El Rey Vampiro la encontró escondida en su carruaje… Ella susurró: «Haz como si fuera tu esposa hasta que nos vayamos».
El Rey Vampiro la encontró escondida en su carruaje… Ella susurró: «Haz como si fuera tu esposa hasta que nos vayamos».

Parte 1
Hannah Brooks nunca imaginó que el momento más importante de su vida llegaría mientras estaba arrodillada en el barro, con las manos sucias y una pequeña tela blanca presionando la herida de un viejo trabajador.
Su padre había llamado su nombre desde el porche, pero ella no respondió de inmediato. Thomas llevaba cuarenta años trabajando las tierras de la familia Brooks y nadie parecía haber notado que su bota estaba empapada de sangre. Para todos los demás era solo un trabajador más. Para Hannah era una persona que necesitaba ayuda.
Cuando finalmente levantó la mirada, descubrió que alguien la estaba observando desde la entrada de la propiedad.
Era Cassian Pendleton.
El hombre más enigmático de todo el valle. Su cabello blanco como la nieve y su piel pálida le daban una presencia casi imposible de ignorar. Su familia había dominado las tierras de Vermont durante generaciones, pero él no tenía la arrogancia de los hombres ricos que Hannah había conocido.
No la miraba con lástima.
La miraba como si acabara de descubrir algo que llevaba mucho tiempo buscando.
Durante tres días, la casa Brooks había estado preparando una gran actuación. Sus hermanas, Florence y Charlotte, habían hecho todo lo posible para convertirse en la elección perfecta para Cassian. Vestidos elegantes, sonrisas practicadas, conversaciones cuidadosamente preparadas y modales impecables.
Ellas querían conquistar al hombre más rico de la región.
Hannah, en cambio, estaba ocupada arreglando problemas que nadie quería ver.
Ella llevaba agua, organizaba la casa, ayudaba a los empleados y resolvía pequeños detalles que todos consideraban insignificantes. Su padre, Arthur Brooks, nunca presumía de ella. Para él, una hija valiosa era aquella capaz de elevar el apellido familiar.
Florence era hermosa y refinada.
Charlotte era encantadora y sabía cómo impresionar a cualquiera.
Hannah era diferente.
Era práctica, observadora y demasiado acostumbrada a trabajar en silencio.
Durante la cena preparada para Cassian, todos intentaron mostrar una versión perfecta de la familia Brooks. Pero Hannah notó algo que nadie más vio.
Cassian apenas tocaba la comida.
Movía el plato sin probarlo y sostenía la copa sin beber. Parecía incómodo rodeado de tanta falsedad.
Sin decir una palabra, Hannah se levantó de la mesa y fue hasta la cocina. Pidió que trajeran un plato sencillo: pan de maíz frío y carne asada que había quedado del día anterior.
Cuando colocaron la comida frente a Cassian, la habitación quedó completamente en silencio.
Su madre la miró horrorizada.
Sus hermanas intercambiaron miradas de desprecio.
Su padre parecía no saber cómo reaccionar.
Cassian observó el plato y luego levantó la vista hacia Hannah.
—¿Por qué hizo esto? —preguntó con voz tranquila.
Hannah sostuvo su mirada.
—Porque parece que usted no necesita una cena elegante. Parece que necesita algo sincero.
Por primera vez en toda la noche, el rostro de Cassian cambió. La tensión desapareció ligeramente y tomó un pedazo de aquel sencillo pan.
Después de la cena, Hannah pensó que aquel momento quedaría olvidado.
Pero estaba equivocada.
Mientras ayudaba en la cocina, escuchó la voz alterada de su padre desde el salón. No sonaba orgulloso ni satisfecho. Sonaba sorprendido.
Cuando Arthur entró, su expresión era completamente diferente.
—Cassian Pendleton ha tomado una decisión —dijo lentamente—. Y no ha elegido a Florence ni a Charlotte.
Hannah dejó caer el paño que tenía en las manos.
—Te ha elegido a ti.
Ella había esperado muchas cosas de su vida, pero nunca imaginó que alguien como Cassian pudiera verla a ella.
