El gentil Omega bañó a los cachorros en la fuente sagrada; el rey Alpha afirmó no haber visto nada.
El gentil Omega bañó a los cachorros en la fuente sagrada; el rey Alpha afirmó no haber visto nada.

PARTE 1
El agua de la fuente sagrada humeaba bajo el frío del amanecer cuando Ren metió los brazos hasta los codos para enjuagar a un cachorro tembloroso. En una cesta, otros dos esperaban su turno, estornudando burbujas con olor a lavanda. Si alguien la descubría, podía ser expulsada para siempre.
La fuente pertenecía a la sangre real. Ninguna omega sin loba tenía permitido tocarla. Pero el arroyo se había congelado y los cachorros sufrían una fiebre que podía matarlos antes del anochecer. Ren prefirió desafiar una ley antigua antes que contemplarlos morir.
No oyó al enorme lobo negro salir de los pinos. Era tan grande como un caballo, tenía una oreja desgarrada y unos ojos rojos como brasas. Cualquier habitante de los siete territorios lo habría reconocido al instante: era Alaric Thorne, el Rey Alfa, el guerrero que había unido siete manadas y había escrito con su propia mano la ley que Ren estaba quebrantando.
Alaric debía detenerla. Sin embargo, cuando el cachorro estornudó y Ren rio antes de besarle la frente mojada, el rey se quedó inmóvil. Entonces percibió bajo la lavanda un aroma que despertó a la bestia dentro de él.
—Compañera —rugió su lobo interior.
—Imposible —se respondió Alaric.
Ren se volvió y por fin lo vio. En lugar de gritar, reparó en que mantenía una pata ligeramente levantada.
—Pobre criatura, estás herido.
Alaric solo había pisado una piña, pero cuando ella avanzó con aquellas manos agrietadas, descubrió que incluso un rey podía fingir una cojera. Ren se arrodilló, tomó su enorme pata y la examinó con una dulzura que lo hizo temblar.
—No hay nada roto. ¿Tienes dueño?
Sí, pensó él mientras la miraba. Al parecer, ahora sí.
Debía marcharse aquella misma noche. En cambio, se tumbó frente a la frágil choza de Ren para impedir que el viento entrara por debajo de la puerta. Una noche se convirtió en muchas. Bajo el pretexto de vigilar la frontera, el Rey Alfa regresaba cada amanecer en forma de lobo.
Descubrió que Ren curaba a los perros de caza a cambio de nabos y desprecio. Entablillaba huesos con ramas de fresno y usaba hilos arrancados de su única cinta de seda para cerrar heridas. Nadie la invitaba a las fiestas de la luna. Nadie había pensado nunca en incluirla.
Pero ella hablaba con él. Le daba guiso de nabos, le contaba sus pequeños sueños y, durante una tormenta, lo arrastró al interior de su choza llamándolo «enorme tonto». Aquella noche se quedó dormida contra su pelaje.
—Hueles como el bosque antes de la lluvia —murmuró.
Al día siguiente, Alaric llegó al poblado en forma humana. Mientras todos inclinaban la cabeza, Ren lo observó desde detrás de las perreras sin reconocerlo. El rey encontró sus ojos entre la multitud y olvidó lo que estaba diciendo.
Aquella misma noche volvió a visitarla como lobo, llevando un panal de miel entre los dientes.
El peligro llegó días después. Un sabueso, herido por renegados, ardía de fiebre. Como nada funcionaba, Ren lo llevó a medianoche hasta la fuente sagrada. Se metió en el agua prohibida con el animal entre los brazos y rogó que sobreviviera.
Entonces aparecieron antorchas entre los árboles.
Seis guerreros rodearon la fuente. Con ellos venía el Rey Alfa en su forma humana. El capitán desenvainó la espada al ver a Ren dentro del agua.
—¡Sacrilegio en presencia del rey! —gritó—. La pena es el exilio.
PARTE 2
Ren apretó al sabueso contra su pecho. Sabía que cualquier súplica empeoraría su situación. Alaric contempló su vestido empapado, sus ojos aterrados y al animal moribundo entre sus brazos.
Después se volvió hacia los soldados.
—Yo no veo nada.
El capitán parpadeó, desconcertado.
—Majestad, ella está dentro de…
—He dicho que no veo nada. La fuente está vacía y todos ustedes están demasiado cansados para continuar la patrulla. Nos dirigimos al este.
