EL CACHORRO DEL REY ALFA NO SE SEPARABA DE MÍ… ASÍ QUE LE ENSEÑÉ A SER PADRE
EL CACHORRO DEL REY ALFA NO SE SEPARABA DE MÍ… ASÍ QUE LE ENSEÑÉ A SER PADRE

PARTE 1
Tabitha Meweck secuestró accidentalmente al príncipe lobo mientras estaba disfrazada de dragón. Al menos, así lo describieron después los nobles. En su defensa, ella no había metido al príncipe dentro del traje: él se había escondido allí por voluntad propia. Todo comenzó en el banquete de invierno del palacio. Tabitha había aceptado tres monedas de cobre y una cena fría por entretener a los niños de la corte. Su viejo disfraz de dragón verde había conocido días mejores: las escamas estaban descoloridas, un cuerno se inclinaba hacia el este y el otro había desaparecido durante una danza de la cosecha. A los pequeños invitados no les importó.
La persiguieron entre las columnas mientras ella rugía, tropezaba con su enorme cola y fingía temer sus espadas de madera. En aquel salón lleno de humo de pino, pan caliente y nobles demasiado serios, Tabitha era la única persona contratada para romper el silencio. Entonces descubrió a un lobezno bajo la mesa principal. Era el príncipe Nico, el único hijo del rey alfa Cyrus. Llevaba casi dos años sin adoptar forma humana. Su pelaje era gris oscuro, tenía manchas claras alrededor de los ojos y una cinta ceremonial azul rodeaba su cuello. Ignoraba los juegos, la comida y hasta a su padre, que lo vigilaba desde el trono con una preocupación cuidadosamente oculta.
Nico robó un trozo de pastel de ciruela y lo tragó demasiado deprisa. Su cuerpo se puso rígido. Abrió la boca, pero no emitió ningún sonido. Tabitha fue la primera en reaccionar. Soltó el escudo de madera, corrió hacia él y arrancó la cabeza de su disfraz. Mientras los demás invitados apenas comenzaban a gritar, ella comprobó la boca del cachorro, lo levantó con cuidado y aplicó la maniobra de emergencia que enseñaban a los artistas callejeros autorizados. El primer intento falló. Una presión aterradora llenó el salón cuando Cyrus se levantó. Su aroma a cedro helado se volvió afilado por el miedo. —¡Denme espacio!
—ordenó Tabitha, olvidando que una artista Omega pobre no debía impartir órdenes a un rey dentro de su propio palacio. Cyrus se detuvo. Tabitha corrigió la posición del cachorro y lo intentó de nuevo. El trozo de pastel salió disparado, atravesó el aire y cayó dentro de la copa de un consejero. Nico tosió. Aquel sonido pequeño y húmedo fue el más hermoso que ella había escuchado. El médico real confirmó que no había daños. Sin embargo, cuando Cyrus se acercó, Nico tembló, dio media vuelta y metió la cabeza bajo la falda del dragón. Antes de que Tabitha pudiera detenerlo, el cachorro trepó por la estructura de mimbre y se acomodó contra su cadera.
Solo su hocico asomaba por una costura remendada del vientre. Todo el salón quedó inmóvil. El rey descendió lentamente del estrado. Su rostro permanecía severo, pero sus ojos azules ardían con una mezcla de miedo e incredulidad. —Suelte al príncipe —ordenó. Tabitha abrió las manos para demostrar que no lo sujetaba. En el interior del dragón, Nico lanzó un gruñido, hundió las garras en el acolchado y se aferró todavía más a ella.
PARTE 2
—Majestad —dijo Tabitha sin bajar las manos—, no soy yo quien retiene al príncipe. Es él quien se niega a salir. Nada la había preparado para llevar a un lobo real dentro de su ropa. Descendió con cuidado. Si me siento, el armazón podría pellizcarlo, advirtió. Cyrus se movió de inmediato. Sostuvo el peso de la espalda de madera del disfraz con una mano. El gesto lo acercó lo suficiente como para que Tabitha oliera el aire invernal y el borde desvanecido del miedo. Su mirada recorrió las costuras desiguales. —¿Es seguro? —Lo era antes de que un príncipe se mudara dentro. La boca del rey se tensó.
Tabitha sospechó que una sonrisa se había acercado a la frontera y se le había negado la entrada. El médico sugirió llevar a Nico a la guardería. Cyrus estuvo de acuerdo. Luego miró el gran problema verde que estaba a su lado. Nico gruñía cada vez que alguien tocaba el disfraz. Así fue como Tabitha cruzó el palacio real con el príncipe metido contra sus costillas. El rey Cyrus caminaba a su lado sosteniendo el armazón trasero del dragón. Dos guardias llevaban la cola. Los invitados observaban en un silencio atónito. El director de la compañía de Tabitha observaba con la expresión de un hombre que calculaba si secuestrar a la realeza se pagaba aparte.
La guardería ocupaba una cálida suite sobre el jardín este. Gruesas alfombras suavizaban el suelo. Montañas pintadas cubrían una pared, pero la habitación no contenía juguetes fuera de un armario cerrado con llave. Horarios cubrían un escritorio, listaban comidas, lecciones, exámenes y periodos de descanso aprobados en precisas columnas negras. Tabitha se detuvo junto a ellos. “Tiene una cita para un silencio no estructurado”, preguntó. Cyrus bajó el armazón del disfraz. “A las tres. ¿Qué pasa si está en silencio a las cuatro?” El rey la miró. Nada impide un silencio adicional. Tabitha decidió que la respuesta explicaba más de lo que él pretendía. El médico real examinó a Nico de nuevo a través de la abertura del disfraz.
Una vez satisfecho, aconsejó observación tranquila y agua tibia. Nico rechazó el agua hasta que Tabitha colocó el cuenco dentro de la boca del dragón y anunció que las bestias valientes bebían después de derrotar al pastel de ciruela. Una pequeña lengua apareció. El cuenco se vació. Cyrus observó el proceso con tal intensidad que Tabitha esperó que le diera una medalla al agua. La tarde se desvaneció tras las altas ventanas. Las nubes de nieve se volvieron violetas. Los sirvientes encendieron más lámparas y le trajeron un taburete a Tabitha. Luego lo quitaron cuando Nico protestó por el movimiento. Al final el cachorro durmió. Su peso se hundió contra el costado de Tabitha.
Una pata se deslizó por la costura del disfraz y descansó sobre su muñeca. Cyrus miró fijamente esa pata. Tabitha siguió su mirada. Algo en su rostro se había quedado quieto por una razón diferente. El médico le había dicho durante un momento tranquilo que Nico no había tocado voluntariamente a otra persona en medio año. Tabitha no lo celebró. Un niño asustado no era una puerta cerrada que ella hubiera abierto ingeniosamente. Había elegido el escondite más cercano después de un momento terrible. Mañana podría evitarla por completo. Aún así, la pequeña pata permanecía allí. “Puedes irte cuando despierte”, dijo Cyrus. La declaración sonó formal, pero su aroma llevaba incertidumbre. Tabitha lo estudió.
“¿Quieres que me vaya cuando despierte?” Los ojos azules de Cyrus se entrecerraron. A los reyes probablemente no les gustaban las preguntas que rodeaban sus palabras. “Quiero que mi hijo esté a salvo,” respondió. Esa no era la pregunta. El sirviente más cercano casi dejó caer una manta doblada. Cyrus miró el rostro dormido de Nico. Su voz salió más baja. “No, no quiero que te vayas todavía.” Esa respuesta fue lo suficientemente honesta como para calentar la fría habitación. Nico se despertó después del atardecer. Salió una pata cautelosa a la vez. Luego se sentó en la alfombra con el hombro tocando la bota remendada de Tabitha. Cyrus le ofreció la mano.
El cachorro la observó, pero no se movió. Tabitha resistió el impulso de ayudar. En su lugar, comenzó a reparar la costura que Nico había ensanchado. La aguja se movía a través de la tela verde mientras la habitación se calmaba alrededor del pequeño sonido. Cyrus permaneció en el suelo. No dio otra orden. Eso importaba. Cuando Tabitha finalmente se levantó, Nico atrapó la cola del dragón con los dientes. El rey cerró los ojos por un breve momento. Tabitha miró al cachorro. —La necesita —dijo Tabitha. Nico tiró hacia atrás. —La cola pertenece a la compañía. El cachorro plantó las cuatro patas. Tabitha había negociado salarios con oficiales de festivales deshonestos. Sabía reconocer la resistencia cuando la veía.
Puedo dejar la cola hasta la mañana. Nico se sentó sobre ella. Cyrus abrió los ojos. —Quédese esta noche. Tabitha se volvió hacia él. —Prepararé una habitación para usted. Nico apretó los dientes. El rey revisó su oferta con visible dolor. —El dragón también puede quedarse. Tabitha pasó la noche en una habitación de invitados más fina que cualquier habitación que hubiera alquilado. Durmió mal porque el colchón era demasiado blando y las sábanas olían a un lugar desconocido. Dos guardias esperaban afuera. El médico real ocupaba la habitación contigua con la puerta de conexión abierta. Cyrus había tomado la habitación de enfrente. El disfraz de dragón ocupaba una silla cerca del hogar. Nico ocupaba el disfraz de dragón.
Cada vez que Tabitha revisaba, una oreja gris se asomaba por encima de la tela. Por la mañana, la historia había cruzado el palacio. Los sirvientes trajeron el desayuno con expresiones respetuosas y ojos curiosos. Alguien ya había reparado el cuerno perdido con una servilleta enrollada. Tabitha les dio las gracias y lo quitó antes de que Nico intentara comerse las costuras. El rey Cyrus llegó antes de que la avena se enfriara. Llevaba un abrigo negro más sencillo, aunque nada en él parecía sencillo. Su mirada encontró a Nico primero. El cachorro yacía acurrucado dentro del pecho hueco del dragón. Los hombros de Cyrus se relajaron. Sacó un documento doblado. —Siete días —anunció. Tabitha aceptó el papel.
La nombraba compañera real, temporal e instructora recreativa. El salario la hizo leer el número dos veces. También otorgaba al palacio autoridad sobre sus movimientos, horario, actuaciones, ropa y contacto con el príncipe. Encontró un lápiz de carbón en la bandeja del desayuno. Cyrus observó mientras ella tachaba cuatro líneas. ¿Qué estás haciendo? Mejorando el contrato, la voz del rey adquirió una calma peligrosa. Los contratos reales son revisados por seis oficiales legales. Entonces, seis oficiales legales pasaron por alto la misma mala idea. Nico levantó la cabeza dentro del dragón. Tabitha señaló la primera línea. No forzaría al príncipe a tomar forma humana. No usaría el afecto como recompensa por la obediencia.
No sometería cartas privadas a la inspección del palacio. El cambio final concernía a la autoridad del Alfa. “Puedes ordenarme durante un peligro inmediato”, explicó. No durante lecciones, desacuerdos, comidas o cualquier cosa que involucre una espada de madera. Cyrus leyó la cláusula enmendada. “¿Esperas golpearme con una espada de madera? Espero que Nico quiera hacerlo. La cola del cachorro golpeó una vez contra la silla, notó Cyrus. Firmó los cambios. Tabitha había esperado resistencia. El rápido acuerdo la desconcertó más de lo que lo habría hecho una discusión. —¿Por qué? —preguntó el rey. Dejó la pluma. —Porque lo protegiste antes de saber si alguien te recompensaría.
Su mirada permaneció en el contrato, pero las palabras le llegaron con absoluta claridad. Tabitha ocultó su incomodidad tras una observación práctica: sabía que su cena del banquete ya estaría fría, pero ahora al menos recibiría comida caliente. Así que la corona ya había mejorado su situación. Nico asomó la cabeza desde el dragón y robó una tostada. Cyrus lo vio esconderla bajo la mesa y comentó que, al parecer, la corona también había mejorado la suya. La semana de prueba comenzó con un horario. El maestro Vale, secretario real, desplegó sobre la mesa de la guardería una hoja más larga que el disfraz de Tabitha.
La letra diminuta dividía cada hora en comidas, ejercicios, lecciones, revisiones médicas y periodos de descanso. Nico se escondió debajo de la mesa y pareció ofendido por la mera existencia del documento. Cyrus, junto a la ventana, sostuvo que la constancia proporcionaba seguridad. Tabitha coincidía en que un niño necesitaba buena comida, descanso y adultos que cumplieran sus promesas. No estaba de acuerdo en que la alegría necesitara una campana. El horario señalaba instrucción de postura a las ocho. A las ocho y cinco, Tabitha escondió seis calcetines rojos por la habitación y anunció que un hechicero descuidado había robado la ropa de invierno del reino. Nico permaneció debajo de la mesa.
