Parte 3 — Seis muertos reales, historiales falsificados y una traición escondida dentro de la empresa
Parte 3 — Seis muertos reales, historiales falsificados y una traición escondida dentro de la empresa
La boda terminó sin música, sin brindis y sin una sola fotografía oficial.
Pero el verdadero desastre apenas comenzaba.
En menos de cuarenta minutos, el artículo había sido replicado por decenas de cuentas.
Algunas hablaban de “seis víctimas”.
Otras afirmaban que Altura Biomédica había realizado “experimentos clandestinos”.
Un comentarista financiero preguntaba en televisión por qué la empresa todavía no había emitido una explicación.
No importaba que ninguna autoridad hubiera confirmado nada.
La acusación ya estaba corriendo más rápido que la verdad.
Esteban y Gonzalo fueron separados para ser entrevistados formalmente dentro de la investigación en curso.
Patricia salió del lugar rodeada de abogados, insultándome frente a las cámaras que ya comenzaban a llegar.
Yo no tenía tiempo para ella.
Nos encerramos en una oficina administrativa de la hacienda.
Estábamos Verónica, Mariana Ortiz —directora científica de Altura—, mi hermano Julián y yo.
Sobre la mesa había tres laptops.
—Ya encontramos a los seis nombres —dijo Mariana.
—¿Existieron?
—Sí.
Giró la pantalla.
Los seis habían fallecido durante los últimos cuatro años.
Dos en Monterrey.
Uno en Saltillo.
Uno en Torreón.
Dos en el área metropolitana.
Todos por causas relacionadas con enfermedades cardiacas.
Pero ninguno había utilizado nuestros dispositivos.
—Entonces alguien tomó fallecimientos reales y creó expedientes falsos —dije.
—Eso parece.
Verónica estaba leyendo otro documento.
—No solamente crearon expedientes. Usaron formatos que imitan los de hospitales reales.
—¿Cómo?
Mariana amplió uno de los archivos.
—Mira los encabezados. Sellos, números internos, códigos de ingreso.
Julián golpeó la mesa.
—Eso requiere acceso a bases de datos.
—O a alguien que trabaje con expedientes hospitalarios —respondí.
Sentí un escalofrío.
Altura trabajaba con varias instituciones a través de distribuidores externos.
Gonzalo supervisaba muchos de esos contratos.
—Quiero la lista completa de proveedores que él aprobó durante los últimos cinco años.
Mariana comenzó a buscar.
Mientras tanto, Verónica recibió una llamada.
Se alejó unos pasos.
Cuando regresó, su expresión había cambiado.
—Esteban está diciendo que todo fue idea de Gonzalo.
—Claro.
—Dice que él creyó que los documentos eran auténticos.
Me reí sin humor.
—También tenemos su voz diciendo que quería utilizarlos para chantajearme.
—Lo sé. Pero está intentando reducir su participación.
—¿Y Gonzalo?
—No está colaborando.
Miré el reloj.
Eran las tres y veinte de la tarde.
Yo debía estar camino a una sesión de fotografías de boda.
En cambio, la empresa que había construido con mi padre estaba siendo acusada de matar personas.
—Vamos a la oficina.
Julián me miró como si estuviera loca.
—Hay periodistas afuera.
—Precisamente.
—Renata, necesitas descansar.
—Descansaré cuando sepa quién fabricó seis expedientes clínicos.
Llegamos a la sede de Altura poco después de las cinco.
Había cámaras frente a la entrada.
Algunos empleados observaban desde las ventanas.
No entré por el estacionamiento privado.
Bajé del auto en la puerta principal.
Los reporteros me rodearon.
—¿Hubo pacientes fallecidos?
—¿Altura ocultó ensayos humanos?
—¿Su prometido la está acusando?
Levanté una mano.
—A las ocho de la noche publicaremos el informe técnico completo N-47, incluyendo la validación independiente, las fechas de prueba y la documentación que demuestra que el producto señalado jamás fue utilizado en pacientes.
Los periodistas siguieron gritando.
—¿Y los seis muertos?
Respiré.
—Sus nombres corresponden a personas reales, pero los documentos que vinculan sus fallecimientos con Altura contienen información falsa. Ya entregamos el material a las autoridades competentes y estamos colaborando para descubrir quién fabricó esos expedientes.
No prometí inocencia.
Entregué datos verificables.
Era lo único que podía salvarnos.
Dentro de la empresa, el ambiente era peor.
Había empleados llorando.
Otros preguntaban si perderían su trabajo.
