Abandonaron a una joven Omega en el Bosque Antiguo, convencidos de que moriría sola… pero cuando los lobos del Rey Alfa la encontraron, hicieron algo que nadie había visto jamás.

Abandonaron a una joven Omega en el Bosque Antiguo, convencidos de que moriría sola… pero cuando los lobos del Rey Alfa la encontraron, hicieron algo que nadie había visto jamás.

Me expulsaron de mi manada justo antes de que cayera la primera nevada.

Dijeron que mi loba era demasiado débil para pertenecer a ellos.

Esa misma noche, en lo profundo de la sierra, una jauría entera se inclinó ante mí.

Y el rey de los lobos sintió mi presencia a kilómetros de distancia.

Me llamo Ara. Crecí en una comunidad escondida entre los pinos de la Sierra de la Niebla, en Chihuahua, donde todos aprendíamos desde niños que una manada era una familia. Yo lo creí hasta que el líder me miró a los ojos y dijo:

—Tu loba no sirve. Aquí ya no tienes lugar.

Nadie protestó. Ni siquiera la mujer que me había enseñado a preparar remedios con hierbas y cortezas. Recogí mi vieja bolsa de curandera y me marché sin volver la vista. Si veía las luces del pueblo, quizá recordaría que alguna vez pensé que alguien saldría a buscarme.

Solo llevaba un poco de pan, unas cuantas plantas medicinales y un cuchillo pequeño. Al anochecer, el bosque se cerró a mi alrededor. Me repetí que podía pasar una noche a la intemperie. Había sobrevivido a que me ignoraran toda la vida; también sobreviviría al frío.

Entonces oí ruedas.

Me escondí detrás de un árbol. Por el camino avanzaba una carreta cubierta con una lona oscura. En la madera llevaba marcado un gancho negro. Cualquiera en la región habría reconocido el símbolo: traficantes que cruzaban a sus víctimas de un territorio a otro.

Escuché un gemido debajo de la carreta.

Un niño asomó la cara entre las ruedas. Tendría unos ocho años y llevaba una cadena alrededor del tobillo.

—¿Cómo te llamas? —le susurré.

—Nico.

—Métete entre esas raíces. No hagas ruido.

—Me van a encontrar.

—No mientras yo esté aquí.

No sabía cómo iba a cumplirlo. Solo sabía que no podía abandonarlo. Lo ayudé a esconderse justo antes de que un hombre de rostro marcado apareciera entre los árboles.

—¿Qué haces aquí, omega? —preguntó, sujetándome de la muñeca.

—Recojo plantas.

—No tienes manada. Podrías venir con nosotros.

Apreté los dedos alrededor del cuchillo.

—Suéltame.

El hombre soltó una carcajada. Entonces un aullido profundo atravesó el bosque. Los caballos se encabritaron. Otros aullidos respondieron desde la oscuridad. El traficante me soltó y ordenó que la carreta siguiera su camino.

Esperé hasta que el ruido desapareció. Luego saqué a Nico de su escondite y corté la cadena.

—¿Por qué me ayudaste? —me preguntó.

No encontré una respuesta elegante.

—Porque alguien tenía que hacerlo.

Nos refugiamos en una cabaña abandonada. Le di la mitad de mi pan y limpié la herida de su tobillo. Él me preguntó si tenía miedo.

—Claro que sí —le dije—. Tener miedo no significa salir corriendo.

Cuando cayó la noche, miré por una ventana rota y vi ojos dorados entre los árboles. Había decenas de lobos rodeando la cabaña. No gruñían. No intentaban entrar. Solo me observaban.

Abrí la puerta con el cuchillo en la mano.

El lobo plateado que estaba más cerca se aproximó. Yo estaba lista para defender a Nico. Pero, en lugar de atacarme, bajó la cabeza. Uno tras otro, todos los lobos hicieron lo mismo.

Sentí un calor extraño en el pecho, como un pulso que respondía desde muy lejos.

El aullido que llegó después no era como los demás. Era más profundo, más poderoso. Nico se escondió detrás de mí.

—Alguien viene.

A la mañana siguiente, el hombre apareció entre los árboles. Alto, vestido con un abrigo oscuro y con ojos dorados iguales a los de la jauría.

—¿Quién eres? —pregunté, sin bajar el cuchillo.

Sacó de su abrigo una insignia plateada: un lobo coronado.

—Gael —dijo—. Soy el rey alfa.

No le confié mi vida solo porque llevara una corona. Él tampoco me pidió que lo hiciera. Al ver la herida de Nico, mandó a los lobos tras los traficantes y nos ofreció refugio en su fortaleza.

—No me des órdenes —le advertí.

—No iba a hacerlo —respondió—. Puedes venir con nosotros o quedarte. Pero la tormenta se acerca y el niño necesita cuidados.