Tabitha inició la búsqueda sola, acusó a las cortinas de traición, interrogó a un cojín y encontró un calcetín dentro de su propia manga. Un hocico gris apareció. Al tercer calcetín, Nico había salido. Al quinto, la seguía. El sexto descansaba sobre el hombro de Cyrus; Tabitha lo había colocado allí cuando el rey se inclinó para examinar el juego. Nico lo miró fijamente hasta que Cyrus se palpó el hombro. —¿Era necesario? —Las pruebas son preocupantes —respondió Tabitha con toda seriedad. Las orejas de Nico se alzaron. Cyrus retiró el calcetín y lo dejó sobre la mesa. —Niego toda implicación. El cachorro soltó una breve exhalación.
Todavía no era una risa, pero estuvo lo bastante cerca para que Cyrus olvidara el horario. Aquella tarde aparecieron un escudo de madera, bloques de colores y una cesta de retales. Nico ignoró todo y encontró el horario. El papel crujió agradablemente entre sus dientes. El maestro Vale regresó a tiempo para ver cuatro días de planificación convertidos en fragmentos blancos sobre la alfombra. Parecía envejecer con cada mordisco. Cyrus extendió una mano. —Nico. El cachorro retrocedió. Tabitha observó el movimiento de su cola. —Sabe que quiere el papel, pero no comprende por qué importa. Usted organiza su cuidado; ahora mismo, Nico está reorganizando la digestión del maestro Vale. El secretario emitió un gemido dolorido.
Tabitha le cambió a Nico un trozo de manzana seca por los restos húmedos. El cachorro aceptó. Luego colocó una pata sobre el fragmento más grande. Cyrus se arrodilló a su lado. Separó las comidas y las visitas médicas de las lecciones de postura, los saludos formales y el silencio aprobado. Las páginas necesarias permanecieron. El resto fue a parar al hogar. El maestro Vale miró las llamas como un sacerdote presenciando el fin de la civilización. Prepara un horario más corto instruyó Cyrus. El secretario tragó saliva. ¿Qué tan corto su majestad? Nico dio otro mordisco a la esquina. Cyrus miró a su hijo. Más corto que el príncipe. Los primeros siete días no transformaron a nadie.
Nico todavía se despertaba con un gruñido sobresaltado. Se escondía cuando entraban adultos desconocidos. Algunas mañanas rechazaba todos los juegos y observaba la puerta. Tabitha no buscaba la mejora, creaba espacio, reparaba disfraces en la alfombra, clasificaba cintas y practicaba voces para futuras actuaciones. Nico aprendió lentamente que ella podía estar presente sin exigir nada. Cyrus aprendió menos lentamente, aunque tomó más notas. Aparecía cada tarde con la excusa de que la seguridad real requería observación. Se quedaba junto a la puerta, hacía preguntas exactas. y trataba de no notar cuando Nico se acercaba a Tabitha. En la cuarta tarde, Cyrus llegó con tres informes. Nico salió de la habitación. El rey miró hacia la puerta vacía.
Estaba tranquilo antes de que yo entrara. ¿Trajiste trabajo? Siempre traigo trabajo. Tabitha enhebró una aguja. Quizás piensa que tus papeles son otro horario que viene a arrestarlo. Cyrus dejó los informes afuera. Nico regresó después de varios minutos y se sentó cerca de la bota del rey. El descubrimiento afectó profundamente a Cyrus. Al día siguiente llegó sin papeles y parecía inseguro de qué hacer con sus manos. Tabitha le dio una corona de madera rota. Repara esto. Él la examinó. Tengo gente para reparaciones. Nico tiene gente para lecciones. Mira qué bien ha funcionado eso.
Cyrus se sentó en la alfombra. abordó la tarea como un ingeniero militar, midió la grieta, pidió pegamento y alineó las piezas de madera con dolorosa precisión. Nico observaba. El pegamento se pegó a los dedos de Cyrus. Una tira de papel azul se adhirió a su manga. Cuando intentó quitarla, la corona se pegó a la palma de su mano. Tabitha apretó los labios. El rey Alfa levantó la mano. La corona se vino con ella. Cyrus le dijo que tenía permiso para reír. Tabitha observó que el permiso todavía sonaba notablemente como una orden. Tabitha consideró la distinción, luego se rió hasta que se le aguaron los ojos. Nico la miró fijamente.
Su mirada se movió hacia su padre, que estaba sentado en el suelo, con una corona de juguete colgando de una mano real. La boca del cachorro se abrió. Una pequeña risa de cachorro escapó. Cyrus dejó de respirar. Nico lo hizo de nuevo. El sonido rebotó por la guardería. Era oxidado, sorprendido y encantado consigo mismo. Tabitha no miró al rey de inmediato. Su dolor merecía un segundo privado, incluso en una habitación compartida. Cuando lo miró, Cyrus había bajado el rostro. Su mano libre descansaba contra su boca. La corona de madera seguía pegada a la otra. Nico se le acercó. El cachorro no lo tocó.
Se sentó a su alcance. y observó mientras Cyrus liberaba cuidadosamente sus dedos. “Su majestad”, murmuró Tabitha, “creo que el príncipe disfrutó de su actuación.” Cyrus levantó la cabeza. La humedad brillaba en sus ojos, pero su voz permaneció controlada. Estaba reparando propiedad del estado. La corona cayó en su regazo. Nico se rió de nuevo. El contrato de prueba expiró a la mañana siguiente. El maestro Vale llegó con una renovación antes del desayuno. Cubría otros catorce días y contenía solo dos páginas. Tabitha buscó cláusulas ofensivas. Los seis oficiales legales están mejorando. Observó. Cyrus estaba de pie junto al hogar. Se les dio un horario más corto.
Nico yacía entre ellos con la cola del dragón bajo su barbilla. Tabitha firmó. El invierno se asentó más profundamente alrededor del palacio. La nieve se acumuló en las cornizas de piedra. El humo de pino flotaba por los patios y las ventanas traqueteaban después del anochecer. Dentro de la guardería, el tiempo pasaba a través de cambios más pequeños. Nico comenzó a comer en la mesa en lugar de debajo de ella. Permitió que el médico lo examinara mientras Tabitha permanecía cerca. Llevaba juguetes a las habitaciones donde Cyrus trabajaba. Todavía evitaba la forma humana. Nadie lo mencionó durante las sesiones de Tabitha. Ella trataba la elección como el clima.
Existía, importaba y no necesitaba convertirse en una discusión pública cada mañana. A la corte le resultó difícil esta contención. Varios consejeros sugirieron métodos más firmes. Uno recomendó eliminar los escondites. Otro creía que el cachorro necesitaba recordar el deber real. Tabitha escuchó hasta que un anciano señor describió el disfraz de dragón como un apego poco saludable. El disfraz es tela, respondió ella. Si la autoridad real se ve amenazada por la tela, la cola merece un título. Cyrus despidió a los consejeros antes de que alguien pudiera nominarla. Más tarde encontró a Tabitha reemplazando una tira de sauce doblada dentro de la espalda del dragón. Cyrus le informó que había avergonzado a Lord Huxley.
Tabitha señaló que el hombre había competido con un disfraz. Según todas las medidas visibles había perdido. Tabitha levantó la vista. La expresión de Cyrus se mantuvo severa. Un brillo tranquilo había aparecido en sus ojos. Ella sonrió antes de poder evitarlo. Su aroma cambió. El cedro frío se calentó con algo más oscuro y suave. Los sentidos omega de Tabitha reconocieron el interés, pero la experiencia le advirtió que no le diera un nombre romántico demasiado rápido. Los alfas poderosos podían disfrutar de la novedad. Los artistas pobres podían confundir la atención con la permanencia. Volvió a su costura. Cyrus permaneció a su lado. La ventana oeste tiene una corriente de aire.
Ella notó que la corriente había existido ayer. Cyrus afirmó que podría haber empeorado. Respondió señalando la ventana cerrada. El rey inspeccionó el pestillo durante mucho más tiempo de lo que la arquitectura requería. Nico observaba desde la boca abierta del dragón. El cachorro se cubrió lentamente la nariz con una pata. Tabitha sospechó que incluso un príncipe silencioso podía reconocer una mala excusa. La tarde siguiente, Cyrus vino a evaluar la alfombra. Al día siguiente, investigó si el agua de la pintura estaba demasiado fría. Más tarde apareció porque un bloque de madera tenía una esquina afilada. Tabitha le mostró el bloque que había sido lijado por tres generaciones de niños reales. Una esquina afilada oculta decidió Cyrus.
Tabitha le dio la vuelta muy bien oculta. Nico se giró sobre su espalda. El juicio silencioso del cachorro finalmente fue demasiado para Cyrus. Vine a verlo. Admitió el rey. La aguja de Tabitha se detuvo. Esa es una mejor razón. Cyrus miró a Nico, pero su atención volvió a ella. No es la única razón. El calor subió por la garganta de Tabitha. Antes de que cualquiera de los dos pudiera moverse, Nico agarró la corona de madera reparada y la dejó a los pies de Cyrus. El rey cerró los ojos. Tabitha le entregó el pegamento. La guardería tuvo su primer juego real dos días después. Tabitha lo llamó caballero capturado.
Una persona hacía de un temible dragón, otra hacía de prisionero. El prisionero escapaba solo respondiendo tres preguntas con sinceridad. Cyrus miró la cuerda enrollada alrededor de una silla. Pretendes atar al rey sin apretar. Eso no es tranquilizador. Nico empujó la corona de madera hacia su padre. Cyrus pareció traicionado por su propia línea de sangre. Se sentó. Tabitha ató la cuerda alrededor de sus botas, dejando suficiente espacio para liberarse. Nico inspeccionó el nudo, lo apretó una vez y se recostó con satisfacción. Cyrus se había preparado para el juego. Sacó una página doblada de su abrigo. Tabitha la tomó. ¿Qué es esto? Cyrus explicó que la página contenía posibles respuestas.
Tabitha preguntó cómo había respondido preguntas que no había oído. Sostuvo que la preparación seguía siendo perfectamente legal. Nico bajó la cabeza sobre sus patas. Tabitha comenzó con una pregunta fácil. Preguntó qué comida no le gustaba a Cyrus. El rey consultó su página. La página no contenía respuesta porque los cocineros reales rara vez servían comida que no gustara. Después de pensarlo seriamente, Cyrus confesó que odiaba los nabos servidos. Las orejas de Nico se levantaron. La segunda pregunta se refería a su peor travesura infantil. Cyrus admitió que había reemplazado la tinta ceremonial de un tutor con jugo de bayas. Tabitha se rió. Eso es decepcionantemente leve. El tutor escribió tres cartas de estado antes de darse cuenta.
La cola de Nico comenzó a moverse. Para la pregunta final, Tabitha preguntó qué le asustaba. La habitación cambió. Cyrus miró la cuerda alrededor de sus botas. Su aroma se tensó y la luz invernal agudizó las líneas cansadas junto a sus ojos. Tabitha casi cambió la pregunta. Entonces Cyrus respondió fallarle a él. Nico se quedó muy quieto. Cyrus no extendió la mano hacia su hijo. Sigo tratando de prevenir cada peligro. Puede que en su lugar haya hecho que todo el palacio se sienta peligroso. El cachorro se levantó, caminó hacia Cyrus y colocó una pata en la rodilla del rey. La mano de Cyrus tembló una vez antes de descansar en la alfombra.
Nico dejó su pata allí. El propio pecho de Tabitha se apretó. Había pretendido un juego, no una confesión. Sin embargo, la cuerda, la ridícula corona y la ausencia de una sala de consejo le habían dado a Cyrus espacio para decir la verdad. Después de un momento, Nico mordió el débil nudo de práctica. “Liberado por la misericordia real”, anunció Tabitha. Cyrus se frotó el tobillo liberado. “La misericordia real es cara.” Nico se llevó la evidencia. Esa noche Cyrus acompañó a Tabitha a su habitación. El pasillo olía a piedra, humo de velas y el leve almidón de la ropa limpia se detuvo frente a su puerta.
Cyrus se quejó de que no le había advertido sobre la pregunta final. Tabitha preguntó si un aviso previo habría producido honestidad. Él admitió que habría producido preparación. Tabitha se apoyó en el marco de la puerta. Por eso no recibiste ninguno. Su mirada se encontró con la de ella. Sin la guardería a su alrededor, su tamaño y autoridad se sentían más fuertes, también la soledad debajo de ellos. “No me tienes miedo”, observó él. “A veces te tengo miedo.” El ceño de Cyrus se frunció. Tabitha continuó antes de que él malinterpretara. “El coraje y la comodidad no son lo mismo. Sé lo que podrías hacer. También observo lo que eliges hacer.” El aire entre ellos se aquietó.
Cyrus bajó la voz. ¿Y qué he elegido? Tabitha enumeró la evidencia. Se había sentado en el suelo, quemado la mitad de un horario y respondido una pregunta que odiaba. Cyrus añadió la corona reparada. Tabitha calificó la reparación como deficiente. Su boca se curvó. Fue la primera sonrisa completa que le había visto. Tabitha olvidó la siguiente frase ingeniosa. Cyrus pareció igualmente sorprendido por su propio rostro. se recuperó primero, hizo una reverencia y le deseó buenas noches. Después de que se fue, Tabitha entró en su habitación y encontró a Nico dormido dentro del disfraz de dragón. Se puso ambas manos en las caderas. Tienes tu propia cama. Una oreja gris se movió.