Un gerente comercial informó que dos hospitales habían pausado nuevos pedidos.
—Nadie será despedido esta semana por esta crisis —ordené.
—Pero si cancelan contratos…
—Entonces reducimos gastos ejecutivos primero.
Esa respuesta recorrió la oficina.
Necesitaba que entendieran algo:
no iba a utilizar a los empleados como escudo.
A las siete publicamos el expediente N-47 íntegro.
Ciento ochenta y cuatro páginas.
Cronología.
Pruebas.
Correcciones.
Dictamen del laboratorio externo.
Trazabilidad.
También invitamos a una firma independiente a revisar los datos.
El efecto no fue inmediato.
Pero el discurso comenzó a cambiar.
Periodistas especializados señalaron que la versión filtrada estaba incompleta.
Dos cardiólogos independientes explicaron públicamente que una prueba de laboratorio fallida no equivalía a un daño clínico.
Aun así, los seis expedientes falsos seguían allí.
Y mientras existieran, la duda sobreviviría.
A las 11:43 de la noche, Mariana me llamó desde el área de auditoría.
—Encontré algo.
Bajé.
Había impreso una lista de proveedores.
Marcó un nombre.
Servicios Clínicos del Norte, S.A.
—Gonzalo autorizó pagos por casi nueve millones de pesos durante tres años.
—¿Por qué?
—“Digitalización documental y soporte de trazabilidad hospitalaria”.
—Nunca escuché ese nombre.
—Porque los contratos no pasaban por operaciones. Los clasificaba como servicios financieros vinculados a cumplimiento.
Buscamos el domicilio fiscal.
Era una oficina virtual.
Buscamos al administrador.
Un hombre llamado Mauricio Beltrán.
No reconocí el nombre.
Julián sí.
—Espera.
Sacó su teléfono.
Buscó fotografías antiguas.
Y me enseñó una tomada en una comida de Navidad seis años atrás.
Al fondo, junto a Gonzalo, estaba Mauricio.
—Trabajaba para él —dijo Julián—. Era su asistente antes de que tú tomaras la presidencia.
Sentí rabia.
—¿Dónde está ahora?
Verónica pidió que no intentáramos localizarlo personalmente.
Entregamos la información a los investigadores.
A la mañana siguiente, una orden de preservación permitió revisar registros corporativos relacionados con la empresa fantasma.
Lo que apareció convirtió nuestro escándalo en algo mucho más grande.
Servicios Clínicos del Norte había pagado a consultores, intermediarios y empresas de datos.
Una de ellas administraba archivos digitalizados para pequeñas clínicas privadas.
Allí podían haberse obtenido nombres reales, diagnósticos y fechas de fallecimiento.
No significaba que todo estuviera probado.
Pero explicaba cómo alguien había podido construir expedientes falsos con datos verdaderos.
La pregunta seguía siendo por qué.
Hasta que encontramos un correo.
Había sido borrado de la cuenta corporativa de Gonzalo dieciséis meses atrás, pero permanecía en un respaldo de cumplimiento.
El destinatario pertenecía a un fondo de inversión llamado Vértice Capital México.
El texto decía:
“Si la valuación cae por debajo del umbral acordado, el bloque familiar tendrá presión suficiente para vender. La ventana debe coincidir con la transición de control.”
La transición de control.
Mi boda.
Seguí leyendo.
Había referencias a un “operador externo” que debía adquirir influencia sobre mi patrimonio.
Ese operador era Esteban.
No se trataba solo de obtener mis acciones.
Querían provocar una crisis.
Hundían temporalmente el valor de Altura.
Esteban conseguía acceso mediante el matrimonio y mi firma.
Después, Gonzalo impulsaba una venta de emergencia a Vértice.
Ellos compraban barato.
Todos ganaban.
Excepto yo.
Excepto nuestros empleados.
Excepto mi familia.
—¿Vértice sabía del chantaje? —pregunté.
Verónica negó con la cabeza.
—Todavía no podemos afirmar eso. El correo prueba conversaciones sobre una caída de valuación, no necesariamente conocimiento de los métodos.
Debíamos ser precisos.
No convertirnos en lo mismo que ellos.
Aquella tarde recibí un mensaje desde un número desconocido.
“Si quieres saber dónde fabricaron los expedientes, ve al estacionamiento de Plaza Álamo. Nivel 4. 19:30. Sola.”
Verónica prohibió que fuera.
Yo tampoco pensaba ir sola.