Esa misma noche, encontró al misterioso heredero caminando solo por el jardín bajo la luz de la luna.
Y cuando Hannah le preguntó por qué la había escogido, Cassian respondió algo que cambiaría su destino para siempre…
Parte 2
Cassian la miró en silencio durante varios segundos antes de responder.
Le explicó que no había elegido a Hannah por su belleza, ni por su apellido, ni por lo que pudiera aportar socialmente a su familia.
La había elegido porque había visto algo que nadie más había notado.
Había visto a una mujer capaz de detenerse para ayudar a alguien cuando nadie estaba mirando.
Mientras otros intentaban demostrar su valor, Hannah simplemente lo demostraba con sus acciones.
Ella le confesó que no pensaba convertirse en alguien diferente solo para encajar en su mundo. No sabía fingir, y tampoco quería hacerlo.
Cassian sonrió ligeramente.
Le dijo que había pasado demasiado tiempo rodeado de personas que actuaban para impresionar, y que por eso reconoció inmediatamente a alguien que era completamente real.
Pocas semanas después, Hannah abandonó la casa donde había vivido durante veintitrés años y viajó hacia la propiedad Pendleton.
No llevó vestidos lujosos ni joyas.
En su pequeño baúl guardó herramientas de costura, cuadernos de cuentas, hierbas medicinales y un viejo libro de poesía que había pertenecido a su madre.
Cuando llegó a la enorme mansión, descubrió algo inesperado.
El problema de Cassian no era la falta de riqueza.
Era la falta de atención.
La casa era impresionante, pero estaba descuidada. Algunas habitaciones necesitaban reparaciones, los almacenes estaban casi vacíos y había detalles que no tenían sentido para una propiedad tan grande.
Cassian le explicó que Henry Vance, el administrador del lugar, había manejado las operaciones durante años.
Hannah inmediatamente sintió que algo no estaba bien.
Al día siguiente, cuando Henry llegó, mostró una sonrisa amable, pero ella notó algo en sus ojos. No estaba viendo a una nueva integrante de la familia.
Estaba viendo un obstáculo.
Cuando Hannah pidió revisar los libros de cuentas, Henry intentó retrasarlo.
Pero Cassian apoyó la decisión de ella.
Durante horas, Hannah analizó cada registro. No buscaba errores evidentes. Buscaba patrones.
Y los encontró.
Los salarios de los trabajadores no coincidían con los documentos.
Los precios de las semillas estaban inflados.
Había pagos registrados a negocios que ni siquiera existían.
Henry había estado robando poco a poco durante años, confiando en que nadie revisaría los detalles.
Pero Hannah sí los revisó.
Cuando reveló la verdad, Cassian quedó en silencio. No estaba molesto con ella. Estaba molesto consigo mismo por haber confiado ciegamente.
Le dio permiso para investigar cada rincón de la propiedad.
Durante los días siguientes, Hannah habló con los trabajadores y descubrió una realidad aún peor. Muchos habían recibido menos dinero del que aparecía en los registros y habían soportado la situación porque respetaban a Cassian.
Henry les había hecho creer que el dueño conocía y aprobaba todo.
Finalmente llegó el momento de enfrentarlo.
En la gran sala de la mansión, Cassian se sentó junto a Hannah mientras ella presentaba todas las pruebas.
Henry intentó justificar sus acciones, pero cada explicación se derrumbaba frente a los documentos.
Cassian se levantó lentamente.
Con una voz fría y firme, le dijo que su servicio había terminado y que debía abandonar la propiedad inmediatamente.
Antes de irse, Henry miró a Hannah con resentimiento y le advirtió que una mujer que se involucraba demasiado en asuntos ajenos podía meterse en problemas.
Pero Cassian se colocó delante de ella.
Le dejó claro que nadie volvería a amenazarla bajo su techo.
Después de la salida de Henry, Hannah pensó que todo sería más fácil.
Pero pronto descubrió que el mayor desafío todavía estaba por llegar.
Porque mientras ella reconstruía la propiedad y ganaba la confianza de los trabajadores, una nueva amenaza apareció en el horizonte.
Y esta vez no venía de los libros de cuentas.
Venía del pasado de Cassian.