Tu cama es más grande que mi antiguo apartamento. Nico se cubrió la nariz con la cola del dragón. Tabitha entendió la estrategia. Era difícil discutir con alguien que se había convertido en parte del mobiliario. Lo cubrió con una manta y se fue a la cama. A la mañana siguiente se despertó y encontró el disfraz de dragón vacío y una nota cuidadosamente doblada en la silla. La nota era de Cyrus. Decía que el príncipe había regresado a su habitación al amanecer. También decía que la ventana oeste había sido reparada. Al final, en letra más pequeña, el rey había añadido que la alfombra seguía bajo observación. La alfombra sobrevivió otros nueve días.
Para entonces, el segundo contrato de Tabitha había sido extendido con poca ceremonia. El maestro Vale trajo las nuevas páginas mientras Nico se pintaba una pata de azul. El secretario estudió la pata azul, luego el contrato limpio. Sostuvo el documento sobre su cabeza hasta que la pintura se secó. La vida en la guardería este encontró un ritmo que ningún horario había predicho. El desayuno seguía siendo a las ocho porque Nico se ofendía cuando la avena llegaba tarde. Las lecciones empezaron a celebrarse más tarde. Antes ocupaban toda la mañana; ahora consistían en contar los botones de los disfraces, ordenar cintas por longitud y construir historias con bloques de colores.
Cyrus se unía cuando el gobierno se lo permitía. Cuando no podía, trasladaba las reuniones a la sala contigua a la guardería. Tabitha escuchaba a los ministros discutir sobre impuestos mientras Nico levantaba una fortaleza de cojines. De vez en cuando, un bloque de madera rodaba por debajo de la puerta. La primera vez, Cyrus lo devolvió sin interrumpir al orador. La segunda, volvió a hacerlo. En el quinto intercambio, el ministro dejó de hablar y miró la puerta. —Continúe —dijo Cyrus con expresión imperturbable. El bloque regresó con una cinta verde atada alrededor. Tabitha oyó pasos en la guardería.
El ministro intentó retomar su explicación sobre la reparación de un puente, pero Cyrus abrió la puerta, retiró la cinta y comunicó a Nico que las decoraciones añadidas durante un asedio requerían aprobación previa. El cachorro recuperó el bloque y cerró la puerta en las narices de su padre. Cyrus permaneció en el pasillo unos segundos. Cuando volvió a la reunión, llevaba un hilo verde en la manga. Los sirvientes dejaron de caminar de puntillas alrededor de la guardería. Comenzaron a llevar retales de lana, botones rotos y accesorios averiados para los juegos de Tabitha. El armario cerrado por fin fue abierto.
Dentro había juguetes elegidos por adultos que valoraban la educación por encima de la diversión: piedras numeradas, mapas tallados y oficiales de madera con sombreros desmontables. Nico enterró a tres oficiales debajo de un cojín. Tabitha encontró una pelota de tela al fondo del armario y la hizo rodar. Nico la observó, puso una pata encima y terminó devolviéndola. El siguiente lanzamiento fue hacia Cyrus, que acababa de entrar. La pelota chocó contra su bota. —¿Cuáles son las reglas? —Solo tiene que devolverla. No forme un comité. Cyrus hizo rodar la pelota con la cautela de quien sospechaba de una norma demasiado sencilla. Nico se lanzó tras ella.
Sus patas resbalaron, su trasero se elevó y la pelota desapareció bajo una silla. El cachorro corrió a recuperarla. —Le gusta esto —dijo Cyrus, sorprendido. —Los niños disfrutan de placeres sencillos desde hace siglos. La pelota regresó más deprisa. Cyrus la atrapó con una mano y en su rostro apareció el brillo que solía acompañar la solución de un problema de Estado. Ajustó la posición de las sillas, cambió los ángulos y animó a Nico a perseguir las sombras en movimiento. —Está convirtiendo el juego en entrenamiento militar —lo advirtió Tabitha. —Estoy mejorando la precisión. Nico se arrojó sobre el siguiente lanzamiento y chocó contra las rodillas de Cyrus. El rey cayó sobre la alfombra. Tabitha se cubrió la boca.
El cachorro trepó sobre el pecho de su padre y dejó la pelota bajo su barbilla. —He sido derrotado —declaró Cyrus mirando el techo pintado. La cola de Nico golpeó su abrigo. —El príncipe exige otra batalla —tradujo Tabitha. —El príncipe no conoce la misericordia. Jugaron hasta que un guardia llegó jadeando para recordar que seis embajadores esperaban en la sala del consejo. Cyrus se levantó con el pelo de Nico cubriendo la parte delantera de su abrigo negro. Tabitha buscó un cepillo, pero el rey la detuvo. —Déjelo. Fue a recibir a los emisarios llevando la prueba de que su hijo lo había tocado. Tabitha lo vio desaparecer por el pasillo y sintió un calor inconveniente en el pecho.
Ese calor se volvió todavía más problemático cuando apareció Moro. El lobo de Cyrus no se había mostrado en público desde el funeral de la reina. Tabitha descubrió ese dato después de que un enorme lobo negro entrara en la guardería y apoyara la cabeza en su regazo. Moro casi alcanzaba la altura del escritorio. Un manto oscuro cubría sus hombros y sus ojos tenían el mismo azul frío de Cyrus. Nico lo saludó con calma, frotó el rostro contra su mandíbula y volvió a la pelota. Tabitha permaneció inmóvil. Moro se cubrió el hocico con una pata. —Supongo que tiene permiso para estar aquí —murmuró ella. El lobo dejó caer todavía más peso sobre sus piernas.
Olía a cedro, nieve y al humo tenue adherido a la ropa del rey. Tabitha le rascó detrás de una oreja. Moro cerró los ojos. La puerta se abrió. Cyrus se detuvo. Tabitha se quedó quieta. Moro también, pero enseguida se giró y plantó una pata enorme sobre el regazo de ella. La expresión del rey se volvió glacial. —Moro. El lobo abrió un solo ojo. El silencioso desacuerdo entre ambos tensó la mandíbula de Cyrus. La opinión de Moro, en cambio, parecía muy clara: le gustaba la mano de Tabitha exactamente donde estaba. Tabitha preguntó si Moro visitaba a menudo a los empleados. Cyrus lo negó.
Su siguiente pregunta fue sobre la frecuencia con la que el lobo lo ignoraba. Cyrus se quitó los guantes dedo por dedo. Cada vez más. Moro movió su cabeza más arriba en el regazo de Tabitha. Nico trajo la pelota de tela y la colocó junto al lobo adulto. Moro la cubrió con su otra pata. El cachorro le dio zarpazos. Moro se negó. Pronto los dos lobos estaban enfrascados en una lucha silenciosa por una pelota descolorida. Cyrus observaba a su hijo tirar de los dedos de Moro. Tabitha observaba a Cyrus. Su expresión se suavizó antes de que recordara que ella podía verlo. Ese se convirtió en el verdadero descubrimiento de la tarde.
Moro se quedó hasta la cena. Se fue solo después de que Tabitha prometiera seguir rascándole las orejas otro día, Cyrus escuchó la promesa. Cyrus le advirtió que no animara al lobo. Tabitha elogió los modales de Moro. Cyrus le recordó la pelota robada de la que ella culpó a la corruptora influencia real. Cyrus la miró. Disfrutas provocándome. Tabitha dobló el disfraz de dragón solo cuando la oportunidad llega vistiendo una corona. Moro le envió a Cyrus una emoción tan presumida que el rey ordenó a ambos lobos a la cama. Ninguno obedeció. El primer almuerzo formal llegó con una invitación sellada con cera roja. Tabitha la leyó dos veces. ¿Por qué estoy invitada?
Cyrus estaba de pie junto al estante de la guardería fingiendo inspeccionar pegamento. El consejo de la casa quiere observar el progreso de Nico. Pueden observarlo aquí. también quieren observarte a ti. Ahí estaba. Tabitha sabía que la curiosidad se agudizaría hasta convertirse en juicio. Una omega pobre podía entretener a un príncipe durante varios días. Si se quedaba más tiempo, las familias nobles empezarían a preguntar qué quería. Tengo que asistir. Cyrus dejó el pegamento. No. La respuesta llegó sin presión real. Tabitha miró a Nico. El cachorro había comenzado a tolerar a dos sirvientes familiares, pero las multitudes todavía hacían que su cuerpo se tensara. Tiene que asistir él, ¿no?, respondió Cyrus de nuevo. Nico levantó la cabeza.
Tabitha colocó la invitación en el suelo entre ellos. Es una comida en un salón más pequeño. Podemos irnos cuando quieras. Puedes quedarte debajo de la mesa, pero no puedes robar pastel. Nico puso una pata sobre la invitación. Su decisión carecía de entusiasmo. Aún así, contaba. La modista del palacio le trajo a Tabitha un vestido azul pálido. Le quedaba perfecto en todas partes, excepto en la persona. Las mangas le impedían levantar ambos brazos. La cintura requería una respiración superficial. Pequeñas cuentas doradas formaban elegantes enredaderas en la falda. Tabitha se giró una vez ante el espejo. La modista juntó las manos. Refinado, Tabitha intentó agacharse. Fatal, en su lugar, usó su propio vestido marrón de actuación.
Tenía una falda amplia, puños limpios y suficiente espacio para arrodillarse junto a un lobo asustado. Cyrus esperaba fuera del salón del almuerzo. Miró su ropa. Su mirada se detuvo en la cinta verde de su garganta. Cyrus observó que la modista estaba llorando. Tabitha esperaba que se recuperara. explicó que sentarse con el vestido prestado había sido imposible. Cuando Cyrus señaló que los almuerzos reales implicaban poco movimiento, Tabitha decidió que eso explicaba su reputación. Su boca se movió. Nico estaba entre ellos con su cinta azul en el cuello. Cuando las puertas se abrieron, todas las conversaciones dentro se suavizaron. Tabitha sintió el hombro del cachorro presionar contra su tobillo. No lo tocó. caminó a su ritmo.
El comedor más pequeño albergaba a veinte invitados, una mesa larga y suficiente oro pulido, como para que la luz del sol pareciera empleada por el palacio. lady Sabine Hero presidía el consejo de la casa real. Era una beta serena con cabello gris acero y una mirada que catalogaba debilidades sin disfrutarlas. A su lado se sentaba lady Corinne Dust, una omega de alta cuna conocida por sus obras de caridad educativas. y su postura perfecta. Corinne le sonrió a Tabitha. Esperábamos al dragón. Tenía otro compromiso. Varios invitados parecieron inseguros de si era una broma. Cyrus le sostuvo la silla a Tabitha. El gesto causó más interés que su respuesta.
Nico se acomodó debajo de la mesa con la cabeza en su bota. La comida comenzó sin incidentes. La sopa llegó en cuencos pintados. El pan siguió. No apareció ningún pastel de ciruela pegajoso. lady Sabine preguntó sobre la nueva rutina de Nico. Tabitha explicó las partes fiables y las flexibles. Describió elecciones, comunicación no verbal y exposición tranquila a las salas sociales. Corinne escuchó cortésmente. ¿Y tu aroma Omega? La pregunta cayó entre los platos. Tabitha mantuvo las manos alrededor de su taza. Viene conmigo. La sonrisa de Corinne se afinó.
Aclaró que los aromas Omega podían calmar a los lobos jóvenes. lady Corinne sugirió que el apego de Nico quizá no se debiera a una habilidad extraordinaria, sino a una afortunada cualidad innata de una Omega. Cyrus dejó la cuchara sobre la mesa. Tabitha respondió antes que él. —Una manta caliente también podría tranquilizarlo. Eso no significa que la manta esté cualificada para diseñar sus cuidados. lady Sabine bajó la cabeza para ocultar un destello de diversión. Corinne insistió en que el palacio debía identificar los elementos calmantes y reproducirlos, de modo que el príncipe no desarrollara una dependencia insana de una empleada temporal. Debajo de la mesa, las orejas de Nico se aplastaron.
Tabitha sintió su angustia antes de verlo moverse. Dejó una mano junto a la silla, sin intentar alcanzarlo. Nico acercó el hocico y lo apoyó en su palma. —Esta conversación ha terminado —dijo Cyrus. Su voz llevaba el peso frío y controlado de un alfa. Nadie confundió las palabras con una sugerencia. Corinne inclinó la cabeza y lady Sabine cambió el tema hacia las reservas de alimentos, aunque ya nadie escuchaba de verdad. Después de la comida, una perfumista del palacio visitó a Tabitha en privado. Se disculpó y explicó que Corinne había encargado una tela suave impregnada con pino, lana limpia y una mezcla inofensiva de hierbas que imitaba su aroma.
Tabitha aceptó la pieza doblada y dejó que Nico la oliera en un corredor vacío. El cachorro la olfateó una vez, se la llevó hasta Moro —que esperaba en la entrada de la guardería— y la empujó bajo las patas traseras del gran lobo. Moro se tendió encima. Tabitha miró a Cyrus. El rey contempló la tela y le recordó que el consejo había pedido pruebas. Luego observó a Moro, que parecía extremadamente cómodo. —Las pruebas se están recopilando —dijo. Nico trotó hacia Cyrus y se marchó con él. El rey recogió un borde de la tela e impartió a su lobo una orden tranquila. Moro rodó sobre la espalda.