Los seis guerreros miraron a Ren. Luego observaron el rostro de su rey y decidieron que jamás habían visto aquella escena.
Al pasar junto a ella, Alaric murmuró sin detenerse:
—El agua no bastará. Coloca milenrama dentro de la herida.
Ren obedeció. El sabueso sobrevivió, pero una pregunta comenzó a atormentarla: ¿cómo conocía el Rey Alfa los mismos remedios que aquel misterioso lobo? Más inquietante aún, ¿por qué ambos olían como el bosque antes de la lluvia?
A pesar de sus sospechas, siguió recibiendo al animal en su choza. Una noche, acurrucada contra su costado, decidió confiarle el secreto que nunca había contado.
—Todos me llaman “la que no tiene loba”, pero no es verdad. Puedo sentirla aquí.
Ren presionó un puño contra su pecho.
—Mi madre murió cuando yo tenía siete años. La manada me obligó a vivir en las perreras para ganarme la comida. Creo que mi loba vio cómo me trataban y decidió que el mundo no era un lugar seguro para despertar. Nunca la llamé. Si salía y aun así nadie nos quería, ya no podría fingir que el problema era ella. Tendría que aceptar que el problema era yo.
Dentro de aquella forma animal, Alaric dejó de respirar. Deseó destruir todo cuanto la había hecho sentirse indigna, pero no podía responderle. Ren había confiado su dolor a un lobo, no a un rey.
La primavera trajo al príncipe Rowan, heredero de las manadas orientales. Era amable, sonriente y poseía la irritante costumbre de caer bien a todo el mundo. Cuando su halcón se fracturó un ala, lo llevó ante Ren.
Ella salvó al ave.
Rowan salió de la choza maravillado.
—Esa mujer está desperdiciada aquí —declaró durante el consejo—. Quiero ofrecerle un puesto en mi corte, una vivienda y un salario. Quizás, con el tiempo, algo más. ¿Está comprometida?
La copa que Alaric sostenía quedó marcada por sus dedos.
—Sí.
—¿Con quién?
El rey no podía responder que con un lobo que robaba calcetines, llevaba faisanes y dormía junto a su puerta.
—Es indispensable para esta frontera. El asunto está cerrado.
Pero Rowan continuó visitándola. Le llevó pasteles de miel, la hizo reír y le regaló una pluma de su halcón. Esa noche, el lobo negro se plantó frente a la puerta de Ren, rechazó el guiso y miró fijamente la pluma.
Ella tardó unos segundos en comprenderlo.
—Estás celoso.
El animal le dio la espalda con enorme dignidad.
—Rowan me ofrece una vida mejor —confesó Ren—. Nadie me había ofrecido una casa ni un salario.
El lobo bajó las orejas.
—Pero él no huele como la lluvia.
Alaric volvió la cabeza tan rápido que Ren soltó una carcajada y hundió los dedos en su pelaje.
Quien no encontró divertida aquella cercanía fue lady Marin, hermana del alfa fronterizo. Llevaba años preparándose para convertirse en la compañera del rey y comprendió que sus constantes visitas al territorio ocultaban algo.
Una tarde siguió a Ren y la sorprendió bañando cachorros huérfanos en la fuente prohibida.
Marin estuvo a punto de marcharse. Ella también había tenido una hermana cuya loba nunca despertó. La manada la abandonó y la muchacha no sobrevivió al invierno. Sin embargo, Marin pensó en la corona y en todo lo que había sacrificado para alcanzarla.
Denunció a Ren.
El tribunal se reunió mientras Alaric estaba lejos, firmando un tratado. Ren fue acusada de profanar la fuente y condenada a cruzar sola el desfiladero de los Renegados.
Cuando el mensajero encontró al rey, la tinta del tratado todavía estaba húmeda. Alaric derribó su silla y salió corriendo, pero Ren ya había entrado en el desfiladero.
Cinco lobos renegados la rodearon entre las rocas. Ren sacó un pequeño cuchillo, aun sabiendo que no tendría ninguna oportunidad. El primero saltó sobre ella.
Nunca llegó a tocarla.
Una enorme sombra negra lo golpeó en el aire. El desfiladero se llenó de gruñidos, sangre y piedras quebradas. En menos de un minuto, los cinco atacantes yacían derrotados.
