El Rey Alfa Visitó la Tumba de su Hija… Y Encontró a una Mujer Llorando con un Secreto Inimaginable
El Rey Alfa Visitó la Tumba de su Hija… Y Encontró a una Mujer Llorando con un Secreto Inimaginable

PARTE 1
La primera vez que vi al Rey Alfa Tiros, yo estaba de rodillas frente a la tumba de su hija, esperando que el frío terminara lo que Baren había comenzado.
No sabía que aquella niña pertenecía al rey.
No sabía que él visitaba su tumba en secreto.
Y mucho menos imaginaba que la marca negra que llevaba en el cuello terminaría revelando un secreto capaz de cambiar todo el reino.
La nieve cubría el cementerio cuando escuché pasos detrás de mí.
Me giré.
Tiros estaba allí.
Alto, vestido de negro, con ojos grises que parecían haber olvidado cómo sentir otra cosa que no fuera dolor.
—¿Qué haces frente a la tumba de mi hija?
Me quedé inmóvil.
Miré nuevamente la pequeña lápida.
Entonces comprendí.
—No sabía que era tuya.
—Mientes.
Su esencia Alfa me golpeó con tanta fuerza que mis rodillas casi cedieron.
Pero después de todo lo que había vivido, ya no sabía cómo arrodillarme ante nadie.
Tiros observó mi ropa rota, mis manos heridas y finalmente mi cuello.
Su expresión cambió.
—Estás rechazada.
Toqué instintivamente la cicatriz negra.
—Sí.
—¿Quién?
—Baren.
El nombre lo hizo tensarse.
Baren no era simplemente el Alfa que me había elegido y luego destruido.
Era el líder de una facción separatista que amenazaba el reino de Tiros.
Le conté lo ocurrido.
Durante nuestro intento de vínculo, algo dentro de mí había rechazado su esencia. La marca se quemó, el vínculo se rompió y Baren entró en pánico.
Me llamó aberración.
Me encerró.
Después me vendió a comerciantes de Omegas.
Escapé durante el traslado y caminé hacia el norte sin saber realmente adónde iba.
—¿Por qué viniste aquí? —preguntó Tiros.
Lo miré directamente.
—Porque quería desaparecer.
Durante varios segundos no habló.
Después dijo algo que cambiaría mi vida.
—Vienes conmigo.
Me llevó al palacio.
No exactamente como invitada, pero tampoco como prisionera.
Tiros quería descubrir qué era yo y por qué mi esencia había podido rechazar un vínculo iniciado por un Alfa.
Sin embargo, mientras él buscaba respuestas, Baren comenzó a exigir mi regreso.
Decía que todavía tenía derecho sobre mí.
Que el vínculo podía “rectificarse”.
Que yo le pertenecía.
—No voy a entregarte —me aseguró Tiros.
—¿Por qué?
Su respuesta me sorprendió.
—Porque cuando te vi llorando frente a la tumba de mi hija, sentí algo que no había sentido desde que murió.
—¿Qué?
—Un propósito.
A partir de ese momento algo cambió entre nosotros.
Tiros dejó de ser solo un rey.
Comenzó a ser el hombre que cenaba conmigo en silencio, que me preguntaba si había comido, que jamás intentó tocarme sin permiso.
Y yo descubrí al padre roto detrás del gobernante temido.
Pero Baren no se rindió.
Llegó personalmente al palacio.
Cuando lo vi entrar al salón del trono, mi cuerpo recordó antes que mi mente.
Las cadenas.
El encierro.
Su voz diciéndome que estaba defectuosa.
Baren sonrió al verme.
—Liora. Finalmente.
Tiros se interpuso.
—Ella está bajo mi protección.
—Ella es mía.
—La rechazaste.
Baren miró mi cuello.
—El vínculo falló porque ella es una anomalía. Tengo derecho a completarlo.
—No soy tuya —dije.
Su rostro se endureció.
—Entonces dime por qué mi marca se quemó cuando te toqué. Diles a todos qué eres realmente.
El salón quedó en silencio.