Tabitha tuvo que volver la cara hacia la pared para dominar la risa. El almuerzo cambió algo entre ellos. Cyrus dejó de llamar “temporal” a Tabitha cuando hablaba con terceros y no volvió a permitir que las preguntas sobre su aroma se disfrazaran de cortesía científica. Ella lo notó, aunque intentó no confundir protección con cortejo. El rey no se lo puso fácil. Después de las sesiones tardías, hacía llevar comida caliente a su habitación y recordaba qué té prefería. Cuando se rompió la correa de su baúl de disfraces, un artesano la reparó antes del desayuno. Cyrus negó haberlo ordenado. El maestro Vale lo negó demasiado deprisa.
Nico no sabía nada de talabartería y ofreció la coartada perfecta de estar dormido. Moro entregó a Tabitha el recibo desechado. Ella encontró a Cyrus en la galería oriental, inclinado sobre informes fronterizos con las mangas remangadas. Afuera caía nieve. Tabitha dejó el recibo encima del mapa. —Su lobo lo ha traicionado. Cyrus leyó el papel. —Moro tiene un juicio deficiente. —El trabajo es excelente. —Su juicio produce a veces resultados aceptables. Tabitha se apoyó en la mesa. —Podría habérmelo regalado usted mismo. —No le gustan los regalos que crean obligaciones. La precisión de la respuesta la dejó sin palabras. Cyrus no solo observaba a Nico y los horarios; también la observaba a ella.
Tabitha preguntó si una correa reparada dejaba de crear obligaciones cuando la entregaba un lobo. Cyrus aseguró que sí. Ella propuso nombrar a Moro responsable del tesoro. Él respondió que Moro ya asesoraba al trono. La galería pareció más cálida. La mirada de Tabitha descansó en la correa reparada que colgaba de su hombro. La bondad sin condiciones la asustaba más que la dureza, precisamente porque no sabía cómo defenderse de ella. —Gracias —dijo. Cyrus inclinó la cabeza y no convirtió aquel instante en nada mayor. Su contención la acompañó hasta la guardería. El tercer contrato llegó antes del deshielo. Ya no describía a Tabitha como instructora recreativa, sino como “Asociada Real de Educación Emocional”.
Ella detestó el título porque sonaba como si enseñara sentimientos a los muebles. El maestro Vale confesó que el consejo había rechazado “dragona real”. Nico mordió una esquina del documento y el secretario lo rescató con rapidez. Tabitha cambió el cargo por “compañera real”, firmó por otro mes y vio cómo su antigua compañía viajaba al sur sin ella. Le enviaron una caja con dos disfraces, tres avisos de salarios impagados y una carta que afirmaba que el dragón verde seguía siendo propiedad de la compañía. Leyó la carta junto al fuego. Nico dormía dentro del objeto en disputa. Cyrus entró mientras ella se reía y preguntó qué había ocurrido.
Su rostro se enfrió con cada línea: la compañía exigía compensación por costuras rotas, estructura doblada, cuerno perdido, daños por humo y uso no autorizado. —¿Quieren cobrar porque el príncipe lo utiliza? —preguntó Cyrus—. ¿También exigirán una indemnización porque ha salido el sol? Tabitha le quitó la carta. No, la cantidad es absurda. La cantidad es familiar. Cyrus la miró. Ella no le había contado sobre la vieja deuda. Esa historia pertenecía a otro fuego, otro empleador y una versión de sí misma que había aprendido cuán rápido los elogios se convertían en culpa. Tabitha explicó que ella misma resolvería esta pequeña demanda. Cyrus preguntó por la cantidad familiar.
Ella le dijo que esa deuda no era el problema de hoy. El rey aceptó el límite, aunque su aroma contenía preocupación. Nico salió del dragón y colocó el cuerno de madera perdido a los pies de Tabitha. Ella se quedó mirando. El cuerno había desaparecido durante un baile de la cosecha meses antes. Cyrus se cruzó de brazos. ¿Dónde lo encontró? Nico lo recogió y lo llevó detrás de una cortina. Tabitha lo siguió. El cachorro había construido una colección. Debajo de la cortina había dos botones de disfraz, una cuchara de madera, cuatro cintas verdes, el guante perdido de Cyrus y la mitad del horario más corto del maestro Vale. Cyrus recuperó su guante. Esto explica varios asuntos.
Tabitha recogió el cuerno. No explica nada. Él no estaba en el baile de la cosecha. Nico se sentó en el horario. Moro apareció en la puerta. El lobo adulto miró el cuerno. Luego desvió la mirada. Los ojos de Cyrus se entrecerraron. Moro aparentemente había encontrado la pieza rota entre los viejos accesorios de Tabitha y se la había entregado a Nico. Su intención había sido generosa, su ocultación había sido menos exitosa. Tabitha colocó el cuerno esa noche. El dragón ahora poseía un cuerno adecuado y uno de reemplazo hecho de tela pintada. El dragón parecía permanentemente sorprendido. Nico lo aprobó. Afuera, la nieve se espesó.
La tormenta llegó después de la medianoche con un sonido como de piedra moliéndose en el cielo. El viento golpeó las ventanas del este. La nieve se metió bajo las tejas del techo y traqueteó por las chimeneas sin usar. Tabitha se despertó cuando sonó una campana de advertencia en el pasillo. El humo entraba por debajo de su puerta. Se puso las botas, se envolvió en una bata sobre su camisón y abrió la puerta. Los sirvientes se movían por el pasillo llevando lámparas cubiertas. La tapa de una chimenea se había derrumbado sobre las habitaciones de la princesa.
El humo llenó el ala de la guardería mientras la piedra caída bloqueaba el camino más corto hacia el palacio principal. Tabitha corrió hacia Nico. Cyrus llegó a la guardería desde la escalera opuesta en el mismo momento. Llevaba pantalones oscuros, botas y una camisa abierta debajo de un abrigo pesado. La nieve se derretía en su cabello negro. Su rostro no mostraba sueño. Nico se agachó debajo de la cama. La habitación olía a humo, piedra mojada y miedo. Tabitha se arrodilló. No llamó al cachorro. sacó el disfraz de dragón de su silla y lo dejó en el suelo. Nico se metió dentro. Cyrus levantó todo el armazón con su hijo dentro. ¿Dónde?, preguntó Tabitha.
La antigua torre de la guardería tiene una chimenea independiente. Se movieron por el pasillo de servicio. El viento gemía detrás de las paredes y el aire frío encontraba cada abertura en la bata de Tábiza. Cyrus llevaba el dragón como si no pesara nada. Solo sus manos revelaban la tensión. Sostenía el armazón con un cuidado desesperado, protegiendo cada curva. La habitación de la vieja torre era redonda, polvorienta y segura. Un hogar de piedra ocupaba una pared. Muebles cubiertos estaban bajo sábanas blancas. El maestro Vale llegó con mantas, comida y varios guardias. Informó que el pasillo principal permanecería bloqueado hasta la mañana. Cyrus despidió a todos, excepto a un guardia afuera. Tabitha examinó la chimenea. Necesitamos calor.
Cyrus dejó el dragón. Puedo hacer un fuego. Su confianza duró hasta que encontró la caja de leña. El rey Alfa ordenó los leños por tamaño. Colocó la yesca en líneas exactas y construyó una estructura tan ordenada que Tabitha esperaba que los soldados la saludaran. Golpeó el pedernal. La yesca humió y se apagó. Cyrus intentó de nuevo. No pasó nada. La nariz de Nico apareció desde el estómago del dragón. Tabitha se agachó junto al hogar. Tu fuego tiene miedo de romper la formación. La madera no siente miedo. Entonces ha aprendido la terquedad del palacio. Aflojó la pila, añadió virutas secas y creó espacio para el aire. La llama prendió en su segundo intento.
Cyrus la vió extenderse. Estuve cerca. Tabitha lo acusó de construir una fortaleza. Cyrus defendió su estabilidad. El enemigo era el calor. Nico salió lo suficiente como para apoyar la barbilla en la costura rota del dragón. Llenaron la habitación con pequeñas tareas prácticas. Cyrus descubrió sillas. Tabether revisó las viejas contraventanas. Nico inspeccionó cada manta y rechazó dos. El viento continuó golpeando la torre. Tabitha encontró una vieja cortina de teatro guardada en un baúl. Usó tiras de su borde dañado para bloquear los huecos de las ventanas. Cyrus sostuvo la silla mientras ella subía. No te caigas”, le dijo. Esa instrucción ha transformado el trabajo. Sus manos se apretaron alrededor de la silla. Tabitha miró hacia abajo.
El miedo se veía claramente en su rostro. No desconfianza de su equilibrio, sino el profundo reflejo de un hombre que esperaba que los accidentes se llevaran a la gente. Terminó rápidamente y bajó. “Estoy a salvo”, dijo. Cyrus soltó la silla. La antigua guardería le había pertenecido a él. Sabitha lo descubrió cuando encontró su nombre tallado en la parte inferior de una mesa. A su lado había un tosco dibujo de una corona cayendo en un estanque. Tasó las letras. Eras menos respetuoso con la propiedad del estado de lo que sugiere tu historia oficial. Cyrus trajo una lámpara. Mi hermano dibujó la corona. También escribió tu nombre. Tenía una excelente caligrafía. Tabitha lo miró.
El rey se rindió. Yo dibujé la corona. Nico olfateó el grabado, luego rascó una pequeña línea a su lado. Cyrus se quedó mirando. El príncipe está preservando la historia, dijo Tabitha. El príncipe está dañando los muebles. Nico rascó otra línea. Cyrus se sentó a su lado. Una más y la historia termina. El cachorro añadió una tercera. Tabitha puso pan y queso en la mesa. Los tres comieron mientras el fuego calentaba la piedra. La tormenta redujo el mundo a una habitación redonda. No llegaron ministros. Ningún sirviente anunció la hora. Nadie esperaba que el rey supiera qué pasaría después. Nico se durmió primero.
Se acurrucó contra Moro, que se había separado de Cyrus después de la cena y ocupaba la mayor parte de la alfombra. El lobo adulto abría un ojo azul cada vez que el viento golpeaba las contraventanas. Cada vez encontraba a Nico a salvo y lo cerraba de nuevo. Tabitha se sentó cerca del hogar, envuelta en una vieja manta. Cyrus se sentó en la silla opuesta. La luz del fuego suavizaba la severidad de su rostro. Cyrus mencionó en voz baja que Nico se había reído ese día. Ella señaló que el sonido llegaba la mayoría de los días. Ahora él admitió que todavía los contaba. Tabitha lo entendió.
Cuando algo precioso regresaba después de una larga ausencia, el corazón registraba cada aparición. Cyrus observaba a su hijo dormido. Mi esposa podía hacerlo reír levantando una ceja. Era la primera vez que la mencionaba sin un título. Tabitha esperó. Lenora murió durante una fiebre de invierno. Continuó. El palacio tenía medicinas, médicos y todos los recursos del reino. Nada de eso cambió el final. Sus manos descansaban inmóviles alrededor de una taza. Después, Nico dejó de tomar forma humana. Dejó de venir a mí. Respondí encontrando mejores médicos, rutinas más estrictas y más expertos. Intentaste construir un muro alrededor del azar. Cyrus miró hacia las tiras de la ventana.
Los muros parecen útiles durante las tormentas, solo cuando tienen puertas. El fuego se movió con un suave crujido. Exhaló. No sé cómo ser lo que él necesita. Tabitha pensó en la pelota de tela, la corona pegada y el rey entrando en una reunión diplomática cubierto de pelo de cachorro. Tabitha le dijo que estaba aprendiendo. Cyrus juzgó el progreso como muy lento. Ella observó que Nico había sido paciente con él. Cyrus le dirigió una mirada seca. Tabitha sonrió. Eso fue principalmente una broma. Su expresión se calentó, luego se desvaneció. ¿A qué le temes? Preguntó él. El viejo juego había regresado. Tabitha metió la manta bajo sus pies. Ser útil hasta que me vuelva un inconveniente.
La respuesta surgió más fácilmente en la oscuridad. Explicó que el público amaba lo que fuera que llevara puesto. Aclamaban a princesas, dragones y brujas tontas. Los empleadores la elogiaban cuando salvaba una actuación fallida. Una vez que se quitaba el disfraz, se convertía en una omega sin un apellido que valiera la pena conocer y sin un hogar estable. El afecto siempre había llegado con una hora de cierre. Cyrus escuchó sin interrumpir. Sé cómo ser deseada por una hora terminó. Tengo menos experiencia con el mañana. Su mirada se encontró con la de ella a través de la luz del fuego. Te quiero mañana. A Tabitha se le cortó la respiración. Cyrus pareció sorprendido por su propia honestidad.
