Mi Prometida Mandó a Su Mejor Amiga a Seducirme para Probar Mi Fidelidad… Esa Noche Descubrí Sus Cinco Infidelidades

PARTE 1

—Quiero saber si serías capaz de engañarme antes de casarnos.

Eso fue lo que Daniela terminó confesándome después de utilizar a su mejor amiga para poner a prueba mi fidelidad.

Y lo más absurdo es que, hasta esa semana, yo estaba convencido de que iba a pasar el resto de mi vida con ella.

Me llamo Javier, tengo 29 años y vivo en Guadalajara. Daniela y yo llevábamos casi cinco años juntos y dos comprometidos. Nos conocimos cuando estudiábamos ingeniería y nuestra relación siempre había sido tranquila.

Ya habíamos apartado un salón para casarnos en verano. Mi mamá estaba viendo los detalles de la ceremonia, sus padres habían empezado a invitar familiares y nosotros discutíamos cosas tan normales como dónde pasar la luna de miel.

Daniela tenía una mejor amiga llamada Mariana.

Se conocían desde la universidad.

Mariana siempre me cayó bien, aunque durante los primeros años hubo algo que nunca mencioné: sospechaba que yo le gustaba.

Se reía demasiado de mis bromas, buscaba sentarse cerca de mí y alguna vez le dijo a Daniela:

—Qué suerte tienes. Hombres como Javier ya casi no existen.

Nunca cruzó una línea, así que preferí ignorarlo.

Con los años, aquello pareció desaparecer.

El verdadero problema comenzó cuando Daniela se aficionó a escuchar podcasts mientras manejaba al trabajo.

Al principio eran programas de historia y entrevistas. Después empezó a escuchar contenido sobre relaciones, “mujeres de alto valor” y supuestas estrategias para descubrir si un hombre era realmente fiel antes del matrimonio.

Una noche le dije:

—¿De verdad crees en esas cosas?

Daniela soltó una carcajada.

—Claro que no. Los escucho para entretenerme.

Le creí.

Hasta que tres días después recibí un mensaje de Mariana.

Empezó hablando de trabajo. Nada extraño.

Luego preguntó:

—¿Daniela está contigo?

Le respondí que no.

Entonces cambió completamente el tono.

Me dijo que Daniela tenía demasiada suerte conmigo. Después confesó que, si yo no estuviera comprometido, probablemente habría intentado algo conmigo hacía años.

Finalmente escribió:

—Podrías venir a mi departamento. Estamos solos y nadie tendría por qué enterarse.

Me quedé mirando la pantalla.

Mariana llevaba años respetando nuestra relación. No tenía sentido que, semanas antes de la boda, decidiera lanzarse sobre mí de esa manera.

Entonces recordé los podcasts.

Escribí una sola pregunta:

—Mariana, ¿esto es una prueba?

Pasaron varios minutos.

Finalmente apareció su respuesta:

—Sí. Perdóname.

Sentí más decepción que enojo.

Mariana confesó que Daniela le había pedido que intentara seducirme porque había escuchado que “un hombre no demuestra fidelidad hasta que tiene una oportunidad real de ser infiel”.

Según Mariana, ella se había negado varias veces.

Pero Daniela insistió tanto que terminó aceptando.

Aquella noche llegué a casa y encontré a mi prometida viendo televisión como si nada hubiera ocurrido.

—¿Qué demonios fue lo que hiciste con Mariana?

Daniela ni siquiera fingió sorpresa.

—Era solamente una prueba.

—¿Una prueba de qué?

—De fidelidad.

—Llevamos casi cinco años juntos.

Se encogió de hombros.

—Nunca está de más estar segura.

Ese gesto me enfureció más que cualquier grito.

Le pregunté por qué quería casarse conmigo si necesitaba tenderme trampas.

Entonces repitió varias ideas que había escuchado en aquellos programas: que las mujeres debían protegerse, que nunca podían confiar completamente en un hombre y que era mejor descubrir una infidelidad antes del matrimonio.

La miré y sentí que estaba hablando con una desconocida.

—Entonces ya no tienes que comprobar nada —le dije—. Se acabó el compromiso.

Por primera vez perdió la tranquilidad.

Comenzó a llorar.