No tenía respuesta.
Yo tampoco sabía qué era.
Baren sonrió.
—¿Lo ves, Tiros? Ni siquiera ella entiende lo que lleva dentro.
El rey descendió del trono hasta quedar frente a él.
—Intenta tocarla y descubrirás por qué las manadas me temen.
Baren retrocedió, pero antes de marcharse dejó una promesa:
—Esto no termina aquí.
No terminó.
Porque pocos días después llegó la Luna Roja.
Una noche sagrada en la que los verdaderos vínculos podían revelarse.
Frente a todo el reino, Baren volvió a reclamarme.
—Permite que la luna decida —dijo.
Tiros negó inmediatamente.
Pero yo sabía que si me escondía, Baren jamás dejaría de perseguirme.
Así que entré al círculo ritual.
Baren extendió su mano.
—Tócame.
Lo hice.
Y en el instante en que nuestras pieles se encontraron…
mi cuerpo explotó en luz plateada.
Baren gritó.
Su palma comenzó a quemarse.
Los símbolos antiguos del suelo se encendieron.
Yo sentí algo enorme despertando dentro de mí.
Tiros corrió hacia el círculo.
—¡Liora! Mírame.
Extendió la mano.
Yo la tomé.
Y esta vez no hubo dolor.
No hubo rechazo.
Solo una conexión tan profunda que me hizo olvidar cómo respirar.
La luz nos envolvió a ambos.
El sanador anciano cayó de rodillas.
Entonces pronunció las palabras que dejaron a todo el reino en silencio:
—Ella pertenece al linaje de las Primeras Lunas… y el verdadero compañero que la luna ha elegido es el Rey Tiros.
PARTE 2
Baren fue el primero en reaccionar.
—¡Mentira!
Su voz atravesó el patio.
Señaló hacia mí con la mano quemada.
—¡Es brujería! ¡Ella manipuló el ritual!
El anciano sanador negó lentamente.
—La Luna Roja no puede ser engañada.
Observó la luz que aún envolvía mis manos.
—La sangre de las Primeras Lunas desapareció hace generaciones. Se decía que aquellas Omegas podían reconocer la verdadera naturaleza de un vínculo.
Entonces comprendí.
Yo no había sido defectuosa.
Mi esencia había rechazado a Baren porque él nunca había sido mi compañero.
Baren no pudo aceptarlo.
Para él, perderme nunca fue perder a una mujer.
Era perder algo que creía poseer.
—Esto no termina aquí —gruñó.
Tiros dio un paso delante de mí.
—Terminó cuando ella te rechazó.
Pero la política complicaba todo.
Baren aún tenía seguidores.
El consejo temía una guerra entre las manadas orientales y el reino.
Entonces invocó una ley antigua.
Un Juicio de Luna.
Dos Alfas reclamando a la misma Omega podían combatir bajo la mirada de la luna. El vencedor sería reconocido legalmente.
—No —dijo Tiros inmediatamente.
Pero si se negaba, Baren usaría aquello como prueba de debilidad.
Miles podían morir.
Tomé las manos del rey.
—Acepta.
—Podría matarme.
—Y una guerra podría matar a miles.
Tiros cerró los ojos.
Cuando volvió a abrirlos, vi al rey y al hombre luchando dentro de él.
Finalmente aceptó.
El patio fue preparado.
Baren apareció con armadura negra.
Tiros llevaba una espada más corta.
Antes de entrar al círculo me miró.
—Si pierdo, huye.
—No perderás.
—Promételo.
Lo hice.
El combate comenzó.
Baren atacó primero.
Era rápido, brutal, impulsado por furia.
Tiros era distinto.
Preciso.
Controlado.
Cada movimiento tenía un propósito.
Las espadas chocaron una y otra vez.
Finalmente Tiros logró herir el hombro de Baren.
—Ríndete.
Baren escupió sangre.
—Antes muerto que verte reclamarla.
Volvió a atacar.
Esta vez con desesperación.
Y entonces comprendí algo que ninguno de ellos parecía entender.