El rey que preparaba respuestas había hablado sin una. Se levantó y cruzó el pequeño espacio. Tabitha permaneció sentada. Se detuvo lo suficientemente cerca como para que el cedro y el humo del fuego la rodearan, pero no la tocó. Cyrus admitió que su confesión había sido mal formulada. Tabitha la llamó muy real. Él negó esa descripción. Entonces, quizás fuiste tú. Sus ojos bajaron a su boca. El calor se movió a través de Tabitha. Podía sentir la fuerza contenida de él, el cuidado con el que la contenía y la pregunta que se negaba a convertir en una orden. Ella levantó el rostro. En Nico dio una patada en sueños.
Una pequeña pata trasera golpeó a Cyrus detrás de la rodilla. El rey Alfa perdió el equilibrio y aterrizó en la alfombra junto a Moro. El lobo adulto se despertó con un gruñido ofendido. Nico permaneció dormido, una pata ahora descansando sobre la mejilla de su padre. Tabitha se cubrió la boca con ambas manos. Cyrus yacía inmóvil bajo la pata. Tienes permiso. Su risa llenó la torre. Moro bajó la cabeza de nuevo, enviando a Cyrus la clara impresión de que el beso fallido había sido evitable. El rey quitó la pata de Nico de su cara. Nadie te preguntó. Tabitha se rió más fuerte.
Nico se despertó, vio a su padre en el suelo e hizo el feliz sonido de cachorro que se había vuelto más frecuente. Cyrus se volvió hacia Nico. Luego comenzó a reír también. Fue silencioso al principio, como si el sonido hubiera olvidado el camino. Se profundizó hasta que se cubrió los ojos con una mano. La tormenta rugía más allá de los muros. Adentro, la antigua guardería albergaba a dos lobos. un rey en el suelo y una omega envuelta en una cortina. Nada en ello era ordenado. Por primera vez, Cyrus no pareció extrañar el orden en absoluto. El pasillo bloqueado se reabrió cerca del amanecer. Los trabajadores encontraron al rey Alfa dormido contra el costado de Moro.
Nico ocupaba su pecho. Tabitha dormía en la silla con la vieja cortina envuelta en sus hombros. El maestro Vale se paró en la puerta y reconsideró varios principios de la gestión del palacio. Cyrus se despertó primero. Su atención se movió del secretario a Nico y finalmente a Tabitha. Su voz llevaba la calma de un hombre que se negaba a avergonzarse antes del desayuno. La chimenea requiere inspección. El maestro Vale le hizo una reverencia. Ese fue mi primer pensamiento. Las habitaciones del este olieron a humo durante días. Los sirvientes fregaron las paredes, airearon las alfombras y movieron muebles por los pasillos. Nico trató la interrupción como un festival.
Paseó por el palacio dentro del disfraz de dragón mientras dos pacientes guardias llevaban el armazón. Tabitha caminaba detrás de ellos haciendo dramáticos ruidos de rugido. Cyrus se encontró con la procesión fuera de la sala del consejo. Los guardias se detuvieron. La nariz de Nico emergió a través del estómago del dragón. El rey consideró a su hijo, el disfraz y los seis ministros que esperaban detrás de él. ¿A dónde va el dragón?, preguntó. Tabitha consultó una hoja de papel en blanco. Tiene una cita urgente con la lavandería. Cyrus se hizo a un lado. Los asuntos de estado no deben retrasarse.
Los ministros vieron a su rey ceder el pasillo a una criatura verde descolorida con cuernos desiguales. Un anciano consejero abrió la boca. Cyrus lo miró. El consejero decidió que los dragones eran constitucionales. La tormenta dejó otro cambio atrás. Cyrus dejó de desaparecer entre sus deberes después de la cena. Pasaba una hora en la guardería, incluso cuando Nico apenas lo notaba. A veces reparaba accesorios con Tabitha; otras leía informes en voz alta mientras el cachorro descansaba a los pies de ella. Tabitha aseguró que los informes tenían una estructura dramática deficiente y que las cifras sobre las reservas de grano necesitaban un villano. Cyrus añadió voces distintas.
La noche siguiente leyó una evaluación sobre un puente fronterizo interpretando a cada ingeniero. El inspector del norte sonaba como un príncipe trágico; el constructor real se parecía sospechosamente al maestro Vale. —El apoyo occidental no es seguro —declaró Cyrus con la entonación exacta del secretario. Desde la puerta, Vale protestó que su voz no era tan severa. Nico soltó una risita sobre la alfombra. El secretario se quedó hasta el final del informe para proponer correcciones. La influencia de Tabitha no hizo que el palacio descuidara sus obligaciones. Las comidas llegaron, los guardias vigilaron y los médicos siguieron examinando a Nico. La diferencia fue que un fracaso dejó de significar el fin de una actividad.
Cuando el príncipe rechazaba una lección, los adultos preguntaban por qué. Cuando se escondía, comprobaban que su refugio fuera seguro. Cuando gruñía, nadie lo llamaba desobediente antes de averiguar qué lo asustaba. Cyrus intentó extender esa paciencia hacia sí mismo con menos éxito. Programaba juegos espontáneos cada tarde. —La espontaneidad programada es una contradicción —señaló Tabitha. —Si no reservo el tiempo, el consejo lo ocupará. —Entonces resérvelo, pero deje de anunciar que la diversión comienza a las cuatro. Cyrus renombró la cita “asunto privado de Estado”. El maestro Vale sabía lo que significaba. Medio palacio también. Una tarde, Cyrus entró con una corona de madera sobre la cabeza. Había olvidado que Nico se la había colocado.
Una delegación de los valles del sur lo esperaba abajo. Tabitha se acercó para retirarla, pero Cyrus le sujetó suavemente la muñeca. El contacto los inmovilizó. Su mano era cálida y su pulgar descansaba quieto sobre el pulso de ella. Nico observaba desde debajo de la mesa. Tabitha vio la pintura en la manga de Cyrus, un hilo en su cabello y el rostro del rey demasiado cerca. Le recordó la reunión diplomática y la corona de juguete. Cyrus reconoció que era consciente de ambos problemas. Su mirada descendió. Tabitha podría haberse acercado. En cambio, dio un paso atrás. Su contrato todavía determinaba a qué hora despertaba, dónde trabajaba, cuánto cobraba y cuánto permanecía dentro del palacio.
La firma de Cyrus fijaba su salario. Ella no construiría ternura sobre un terreno inclinado por el poder. Cyrus comprendió al menos una parte de su retirada y la soltó de inmediato. —La veré después de la reunión. No fue una exigencia. Tabitha asintió. El tercer contrato se acercaba a su fin cuando la nieve comenzó a derretirse a lo largo de los muros del sur. La cinta ceremonial azul de Nico había quedado pequeña para su cuello. Tabitha la sustituyó por una bufanda verde, cortada de la parte menos dañada de un traje antiguo. Nico la llevaba con orgullo.
El palacio se preparó para la recepción de fin de invierno: una reunión “íntima” según las normas reales, lo que significaba ochenta invitados y una sola orquesta. Nico no estaba obligado a asistir. Eligió aparecer durante la primera media hora. Tabitha preparó un rincón tranquilo detrás de un biombo con agua, un cojín y el disfraz de dragón. Cyrus inspeccionó la zona. —El consejo dirá que se está escondiendo. —Está practicando cómo encontrar una salida. El rey tocó el borde del biombo. —Una pared con puerta. —Exactamente. La sala brillaba con fuego y estandartes carmesí. Olía a ramas de pino. Los invitados vestían oro, negro y verde invernal.
Tabitha llevaba su sencillo vestido marrón de artista, aunque una costurera había añadido un ribete verde sin cambiar su forma. Nico entró junto a su padre en forma de lobo, pero no se pegó a las paredes. Caminó con paso uniforme por la sala concurrida. Al ver a Tabitha junto al biombo, se relajó y luego miró a Cyrus. El rey bajó una mano. Nico tocó la palma de su padre con el hocico. Nadie aplaudió; Cyrus lo había prohibido. El silencio se convirtió en un regalo en vez de una orden. Nico permaneció treinta y seis minutos. Aceptó pan de Cyrus, ignoró a lady Corinne y llevó una servilleta ceremonial detrás del biombo.
Cuando salió, la servilleta se había transformado en capa. Tabitha se declaró inocente. Cyrus examinó el nudo alrededor de los hombros de su hijo. —La lavandería real investigará el caso. Nico se retiró con considerable dignidad. lady Corinne se acercó después. Su postura seguía siendo impecable, pero su expresión había perdido dureza. Admitió que sus preguntas durante el almuerzo habían sido crueles y que había confundido la calma medible con la seguridad emocional porque las cosas medibles quedaban mejor en los informes. Tabitha aceptó la disculpa. —Tenía razón en una cosa —añadió Corinne—. La dependencia de una persona puede ser peligrosa. Miró a Cyrus y a Nico. —Ustedes la han roto. —El padre lo hizo —corrigió Tabitha.
Cyrus oyó la respuesta. El calor de su aroma alcanzó a Tabitha antes que su mirada. La música continuó, lenta y elegante. Cuando Nico se retiró con el médico, Cyrus se acercó. —Baile conmigo. Sonó como una orden real. Él añadió, más bajo: —Por favor. Tabitha miró a los observadores. —Conozco seis bailes. Cuatro requieren fingir que uno es una verdura. —Elija uno de los otros dos. Ella puso la mano en la suya. Cyrus bailaba con el mismo control que aplicaba a todo: pasos precisos, postura recta y la palma respetuosamente situada sobre su cintura. Tabitha alteró el tercer giro. Él corrigió sin dificultad. Ella añadió un paso de pueblo; él la siguió.
Tabitha giró bajo su brazo y casi derribó a una condesa, que retrocedió con admirable instinto de supervivencia. —Me está poniendo a prueba —murmuró Cyrus. —Usted dijo que podía improvisar. —Niego haber cometido ese error. En el siguiente giro, Cyrus la sorprendió con una vuelta propia de los festivales, no de la corte. —Lo había preparado —lo acusó ella. —La preparación sigue siendo legal. El baile terminó con la risa de Tabitha contra su hombro. Cyrus contuvo el aliento más de lo necesario. A la mañana siguiente llegó la respuesta de lady Sabine. El Consejo de Familia exigía una revisión privada. Cyrus leyó la notificación durante el desayuno mientras Nico intentaba equilibrar la pelota sobre la cabeza de Moro.
—Mi contrato termina mañana”, observó ella. Cyrus dobló el aviso. “Lo sé. ¿Piensas renovarlo?” No. La respuesta la sorprendió. Él la miró a los ojos. Quiero ofrecerte un nombramiento independiente. Dirigirías el programa de juegos del palacio y asesorarías sobre el cuidado de Nico. Establecerías tus propios horarios. El alivio recorrió a Tabitha antes de que la precaución lo atrapara. Y si me niego, se te pagará tu salario final. El dragón seguirá siendo tuyo. Nadie te impedirá irte. Nico derribó la pelota de la cabeza de Moro. El lobo adulto pareció ofendido por la física. Tabitha miró a los dos lobos, luego de nuevo a Cyrus. Quiero leer el contrato.
Cyrus le aseguró que la propuesta cubría solo dos páginas. Tabitha sospechaba que los oficiales legales le temían. Él respondió que el maestro Vale ahora temía a todos. Su contrato de empleada terminaba al atardecer. El maestro Vale trajo el pago final. una transferencia por escrito del disfraz de dragón y un pequeño pastel sin fruta pegajosa. Nico inspeccionó el pastel desde una distancia prudente. Tabitha pasó la noche en su habitación, ya no empleada y aún no nombrada. El espacio se sentía extrañamente temporal. Llamaron a la puerta después de que se encendieran las lámparas. Cyrus estaba afuera. No llevaba corona ni ningún documento. “La ventana oeste sigue segura”, dijo. Tabitha se apoyó en la puerta.
“Has agotado la arquitectura. Lo he hecho. ¿Qué quieres?” Su garganta se movió a ti. Esta vez la palabra no estaba mal formulada. Tabitha salió al pasillo y cerró la puerta detrás de ella. No quería que Nico se despertara dentro para presenciar otro intento fallido. Cyrus permaneció quieto mientras ella se acercaba. Tabitha dejó claros ambos hechos. No era ni su empleada ni la titular del nuevo puesto. Cyrus le aseguró que entendía ambos hechos. Tabitha estudió su rostro. ¿Y si me voy? El dolor cruzó sus ojos. Honesto y rápidamente contenido. No te detendré. Se puso de puntillas y lo besó. Cyrus emitió un bajo sonido de sorpresa.
Sus manos flotaron cerca de sus hombros hasta que ella se inclinó más. Entonces la tocó. El beso permaneció suave. Tenía suficiente fuerza para abrumar cada elección, así que no usó ninguna. Su boca calentó la de ella lentamente, preguntando en cada cambio. Tabitha se aferró a la parte delantera de su abrigo. Por un momento brillante, olvidó contratos, consejos y puertas. Entonces algo golpeó el interior de su habitación. La puerta se abrió. Nico salió con el cuerno de tela del dragón sobre una oreja. Nico estudió a ambos adultos. Cyrus apoyó su frente contra la de Tabitha. Tiene una sincronización excelente. Aprendió de la tormenta. Nico caminó entre ellos y se sentó en la bota de Cyrus.
