohibido utilizar.

Preparé una pasta con carbón vegetal y varias plantas capaces de absorber metales pesados.

No voy a fingir que sabía si funcionaría.

Solo sabía que Griffin empeoraba rápidamente.

Trabajé durante horas.

Cuando apliqué el tratamiento, reaccionó con fiebre.

Su parte animal tomó el control durante unos segundos.

Me asusté.

Pensé que iba a atacarme.

Pero hizo algo completamente distinto.

Apoyó la cara contra mi cuello y respiró profundamente, como si mi olor fuera lo único capaz de tranquilizarlo.

Luego sentí una quemadura repentina cerca de la clavícula.

Grité.

Griffin cayó inconsciente casi inmediatamente.

Yo también perdí el conocimiento poco después.

Cuando desperté, estaba amaneciendo.

La tormenta había terminado.

Griffin había desaparecido.

Solo quedaban vendas, frascos rotos y manchas oscuras en el piso.

Corrí al baño.

Me dolía el cuello.

Me bajé el cuello de la camiseta frente al espejo.

Esperaba encontrar una herida.

No había ninguna.

En su lugar había aparecido una figura dorada sobre mi clavícula.

La cabeza estilizada de un lobo rodeada por una media luna.

Sentí que me faltaba el aire.

Había visto aquel símbolo en uno de los libros antiguos de mi abuela.

Era una marca de vínculo soberano.

Un ritual tan viejo que casi nadie lo utilizaba ya.

No significaba simplemente que Griffin había estado allí.

Significaba que algún tipo de conexión permanente se había formado entre nosotros mientras estaba delirando.

Y existía otro problema.

Yo era humana.

Según las leyes antiguas de las manadas, un Alpha King jamás debía formar ese vínculo con alguien como yo.

Me puse un suéter de cuello alto.

Saqué una bolsa.

Empecé a empacar.

Entonces escuché vehículos entrando en mi propiedad.

Miré por la ventana.

Una patrulla del condado.

Y una camioneta negra.

Del segundo vehículo bajó Preston Reed, uno de los hombres de confianza de Griffin.

El sheriff llamó a mi puerta.

Preston permaneció unos pasos detrás.

Dijo que buscaban a un excursionista desaparecido después de la tormenta.

Alto.

Cabello oscuro.

Herido.

Mentí.

Dije que no había visto a nadie.

Preston avanzó hasta quedar muy cerca.

Entonces miré sus botas.

Había barro.

Hojas de pino.

Y pegado junto a la suela…

un polvo metálico plateado.

El mismo que había encontrado en la herida de Griffin.

Sentí que se me helaba el estómago.

El hombre que supuestamente había venido a buscar al Alpha King llevaba en los zapatos rastros del mismo compuesto utilizado para envenenarlo.

Preston levantó la mirada.

Sonrió.

Y sus ojos bajaron lentamente hacia el cuello alto de mi suéter.

—Aurora —dijo con demasiada calma—. ¿Qué estás escondiendo?

PARTE 2

—Nada.

Mi voz sonó más firme de lo que me sentía.

Preston dio otro paso.

Yo retrocedí.

Fue entonces cuando escuchamos un motor acercándose demasiado rápido.

Una segunda camioneta negra frenó frente a la cabaña.

Griffin bajó.

Seguía pálido.

Llevaba vendas bajo la camisa.

Pero estaba vivo.

En cuanto vio a Preston frente a mí, su expresión cambió.

—Aléjate de ella.

Preston obedeció.

No por cortesía.

Por instinto.

Después Griffin me miró.

La marca debajo de mi ropa ardió.

Él se llevó una mano al pecho al mismo tiempo.

Los dos entendimos.

Aquella conexión era real.

Griffin ordenó que yo fuera con él.

Me negué.

Le recordé que había aparecido herido en mi casa, yo había salvado su vida y después había despertado marcada por algo que nunca había elegido.

Su expresión cambió.

Por primera vez no vi al Alpha King.

Vi a un hombre avergonzado.