El lobo de Ren permaneció en medio del camino, respirando con dificultad y sangrando por el hombro.
—Estás herido —susurró ella, acercándose—. Déjame ayudarte.
El animal dio un paso, se tambaleó y perdió el control de su transformación. El pelaje negro desapareció como agua derramada.
En su lugar quedó Alaric Thorne.
Ren se detuvo en seco. El Rey Alfa la miró con la culpabilidad de un hombre finalmente acorralado.
—Puedo explicarlo.
—El guiso… —murmuró ella.
—Estaba delicioso.
—¿El calcetín?
—Lo lavé y lo devolví.
—¿El faisán, el panal, las noches en mi choza?
Alaric bajó la mirada.
—Todo era yo.
El dolor reemplazó la sorpresa en el rostro de Ren.
—Te conté cosas que nunca había dicho a nadie. Creía estar hablando con una criatura incapaz de juzgarme o repetir mis secretos. Mientras tanto, el Rey Alfa escuchaba cada palabra.
—Nunca me burlaría de ti.
—No tenías derecho a engañarme.
Alaric intentó acercarse, pero Ren levantó una mano.
—Me salvaste la vida y te lo agradezco. Sin embargo, ahora estoy tan enfadada que no puedo mirarte. No me sigas. Ni como hombre ni como lobo.
Aquel rey, al que nadie había dado una orden en años, se quedó inmóvil y la vio marcharse.
Ren caminó hasta la fuente. Permaneció sentada junto al agua humeante durante toda la noche, furiosa, traicionada y cansada de sentir miedo. Finalmente, presionó el puño contra su pecho.
—Está bien. Sal de una vez. Ya nada puede dolerme más.
Algo que llevaba aguardando desde que ella tenía siete años se desperezó en su interior.
Tres días después, la manada se reunió para escuchar la decisión final. Alaric apareció con el hombro vendado y se colocó frente a todos.
—Ren ha sido acusada de entrar en la fuente sagrada. Deseo presentar pruebas. Durante este invierno bebí de esa fuente, curé mis heridas en ella y entré en sus aguas once veces. Si eso es sacrilegio, deberán condenarnos a ambos.
Nadie se atrevió a respirar.
—También confieso el robo de un calcetín, de una cinta con aroma a lavanda y de aproximadamente cuarenta platos de guiso obtenidos bajo una identidad falsa.
Algunas personas levantaron la mirada, incrédulas.
—Yo era el lobo negro que dormía frente a su puerta. Pero mi peor delito fue permitir que una ley protegida por mi corona condenara a una niña huérfana a vivir en una perrera. La verdadera profanación no fue utilizar agua sanadora para salvar vidas. Fue olvidar para qué existía esa agua.
Alaric buscó a Ren entre la multitud.
—Ella es mi compañera si todavía desea aceptarme. Si no lo hace, seguirá bajo mi protección. Desde este momento, nadie volverá a llamarla “sin loba”.
Ren, acostumbrada a ocultarse detrás de todos, caminó hasta el centro de la plaza. Permaneció frente al rey durante unos interminables segundos.
—Cuarenta platos de guiso —dijo—. Tardarás años en pagarlos.
—Esperaba disponer de muchos años.
Ren levantó sus manos agrietadas, tomó el rostro del rey y lo besó.
Un rugido de celebración sacudió la plaza. Cuando se separaron, los ojos de Ren brillaron con un inconfundible resplandor plateado. Su loba finalmente había decidido que el mundo podía ser un lugar seguro.
La primera ley que Ren firmó como Luna de los siete territorios solo contenía una frase:
«El agua pertenece a todo aquel que esté herido».
Desde entonces, la fuente dejó de estar prohibida.
En las mañanas frías todavía puede verse a Ren bañando cachorros con jabón de lavanda mientras un enorme lobo negro descansa a su lado. Los pequeños trepan sobre él, muerden su oreja desgarrada y se esconden entre su pelaje.
El lobo más temido de los siete territorios abre un ojo y mira a Ren, esperando que lo rescate.
Ella arquea una ceja.
—Ni se te ocurra gruñir. Esto todavía cuenta como parte de tu deuda.
Alaric cierra el ojo y permite que los cachorros continúen jugando sobre él. Porque incluso un Rey Alfa sabe reconocer cuándo ha perdido una batalla.
Y aquella era una derrota que estaba dispuesto a disfrutar durante el resto de su vida.