Yo no era un premio.
No quería ver a dos hombres matarse para decidir quién podía poseerme.
Entré al círculo.
—¡Deténganse!
Ambos me miraron.
La luz plateada comenzó a surgir nuevamente de mis manos.
Baren gritó:
—¡Sal de aquí! Las Omegas no deciden un Juicio de Luna.
Lo miré.
—Ese es exactamente el problema.
Extendí mis brazos.
Los símbolos del círculo se encendieron.
Una voz surgió de mí.
No parecía completamente mía.
Era antigua.
Poderosa.
—Un vínculo verdadero no se toma. No se impone. Se reconoce y se elige mutuamente.
La luz alcanzó a ambos hombres.
Cuando tocó a Tiros, sus heridas comenzaron a cerrar.
Cuando tocó a Baren, él cayó de rodillas.
La luna mostró lo que había dentro de su corazón.
No amor.
Posesión.
Orgullo.
Necesidad de control.
—Nunca me amaste —le dije.
Baren me miró con odio.
—Tú eras mía.
—Nunca.
El Juicio terminó.
Tiros había ganado.
Pero no ordenó matar a Baren.
Fue exiliado.
Su manada quedó dividida entre quienes siguieron apoyándolo y quienes juraron lealtad al reino.
Después llegó la parte más difícil.
Aceptar quién era yo.
Los sanadores confirmaron que pertenecía a una antigua línea de Omegas vinculadas a la energía lunar.
Yo podía sanar.
Podía sentir vínculos falsos.
Podía reconocer cuándo una esencia estaba corrompida.
Pero Tiros jamás me trató como un arma.
Una noche me llevó nuevamente al cementerio.
Nos detuvimos frente a la tumba de su hija.
—Aquí comenzó todo —dije.
—Aquí pensé que había encontrado a una extraña llorando frente a la tumba de Kylie.
—Y yo pensé que había encontrado al hombre que iba a expulsarme.
Sonrió ligeramente.
Después se volvió serio.
—Liora, la luna nos eligió. Pero yo necesito saber qué eliges tú.
Aquellas palabras significaban más que cualquier profecía.
Baren siempre había hablado de derechos.
De posesión.
De lo que la ley le permitía hacer conmigo.
Tiros me estaba preguntando.
—Te elijo a ti.
Nuestro vínculo se completó porque ambos lo quisimos.
No porque una ley lo ordenara.
No porque la luna nos obligara.
Meses después regresamos al mismo cementerio.
La nieve comenzaba a caer.
Me arrodillé frente a la pequeña tumba y coloqué flores sobre ella.
Tiros se acercó.
—Estás sonriendo.
—Tengo algo que decirte.
Tomé su mano y la apoyé sobre mi vientre.
Al principio no comprendió.
Después sus ojos se abrieron.
—¿Liora…?
Asentí.
—Vamos a tener un hijo.
El Rey Alfa que todos temían cayó de rodillas frente a mí.
Rió.
Después lloró.
Y mientras nos abrazábamos junto a la tumba de la hija que había perdido, entendí que el dolor y la esperanza podían existir en el mismo lugar.
Tiempo después anunciamos frente al consejo que la línea real tendría un nuevo heredero.
Algunos todavía desconfiaban de mí.
Pero ya no importaba.
Yo ya no era la Omega rechazada que caminó hacia el norte esperando morir.
Era Liora.
La Luna del reino.
Una mujer que había aprendido a sanar con sus propias manos.
Una mujer que finalmente comprendía por qué su cuerpo había rechazado a Baren.
No estaba rota.
Mi esencia simplemente se había negado a pertenecer al hombre equivocado.
Miré a Tiros sentado a mi lado mientras su mano descansaba sobre mi vientre.
Después pensé en la noche en que me encontró sola frente a aquella tumba.
Yo había llegado al cementerio porque quería desaparecer.
Pero allí encontré al hombre que me enseñó que ser elegida no significa nada si tú misma no puedes elegir.
Y encontré algo todavía más importante.
Una razón para quedarme.