Acepté ir, con una condición: Nico vendría conmigo.

Durante el trayecto supe que Gael llevaba años buscando a su hermano menor, desaparecido en una ruta del norte. Él dijo que no había encontrado nada. Lo dijo con la voz de alguien que todavía esperaba una respuesta.

Una nevada nos obligó a regresar a la cabaña. Allí le curé una vieja herida del hombro. Gael me contó que se la había hecho su hermano el día que desapareció.

—Era mi responsabilidad protegerlo —dijo.

—Era tu hermano. No podías controlar todo lo que le pasara.

No respondió. Pero por primera vez, el rey dejó de parecerme una estatua de piedra.

Al día siguiente, los lobos nos condujeron por un sendero oculto hasta una biblioteca real en ruinas. Entre los libros caídos encontramos un registro de personas trasladadas durante más de diez años. Aparecían niños, mujeres y el mismo símbolo del gancho negro.

Gael pasó las páginas con manos tensas. Entonces encontré una entrada y sentí que el aire abandonaba mis pulmones.

Junto al nombre del hermano desaparecido de Gael, el registro decía: “Príncipe Adrián. Estado: vivo.”

PARTE 2 

Gael dejó de respirar.

No hizo falta que preguntara si estaba seguro. Lo vi aferrarse al libro como si aquellas cinco letras pudieran escaparse de la página.

—¿Cuándo? —preguntó.

Le señalé la fecha. La última anotación era de hacía once años. Indicaba que Adrián había sido trasladado a un sitio llamado Paso del Cuervo, una ruta abandonada en las montañas del norte.

—Lo busqué en todos los caminos —dijo Gael—. En todos los pueblos.

—Alguien quería que dejaras de buscar —respondí—. Estos registros estuvieron escondidos aquí.

Un gruñido afuera nos interrumpió. La nieve del suelo estaba marcada por pisadas recientes. En una habitación trasera oímos una cadena. Gael abrió la puerta con cuidado.

Un niño pequeño estaba encadenado contra la pared.

—Me llamo Jonás —dijo entre sollozos—. Los hombres del gancho negro dijeron que volverían.

Lo liberamos y lo llevamos con Nico. Pero no alcanzamos a salir de la biblioteca. Un cuerno retumbó en el bosque, y los lobos se pusieron en alerta.

Gael miró por una ventana rota.

—Vienen por los niños. Y por el libro.

—Entonces sácalos de aquí.

—¿Y tú?

—No voy a dejarte solo con ellos.

—Ara, esto no es una prueba.

—Ya lo sé. Soy curandera. Voy a proteger a quienes no pueden protegerse solos.

Gael me sostuvo la mirada un instante y luego asintió.

Una piedra se estrelló contra la ventana. Desde afuera, una voz exigió que entregáramos a los niños. Otra pidió que me entregaran a mí.

El hombre del rostro marcado apareció entre los árboles, acompañado por una docena de hombres armados.

—Debiste seguir caminando cuando tuviste oportunidad —me gritó.

Gael dio un paso al frente.

—¿Cuántos niños se han llevado?

—No sé de qué hablas.

—El registro dice lo contrario.

La sonrisa del traficante se borró por un segundo. Fue suficiente para que Gael supiera que los documentos eran auténticos.

—¡Tómenlos! —ordenó el hombre.

La lucha estalló afuera. Los lobos cerraron el paso a los traficantes mientras Gael avanzaba con precisión, desarmando a los que intentaban acercarse. Yo mantuve a Nico y a Jonás detrás de mí.

Uno de los hombres logró entrar por una ventana. Levantó su arma hacia mí. Lo esquivé, pero no tuve tiempo de apartar a los niños.

El lobo plateado saltó entre nosotros y lo derribó.

Gael llegó enseguida. Sujetó al traficante y lo apartó de mí.

—Vuelve a tocarla —dijo con voz baja— y vas a descubrir por qué me temen.

No necesitaba que me defendiera para saber que podía cuidarme. Aun así, en sus ojos vi algo que me hizo bajar la guardia por un instante.

La pelea terminó pronto. Los traficantes quedaron rodeados y sus armas, enterradas en la nieve. Mientras los guardias los ataban, uno de ellos me miró con miedo.

—Ella no sabe —murmuró.

Gael se volvió hacia él.

—¿Qué no sabe?

El hombre miró a los lobos y luego a mí.

—No fue a ella a quien vinieron a buscar. Los lobos eligieron a su compañera.

Un silencio pesado cayó sobre la biblioteca.

Sentí de nuevo aquel calor en el pecho. Gael no se acercó. No intentó reclamarme. Solo esperó a que yo decidiera qué hacer con esas palabras.