Me juró que había cometido una estupidez, que nunca volvería a hacerlo y que no podía tirar cinco años de relación por un solo error.

Yo estaba demasiado enojado.

Así que le dije que dormiría separado y decidiría por la mañana.

Pero esa noche no pude cerrar los ojos.

Había una pregunta martillándome la cabeza:

¿Por qué Daniela estaba tan obsesionada con descubrir una infidelidad que nunca había ocurrido?

Cerca de las tres de la madrugada miré su teléfono sobre el buró.

Daniela y yo jamás escondíamos nuestros celulares.

Lo desbloqueé.

Revisé WhatsApp.

Después Instagram.

Y entonces encontré una conversación con un hombre llamado Rodrigo.

Al principio pensé que solamente estaban coqueteando.

Seguí leyendo.

Había fotografías.

Mensajes borrados parcialmente.

Direcciones de hoteles.

Fechas.

Cinco encuentros.

El último había ocurrido apenas tres días antes.

Mientras Daniela organizaba una trampa para comprobar si yo sería capaz de engañarla…

ella llevaba meses acostándose con otro hombre.

Y lo que encontré después fue todavía peor.

No podía creer lo que estaba a punto de descubrir sobre la mujer con la que pensaba casarme.

PARTE 2

Desperté a Daniela a las tres y media de la madrugada.

Puse su celular frente a ella.

—Explícame quién es Rodrigo.

El sueño desapareció inmediatamente de su rostro.

Miró la pantalla.

Luego me miró a mí.

—Javier, puedo explicarlo.

—Perfecto. Explícame por qué aparecen cinco encuentros con él.

Daniela empezó a tartamudear.

Primero dijo que las conversaciones no significaban lo que parecían.

Después admitió que sí se habían visto.

Finalmente reconoció que habían tenido relaciones.

Cinco veces.

—¿Y todavía tuviste el descaro de mandar a Mariana a probar mi fidelidad?

Entonces dijo algo que terminó de destruir cualquier sentimiento que todavía me quedaba.

—No es igual cuando lo hace una mujer.

Pensé que había escuchado mal.

Pero comenzó a justificarlo.

Según ella, una mujer tenía mucho más que perder en un matrimonio. Decía que los hombres podían rehacer fácilmente su vida y que ella necesitaba estar completamente segura de mí antes de casarse.

—¿Completamente segura de mí mientras tú dormías con Rodrigo?

No respondió.

Ya no necesitaba escuchar nada más.

Saqué una maleta.

—La boda se cancela.

Daniela se puso frente al clóset.

—Javier, por favor.

—Mañana te vas.

Lloró durante horas.

Dijo que había cometido errores, que estaba confundida y que aquellos podcasts habían afectado su manera de pensar.

Pero ningún podcast había reservado cinco encuentros con Rodrigo.

A la mañana siguiente se fue a casa de sus padres.

Horas después llamó Mariana.

Estaba llorando.

—Perdóname. Nunca debí aceptar esa estupidez.

Yo seguía molesto con ella, pero al menos había confesado inmediatamente cuando le pregunté por la prueba.

Cancelé proveedores, cambié las cerraduras y avisé a nuestras familias que la boda ya no se celebraría.

Daniela les había contado una versión muy diferente.

Según ella, habíamos terminado por “problemas de confianza”.

Así que conté exactamente lo ocurrido.

Algunos familiares suyos incluso me pidieron que reconsiderara.

No lo hice.

Pasaron varias semanas.

Mariana continuó escribiéndome.

Primero únicamente preguntaba si estaba bien.

Después comenzó a insistir en que saliera de casa.

Una noche terminó convenciéndome de ir por unas cervezas a Chapultepec.

Hablamos durante horas.

Hasta que Mariana hizo una confesión inesperada.

—¿Sabes por qué me costó tanto aceptar aquella prueba?

Negué con la cabeza.

—Porque Daniela me pidió que sedujera al hombre que llevo años tratando de olvidar.

Me quedé en silencio.

Mariana confesó que aquellos sentimientos nunca habían desaparecido completamente.

Le aclaré que acababa de salir de una relación de cinco años y que no quería otra relación.

—No te estoy pidiendo ninguna —respondió.

Seguimos tomando.