El rey miró hacia abajo. Esto no es una actividad de grupo. El cachorro se apoyó en su pierna. Tabitha se rió suavemente. La ternura del momento cambió de forma sin desaparecer. Aceptó el nombramiento independiente al día siguiente. El nuevo acuerdo mejoró varias cosas. Tabitha alquiló una pequeña habitación sobre la tienda de una costurera fuera del palacio, dándose un hogar no controlado por el empleo real. Trabajaba 4 días dentro de la guardería y guardaba dos días para actuaciones públicas. El día restante pertenecía a la lavandería. las reparaciones y la heroica recuperación de sus pies. A Cyrus no le gustaba la habitación de afuera. Inspeccionó el edificio dos veces.
La primera visita se refirió a las salidas de incendios. La segunda involucró el ancho de las escaleras. Una tercera inspección se evitó cuando Tabitha le dijo que las escaleras no habían cambiado de la noche a la mañana. Moro visitaba sin papeleo. El lobo adulto se tumbaba en su puerta hasta que todos los vecinos supieron que el interés del rey Alfa había desarrollado patas. Su cortejo creció a través de horas robadas. Cyrus acompañaba a Tabethha a casa después de los ensayos. Ella se unía a él en la galería mientras terminaba los informes. Él aprendió a beber el té antes de que se enfriara. La besaba en pasillos tranquilos.
Siempre después de buscar a Nico, Nico aprendió a esconderse detrás de las cortinas. El cachorro no entendía la privacidad, pero entendía que aparecer de repente hacía que su padre retrocediera y chocara con los muebles. Una noche, Cyrus revisó detrás de ambas cortinas antes de besar a Tabitha. Nico salió de debajo de un banco. El rey lo miró fijamente. ¿Estás disfrutando esto? La cola de Nico se movió. Tabitha preguntó si los niños reales estudiaban estrategia. Aparentemente la enseñan respondió Cyrus. Moro contribuyó llevando regalos entre ellos. Cyrus envió un libro de historias de actuación. Moro lo entregó después de dormir sobre la portada. Tabitha le envió a Cyrus un guante reparado.
Moro lo enterró debajo de tres mantas en la cámara del rey. Los regalos siempre llegaban cálidos, tarde y cubiertos de pelo negro. El palacio se ajustó a la felicidad con sorprendente eficiencia. Los sirvientes dejaron de congelarse cuando la risa cruzaba el salón. El maestro Vale añadió espacios en blanco al calendario real. lady Corinne comenzó a ayudar a Tabitha a diseñar sesiones de juego públicas sin usar la palabra optimización. Nico asistió a dos reuniones cortas. Todavía elegía la forma de lobo, pero ya no se escondía ante cada visitante. También comenzó a dormir cerca de Cyrus. La primera mañana que sucedió, el rey llegó tarde al consejo porque moverse habría molestado al cachorro.
El maestro Vale registró el retraso como un asunto familiar. Ningún ministro se quejó. El cambio debería haber hecho que Tabitha se sintiera segura. En cambio, la seguridad hizo que su viejo miedo fuera más fuerte. Se había convertido en parte de las mañanas, las habitaciones y las bromas privadas. Perder esas cosas dolería más que perder una sola actuación. Cyrus notó su cautela, no la presionó. Esa paciencia casi la persuadió a confiar en el mañana. Entonces lady Sabine llegó a la guardería con un registro provincial sellado. La presidenta del consejo pidió hablar con Cyrus y Tabitha en privado. Nico estaba construyendo un muro con bloques pintados. Moro yacía a su lado.
Tabitha dispuso que el médico permaneciera cerca antes de seguir a los demás a la habitación contigua. lady Sabine colocó tres documentos sobre la mesa. Se había completado una investigación de emergencia antes del primer contrato de Tabitha. El palacio había verificado sus credenciales de gremio, sentencias penales y quejas de seguridad real. Su nombramiento posterior reutilizó esa autorización. El fallo civil sellado se encontraba bajo el archivo de propiedad de los juglares de la luna brillante en otra provincia. Ninguna búsqueda basada en el nombre lo había encontrado. Un empleado del consejo lo alcanzó solo rastreando las deducciones de los salarios del gremio de Tabitha. lady Sabine admitió que reutilizar la primera búsqueda había sido un fallo administrativo.
El primero registraba una deuda de doscientas coronas que Tabitha debía a los antiguos juglares de la luna brillante. El segundo describía la destrucción de una carpa de actuación y equipo valioso. El tercero llevaba un fallo sellado. La sentencia del antiguo magistrado describía a Tabitha como temeraria, poco fiable y responsable de provocar pánico público. Cyrus la leyó en silencio. Tabitha percibió su conmoción. —Siempre quise contárselo —admitió—. Pero cuanto más lo posponía, más se parecía la demora a la cobardía. —El expediente está incompleto —dijo lady Sabine. El Consejo había recibido los documentos después de aprobar una investigación independiente sobre los antecedentes de Tabitha. La ley de seguridad exigía una revisión inmediata. Cyrus alzó la vista.
—¿Quién solicitó la búsqueda? Tres consejeros habían firmado la petición después de la recepción. Corinne no estaba entre ellos, una respuesta que eliminó al villano más sencillo. Tabitha tocó el borde gastado de la sentencia. —La carpa se incendió. Corté los soportes principales para abrir otra salida. Sabine preguntó por qué la resolución no mencionaba a los visitantes atrapados. —Porque el propietario podía pagar por una historia mejor que la mía. Cyrus no apartó los ojos de Tabitha. —¿Por qué no apeló? —Una apelación costaba más de lo que yo ganaba en un año. El caso era alarmante, pero el expediente sellado existía. lady Sabine explicó el procedimiento: un examinador independiente recogería las declaraciones de todos los testigos.
Hasta que terminara la revisión, Tabitha no podría quedarse a solas con Nico. El rostro de Cyrus se endureció. —No existe prueba de que lo haya dañado. —La norma se aplica a sentencias no reveladas relacionadas con peligro público. Tabitha esperó que el rey se negara. Había cambiado horarios y contratos porque había comprendido que las reglas a veces contenían miedo en lugar de sabiduría. Sin embargo, esta norma concernía a Nico. Cyrus se volvió hacia ella. —La restricción no durará más de dos días. Las palabras estaban cuidadosamente elegidas, pero aun así le cortaron algo por dentro. —¿Está de acuerdo con que me aparten de este modo? —El expediente debe revisarse. —Esa no era mi pregunta.
Los dos recordaron la primera noche. Cyrus respiró hondo. —No creo que pusiera a esas personas en peligro. Pero actuaré como si pudiera haber puesto en riesgo a mi hijo hasta que la verdad quede establecida oficialmente. lady Sabine apartó la mirada y les concedió la poca intimidad que la sala permitía. Tabitha comprendía el miedo de Cyrus. Por eso dolía más. Él había elegido un procedimiento creado para proteger a su hijo. Ella debía decidir si soportaría otro juicio público sobre su valor. —Mi nombramiento permite que cualquiera de las partes lo termine sin penalización —le recordó. Cyrus se quedó inmóvil. —No. Está decidiendo esto enfadada. —No estoy enfadada. Su voz permaneció estable.
Los artistas aprendían a continuar incluso cuando el escenario empezaba a derrumbarse. —Tengo una invitación para el Festival de Invierno de Alderwick. Comienza dentro de tres días. Ayer la rechacé. El aroma del rey se volvió más intenso. —¿Ahora quiere aceptarla? —Quiero un trabajo donde un consejo no tenga que decidir si mi bondad es en realidad manipulación. Cyrus dio un paso y se detuvo. —Tabitha… Ella deseó que le pidiera quedarse, que abandonara la cautela, el procedimiento y todos sus temores razonables. Aquel deseo no era justo. Tampoco era justo exigirle que aguardara en silencio fuera de la puerta de Nico mientras unos funcionarios decidían si su pasado la convertía en una amenaza. —Me despediré de él —dijo—.
No desapareceré. El rostro de Cyrus mostró toda la fuerza de una orden que se negaba a pronunciar. —¿Y qué pasará con nosotros? El corazón de Tabitha contestó antes que su orgullo. —Lo que le he dado ha sido sincero. Pero no puedo construir un hogar en un lugar donde el afecto puede ser retirado por votación. Salió antes de que Cyrus hiciera una promesa bajo presión. Nico percibió el cambio de inmediato. Abandonó el rincón del biombo y se acercó. Tabitha se arrodilló sobre la alfombra y le explicó que actuaría durante un tiempo en Alderwick. Le dijo dónde quedaba la aldea, cuánto duraba el viaje y que marcharse no era lo mismo que desaparecer.
Nico entró en el disfraz de dragón. A Tabitha se le cerró la garganta. —El dragón pertenece aquí —le dijo—. Tiene deberes reales. El hocico del cachorro apareció por la costura conocida. Tabitha apoyó una mano sobre la tela. —Te quiero. Aun así, tengo que irme. Nico gimió. Cyrus observaba desde la puerta, pálido bajo su control. Tabitha no le pidió que solucionara aquello ni utilizó el dolor del niño como motivo para renunciar a su decisión. Al cabo de unos minutos, Nico salió. Llevaba la cinta verde alrededor del cuello. Se la quitó y la depositó en la palma de Tabitha. Tabitha cerró los dedos alrededor de ella. “La traeré de vuelta”, prometió Nico observó mientras ella empacaba.
Su ayuda consistió en colocar la pelota de tela, tres botones de disfraz, uno de los guantes de Cyrus y una cuchara de cocina robada dentro de su maleta. Tabitha devolvió el guante. Cyrus lo sostuvo sin mirar hacia abajo. “La cuchara puede quedarse”, dijo. Un generoso acuerdo. Su boca se movió, pero no salió ninguna sonrisa. Tabitha dejó el palacio a la mañana siguiente. El deshielo goteaba de los tejados. El aire olía a piedra mojada y tierra temprana. Llevaba su maletín de disfraces en una mano. La cinta verde permanecía atada a su muñeca. Cyrus observaba desde la puerta con Nico a su lado. No le ordenó que volviera.
Esa elección le rompió el corazón con un respeto casi insoportable. El palacio volvió a quedar en silencio. No era el viejo silencio. El viejo silencio se había sentido protegido, pulido y deliberado. A este silencio le faltaban piezas. Nadie acusaba a las cortinas de traición. Ningún dragón bloqueaba el pasillo este. El consejo recibía informes completos sin bloques de madera rodando bajo la puerta. El maestro Vale descubrió que la eficiencia podía ser deprimente. Cyrus lo descubrió antes del mediodía. Nico regresó a la guardería después de que Tabitha se fuera. Se metió dentro del disfraz de dragón y permaneció allí durante el desayuno. Cyrus tomó su lugar a su lado. No trajo ningún horario.
Te dijo a dónde fue, dijo. El disfraz no se movió. También te dijo que te quería. Un bajo gemido salió a través de la tela. Cyrus entendía el sonido demasiado bien. Quería enviar guardias a Alderwick. Quería despejar todos los caminos, preparar todas las habitaciones y traer a Tabitha de vuelta antes de la noche. Moro descansaba junto al hogar. El lobo le envió una contundente sensación de desaprobación. Cyrus lo miró. No te pregunté. Moro bostezó. El mensaje del lobo seguía siendo simple. Traerla de vuelta no haría que se quedara. Cyrus lo sabía, no le gustaba saberlo. El médico llegó para revisar a Nico y encontró tanto al rey como al cachorro en las mismas posiciones.
Sugirió comida, paciencia y juegos familiares. Cyrus podía proporcionar los dos primeros. El tercero parecía una amenaza personal. Abrió el armario de accesorios de Tabitha. Dentro estaba el segundo disfraz de su antigua compañía. Representaba a un caballero dorado con hombreras acolchadas y un casco con forma de olla de cocina volcada. Cyrus lo sostuvo a distancia. Moro levantó la cabeza. No advirtió el rey. La cola del lobo golpeó el suelo una vez. Cyrus se puso el disfraz. Las sombreras acolchadas eran demasiado estrechas. La armadura pintada terminaba por encima de sus muñecas. Un cinturón de tela se negó a cerrar, así que lo ató con una cinta de la guardería.
El casco le cubría los ojos, lo levantó y se enfrentó al dragón. Un caballero ha entrado anunció. El disfraz permaneció inmóvil. Cyrus desdobló una página. Moro gimió. La preparación es legal, le dijo Cyrus. La primera línea presentaba a Sergel Modorado, defensor de reinos tranquilos y muebles respetuosos. La nariz de Nico apareció a través de la costura. Cyrus continuó. Sir Yelmo Dorado había perdido a un valiente dragón. Planeaba encontrarla emitiendo una orden de búsqueda, apostando guardias e inspeccionando cada escalera. Nico retiró la nariz. Cyrus bajó la página. La historia escrita estaba mal. La arrugó. Moro se levantó y le trajo la pelota de tela. Cyrus aceptó la sugerencia.