—¿Es verdad? —pregunté.

—No lo sé —contestó—. Pero mi loba lo siente.

—¿Y si yo digo que no quiero ese vínculo?

—Lo aceptaré.

La respuesta me desconcertó. Toda mi vida alguien había decidido que yo no era suficiente. Ahora el rey me ofrecía la posibilidad de elegir sin cobrarme nada a cambio.

Antes de que pudiera responder, el traficante soltó una risa.

—Creen que esto se acaba con nosotros. El consejo sabe de ella. No permitirán que una omega se acerque al rey.

—¿Por qué querían matarme? —pregunté.

—No te dejaron en el bosque por accidente. Querían que desaparecieras antes de que los lobos te encontraran.

Recordé al líder de mi antigua manada ordenándome que me marchara antes del anochecer. De pronto, la humillación se convirtió en algo mucho peor.

Mi expulsión había sido planeada.

Gael miró a los cautivos y después a mí.

—¿Quién más lo sabía?

El hombre no contestó. Pero el miedo en su cara nos dijo que el consejo estaba involucrado.

Regresamos a la fortaleza con los niños, los prisioneros y el registro. La gente observaba desde las murallas. Algunos susurraban al verme rodeada por la jauría.

—Una omega no tiene rango —dijo el anciano Varic cuando entramos al salón del consejo.

—Se llama Ara —respondió Gael—. Y los niños que aparecen en estos documentos tampoco tienen rango. Aun así, alguien decidió que podía encadenarlos.

Puso el registro sobre la mesa. Al ver los sellos del consejo, uno de los ancianos palideció.

—No sabes lo que estás haciendo —dijo Varic.

—Sí —contesté—. Estoy leyendo los nombres de los niños que ustedes hicieron desaparecer.

Varic me miró con desprecio.

—No entiendes de política.

—Entiendo lo que significa tener miedo y no poder pedir ayuda.

En ese momento, un mensajero irrumpió en la sala. Un asentamiento del norte había sido atacado. Gael comprendió que era una distracción; mientras todos corrieran a defenderlo, alguien podría destruir los registros o llevarse a los niños.

Varic señaló hacia mí.

—La omega debe salir de la fortaleza. Su presencia pone al reino en peligro.

Gael se plantó frente a mí.

—Nadie la toca.

Nadie se movió.

—¿Vas a arriesgar el reino por ella? —preguntó Varic.

—Voy a proteger a alguien a quien su propia gente abandonó. Y voy a descubrir quién se benefició de la desaparición de mi hermano.

Las pruebas demostraron que Varic había autorizado los traslados. El consejo llevaba años usando las rutas del norte para vender prisioneros y borrar sus huellas. Adrián había descubierto el tráfico cuando todavía era joven. Lo capturaron para silenciarlo y durante once años hicieron creer a Gael que estaba muerto o había huido.

Con el registro en manos de los guardias, Gael ordenó detener a los implicados y enviar exploradores al Paso del Cuervo. No prometió traer a su hermano de vuelta. Solo prometió no dejar de buscarlo.

Esa noche, lo encontré en el patio, observando la nieve.

—Creí que la encontraría antes de que fuera demasiado tarde —dijo—. Ahora temo haber vuelto a esperar demasiado.

—Todavía está vivo —le recordé—. El registro prueba que lo estaba. Eso es más de lo que tenías ayer.

Gael bajó la mirada hacia mi mano, pero no intentó tocarla.

—No voy a pedirte que seas mi compañera porque los lobos te hayan elegido.

—¿Y qué me pedirías?

—Que te quedes solo si eso es lo que tú quieres.

Miré hacia las puertas. Años atrás, me habían expulsado como si mi vida no importara. Ahora tenía delante a un rey que podía ordenar que me quedara y, aun así, me estaba dejando libre.

Extendí mi mano.

—Quiero quedarme. Pero no porque me eligieron tus lobos.

Gael me miró, conteniendo el aliento.

—¿Entonces por qué?

—Porque yo te elegí a ti.

Cuando nuestras manos se tocaron, el calor del vínculo se asentó en mi pecho. No se sintió como una jaula. Se sintió como una puerta que yo misma había decidido cruzar.

Nico y Jonás aparecieron en el umbral, envueltos en mantas. Los lobos se acercaron sin hacer ruido. Uno por uno, inclinaron la cabeza.

Por primera vez, no sentí que estuviera de paso en ningún sitio.

El bosque no me había devuelto a la familia que me expulsó. Me había llevado hasta la que todavía no sabía que necesitaba: dos niños a quienes proteger, un rey que caminaba a mi lado y una manada que no me pidió demostrar que merecía estar allí.

Afuera, la nieve seguía cayendo sobre la sierra. Pero ya no caminaba sola.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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