Terminamos en su departamento.

No voy a contar los detalles.

Solo diré que aquello que supuestamente iba a ocurrir una sola noche volvió a ocurrir.

Y otra vez.

Y otra.

No éramos novios.

Éramos dos adultos solteros intentando entender qué queríamos.

Hasta que Daniela se enteró.

Una noche apareció su nombre en mi pantalla.

Contesté.

—¿Te estás acostando con Mariana?

No mentí.

Hubo un silencio aterrador.

Después Daniela comenzó a llorar.

—¡Era mi mejor amiga!

Pero lo que Daniela todavía ignoraba era que Mariana también había tomado una decisión definitiva.

Y cuando las dos hablaron por teléfono, salieron a la luz cosas que ninguna de ellas podría retirar jamás.

Después de aquella llamada, ya no quedaba ninguna posibilidad de volver atrás.

PARTE 3

—¡Me robaste al hombre con el que iba a casarme!

Eso fue lo primero que Daniela le gritó a Mariana cuando finalmente la llamó.

Mariana me contó después cómo había ocurrido aquella conversación.

Daniela estaba convencida de que su amiga llevaba años esperando nuestra ruptura.

—Todo esto lo planeaste —le reclamó—. Siempre quisiste quedarte con Javier.

Pero Mariana ya no estaba dispuesta a cargar con toda la culpa.

—¿Yo lo planeé? Tú me pediste que coqueteara con él.

Daniela se quedó callada.

—Tú insististe —continuó Mariana—. Yo te dije que era una pésima idea y aun así me presionaste hasta que acepté.

Daniela respondió que una verdadera amiga jamás habría terminado acostándose con su exprometido.

Mariana entonces soltó algo que terminó definitivamente con su amistad:

—Y una mujer que ama a su prometido tampoco se acuesta cinco veces con otro hombre.

Daniela colgó.

Nunca volvieron a hablar.

Cuando Mariana me contó la discusión, le pedí que dejáramos de mencionar a Daniela.

Yo no quería convertir lo nuestro en una especie de venganza.

Tampoco quería comenzar inmediatamente otra relación seria.

Había pasado casi cinco años construyendo un futuro con alguien que resultó ser muy diferente de la persona que yo imaginaba.

Necesitaba tiempo.

Mariana lo entendió.

Continuamos viéndonos sin promesas.

Íbamos a cenar, salíamos con amigos, veíamos películas y algunas noches simplemente nos quedábamos hablando hasta la madrugada.

Daniela, en cambio, parecía incapaz de aceptar que nuestra relación había terminado.

Tenemos muchos amigos en común desde la universidad, así que inevitablemente escuchábamos cosas.

Preguntaba si Mariana y yo seguíamos viéndonos.

Quería saber dónde habíamos salido.

Una amiga incluso le dijo que nos había visto juntos en un restaurante y que parecíamos felices.

Esa misma noche Daniela publicó varios mensajes en Facebook sobre “amistades traicioneras” y “personas que esperan años para quedarse con lo que no les pertenece”.

Los borró poco después.

Yo intentaba ignorarlo.

Pero un domingo volvió a llamarme.

No había hablado con ella durante semanas.

Contesté pensando que quizá necesitaba resolver algún asunto pendiente relacionado con la boda.

—¿Estás enamorado de Mariana?

—No voy a hablar contigo sobre mi vida privada.

—Solo respóndeme.

—Daniela, ya terminamos.

Comenzó a llorar.

—Podríamos haber arreglado lo nuestro.

Aquello me hizo recordar nuestra última noche juntos.

Recordé su teléfono.

Las fotografías.

Los hoteles.

La prueba absurda.

—No destruiste nuestra relación cuando Mariana me escribió —le dije—. Para entonces ya la habías destruido tú.

—Cometí un error.

—Cinco encuentros no son un error.

Se quedó callada.

—¿Sabes qué es lo peor? —continué—. Si no hubieras organizado esa prueba, quizá nunca habría revisado tu teléfono.

Otra vez silencio.

Daniela había creado la situación que terminó exponiendo su propia infidelidad.

—Entonces Mariana consiguió exactamente lo que quería —respondió finalmente.

—No. Esto sigue sin tratarse de Mariana.