Sir y el modorado también ha perdido esto.” Le dijo al dragón. Pierde muchas cosas porque cree que sujetar más fuerte evita la pérdida. El cachorro escuchó. Cyrus se sentó en el suelo. La armadura de juguete crujió a su alrededor. El dragón se fue porque el caballero olvidó que las puertas se abren en ambos sentidos. Protegió el castillo y lo hizo sentir como una jaula. Nico asomó la cabeza. Cyrus dejó la pelota. Yo también la extraño. El cachorro salió del disfraz. Comparó al ridículo caballero con Maro. Maro no ofreció rescate. Sirus mantuvo las manos en las rodillas. Ella no es tu madre. Amarla no reemplaza a tu madre. Extrañar a una no traiciona a la otra.
Las palabras soltaron algo dentro de él mientras hablaba. Había tratado el duelo como una cámara sellada. Ninguna nueva alegría podía entrar sin perturbar lo que quedaba. Nico había aprendido la misma lección de los muros que lo rodeaban. Tu madre amaba tu risa, continuó Cyrus. Lo olvidé por un tiempo. Solo recordaba lo terrible que fue perderla. Los ojos pálidos de Nico brillaron. Podemos recordar ambas cosas. El cachorro se acercó. Su forma brilló sin previo aviso. El pelaje gris se contrajo. Las pequeñas patas se convirtieron en manos contra la alfombra. Un niño delgado de 7 años apareció bajo la cinta verde envuelto en la manta que Cyrus sacó del disfraz de dragón. Cyrus dejó de respirar.
El cabello negro de Nico caía sobre sus ojos. Su rostro parecía más viejo que el del cachorro y más joven de lo que Cyrus recordaba. El niño estudió al caballero acolchado. Su primera palabra salió áspera por el largo silencio. Malo. Cyrus miró el disfraz. La armadura. Nico asintió. Maro se cubrió la nariz con una pata. Cyrus rió y lloró al mismo tiempo. Nico se metió en sus brazos. El rey lo sostuvo con cuidado al principio. Luego el niño se aferró a su abrigo y la precaución dio paso a la necesidad. Padre, susurró Nico. Cyrus hundió el rostro en el cabello de su hijo.
La habitación olía a lana, pintura vieja y la sal de las lágrimas. Afuera, los trabajadores cruzaban el patio, las puertas se abrían y el reino continuaba sin saber que su rey acababa de ser perdonado por un niño que insultaba su disfraz. El maestro Vale los encontró más tarde. El secretario miró el rostro humano de Nico y se sentó sin invitación. Moro le trajo la pelota de tela. El maestro Vale la sostuvo contra su pecho durante varios minutos. Cyrus no viajó a Alderwick ese día, quería hacerlo. En cambio, se quedó con Nico porque este nuevo comienzo pertenecía al niño. Cenaron en el suelo de la guardería. Nico solo dijo siete palabras más.
Tres se referían a la comida. Dos se referían al disfraz de caballero. Las dos últimas preguntaron por Tabitha. Pronto, prometió Cyrus. Esta vez tenía la intención de merecer la promesa. Para cuando Tabitha había representado la historia de la linterna perdida cuatro veces en Alderwick, el deshielo había convertido los caminos en lodo oscuro. Nico preguntaba por ella en cada desayuno. Cyrus le daba la misma respuesta honesta. La revisión aún estaba en curso. El examinador independiente trabajó con una velocidad inusual y completa autoridad. Cyrus proporcionó recursos, luego se apartó de la decisión. lady Sabine supervisó la revisión.
Los mensajeros llegaron al pueblo donde los juglares de la luna Un archivo de propiedad secundario contenía diecisiete declaraciones de testigos escondidas bajo el presupuesto para reparar la carpa incendiada. Todas describían el mismo hecho. El fuego comenzó junto a un calefactor de aceite inseguro. El dueño de la compañía ordenó continuar el espectáculo porque cientos de personas ya habían pagado. Cuando el humo llenó la carpa, la multitud bloqueó la salida principal. Tabitha cortó dos cuerdas de soporte y abrió una pared de lona. La nieve fresca sofocó parte de las llamas y la abertura permitió escapar a los espectadores. Después, el propietario afirmó que el calefactor había recibido el mantenimiento adecuado.
Enumeró la carpa dañada, los disfraces, los bancos y las reservas perdidas como una deuda personal de Tabitha. El antiguo magistrado aceptó su versión sin citar a los testigos y obligó a la artista a prestar cuatro años de servicios gratuitos. Los libros de reservas de la compañía llevaban su sello junto a cada actuación. lady Sabine leyó el informe completo en el despacho de Cyrus. Nico estaba junto a su padre en forma humana, envuelto en una túnica azul oscuro. Había elegido aquella forma para desayunar y la había conservado durante toda la mañana. Vale permanecía cerca de la ventana y Moro descansaba sobre la alfombra. Cyrus terminó de leer la última declaración. —La deuda queda anulada.
—Un magistrado de distrito independiente la anulará formalmente al mediodía —corrigió Sabine. El rey aceptó la precisión y preguntó qué sanciones enfrentarían el propietario y el antiguo juez. Sabine enumeró fraude contable, ocultación de testimonios y abuso de cargo público. Ninguna acusación requería intervención real. Rara vez Cyrus había encontrado tan satisfactoria la ley vigente. —¿Y el registro de Tabitha? —Será corregido en todas las provincias. Nico se enderezó. —Díselo. Cyrus miró a su hijo. Su voz fue tranquila, pero su decisión ya estaba tomada. —Se lo diré. lady Sabine recogió los documentos, aunque no se marchó de inmediato. Recordó que ella había aplicado la suspensión y Cyrus respondió que la ley exigía la revisión.
Sabine distinguió entre una revisión legítima y permitir que el aroma de una Omega fuera debatido en una sesión pública. Su rostro se tensó por el arrepentimiento. —Dejé que un prejuicio antiguo se vistiera con la túnica del procedimiento. Cyrus conocía demasiado bien aquel error. Acordaron que la corrección pública nombraría el error, no lo ocultaría bajo un lenguaje administrativo. Nico escuchó. Moro robó el informe del ex magistrado y lo llevó al hogar. Cyrus lo retiró antes de que el lobo pudiera destruir pruebas oficiales. “Debe ser preservado”, explicó Moro. Parecía decepcionado con la ley. El fallo corregido llegó al mediodía siguiente. Cyrus le envió a Tabitha una copia sin ninguna solicitud personal adjunta.
La carta explicaba que la deuda había sido anulada por un juicio independiente. Incluía las declaraciones de los testigos. y la disculpa formal del consejo. Al final, Cyrus añadió una línea de su propia mano. Nos debías la verdad, pero nosotros te debíamos justicia antes de exigirla. No le pidió que regresara. Luego se preparó para ir a Alderwick. Nico insistió en acompañarlo. El niño eligió la forma de lobo para el viaje. Se metió en el disfraz de dragón tan pronto como los sirvientes lo llevaron hacia la puerta. Cyrus lo descubrió cuando el disfraz gruñó a un guardia. No puedes viajar dentro de eso. Nico se retiró más adentro. Moro se sentó junto al disfraz.
Cyrus miró a ambos lobos. Sigo siendo el rey. Moro le envió la clara impresión de que esta afirmación no había mejorado su argumento. El dragón viajó en el carruaje real. Cyrus se sentó frente a él durante todo el viaje. Cada vez que el camino giraba, una pata gris emergía para apoyarse en el asiento. El maestro Vale viajaba junto al conductor y fingía que el arreglo pertenecía a la política de transporte. El festival de invierno de Alderwick ocupaba la plaza del mercado y tres calles circundantes. Telas de colores colgaban entre los edificios. Berceros calentaban las esquinas y el aire olía a pan. Resina de pino, vallas calientes y lana húmeda.
Tabitha había recibido un fallo esa mañana. Lo leyó sola en una habitación estrecha sobre el almacén del festival. Las páginas corregidas hicieron que sus manos temblaran. La deuda la había seguido durante 3 años. Cada moneda que ahorraba pertenecía en parte a un hombre que la había culpado por salvar vidas. Ahora la obligación había desaparecido. El alivio llegó primero. La ira siguió. Luego llegó a la línea escrita a mano de Cyrus. No había ofrecido dinero, no había exigido gratitud, no le había pedido al juez un resultado especial. Le había dado a la verdad un camino justo y se había apartado de él.
Tabitha ató la cinta verde de Nico alrededor de su muñeca y bajó a trabajar. Su actuación de la tarde involucraba a una princesa orgullosa, una linterna de invierno perdida y un dragón que había olvidado cómo rugir. El dragón contratado también había olvidado llegar. Los trabajadores del festival buscaron en la carpa de cambios. El disfraz permanecía vacío. Tabitha estaba detrás del escenario pintado mientras el público se impacientaba. El director del evento se retorcía las manos. sugirió saltarse el dragón. Tabitha le recordó al director que el dragón llevaba la linterna. Él sugirió dársela a la princesa en su lugar. Ella explicó que tal competencia eliminaría la necesidad de una historia.
Una voz profunda vino desde dentro de la carpa de cambios. Yo haré de dragón. Tabitha se congeló. Cyrus salió con el disfraz del palacio. No le quedaba bien. El cuerpo verde terminaba por encima de sus botas. Sus hombros forzaban el armazón de Sauce a una nueva forma. Un cuerno se inclinaba hacia el este, mientras que el cuerno de tela apuntaba acusadoramente al techo. La cabeza de dragón le cubría los ojos. Chocó contra un poste de soporte. El poste sobrevivió. Tabitha lo miró fijamente. Su majestad. Cyrus levantó la cabeza. Su cabello estaba revuelto en varias direcciones. El papel está vacante. El reino no lo está. El maestro Vale tiene instrucciones.
El secretario apareció detrás de él con tres maletines del gobierno y la expresión de un hombre que había recibido demasiadas instrucciones. La nariz de Nico emergió de debajo del panel trasero del dragón. El corazón de Tabitha dio un vuelco. Moro entró al final con la pelota de tela en la boca. El director del evento se apoyó en una caja. Cyrus bajó la voz. ¿Puedo terminar la actuación? Tabitha miró al público más allá de la cortina. Esperaban un dragón ridículo. Cyrus ya había logrado esa calificación. ¿Conoces la historia? Sacó páginas dobladas de dentro del disfraz. Moro gruñó. Tabitha le quitó las páginas sin preparación. La alarma entró en los ojos del rey.
Tabitha le indicó que la siguiera y rugiera cuando ella levantara la linterna. Cyrus quería una descripción más precisa. Ella le dijo que produjera un rugido de dragón, lo que él encontró poco útilmente amplio. El público comenzó a aplaudir por la actuación retrasada. Tabitha lo empujó hacia el escenario. Cyrus entró como el dragón menos convincente en la historia de Alderwick. Su primer rugido sonó como una orden militar emitida a través de un cubo. Varios adultos se enderezaron. Jabetha, interpretando a la princesa, le informó al dragón que había ahuyentado el invierno con su mala técnica. Cyrus intentó otro rugido. Nico se unió desde dentro del disfraz. El pequeño aullido del cachorro emergió bajo el esfuerzo del rey.
Moro respondió desde detrás de la cortina. El público se rió. Cyrus se giró demasiado rápido. La cola del dragón golpeó un árbol pintado y lo derribó en los brazos del director del evento. Tabitha continuó la historia. Acusó al dragón de robar la linterna de invierno porque temía quedarse solo en la oscuridad. Cyrus se quedó quieto. La comedia se silenció en torno a una verdad que ninguno de los dos había planeado. Se quitó la cabeza de dragón. El público lo reconoció por etapas. La gente se puso de pie. Los trabajadores del festival hicieron una reverencia. Un músico dejó caer una vaqueta. Cyrus levantó una mano. Por favor, permanezcan.
Su voz se extendió por la plaza sin fuerza de alfa. Tabitha estaba frente a él con su vestido de princesa. La tela dorada descolorida había sido reparada en ambos codos. Nico salió del dragón y se sentó entre ellos. Cyus se enfrentó al público. Explicó el falso juicio contra Tabith Mewick. nombró las declaraciones de los testigos, el fallo independiente y el fracaso del consejo en tratarla con justicia. También afirmó que la corrección no dependía de su regreso al palacio. “La justicia no es un regalo de cortejo,” dijo, “ya.” Los ojos de Tabitha ardían. Cyrus se volvió hacia ella.
El gran rey Alfa vestía tela verde alrededor de su cintura, una escama de madera en su hombro y ninguna protección restante contra el ridículo. “Vine a disculparme en el lugar donde trabajas”, continuó. El palacio cuestionó tu valía en público. “Mi disculpa no debería esconderse en privado.” Nico se acercó a su padre. Cyrus apoyó una mano junto al cachorro sin tocarlo. Me dije a mí mismo que estaba protegiendo a mi hijo. En cambio, te pedí que te quedaras fuera de nuestra vida mientras extraños juzgaban si tu amabilidad era segura. La plaza permaneció en silencio. Salvaste a Nico antes de saber su nombre. Le enseñaste que el miedo podía hablar sin castigo.