Entregamos el mensaje a los investigadores.
Acordaron controlar el encuentro.
A las siete y media llegué al estacionamiento acompañada discretamente por personal de seguridad y agentes ubicados fuera de mi campo visual.
Esperé junto a una columna.
A las 7:38 apareció una mujer de unos cincuenta años.
Traía una mochila negra.
—¿Renata Salgado?
—Sí.
—Me llamo Laura Esquivel.
Miraba alrededor constantemente.
—Trabajé para Servicios Clínicos del Norte.
—¿Con Mauricio Beltrán?
Asintió.
—Yo creía que hacíamos auditorías.
Abrió la mochila.
Dentro había copias de facturas, discos externos y una libreta.
—Hasta que me pidieron alterar fechas.
—¿Qué fechas?
—Defunciones.
Sentí la garganta seca.
Laura comenzó a llorar.
—Yo no sabía para qué era. Nos daban expedientes antiguos y nos pedían reconstruirlos con nuevos formatos. Mauricio decía que era para entrenar un sistema de análisis documental.
—¿Quién daba las instrucciones?
—Casi siempre Mauricio.
—¿Y Gonzalo?
Laura bajó la mirada.
—Fue dos veces.
—¿Lo viste?
—Sí.
Entonces dijo algo que cambió el caso.
—Pero él no era el único.
—¿Quién más?
Laura dudó.
—Una mujer.
—¿Patricia Cárdenas?
—No sé cómo se llama.
Sacó un sobre de la mochila.
Había una fotografía impresa.
Estaba tomada desde lejos, probablemente en una cafetería.
Gonzalo aparecía sentado con Mauricio.
Frente a ellos había una mujer de cabello oscuro.
La imagen era borrosa.
Pero yo reconocí el reloj.
Reconocí la postura.
Reconocí incluso el bolso.
—No puede ser.
Laura me miró.
—¿La conoce?
Sí.
La conocía.
Había confiado en ella durante siete años.
Era Mariana Ortiz.
Nuestra directora científica.
La mujer que había estado conmigo desde el momento en que explotó el escándalo.
La mujer que acababa de ayudarme a encontrar todas las pistas.
Sentí un frío horrible en el pecho.
Porque entonces comprendí que tal vez no las había encontrado.
Tal vez había estado decidiendo exactamente cuáles dejarme encontrar.
Regresé a la empresa sin avisarle.
Mariana seguía en su oficina.
—Necesito preguntarte algo.
Le enseñé la fotografía.
No palideció.
No se sorprendió.
Solo cerró lentamente la laptop.
—¿Quién te dio eso?
Aquella reacción fue suficiente.
—¿Qué hacías con Gonzalo?
Se levantó.
—No es lo que crees.
—Entonces explícamelo.
—No aquí.
—Estoy cansada de que todos quieran hablar en otro lugar.
Mariana caminó hasta la puerta y la cerró.
—Gonzalo me contactó hace más de un año.
—¿Para qué?
—Quería acceso a resultados de pruebas.
—¿Se los diste?
—No.
—¿Entonces por qué estabas con él?
—Porque estaba investigándolo.
Me reí.
—No vuelvas a mentirme.
—Renata, escúchame.
—Siete años.
Mi voz se quebró.
—Siete años sentada a mi lado.
—Precisamente por eso tienes que escuchar.
Abrió un cajón.
Sacó una carpeta.
La dejó frente a mí.
Dentro había fotografías, copias de correos y comprobantes.
—Descubrí que Gonzalo estaba desviando dinero hace catorce meses.
—¿Por qué no me dijiste?
—Porque cuando comencé a seguir los pagos apareció algo relacionado con tu padre.
Me quedé inmóvil.
—No metas a mi padre.
—Ojalá pudiera.
Sacó una hoja.
Era una carta firmada años atrás.
Reconocí la firma.
Eduardo Salgado.
Mi padre.
Y junto a ella figuraba una autorización para transferir una patente experimental a una sociedad privada.
La beneficiaria era una empresa que yo jamás había visto.
Mariana me observó.
—Gonzalo no empezó a robar después de que tu padre murió, Renata.
Deslizó una segunda hoja hacia mí.
—Empezó mientras él todavía estaba vivo.
Levanté la vista.
—¿Mi padre lo sabía?
Mariana tardó demasiado en responder.
Y esa pausa me dolió más que cualquier respuesta.
—Creo que tu padre descubrió algo.
—¿Qué?
—Y creo que por eso, tres semanas antes de morir, cambió su testamento.