Parecía incapaz de entenderlo.

Para Daniela, aceptar que ella misma había provocado todo era más doloroso que imaginar una conspiración.

Intentó decir que Mariana había aprovechado mi vulnerabilidad.

Le recordé que yo era un hombre soltero cuando ocurrió algo entre nosotros.

—Pero era mi mejor amiga.

—Y yo era tu prometido cuando estabas con Rodrigo.

Daniela comenzó a llorar otra vez.

Por primera vez, no sentí enojo.

Tampoco satisfacción.

Sentí cansancio.

—Espero que algún día entiendas que nadie te quitó nada, Daniela. Tú tomaste decisiones y esas decisiones tuvieron consecuencias.

Colgué.

Después bloqueé su número.

Mariana hizo lo mismo poco después.

Los meses siguientes fueron mucho más tranquilos.

Perdí dinero con algunos anticipos de la boda. Tuvimos que explicar la cancelación a familiares que ya habían comprado vuelos. Mi mamá guardó durante meses unas cajas con recuerdos que se suponía que utilizaríamos en la ceremonia.

No fue sencillo.

A veces la gente imagina que terminar una relación después de descubrir una infidelidad produce inmediatamente una sensación de libertad.

No siempre funciona así.

También estás enterrando el futuro que habías imaginado.

Yo no solamente perdí a Daniela.

Perdí la casa que habíamos hablado de comprar, los viajes que planeábamos hacer y hasta los nombres de hijos que alguna vez discutimos como broma.

Pero con el tiempo entendí algo.

Era mejor perder aquellos planes antes de convertirlos en una vida real.

Mariana también tuvo que asumir su parte.

Nunca intentó justificar haber participado en la prueba.

—Debí decirle que no y avisarte —me dijo una noche.

Tenía razón.

Por eso tampoco quise convertirla en una heroína.

Todos habíamos tomado decisiones.

La diferencia estaba en reconocerlas.

Con el tiempo dejamos de hablar de Daniela por completo.

Lo que ocurrió entre Mariana y yo después prefiero mantenerlo privado.

No sé si aquello terminará siendo una relación formal o simplemente una etapa inesperada de nuestras vidas.

Y por primera vez en mucho tiempo, estoy cómodo sin saberlo.

Lo único que tengo claro es que no pienso volver a construir una relación donde alguien necesite trampas para comprobar cuánto lo aman.

Porque la confianza no se demuestra poniendo tentaciones artificiales frente a una persona.

Se construye cuando nadie está mirando.

Daniela quería comprobar si yo sería capaz de traicionarla.

Para hacerlo, convenció a su mejor amiga de intentar seducirme.

Aquella prueba no consiguió demostrar que yo fuera infiel.

Consiguió algo completamente distinto.

Me hizo preguntarme por qué mi propia prometida desconfiaba tanto de mí.

Esa pregunta me llevó hasta su teléfono.

Su teléfono me llevó hasta Rodrigo.

Y Rodrigo terminó con una boda que probablemente jamás debió celebrarse.

La última noticia que tuve de Daniela llegó por un amigo de la universidad.

Me contó que había preguntado si Mariana y yo todavía nos veíamos.

Él respondió que sí.

—Se ven bastante felices —le dijo.

Según él, Daniela no respondió.

Solo tomó sus cosas y se fue.

Cuando me lo contó, esperaba que yo celebrara.

No lo hice.

Porque ya no necesitaba verla sufrir.

Durante un tiempo pensé que la mejor revancha sería que supiera que yo estaba feliz con la misma mujer que utilizó para ponerme a prueba.

Después comprendí que existe algo mucho más definitivo que la revancha:

la indiferencia.

Daniela podía seguir preguntando por nosotros.

Podía culpar a Mariana.

Podía culpar a los podcasts.

Podía culparme a mí.

Pero ninguna explicación cambiaría una verdad sencilla.

Ella tuvo a un hombre dispuesto a casarse con ella y decidió traicionarlo mientras intentaba comprobar si él era capaz de hacer exactamente lo mismo.

Al final, la prueba de fidelidad sí reveló quién estaba traicionando la relación.

Solo que no era la persona que Daniela esperaba.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

Recommended for You

View Archive arrow_forward