Me enseñaste que el control no es lo mismo que el cuidado. Tabitha podía oler su nerviosismo bajo el cedro y el aire invernal. No te amo porque eres una omega”, dijo Cyrus. No te amo porque Nico te necesite. No te amo porque Moro ha abandonado todo estándar de lealtad. Detrás de la cortina, el lobo adulto ladró una vez. La risa se extendió entre la multitud. Los ojos de Cyrus permanecieron en Tabitha. Te amo porque eres valiente, inconveniente, divertida y honesta. Amo a la mujer dentro del dragón. Tabitha apretó los labios. Cyrus respiró hondo. No me debes ninguna respuesta. Si eliges una vida más allá de mi reino, el fallo se mantiene también mi respeto.
Dio un paso atrás. Había cruzado el reino para hablar. Luego le dejó la distancia final a ella. Tabitha miró a Nico. El cachorro llevaba la cinta verde que ella había devuelto con el fallo. Su cola se movía contra el escenario. Miró a Moro, cuya cabeza ahora sobresalía por la cortina. El lobo adulto parecía listo para intervenir si el cortejo real fallaba de nuevo. Finalmente miró a Cyrus. Tengo condiciones anunció. La esperanza se movió por su rostro. Por supuesto, mantengo mi palabra. Sí. Tabitha levantó un dedo antes de que él pudiera continuar. Mantengo mi habitación en el pueblo hasta que decida lo contrario. Elijo cuando entro al palacio y ningún consejo revisa mi afecto. Cyrus asintió.
De acuerdo. Tabitha exigió que el programa sirviera a los pueblos, no solo a las familias nobles. Cyrus estuvo de acuerdo. Su condición final le prohibía inspeccionar su escalera tres veces en una semana. La multitud se rió. Cyrus consideró la condición final. ¿Y si la escalera cambia? Las escaleras no cambian. La ventana oeste cambió. Tabitha caminó hacia él. ¿Quieres discutir sobre arquitectura ahora? No. Bien. agarró la parte delantera del disfraz de dragón y lo besó. La plaza estalló. Los brazos de Cyrus la rodearon. Cuidadoso solo por un momento. Cuando ella se apoyó en él, la contención se convirtió en calor. La besó como un hombre que no había preparado nada y finalmente confiaba en el momento.
Nico se metió entre sus rodillas. El armazón del dragón se movió. El pie de Cyrus se enganchó en la cola. Cayó hacia atrás en un montón de tela de nieve pintada. Llevándose a Tabitha con él, el público se rió más fuerte. Tabitha aterrizó sobre su pecho. Una escama de tela se pegó a su cabello. Cyrus la miró. Creo que el dragón atacó. Nico se subió a su estómago y colocó ambas patas delanteras debajo de la barbilla de Cyrus. El príncipe tiene pruebas, respondió Tabitha. Moro se unió a ellos y dejó caer la pelota de tela en la frente del rey.
El reconocimiento público de la pareja elegida por el rey Alfa terminó con la familia real en el suelo. Nadie en Alderwick lo olvidó. Tabithan no regresó al palacio esa noche como empleada. Regresó tres días después como directora independiente del Teatro Ambulante Real. Su acuerdo contenía autoridad clara, salarios justos, acceso a los pueblos y ninguna cláusula sobre cartas privadas. El maestro Vale lo presentó en cuatro páginas. Tabitha levantó una ceja. Dos páginas se refieren a las salidas de incendios, explicó. Ella afirmó. Su relación con Cyrus avanzó más lentamente de lo que la corte prefería. Él comenzó a visitar su habitación en el pueblo sin inspeccionar las escaleras.
Ella pasaba algunas noches en el palacio, pero mantenía su propia llave y su propio trabajo. Hablaron de un futuro vínculo de pareja solo después de que la emoción se calmara. Cyrus no hizo ninguna reclamación por instinto o rango. Tabitha prometió una respuesta cuando la elección se sintiera como suya a la luz del día, no gratitud después del rescate. Él lo aceptó. Moro el lobo comenzó a llevar cintas ceremoniales a su habitación. Tabitha devolvía a cada una con una nota que decía que los lobos no podían programar decisiones de apariamiento. Moro entregaba las notas a Cyrus con profunda ofensa personal. La primera vez que Tabitha eligió pasar la noche, ninguna tormenta la atrapó.
Ningún pasillo estaba bloqueado, ningún contrato requería su presencia. El tiempo estaba despejado y su habitación en el pueblo esperaba con una cama limpia. Por eso la elección importaba. Había pasado la noche ayudando a Nico a ensayar tres líneas para una pequeña cena familiar. El niño logró dos en forma humana, olvidó la tercera y se transformó en un cachorro debajo de la mesa. Cyrus declaró el ensayo exitoso. Tabitha le recordó a Cyrus que la última línea de Nico había sido importante. El rey argumentó que su hijo la había expresado físicamente. Rodar sobre las botas reales aparentemente había dejado claro el significado.
Nico permaneció Después de que los sirvientes retiraran los platos, Tabitha llevó el viejo disfraz de dragón a la guardería. Nico entró y se acomodó con rapidez. Cyrus permaneció junto al fuego mientras Tabitha doblaba la cola descolorida. —¿Regresará al pueblo esta noche? —preguntó. Mantuvo neutras las palabras, pero no su aroma. Tabitha miró por la puerta abierta hacia el tranquilo aposento real. Había dormido muchas veces en el palacio mientras trabajaba. También se había quedado durante una tormenta porque no podía partir. Nunca se había quedado sencillamente porque deseaba despertar junto a él. —Quiero quedarme. La esperanza suavizó todo el rostro de Cyrus. Cruzó la habitación y se detuvo cerca. —¿Está segura?
Tabitha lo tomó del abrigo y lo acercó un poco más. —No me obligue a completar otra revisión del consejo. La risa de él calentó su boca antes del beso. Dejaron entreabierta la puerta de la guardería. Moro descansaba en el corredor, un guardián negro sin respeto por la intimidad. La habitación de Cyrus sorprendió a Tabitha. Era amplia pero casi vacía: una cama, un escritorio y un armario sencillo. Parecía un lugar al que el sueño había sido invitado de manera formal. —¿Dónde están sus cosas? Cyrus aseguró que aquellas eran todas. —Posee siete territorios. —No los guardo en mi dormitorio. Tabitha abrió el armario y encontró ocho abrigos negros ordenados según el grado de formalidad.
Protestó por la falta de color. Cyrus defendió el negro como un color. Ella dijo que era aquello en lo que se convertían los demás colores después de que él los asustara. La dignidad del rey sobrevivió hasta que Tabitha descubrió un cajón lleno de notas dobladas por Nico. La mayoría llevaba huellas de patas pintadas. Una conservaba un hilo verde del traje de dragón. Tabitha lo tocó. —Lo guardó. Cyrus se detuvo detrás de ella. —Conservo lo que importa. El humor de Tabitha se transformó en ternura. Cuando él volvió a besarla, ninguno tuvo prisa. Ella retiró las horquillas una por una y dejó que el cabello cayera sobre sus hombros.
Aflojó el cuello formal de Cyrus y descubrió que un rey alfa podía parecer inseguro dentro de su propia habitación. Él apoyó suavemente las manos en su cintura. Hablaron hasta que las palabras dejaron de ser necesarias. En un momento, la manga de Tabitha quedó enganchada en una columna de la cama y ella culpó al mobiliario mientras intentaba liberarla. La intimidad fue cálida, nunca apresurada: besos, piel bajo el lino y el silencioso descubrimiento de que la fuerza también podía tocar con cuidado. Nada se exigió y ninguno necesitó demostrar nada. Después, Tabitha descansó con la cabeza sobre el pecho de Cyrus. El latido bajo su mejilla se hizo más lento. —Esperaba más comodidad de una cama auténtica —murmuró.
Cyrus defendió su excelente soporte para la espalda. Ella decidió que prefería usarlo como almohada. Él le acomodó la cabeza. —Un poco mejor. Cyrus besó su cabello. Tabitha escuchó el fuego y el viento del final del invierno contra las contraventanas. Durante años, el mañana había significado preparar el equipaje, trabajar sin cobrar o adoptar un nuevo papel. Esa noche significaba despertar junto a alguien que conocía su verdadero nombre. Un arañazo sonó en la puerta. Cyrus suspiró. Moro abrió con el hocico y Nico pasó bajo el pecho del lobo adulto llevando la pelota de tela. —No —dijo Cyrus a los dos. Nico dejó la pelota junto a la cama. Moro se tumbó en el umbral.
Tabitha levantó la manta. —Quizá tenga miedo. Cyrus observó las orejas erguidas y la cola que se movía con una inocencia muy calculada. —No tiene miedo. El cachorro puso una pata sobre el colchón. Poco después, dormía entre ellos con las patas traseras contra las costillas de Cyrus. Moro ocupaba la alfombra y roncaba más fuerte que el fuego. Tabitha permaneció despierta intentando no reír. —Esta es la primera noche en la que eligió quedarse —susurró Cyrus—. Imaginé un final diferente. —Estamos juntos. Nico se estiró y le dio una patada. Cyrus atrapó la pequeña pata.
Por la mañana, Tabitha estaba debajo de una pequeña parte de la manta, Nico ocupaba todo su cabello y Cyrus se aferraba al borde del colchón. Un rey alfa que gobernaba siete territorios había sido derrotado por un cachorro dormido. —¿Puede moverlo? —preguntó Tabitha. —Podría despertarse. —Despertarse forma parte normal de la infancia. Cyrus no quiso perturbarlo. Tabitha sonrió contra la almohada. El hombre que antes había programado el silencio de su hijo ahora se negaba a interrumpir una mañana ordinaria. Cuando Nico abrió los ojos, adoptó forma humana bajo la manta y descubrió que los dos adultos lo observaban. Estudió el desorden. —Mala organización —dictaminó. Tabitha se rio con tanta fuerza que el colchón tembló.
Nico trepó por encima de su padre y salió en busca del desayuno. Moro lo siguió llevándose la manta más cálida. Cyrus quedó boca arriba. —Mi casa no conoce la lealtad. Tabitha apoyó la barbilla sobre su pecho. —Su casa lo ama. Él la rodeó con los brazos. Esta vez Cyrus no confundió aquella diferencia con un peligro. Nico continuó cambiando a su propio ritmo. Algunos días elegía la forma humana desde el desayuno hasta la cena; otros permanecía como cachorro y dormía profundamente dentro del dragón. Nadie llamó fracaso a ninguna de las dos elecciones. Empezó a hablar en frases breves.
Su palabra favorita siguió siendo “malo”, sobre todo cuando Cyrus interpretaba obras de teatro, aunque la actuación del rey mejoró. Meses después, la Compañía Real Itinerante inauguró su primer programa en el palacio. Los pequeños grupos de artistas recibían contratos justos. Todos los locales disponían de salidas despejadas, asistentes preparados y espacios tranquilos y flexibles. lady Corinne administraba las ayudas educativas sin medir la felicidad de nadie. lady Sabine exigía expedientes completos antes de cualquier revisión. El maestro Vale añadió a los horarios una hora libre y la etiquetó “no planificada”. Cyrus señaló que ponerle una etiqueta anulaba su propósito. Tabitha reordenó el programa.
Durante la ceremonia de apertura, ella esperó junto al pequeño escenario con un traje nuevo de dragón: verde brillante, perfectamente ajustado y con dos cuernos iguales. Nico conservaba el viejo traje descolorido en primera fila. Cyrus, vestido de negro formal, aguardaba junto a él. Los ojos azules del rey siguieron a Tabitha mientras llegaban los invitados. —Está mirando —lo acusó ella. —Observo a la directora. —¿La seguridad requiere tanta observación? —El caso de la alfombra me absolvió. Tabitha sonrió. Cyrus le tomó la mano delante de toda la corte. Meses atrás, aquel gesto habría provocado murmullos. Ahora ella parecía formar parte de la sala. La función debía comenzar con un discurso. Tabitha abrió sus páginas.
Antes de que pudiera leer, el viejo dragón se movió. Nico salió disparado del disfraz, arrebató el discurso y cruzó el escenario en forma de lobo. Moro lo persiguió y robó la corona de Cyrus de un cojín. El público se volvió para observar. El maestro Vale inició la persecución, recordó su dignidad y envió a dos guardias para recuperar los bienes reales. Los guardias fracasaron. Tabitha vio desaparecer a los lobos detrás del telón. —¿Debemos detenerlos? Cyrus contempló la corona robada, el discurso perdido y a toda la corte esperando una orden. Luego se inclinó y besó a Tabitha. El beso fue cálido, tranquilo y completamente público. —No —decidió—. El horario permite esto. Detrás del telón, Nico se rio.
Aquel sonido ya no era extraño ni escaso. Tabitha supo entonces que, por fin, había encontrado su mañana siguiente.