Durante el viaje hasta su propiedad me explicó que, cuando estaba bajo los efectos del veneno, su lobo había actuado por puro instinto.

No esperaba que lo perdonara.

Tampoco pretendía fingir que aquello había sido correcto.

Pero había una razón por la que no podía dejarme sola.

La persona que había intentado eliminarlo ahora sabía que alguien lo había ayudado.

Y si Preston descubría la marca, yo también me convertiría en objetivo.

Llegamos a la residencia Hail.

Ahí conocí a Clara, la hermana de Griffin, y a Liam Montgomery, su hombre de mayor confianza.

Griffin declaró delante de todos que yo estaba bajo su protección.

Luego casi se desplomó.

El veneno seguía dentro de su cuerpo.

Había retirado gran parte aquella noche, pero no todo.

Un médico llamado Harrison Caldwell examinó su sangre.

Entonces ocurrió algo que ninguno había previsto.

Empecé a sentir el mismo dolor que Griffin.

El vínculo estaba transfiriendo lentamente parte de la intoxicación hacia mí.

Mi organismo actuaba como una especie de filtro.

Lo que ayudaba a Griffin estaba enfermándome.

Caldwell logró estabilizarme temporalmente utilizando componentes de la propia sangre de Griffin.

Pero no era una solución.

Necesitábamos encontrar la fórmula exacta.

Ahí fue donde mi conocimiento dejó de parecer inútil para aquella gente.

Estudié los residuos.

Había un alcaloide vegetal dentro del compuesto.

Una especie que no crecía de manera silvestre en esa región y cuya producción comercial estaba estrictamente controlada.

Pedí los registros de compras.

Clara rastreó las empresas.

En menos de una hora apareció un nombre.

Una farmacéutica pequeña había adquirido grandes cantidades durante los seis meses anteriores.

Detrás de ella había una compañía financiera.

Y detrás de esa compañía estaba Elias Croft.

Uno de los miembros más antiguos del consejo de Griffin.

También era el principal aliado político de Preston.

Entonces todo tuvo sentido.

Griffin llevaba años intentando modernizar las relaciones entre las manadas y las ciudades humanas.

Croft lo consideraba una traición a las antiguas tradiciones.

Si Griffin desaparecía sin heredero inmediato, Croft podía controlar la sucesión.

Y Preston había hecho el trabajo sucio.

Esa misma noche se celebraría una reunión del consejo.

Griffin decidió asistir como si nada hubiera ocurrido.

Yo iría como asesora botánica.

La idea me pareció terrible.

Pero era nuestra mejor oportunidad de conseguir pruebas.

Me dieron un vestido verde oscuro y cubrí la marca con maquillaje especial.

Durante casi una hora todo salió bien.

Croft fingió preocupación por Griffin.

Preston fingió no conocerme.

Hasta que quedé sola unos minutos cerca de una terraza.

Preston apareció.

Esta vez no sonreía.

Se acercó.

Respiró cerca de mí.

Y entendió.

—Él te marcó.

No respondí.

—Entonces es todavía mejor de lo que imaginábamos.

Descubrió también que yo estaba absorbiendo el veneno.

Si mi cuerpo colapsaba, Griffin sufriría las consecuencias a través del vínculo.

Preston intentó impedir que regresara al salón.

No voy a convertir aquello en una pelea espectacular.

Hubo forcejeo.

Cayeron unas copas.

Yo conseguí mantenerlo alejado el tiempo suficiente.

Griffin llegó.

También Liam y varios guardias leales.

Preston fue reducido.

Y cuando comprendió que no tenía salida, confirmó lo que ya sabíamos.

Croft había financiado el compuesto.

Pero yo estaba demasiado enferma para celebrar.

El dolor del pecho empeoraba.

Caldwell quería llevarme inmediatamente a la enfermería.

Entonces miré la sangre de Preston.

Después la mía.

Y entendí algo.

El compuesto de plata estaba diseñado para unirse a las células licántropas.

Pero el vínculo había mezclado pequeñas cantidades de la biología regenerativa de Griffin con mi sistema humano.

Mi organismo había reaccionado de una manera que el creador del veneno nunca había previsto.

Estaba produciendo defensas.

—Mi sangre.

Caldwell me miró.

—¿Qué pasa con ella?

—No solamente está absorbiendo el veneno. Está aprendiendo a combatirlo.

Nos trasladamos al laboratorio.

Caldwell aisló los anticuerpos que mi cuerpo estaba produciendo.

Preparó un suero experimental.

No había garantía.

Pero tampoco quedaba tiempo.

Recibimos el tratamiento los dos.

Durante unos minutos no sentí ninguna mejoría.

Luego pude respirar.

El dolor desapareció.

Las venas oscuras de Griffin volvieron a su color normal.

Y por primera vez desde aquella tormenta, el vínculo entre nosotros dejó de sentirse como una herida.

Se volvió cálido.

Estable.

Croft y Preston fueron arrestados.

Yo insistí en que hubiera un juicio.

No quería que Griffin resolviera la traición simplemente utilizando más fuerza.

Habíamos llegado hasta la verdad mediante evidencia.

Así debía terminar.

Después ocurrió algo que me aterrorizó casi tanto como el veneno.

Griffin reunió al resto de la manada.

Entré a su lado.

Esta vez no cubrí la marca.

Los murmullos comenzaron inmediatamente.

Una humana.

Marcada por un Alpha King.

Algunos ancianos protestaron.

Griffin no levantó la voz.

Mostró el vial del compuesto que casi había terminado con él.

Explicó quién lo había financiado.

Después contó que mi conocimiento había permitido identificar la red que lo produjo y que mi propia sangre había ayudado a crear el tratamiento.

Entonces hizo algo que nadie esperaba.

Se arrodilló frente a mí.

No para reclamarme.

Para reconocerme.

Declaró delante de todos que yo no era una propiedad ni una debilidad.

Era la mujer que le había salvado la vida cuando no tenía ninguna obligación de hacerlo.

Y si alguna vez permanecía a su lado sería porque yo lo decidía.

Aquello cambió algo dentro de mí.

Liam fue el primero en inclinarse.

Después Clara.

Luego otros.

No acepté ningún título aquella noche.

Eso vino después.

Primero necesitaba saber si podía querer al hombre separado de la magia que nos había conectado.

Griffin respetó eso.

Pasaron meses.

Volví varias veces a mi cabaña.

Él venía conmigo.

Aprendió a distinguir romero de tomillo.

Yo aprendí que el hombre que intimidaba a toda una sala era incapaz de preparar café decente.

También cambiaron las leyes.

Los humanos vinculados con miembros de las manadas dejaron de ser considerados una vergüenza.

El consejo perdió parte del poder que había permitido a Croft actuar durante tantos años sin vigilancia.

Y mi pequeño negocio de remedios terminó convertido en un programa médico que atendía tanto a humanos como a licántropos.

Un año después acepté públicamente mi lugar junto a Griffin.

Pero no porque aquella marca me obligara.

Precisamente porque ya no lo hacía.

Una noche regresamos a la cabaña donde todo había comenzado.

Había otra tormenta sobre las montañas.

Me quedé mirando la puerta.

Griffin se acercó por detrás.

—¿En qué piensas?

Toqué la marca dorada de mi clavícula.

—En que mi abuela pasó toda mi infancia diciéndome que jamás dejara entrar a un Alpha en mi casa.

Griffin sonrió.

—Era una mujer inteligente.

—Sí. Yo fui la que no hizo caso.

Miré la misma alfombra donde lo había encontrado aquella noche.

Pensé en Preston.

En Croft.

En el veneno.

En todas las decisiones que había tomado desde entonces.

Y entendí que mi vida no había cambiado cuando Griffin me marcó.

Había cambiado unos minutos antes.

Cuando escuché a alguien sufriendo detrás de mi puerta y decidí abrirla.

A veces todavía creo que fue una imprudencia.

Pero hay noches en que el destino no toca.

Cae directamente sobre tu porche.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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